Peirce. La verdad y el público
Juan Pablo Serra
Publicado en: La Torre del Virrey. Revista de Estudios Culturales.
Nº 2, 2006/2007, pp. 51-54
Si nos ciñéramos a la Historia, diríamos que
Charles Sanders Peirce fue un notable científico del siglo
XIX, conocido sobre todo por sus trabajos sobre la oscilación
del péndulo y la observación de las estrellas, en los
que acertó a refinar los métodos de medición
geodésicos y astronómicos existentes en la época
1. Si nos
ciñéramos a lo que él quiso ser, entonces sin
duda afirmaríamos que fue un lógico, disciplina que
estudió desde niño 2 y a la que se adelantó en el tiempo
con su lógica de relativos y la teoría de los
cuantificadores. Y, si atendemos a la amplitud temática de su
obra, tendríamos que convenir en que fue un
filósofo en el sentido más clásico del
término, pues estuvo interesado en prácticamente todos
los campos del saber e intentó establecer un sistema propio de
pensamiento 3.
La recepción de su obra en el ámbito intelectual a
partir de la década de 1970 fue un tanto extraña, en el
sentido de imponerse antes en su relevancia (gracias a los elogios de
Bertrand Russell, Karl Popper, Karl-Otto Apel, Umberto Eco, Hilary
Putnam, Walker Percy…) que en su conocimiento 4. No obstante,
todavía en vida, le fueron reconocidas sus aportaciones a la
lógica matemática (así lo manifestaba, por
ejemplo, el matemático español Ventura Reyes y
Prósper en un artículo de 1891 5) e incluso llegó a
aparecer bajo la profesión de “logician” a partir
de la sexta edición de la guía Who’s Who in
America (1910-1911). Posteriormente, ya a finales del
siglo XX, fue su teoría del signo lo que más fama le ha
dado, seguramente porque, como afirma Castañares, el verdadero
conocimiento de Peirce “se ha producido, o bien desde la
semiótica, o bien cuando la semiótica ha alcanzado una
cierta madurez” 6.
Un aristócrata deseoso de ser
entendido
Nacido en Cambridge en 1839, Peirce creció en una familia
muy respetada dentro del entorno cultural y académico de
Boston. Benjamin Peirce, su padre, era un prestigioso profesor de
Astronomía y Matemáticas en Harvard y también
una de las figuras más poderosas de la ciencia americana. En
1859, le consiguió un trabajo temporal como ayudante en dos
expediciones del U. S. Coast Survey —la principal
institución científica de la época, a la que
Charles se incorporó como auxiliar de cálculo en 1861 y
en la que sirvió hasta 1891—. Al mismo tiempo, de 1867 a
1875 y también por mediación de su padre, Peirce estuvo
haciendo observaciones en el Observatorio de Harvard. Charles
trabajó junto a su padre entre 1867 y 1874, los años en
que éste fue director del Coast Survey. En 1877 fue elegido
miembro de la Academia Nacional de Ciencias, organismo
científico que se había constituido como asesor oficial
del gobierno federal a instancias de Benjamin Peirce y otros colegas
académicos. Y desde 1879, nuevamente recomendado por su padre
y por William James, Peirce fue profesor de lógica a tiempo
parcial en la Universidad Johns Hopkins.
Pero, pese a lo que pudiera parecer, contemplar su
biografía es más parecido a asistir a la historia de un
fracaso, pues, de ser un niño prodigio aupado y protegido por
su padre 7, Peirce pasó —tras la muerte de
éste— al desempleo y la miseria 8. En 1884 fue despedido
bruscamente de la Johns Hopkins y en 1891 terminó su contrato
con el Coast Survey. Así con todo, desde 1887 —en que se
retiró junto a su segunda mujer— hasta su muerte en
1914, publicó una cantidad asombrosa de definiciones para
diccionarios y reseñas de libros y trabajó afanosamente
para desarrollar su propio sistema filosófico en incontables
ensayos, la mayoría sin publicar.
En uno de esos artículos, “Guessing”, escrito
alrededor de 1907 y publicado póstumamente en un
journal elaborado por estudiantes de Harvard 9, Peirce se propuso
exponer sus ideas acerca del conocimiento humano. Para ello,
reunió algunas opiniones que ya había expresado en una
serie de artículos publicados en el Journal of Speculative
Philosophy hacía casi cuarenta años, le
añadió el relato de una experiencia personal acaecida
en un barco e incluyó un resumen no-técnico de un
experimento llevado a cabo con un antiguo alumno suyo. Con todo ello,
Peirce pretendía defender “la existencia de una
capacidad humana espontánea, instintiva para adivinar la
hipótesis correcta” 10. Pero, sobre todo, quería
hacerlo de una manera divulgativa.
