Panorámica del debate creacionismo-evolucionismo en los
últimos cien años en USA
Santiago Collado González
Facultad Eclesiástica de Filosofía, Universidad de
Navarra
scollado@unav.es
Publicado en Anuario de Historia de la Iglesia XVIII/2009
pp. 41-53.
An outlook on the debate between Creationism and Evolutionism in
the USA over the last 100 years
Resumen: El estudio presenta el contexto histórico
del debate creacionisimo-evolucionismo, y la evolución que
ha experimentado durante los últimos cien años en los
Estados Unidos. Se ha prestado una especial atención a las
causas del carácter polémico que ha tenido la
relación entre creación y evolución durante
este período. Se ha tratado de evitar las simplificaciones
que son comunes entre algunos de los defensores de uno y otro lado,
evitando también adoptar una actitud partidista. Finalmente
se hace una presentación del origen y desarrollo reciente
del movimiento llamado Diseño Inteligente, con el fin
de completar el cuadro del debate y de ofrecer elementos de juicio
para contrastar dicho movimiento con el creacionismo
clásico.
Palabras clave: evolucionismo, creacionismo,
diseño inteligente, USA
Abstract: This essay presents the historical setting of
the debate between Creationism and Evolutionism and its development
over the last 100 years in the United States of America. Special
attention has been given to the causes of the controversial nature
of the relation between creation and evolution during this period.
We have tried to avoid those simplifications common to advocates of
both positions and have refrained from adopting a partisan posture.
Finally, we present the origin and recent development of the
movement known as Intelligent Design in order to complete the
framework of the debate and to offer judgment criteria with which
to contrast this movement with classic Creationism.
Key words: Evolutionism, Creationism, Intelligent Design,
USA
Indice
1. Contexto y origen del
debate
2. Relación ciencia-fe
3. Reseña histórica del
creacionismo
4. Los cimientos del
creacionismo
5. Diseño Inteligente
¿nuevas estrategias?
Notas
El llamado debate evolucionismo-creacionismo puede encuadrarse
en un contexto más amplio que podría llamarse debate
ciencia-fe. Este a su vez se puede insertar en otro aún
más amplio, que se remonta a un tiempo anterior a la
aparición de la ciencia e, incluso, a la aparición de
la fe cristiana: se trata del debate teísmo-ateísmo,
que ya está presente de una manera muy neta en las
reflexiones de los autores helénicos. La pugna entre los
extremos de esta dualidad, teísmo-ateismo, estalla con
fuerza en algunos momentos y permanece después atenuada
durante largos periodos de tiempo, sin desparecer completamente.
Concretamente, es destacable que las innovaciones intelectuales o
metodológicas importantes son una ocasión propicia
para que la cuerda que une los dos polos se tense de una manera
especial. Esto ocurrió, por ejemplo, con ocasión del
nacimiento de la ciencia moderna. No cabe duda que los siglos XVI y
XVII asisten a un importante alumbramiento metódico que
cambió el curso de nuestras vidas: la ciencia experimental.
Esos siglos asisten también a un resurgimiento del
mencionado debate.
Muchos dieron la bienvenida al nacimiento de la ciencia
experimental y el tipo de racionalidad que nacía con ella
porque, entre otras cosas, se vislumbraban nuevas posibilidades de
defender la fe contra una visión del universo materialista y
ajena a la divinidad. Destaca, por ejemplo, el apoyo del cardenal
Bérulle al joven Descartes para que desarrollase la reforma
de la filosofía que la Iglesia necesitaba para hacer frente
a la amenaza de los libertinos. Es en este momento cuando nace la
metáfora del dios relojero, tan empleada en la
cultura europea desde entonces1. El entusiasmo por la nueva racionalidad
de los teístas pronto se disiparía al comprobar que
la ciencia recién estrenada encerraba peligros para la fe
nada despreciables: la mecánica se podía utilizar
precisamente para lo contrario de lo que ellos pretendían,
es decir, podía servir para explicar un mundo en el que no
era necesario tener en cuenta a Dios.