Y es que, ciertamente, de cara al público, la figura de
Peirce es oscura y no muy accesible. Incluso hay autores como Rorty
que le describen como un “brillante, críptico y
prolífico hombre universal [polymath ], cuyos escritos
son muy difíciles de reunir en un sistema coherente”
11. Sin
embargo, Peirce deseaba ser entendido por el hombre corriente y, es
más, “sabía como popularizar; lo sabemos por sus
artículos en el Popular Science Monthly, The
Nation y otros periódicos. Pero estos eran
intencionadamente escritos populares” 12. Por eso, en muchos
de estos artículos populares, o bien Peirce se dirigía
en primera persona y con mucha delicadeza al lector (reader )
o bien llenaba sus escritos de largos ejemplos ilustrativos.
Otra dificultad a la hora de comprender su pensamiento
quizá resida en que Peirce era sobre todo un lógico, y
en sus textos más importantes contínuamente aparecen
términos como “eventualmente”,
“concebiblemente”, “posiblemente”… Es
decir, da toda la sensación de que está hablando de
mundos posibles y lejanos más que del mundo real, actual, de
cada día. Pero esto no pasa de ser una mera sensación,
pues para él, la lógica era el estudio de los
métodos y sobre todo el estudio de los métodos de la
ciencia experimental, no de la ciencia posible. En ese sentido, la
lógica “conecta” al hombre con la realidad, porque
la lógica tiene que ver con los razonamientos que quieran ser
correctos, es decir, con los razonamientos que estén abiertos
a la verdad, cuya búsqueda es el objetivo último de la
ciencia 13.
Adivinar o abducir
“Guessing” está dividido en dos partes. En la
primera, Peirce explica cómo formamos opiniones que aciertan a
explicar lo que ocurre. En la segunda, intenta demostrar que tenemos
una especie de instinto para adivinar las cosas. Comienza el
artículo igualando “conocimiento” con forjarse
expectativas:
Nuestro conocimiento de cualquier tema nunca va más
allá de coleccionar observaciones y formar algunas
expectativas semi-conscientes, hasta que nos encontramos confrontados
con alguna experiencia contraria a esas expectaciones (CP
7.36, c. 1907). El conocimiento empieza con la percepción, que
proporciona datos, y continúa con la formación de
creencias acerca de lo que sucede; estas, a su vez, establecen
hábitos de acción para vérselas con el mundo
(CP 5.398, 1878). Uno no duda ni de la percepción ni de
la creencia subsecuente hasta que las expectativas que
teníamos se ven defraudadas por alguna sorpresa, que es el
modo en que la experiencia nos enseña (CP 5.51, 1903).
Ello nos lleva a formular una nueva hipótesis con la que
intentar comprender y explicar la nueva situación. Pues, como
escribe Nubiola, “nuestras creencias son hábitos y en
cuanto tales fuerzan al hombre a creer hasta que algo sorprendente,
alguna nueva experiencia externa o interna, rompe ese hábito.
El fenómeno sorprendente requiere una racionalización,
una regularización que haga desaparecer la sorpresa mediante
la creación de un nuevo hábito” 14.