El mecanicismo fue el tipo de racionalidad y la particular
cosmovisión que acompañó el nacimiento de la
ciencia experimental. Paradójicamente, la mecánica
racional de Newton parecía ofrecer, en su inicio, soporte
tanto para los teístas como para los que contemplaban como
un éxito de la razón la posibilidad de explicar un
mundo para el que Dios fuera superfluo. Es bien conocida la
afirmación de Laplace ante Napoleón cuanto
éste le hizo notar que había escrito un libro,
Traité de Méchanique céleste, sin
mencionar ni una sola vez a Dios: “no he tenido necesidad de
esa hipótesis”. En cualquier caso, el nacimiento y
asentamiento de la mecánica como método de acceso a
la realidad natural contribuyó a revitalizar el debate
teísmo-ateísmo desde nuevas perspectivas. Entonces
los polos del debate pasaron a ser la fe y la ciencia.
La mecánica gozaba en el siglo XIX de un prestigio
incontestable. Muchos intelectuales vislumbraban el momento en el
que la ciencia, la física en particular, podría
explicar completamente la realidad material con el único
recurso de las causas naturales. Esa pretensión que
parecía prácticamente lograda en el mundo inanimado,
se encontraba con un gran obstáculo. El argumento
teleológico contaba con un bastión
prácticamente infranqueable en el mundo de la vida. En una
cultura dominada por el mecanicismo, y perdidas en gran medida las
referencias metafísicas, el argumento teleológico, en
la formulación que le diera William Paley (1743-1805), era
el recurso por antonomasia para abordar la defensa racional de la
fe. Pero un libro pareció amenazar con derruir los muros de
esa inexpugnable fortaleza.
El origen de las especies mediante la selección
natural de Charles Darwin contribuyó de una manera
decisiva a la transformación de los cimientos que
sostenían a la biología en el siglo XIX. Su tesis
fundamental era un mecanismo natural que pretendía explicar
el aumento de complejidad, la diversidad y la común
descendencia de los seres vivos mediante transformaciones
materiales en cuyas causas está excluida la finalidad. La
teoría de la evolución constituyó una
innovación metódica de carácter
científico que, como ocurrió con la mecánica,
ha tenido gran incidencia en el debate
teísmo-ateísmo. La propuesta de Darwin dejaba en una
difícil posición al argumento teleológico de
Paley. El tipo de racionalidad a la que ha dado lugar dicha
innovación es el darwinismo. Como ocurriera anteriormente
con el mecanicismo, el darwinismo se ha constituido a lo largo del
siglo XX en una auténtica cosmovisión del mundo.
Más que la aportación de carácter
científico, el intento de convertir a la teoría de la
evolución en una teoría global y, por tanto, en una
filosofía, es lo que ha provocado en muy diversos
ámbitos y tradiciones culturales el rechazo desde su inicio
hasta nuestros días2.
Uno de los focos de oposición a la teoría de la
evolución fue, en su inicio, la misma ciencia. Pero en la
medida en que se fue abriendo paso una teoría que
permitió sintetizar la propuesta de Darwin con la
genética y con las nuevas aportaciones de la
bioquímica, la oposición científica se fue
disolviendo. Hoy se puede considerar prácticamente nula. El
otro foco de oposición ha sido de carácter
filosófico. Este tiene que ver con el mencionado problema de
la elevación de la teoría científica al
estatuto de conocimiento globalizante y, por tanto, se
podría decir que se trata de oposición al
evolucionismo como ideología, más que a la
teoría científica de la evolución. El otro
foco de oposición ha sido, también desde la misma
formulación de la teoría, el aparente contraste de
sus tesis con la revelación cristiana: la amenaza contra la
autoridad bíblica.