Este proceso, que Peirce denominó
“abducción”, consiste siempre en suponer que los
hechos sorprendentes que hemos observado son sólo una parte de
un sistema más grande de hechos, el cual (…) tomado en
su totalidad, presentaría un cierto carácter de
razonabilidad que nos inclina a aceptar la conjetura como verdadera,
o algo parecido” (CP 7.36, c.1907). Si la
deducción explica y la inducción evalúa, en la
abducción suponemos que un hecho sorprendente es un caso de
una regla general (CP 2.624, 1878). Mediante la
imaginación, en la abducción somos nosotros los que
introducimos esa regla general o situación más amplia
que explicaría el hecho sorprendente observado. La
abducción es, por tanto, un tipo de inferencia cuya
conclusión es siempre una hipótesis (CP 2.96,
c.1902) o una conjetura, algo probable, pero es precisamente el
carácter plausible o razonable de esa hipótesis la que
lleva a aceptarla y no su probabilidad efectiva (CP 2.102,
1903). Abducir es adivinar 15, y es el único razonamiento que
genera nuevo conocimiento, porque añade a los datos de la
percepción una explicación plausible (MS 692,
1901). En “Guessing”, Peirce propone el ejemplo de
alguien que entra en una habitación por primera vez y ve,
proyectado desde detrás de un gran mapa, tres cuartos de un
fresco de Rafael. El espectador tiende a olvidar el hecho
sorprendente de que falta una parte del fresco porque una
explicación surge de manera natural, como un flash del
entendimiento (CP 5.181, 1903): el mapa está tapando un
cuarto del fresco 16. De esta manera, “una inferencia
interesante, simple y completamente aceptada tiende a ocultar todo
reconocimiento de las premisas complejas y no-interesantes de las que
fue derivada” (CP 7.36, c.1907). El espectador
podría formarse varias hipótesis de por qué
sólo está observando tres cuartos de fresco, pero
acepta la hipótesis más simple, porque es “la
Hipótesis más simple en el sentido de más
fácil y natural, aquella que el instinto sugiere”
(CP 6.477, 1908). Para Peirce, estamos continuamente
adivinando. Es más, “todo conocimiento nace de la
hipótesis y, aunque toda hipótesis sea esencialmente
falible (…), es el único camino que puede llevarnos a
la verdad” 17. Incluso si tenemos algún conocimiento
previo, hay un punto del razonamiento que sigue siendo creativo.
Peirce sugiere en “Guessing” otro ejemplo: esta vez, el
hecho sorprendente es la conducta de un hombre, que tendemos a
explicar suponiendo la creencia de ese hombre que causó tal
conducta. Si no conocemos a esa persona, cualquier creencia que
afirmáramos que explica su conducta sería tan buena
como cualquier otra. Pero, si la conocemos, aún tenemos que
adivinar su estado de creencia, sólo que entre un
número menos de casos o hipótesis (CP 7.37,
c.1907). Si llevamos estas consideraciones al terreno de la ciencia,
para Peirce no hay duda de que ésta se ha construido a base de
proposiciones que fueron adivinadas entre varias posibilidades
(CP 7.38, c.1907), pero no de una manera azarosa o
fortuita, ya que “la mente humana, habiéndose
desarrollado bajo la influencia de las leyes de la naturaleza, por
esa razón naturalmente piensa un poco siguiendo el modelo de
la naturaleza” (CP 7.39, c.1907). El que seamos capaces
de producir hipótesis correctas se explica por una especial
afinidad entre nuestras capacidades cognoscitivas y la naturaleza, de
tal manera que como nuestras mentes se han formado bajo la influencia
de fenómenos regidos por las leyes de la mecánica,
determinadas concepciones que entran en estas leyes quedaron
implantadas en nuestras mentes; de ahí que nosotros
fácilmente adivinemos cuáles son esas leyes. Sin tal
inclinación natural, teniendo que buscar a ciegas una ley que
se ajuste a los fenómenos, nuestra probabilidad de encontrarla
sería infinita (CP 6.10, 1891). De hecho, lo que a
Peirce le sorprende de la actividad científica es que alcance
la explicación verdadera tras un número pequeño
de intentos. Para producir hipótesis, hay que asumir que los
hechos se pueden racionalizar y, además, que el hombre puede
racionalizarlos (CP 7.219, c.1901) porque tiene una capacidad
casi instintiva de conjeturar correctamente. Pretender que el
científico acierta por casualidad equivale a renunciar a toda
explicación 18. Así lo expresa Peirce en la sexta de las
Lecciones sobre el pragmatismo de 1903:
Considérese la multitud de teorías que
habrían podido ser sugeridas. Un físico se topa con un
fenómeno nuevo en su laboratorio. ¿Cómo sabe si
las conjunciones de los planetas nada tienen que ver con él o
si no es quizás porque la emperatriz viuda de China ha
pronunciado por casualidad hace un año, en ese mismo momento,
alguna palabra de poder místico, o si estaba presente un genio
invisible? Piensen en los trillones de trillones de hipótesis
que habrían podido hacerse, de las cuales sólo una es
verdadera; y sin embargo, al cabo de dos o tres conjeturas, o a lo
sumo una docena, el físico atina muy de cerca con la
hipótesis correcta. Por azar no habría sido
verosímil que lo hiciera en todo el tiempo que ha transcurrido
desde que se solidificó la tierra (CP 5.172, 1903). Por
último, Peirce explica esta peculiar conexión de la
mente con los fenómenos del universo mediante una
anécdota real que le ocurrió en 1879 cuando le robaron
un valioso reloj durante un viaje a Nueva York en un buque de vapor.