Especialmente en el ámbito protestante, la teoría
de la evolución parecía constituir una amenaza contra
dos pilares que muchos tenían como inamovibles: por una
parte la autoridad bíblica y, en continuidad con ella, un
modo de concebir la creación del mundo y la aparición
de las diversas especies estrechamente vinculado a la literalidad
de la narración del Génesis. El enfrentamiento entre
la cosmovisión fundada sobre los pilares señalados, y
la que se iba abriendo paso a través de la naciente ciencia
biológica, tuvo en Estados Unidos un itinerario propio. La
grieta cultural abierta en la sociedad por dicho enfrentamiento no
ha cesado de abrirse durante el siglo XX. Su abismo sigue dividendo
hoy la sociedad norteamericana. Es este el escenario más
aparente en el que se puede decir que está encuadrado el
debate “creacionismo-evolucionismo”.
El par de términos
“creacionismo-evolucionismo” expresa el enfrentamiento
entre partidarios de la creación y de la evolución.
Decir solamente esto sería simplificar excesivamente el
problema. Creación y evolución no son necesariamente
nociones que impliquen pugna. En términos muy generales se
puede decir que, entre los cristianos, encontramos cuatro modos
distintos de afrontar la relación entre la ciencia y la fe,
que son las mismas que podemos encontrar entre la creación y
la evolución3. Es posible encontrar algunas de estas
posiciones también entre no creyentes.
La primera es la que se podría denominar como propiamente
creacionista. Sus defensores ven incompatibles las principales
tesis de la teoría de la evolución y las
enseñanzas contenidas en la Biblia.
Una segunda posición defiende la independencia entre las
afirmaciones establecidas científicamente y las hechas por
las Sagradas Escrituras. Esta posición ha sido defendida por
algunos científicos destacados como Francisco Ayala o
Stephen Jay Gould, que defiende explícitamente la existencia
de un “doble magisterio”, ciencia y religión,
entre los que no hay intersección y, por tanto, tampoco
incompatibilidad. Esta es sin duda la manera más sencilla de
evitar los conflictos, aunque es claro que sostenerla no resuelve
los problemas que de hecho se han presentado entre ambas.
La tercera posición defiende que la ciencia tiene su
método propio y que no debe mezclarse con la
religión, pero, al mismo tiempo, afirman que la ciencia no
sólo no se opone a la religión sino que ofrece
elementos que permitirían reforzarla, aunque sea de un modo
indirecto. Esta es la posición de los promotores del
movimiento llamado Diseño Inteligente (ID). Para sus
defensores, la ciencia de hoy, en particular la biología,
ofrece datos empíricos que muestran la insuficiencia de las
leyes naturales en la explicación de la realidad. Estos
datos confirman la necesidad de una intervención
extranatural.
La cuarta posición, que podríamos calificar de
asociación o mutua colaboración, sería la que
defiende la independencia metódica de la ciencia respecto de
otras disciplinas como la filosofía o la teología
pero, a la vez, reconoce su mutua influencia y la necesidad de
ambas perspectivas para conseguir dibujar un cuadro completo de la
realidad. No ve amenazas entre ambas partes, sino todo lo
contrario. Una imagen paradigmática de esta perspectiva,
aunque en un contexto más amplio y no limitado a la ciencia,
sería la que se ofrece al comienzo de la introducción
de la encíclica de Juan Pablo II, Fides et Ratio:
“La fe y la razón son como las dos alas con las cuales
el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de
la verdad”. Bajo esta perspectiva no hay oposición
entre creación y evolución ya que ambas nociones se
mueven en niveles de racionalidad que son distintos, pero no
completamente independientes.
El debate creacionismo-evolucionismo, entendido como lucha, se
ha alimentado sobre todo desde la posición creacionista y
desde la tercera, la encabezada por el Diseño
Inteligente, al que muchos ven, en contra de lo que ellos
afirman sobre si, como una variante del creacionismo. Aunque por
motivos diversos, la segunda y cuarta posición no ven
conflicto entre ciencia y fe y, por tanto, tampoco entre
creación y evolución. Ambas posiciones
merecerían un tratamiento específico por lo que no
nos detendremos más en ellas en este trabajo.