Al darse cuenta de la pérdida, mandó subir a cubierta a
todos los mozos y conversó brevemente con ellos. Al no
encontrar ningún indicio de quién era el ladrón,
decidió hacer una conjetura sobre quién podía
ser, “no importa si no tienes ninguna razón, debes decir
de quién pensarás que es el ladrón”
(MS 687, 11, c.1907). Y habiendo establecido una conjetura
“toda sombra de duda había desaparecido. No había
ninguna autocrítica” (MS 687, 11, c.1907), esto
es, aceptó la hipótesis que menos complicaciones le
causaba y se dejó guiar por ella. El camarero negó la
acusación, pero Peirce contrató a un detective y, al
final, recuperó el reloj de la persona a la que había
acusado pese a no tener ninguna evidencia. “Peirce
concluía que debía haber recibido indicios
subconscientes durante su conversación con el mozo, que lo
llevaron a alcanzar la conclusión correcta” 19, de modo que,
aún sin saberlo, pudo conjeturar correctamente. Es la
única manera de explicar, pensaba Peirce, que los hombres
tuvieran “alguna intuición de qué ocurre en las
mentes de sus compañeros” (CP 7.40, c.1907).
La naturaleza inferida del conocimiento
En la primera parte de “Guessing”, Peirce ha
adelantado una conjetura de cómo funciona el conocimiento y la
ha explicado con varias hipótesis y ejemplos. Pero, en la
segunda parte, Peirce da un paso más allá e intenta
demostrar que hay una causa verdadera que produce conjeturas
que, la mayor parte de las veces, aciertan a dar la
explicación correcta de los fenómenos. Para ello, trae
a colación un experimento llevado a cabo entre 1883 y 1884
junto con Joseph Jastrow mientras estaba en la Johns Hopkins 20. Ambos
querían rebatir la teoría de los umbrales
mínimos de percepción de Fechner. Este
fisiólogo sostenía que por debajo de ciertas magnitudes
mínimas de estimulación, el ser humano no
“percibe” o, en todo caso, si percibe, no es capaz de
discriminar sensaciones o estímulos. Es decir, que si a una
cantidad de sonido X se la disminuye en una cantidad mínima,
por ejemplo X - 0,01 o se la aumenta en X + 0,01, el sujeto es
incapaz de notar la diferencia.
Peirce se oponía a esta idea pues, para él,
resultaba inaceptable que el ser humano empezara a percibir a partir
de un cierto umbral. Si hay algo constante en el pensamiento de
Peirce, es la insistencia en la continuidad que hay entre unos
pensamientos y otros, entre unas percepciones y otras o —como
había escrito al principio de su carrera— entre unas
cogniciones y otras. Si existiera algo así como un
“umbral”, eso supondría que hay un punto en el que
el hombre, por así decir, “empieza” a conocer.
Para Peirce no hay tal punto, porque todos los pensamientos son
signos, que provienen de otros pensamientos-signos y que, a su vez,
alumbran nuevos pensamientos. Pero es que, además, aceptar la
existencia de un “umbral” conlleva que hay campos de la
experiencia —aunque sea infinitesimalmente considerada—
que son incognoscibles y, para Peirce, todas las regiones de la
experiencia son campos de experiencia posible. En el experimento
—que, dicho sea de paso, es hoy admitido como el inicio de la
psicología experimental— a un sujeto se le aplica
presión y, según lo que diga un naipe elegido
aleatoriamente, a esa misma presión se añade o resta
una cantidad mínima. El sujeto debía decir si notaba
tal cambio. Si Fechner estuviera en lo cierto, como la cantidad
variada es infinitesimal, el sujeto no percibiría
conscientemente ese cambio, de manera que las respuestas que diera
serían totalmente aleatorias (50% de aciertos y 50% de
fallos). Lo que Peirce observó es que hay una tendencia
ligeramente mayor a acertar (3 sobre 5). Un resultado que da nueva
razón para creer que captamos lo que está pasando en la
mente de otro en gran medida por sensaciones tan débiles que
no somos plenamente conscientes de tenerlas, y no podemos dar una
explicación de cómo llegamos a nuestras conclusiones
sobre tales asuntos (CP 7.35, 1884).
Lo que, en definitiva, estaba demostrando es que todo conocimiento
es inferencial, que no hay intuiciones puras, sino que —de
alguna manera— todo conocimiento viene de otro. Es una idea que
ya había sostenido en las Cognition Series, una serie
de tres artículos publicados entre 1868 y 1869. Al final de
“Cuestiones acerca de ciertas facultades atribuidas al
hombre”, Peirce ataca la idea de que haya cogniciones no
determinadas por otras cogniciones y usa el ejemplo del
triángulo invertido que se sumerge gradualmente en el agua. La
superficie del agua va dejando líneas horizontales en
distintos momentos según se sumerge el triángulo.
Supongamos que las líneas simbolizan la viveza de cada
cognición y que cada línea determina la siguiente
según se va sumergiendo: cuanto más larga es la
línea, más viva es la cognición del objeto. Lo
que se encuentra es que es imposible encontrar dos líneas
entre las cuales no se puedan trazar más líneas. Es
decir, que el conocimiento se auto-funda y, por así decirlo,
no hay un primer conocimiento que no venga mediado por otros. Nunca
se alcanza lo incognoscible. Ciertamente, se podría argumentar
que el vértice es lo incognoscible no-mediado. Pero el
vértice es un punto, no una línea, y vendría a
ser no una cognición sino el objeto mismo —que
está fuera de la conciencia, en la realidad— al que se
refieren las cogniciones. En el momento en que se mete el
triángulo en el agua, ya aparecen las líneas. Es
decir, que en el momento en que hay conocimiento, ya hay
sucesión de cogniciones (CP 5.263, 1868).
Inferencia y verdad
Peirce concluye “Guessing” comparando la capacidad de
adivinar con la capacidad de los pájaros para volar e
incluyendo este instinto abductivo dentro del arte de la
investigación: “habitualmente obtenemos de las
observaciones fuertes insinuaciones de la verdad, sin ser capaces de
especificar cuáles fueron las circunstancias observadas que
conducían a dichas insinuaciones” (CP 7.46,
c.1907). La abducción, es decir, la habilidad para formar
hipótesis, es la única manera de acceder a la verdad,
que es “la propiedad de aquellas hipótesis que
serían creídas si la investigación [sobre ellas]
continuara hasta donde pudiera llegar con provecho” 21. Pero ello
supone asumir que la mente humana es afín a la verdad, en el
sentido de que en un número finito de conjeturas
iluminará la hipótesis correcta. (…) Porque la
existencia de un instinto natural para la verdad es, al final, la
tabla de salvación de la ciencia (CP 7.220, c.1901).
Para Peirce, la ciencia es “una entidad histórica
viva” (CP 1.44, c.1896) y “un cuerpo de verdad
creciente y vivo” (CP 6.428, 1893), que va madurando a base de
los aciertos y errores de los investigadores en el tiempo. La verdad
estaría al final de la investigación, sería
aquella creencia en la que forzosamente convergería la
comunidad de investigadores, la opinión final que es
irrebatible. La hipótesis de que existe este punto final es lo
único que da sentido a la sucesión de hipótesis
que se aproximan a él. Y es, como dice Peirce, la tabla de
salvación de la ciencia. (Juan Pablo Serra es doctorando de
Filosofía en la Universidad de Navarra)
Notas
(1) K. L. Ketner,
“Charles Sanders Peirce. Introduction”, en J. H. Stuhr
(ed.), Classical American Philosophy, Oxford University Press,
Nueva York, 1987, pp. 14-18.
(2) Su
“encuentro” con la lógica lo describe en una
conocida carta a Lady Welby fechada el 23 de diciembre de 1908.
Allí cuenta que vio el libro del arzobispo Richard Whately
Elements of Logic (1831) en la habitación de su hermano
mayor James, lo leyó y desde aquel día “nunca he
podido estudiar nada (…) sino como un estudio de
semiótica” (en C. S. Hardwick, Semiotic and
Significs: The Correspondence between Charles S. Peirce and Victoria
Welby, Indiana University Press, Bloomington, 1977, pp. 85-86,
ver también p. 77).
(3) C. Hookway,
voz “Peirce, Charles Sanders (1839-1914)”, en E. Craig
(ed.), Routledge Encyclopedia of Philosophy, Routledge,
Londres, 1998, vol. 7, pp. 269-270.
(4) J. Vericat,
“Introducción”, en J. Vericat (ed.), Charles S.