El inicio del siglo XX fue testigo de una productiva batalla en
el seno de la ciencia biológica que enfrentó a
biometristas (defensores de las ideas de Darwin) con mendelianos.
Pocos años después de la publicación del
Origen de las especies no se cuestionaba el hecho de la
evolución o descendencia de todos los seres vivos de
antecesores comunes, incluyendo las características
orgánicas humanas. Lo que se debatía era la
compatibilidad de las ideas gradualistas de Darwin con la ideas
defendidas por los seguidores de Mendel, redescubierto justo a
principios de siglo. En el año 1918, R. A. Fisher
(1890-1962) pudo mostrar que las leyes formuladas por los
biometristas podían ser explicadas dentro del marco
establecido por las leyes de Mendel. Se abrían así
las puertas a la formulación de una teoría
sintética de la evolución que se fue asentando y
consolidando en los años sucesivos.
También en estos primeros años del siglo XX, en
los Estados Unidos, un creciente número de cristianos, sobre
todo de origen protestante, tomaban conciencia de la amenaza que
suponía para su fe el modernismo procedente de Europa, y el
darwinismo, que cada vez estaba mejor establecido en el
ámbito científico. Aumentaba el número de
cristianos, algunos pertenecientes al ámbito de la
política o de la empresa, que percibían la necesidad
de salvar lo que estas amenazas parecían estar demoliendo4. Entre
1910 y 1915 el empresario californiano Lyman Stewart
financió una obra escrita con la que quería hacer
frente a los nuevos retos planteados desde el modernismo y desde el
ámbito científico. Los doce volúmenes que la
formaban llevaron el título The Fundamentals. La
obra, que como es fácil imaginar tenía un
carácter combativo, llevó a muchos protestantes
evangélicos por un camino que recibió poco
después el nombre de Fundamentalismo. Los autores de
estos volúmenes atacaron con mucha más agresividad al
criticismo bíblico, que se ejercía entonces en el
área germánica, que a la evolución
biológica: “toleraban”, por ejemplo, la
posibilidad de la existencia de la evolución si se llegaba a
demostrar científicamente. Ninguno de ellos vio entonces,
por ejemplo, la necesidad de emprender una lucha abierta para
erradicar la enseñanza de la evolución de los centros
docentes.
El momento clave, en el que se desencadena la auténtica
lucha del Fundamentalismo recién nacido frente al
pensamiento evolucionista, llegó después de la I
Guerra Mundial. William Jennings Bryan (1860-1925), un abogado de
religión presbiteriana, derrotado en tres ocasiones como
candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos,
pronunció en 1921 un conocido discurso titulado “La
Amenaza del Darwinismo”. En él alertaba a la sociedad
del peligro de dicha doctrina para la fe cristiana y la acusaba de
poner las bases para que se desencadenara la más sangrienta
guerra de la historia. Bryan, en el mismo discurso, afirmó
la necesidad de condenar públicamente el darwinismo. De
hecho, Bryan pensaba que el darwinismo estaba asociado con la
guerra que acababa de terminar.
Antes de que acabara la década, más de veinte
estados habían debatido leyes antievolucionistas. En tres de
ellos (Tennessee, Mississippi y Arkansas) se prohibió la
enseñanza de la evolución en las escuelas
públicas. En Oklahoma se prohibió el uso de libros de
texto evolucionistas. En Florida se condenó el Darwinismo
como “impropio y subversivo”. Incluso el Senado de los
Estados Unidos debatió, y finalmente se rechazó, una
enmienda que hubiera prohibido emisiones radiofónicas
favorables a la evolución. En esta polémica agria y
abierta que enfrentaba al Fundamentalismo con la evolución
el catalizador indiscutible fue Bryan5.
Bryan tuvo la ocasión de ejecutar una condena
pública contra la evolución en 1925 cuando en Dayton,
Tennessee, se celebró un juicio contra el profesor John
Scopes. El juicio, en realidad, fue provocado por los defensores
del evolucionismo. El juicio fue ampliamente conocido como el
Juicio del mono (Scopes Monkey Trial). Se
acusó a Scopes de enseñar la teoría de la
evolución contra la ley vigente en el estado de Tennesse.
Fue una victoria legal del fundamentalismo: el profesor fue
condenado a una multa simbólica y tan exigua que no pudo ser
recurrida a un tribunal federal, que es lo que pretendían
los que provocaron el juicio.
Los ánimos parece que quedaron apaciguados, al menos
externamente, en los años siguientes. La biología
experimentó notables avances en ese período. Haldane,
Fisher y Wright desarrollaron modelos teóricos que dieron
lugar a la genética de poblaciones. La integración de
los trabajos anteriores con el resto de la biología fue la
tarea principal de Theodosius Grygorovych Dobzhansky (1900-1975).
Su libro más importante fue publicado en 1937 y llevó
por título Genética y el origen de las
especies. La orientación de sus trabajos se
continuó en los años sucesivos y dio lugar a una
síntesis entre genética y biología que ahora
se conoce como la Teoría Sintética o
neo-Darwinismo. El nombre de Teoría
sintética quedó establecido gracias a la
popularización que consiguió Julian Huxley de estas
ideas con un libro publicado en 1947 y cuyo título fue La
evolución: síntesis moderna. Un momento de gran
importancia para la consolidación del neo-Darwinismo
como teoría dominante en el ámbito científico
fue el descubrimiento de la estructura del adn, en 1953, por Crick
y Watson. La bioquímica abría nuevas perspectivas
teóricas y experimentales a las explicaciones
evolutivas.
En medio de la calma posterior a la tormenta del primer cuarto
de siglo, el desfase entre la implantación del Darwinismo en
el ámbito sociocultural y en el mundo científico se
hacía cada vez mayor. Los currículos
científicos se adaptaron a las nuevas exigencias de la
Biología y dieron a la evolución un papel central en
la explicación de los procesos biológicos. En 1958,
por ejemplo, se fundó el “Estudio Curricular de las
Ciencias Biológicas”, financiado por el gobierno
federal. El texto otorgaba un papel central a la teoría de
la evolución, estableciendo así a la tendencia
general de los textos científicos del momento, a pesar de
las leyes contrarias a la evolución todavía vigentes
en algunos estados. Habrá que esperar hasta el año
1968 para que dichas leyes sean declaradas anticonstitucionales por
la corte Suprema (caso de Epperson contra Arkansas)6.
Por su parte, los protestantes defensores de las proposiciones
fundamentalistas consideraron que sus tesis e, incluso su misma fe,
estaba siendo atacada en los centros de enseñanza. Cada vez
era más patente para estos que había que defender los
principios creacionistas en el mismo ámbito
científico en el que la evolución estaba cosechando
tantos éxitos, es decir, conseguir que el creacionismo fuese
también reconocido como ciencia: la ciencia de la
creación. El personaje que asume ahora el liderazgo de
este nuevo reto y cataliza el resurgir del nuevo creacionismo fue
Henry Madison Morris (1918-2006).
Morris, ingeniero civil, creó en 1970 en San Diego un
centro para la investigación de la ciencia de la
creación y un college cristiano fundamentalista.