Peirce. El hombre, un signo, Crítica, Barcelona, 1988, p.
15.
(5) V. Reyes y P
rósper, “Charles Santiago Peirce y Oscar Howard
Mitchell”, en El Progreso Matemático, 2/18
(1892), pp. 170-173
(6) W.
Castañares, “Ch. S. Peirce. Historia de una
marginación”, en Revista de Occidente, 1987 (71),
p. 136.
(7) Cf. L. Menand,
El club de los metafísicos, Destino, Barcelona, 2001,
p. 162: “[Peirce] empezó su carrera bajo la tutela de su
padre, y durante el resto de su vida consideró que su propia
obra era una ampliación y extensión de lo que
había hecho aquél”.
(8) E, incluso, a
perder su orientación en la vida, tal como afirma J. Brent en
la que es la biografía canónica de Peirce, Charles
Sanders Peirce: A Life, Indiana University Press, Bloomington,
1998, p. 132.
(9) C. S. Peirce,
“Guessing”, The Hound and Horn, II/3 (1929),
267-282. Aquí se toma como referencia, por una parte, el
extracto de dicho artículo que aparece en C. Hartshorne, P.
Weiss y A. W. Burks (eds), Collected Papers of Charles Sanders
Peirce, 8 vols., Harvard University Press, Cambridge, 1931-1958,
7.36-48, c.1907 (citado como CP, seguido del número del
volumen y parágrafo y año del texto). Y, por otra
parte, el manuscrito “Guessing”, conservado en la
Houghton Library de Harvard (citado como MS, seguido del
número del manuscrito y el año que corresponde al
texto, según la numeración de R. Robin, Annotated
Catalogue of the Papers of Charles S. Peirce, University of
Massachussets Press, Amherst, 1967).
(10) S. Barrena,
“Introducción”, en C. S. P eirce, Un argumento
olvidado en favor de la realidad de Dios, Cuadernos de Anuario
Filosófico, 34 (1996), Pamplona, p. 44.
(11) R. Rorty,
voz “Pragmatism”, en Routledge Encyclopedia of
Philosophy, vol. 7, p. 633.
(12) P.
Skagestad, The Road of Inquiry, Columbia University Press,
Nueva York, 1981, p. 15.
(13) C. S.
Peirce, “La naturaleza de la ciencia”, en Anuario
Filosófico, XXIX/3 (1996), p. 1437 (original en MS
1334, 1905).
(14) J. Nubiola,
“La abducción o la lógica de la sorpresa”,
en Razón y Palabra, 21 (2001), edición
electrónica accesible en http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n21/21_jnubiola.html.
(15) “La
materia de ninguna verdad nueva puede venir de la inducción o
la deducción. Sólo puede surgir de la abducción;
y la abducción es, después de todo, nada más que
adivinar” (CP 7. 219, c.1901).
(16) Pese a
tener este carácter casi instantáneo e instintivo, en
la abducción hay observación (los tres cuartos del
fresco), manipulación imaginativa de los hechos observados
(figurarse que sólo se ve un trozo de fresco porque algo
está tapando el resto) y formulación de
hipótesis explicativa (el mapa tapa un cuarto de fresco). En
cualquier caso, Peirce podría haber ido más lejos,
porque uno no puede ser consciente de estar ante un hecho
sorprendente hasta que tiene una hipótesis que lo explique: no
se puede saber que se está ante ¾ de un fresco de
Rafael hasta que no se tiene la hipótesis de que el fresco
entero está ahí, sólo que tapado parcialmente
por el mapa. Es decir, que incluso la sorpresa demanda una
explicación que la haga ser “sorpresa”.
(17) G. Debrock,
“El ingenioso enigma de la abducción”, en
Analogía Filosófica XII/1, (1998), p. 21.
(18) G.
Génova, Charles S. Peirce: La lógica del
descubrimiento, Cuadernos de Anuario Filosófico, 45
(1997), Pamplona, p. 68.
(19) L. Menand,
El club de los metafísicos, p. 372.
(20) C. S.
Peirce y J. J astrow, “On Small Differences of
Sensation”, en Memoirs of the National Academy of
Sciences, 3 (1885), pp. 75-83. Cf. M. M orgade, Charles
Sanders Peirce en la psicología, Tesis doctoral,
Universidad Autónoma de Madrid, 2004, pp. 536-538.
(21) C. Misak,
Truth and the End of Inquiry, 2ª edición,
Clarendon, Oxford, 2004, p. 44.
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