Él y un grupo de colaboradores, durante los años 70 y
80, sacaron adelante el Institute for Creation Research
(ICR), organización con un marcado carácter
antievolucionista con la que lograron inicialmente recuperar
terreno para el creacionismo. Consiguieron que en los primeros
años ochenta, al menos en 27 estados, se decretaran leyes
que prescribían equilibrar la enseñanza de la
evolución con la ciencia de la creación. No
obstante, sus intentos de ser aceptados por el mundo
científico fracasaron de una manera clara. También en
el ámbito judicial fueron cediendo terreno. El caso de la
ciencia de la creación de Arkansas, un juicio celebrado
en enero de 1982, es uno de los ejemplos más
representativos. Los evolucionistas consiguieron que el juez
Overton revocara la ley vigente en el estado de Arkansas desde 1981
por la que se obligaba a equilibrar el tiempo de docencia de ambos
contendientes. En Louisiana los creacionistas trabajaron para
introducir una ley de enseñanza del mismo tipo tratando de
evitar los problemas que les llevaron a la derrota en Arkansas,
pero en 1987 la Corte Suprema sentenció que la ley del
Tratamiento Equilibrado de Lousiana violaba el requerimiento de la
Primera Enmienda de la Constitución, que establece la
separación entre la iglesia y el estado. Lo que afirmaba la
sentencia es que la ley respaldaba la enseñanza de la
religión en un centro público de enseñanza
(caso Edwards contra Aquillard).
Algunos autores como Eugenie Scott7 afirman que esta derrota fue uno de
los factores más importantes en el cambio de estrategia del
movimiento creacionista. El creacionismo abrazaría ahora una
nueva etiqueta, la del Diseño Inteligente. Aunque
ciertamente hay una continuidad temporal entre esta derrota en los
tribunales y la aparición del Diseño
Inteligente (ID), y encontramos personas comprometidas con el
creacionismo y con el nuevo movimiento, la realidad es que no
parece que este último fuera un producto elaborado en los
“laboratorios intelectuales” del creacionismo. Lo que
sí parece claro es que los creacionistas vieron en el ID,
que comenzaba sólo a esbozarse al finalizar la década
de los 80, una tabla de salvación en la que subirse para
mantener su pulso contra la evolución, al menos, en el
ámbito académico. Sin embargo, las diferencias entre
el creacionismo del que hemos hablado hasta el momento, y el
Diseño Inteligente, hace conveniente delinear una
síntesis de las ideas defendidas por los creacionistas, y
describir el itinerario intelectual e histórico propio del
nuevo movimiento.
A pesar del apretado resumen esbozado anteriormente, sólo
se han expuesto unas simples pinceladas de un cuadro mucho mayor.
El creacionismo es un fenómeno complejo que, además,
ha ido evolucionando a lo largo de todo el siglo XX. Aunque el
mundo científico ha sido refractario a sus tesis, no se debe
caer en la simplificación de pensar que es la sencilla
expresión de una lucha entre ciencia y religión.
Ciertamente hay profundas motivaciones de carácter
religioso, pero, por ejemplo, entre los defensores del creacionismo
podemos encontrar a hombres de ciencia, y entre sus adversarios
también podemos encontrar a miembros del clero. No obstante,
se podría afirmar que las líneas esenciales que
recorren las distintas formas de creacionismo podrían
expresarse muy resumidamente diciendo lo siguiente:
Para los creacionistas, la Biblia es la primera autoridad en
todas las áreas del conocimiento. Defienden que debe haber
una total subordinación de la ciencia a lo que se dice en la
Sagrada Escritura. Las diferencias entre unas versiones de
creacionismo y otras se derivan, en gran medida, del tipo de
lectura que se hace de los libros sagrados, en particular del
Génesis. Los creacionistas de principios del siglo XX,
curiosamente, eran más flexibles en la interpretación
de los textos sagrados que los defensores del posterior
creacionismo científico. William Bryan, por ejemplo,
entendía los días del relato de la creación
como edades geológicas que podían durar millones de
años. Además admitía la evolución
orgánica de los seres vivos con tal de que no fuera en
contra del origen sobrenatural de Adán y Eva. Morris, el
principal promotor de la ciencia de la creación,
hacía una lectura más literal del relato
bíblico aunque sus afirmaciones, que pretendían
ajustarse a lo divinamente revelado en los textos, trataban de
sustentarse en argumentos de carácter científico. Se
podría decir que hace una interpretación
“científica” del texto. Para Morris tiene mucha
importancia, en la comprensión de la historia natural, el
relato bíblico del diluvio universal. Las tesis
científicas catastrofistas y los “gaps” en el
registro fósil serían una confirmación
científica de los relatos bíblicos, en particular del
diluvio. Esta interpretación muy ajustada a la literalidad
del texto sagrado hizo que los creacionistas científicos
concedieran a la Tierra una historia de no más de diez mil
años.
Resulta paradójico que entre los defensores de las
primeras formas de creacionismo fundamentalista casi no se
encuentran hombres de ciencia o del ámbito académico.
En cambio, cuando aparece el ICR, cinco de sus diez fundadores han
conseguido doctorados en ciencias o ingeniería en
universidades estadounidenses de prestigio. Esto permite explicar
el mayor peso que se da a los argumentos científicos en esta
fase del creacionismo. Pero estos argumentos están al
servicio de la defensa ciertos pasajes de la Biblia leídos,
como se ha dicho, en un sentido literal.
Consecuencia de lo anterior, aparte del cálculo de la
edad de la Tierra, es mantener que la teoría de la
evolución no es capaz de explicar ni el origen del mundo ni
el origen y la diversidad de las especies que vemos en la
naturaleza. Las tesis esenciales de la ciencia de la
creación son las incluidas en la caracterización
que se hizo de ella en la ley de Arkansas del 19818:
1. Súbita creación del universo, energía y
vida de la nada.
2. Mutación y selección natural son insuficientes
para explicar el desarrollo de todos los tipos de seres vivos desde
un único organismo.
3. Los cambios se producen solamente, dentro de unos
determinados límites, en unos tipos de plantas y animales
creados originalmente.
4. Antecesores separados para los simios y los hombres.
5. Explicación de la geología de la Tierra
mediante el catastrofismo, incluyendo la ocurrencia de un diluvio
universal.
6. Relativamente reciente inicio de la Tierra y de los seres
vivos.
En estos puntos no hay referencias explicitas a la Biblia. Pero
es claro que una lectura literal de la Biblia es su principal
fuente de inspiración. Así lo admiten además
los propios creacionistas. Morris afirma, por ejemplo, que
sólo en la Biblia se puede encontrar el concepto de especial
creación. A diferencia de los creacionistas anteriores a
1960, para los creacionistas científicos el punto crucial de
conflicto entre las cosmologías evolucionista y creacionista
está en el diluvio narrado en el libro del
Génesis.
Como es obvio, gran parte de las tesis creacionistas, en
particular la de la edad de la Tierra, difícilmente
podían conseguir adeptos entre los científicos de
prestigio. El resultado ha sido una repetida humillación de
los creacionistas en el mundo académico. En cambio, la
incidencia de las propuestas creacionistas ha sido muy distinta
entre el público llano, donde los libros de los autores
creacionistas más importantes han conseguido una gran
difusión.
Paradójicamente, los evolucionistas se encuentran con la
situación opuesta: han conseguido dominar a lo largo del
siglo XX el ámbito científico de una manera
contundente. Los principios del neodarwinismo se enseñan en
los últimos decenios en las universidades sin que, hasta el
momento, los creacionistas hayan podido ofrecer una alternativa
científicamente atendible. En cambio, entre el
público no científico el darwinismo crea muchos
recelos. La causa de este rechazo no es fácil de analizar,
pero parece que, al menos en parte, está relacionado con el
naturalismo materialista y, por tanto, el ateismo militante de
algunos de sus defensores más conocidos y, por contraste, la
arraigada religiosidad del pueblo norteamericano.
El movimiento llamado Diseño Inteligente tiene
puntos de contacto con el creacionismo, al menos, desde el punto de
vista histórico y sociológico. Hay gran
interés por parte de los darwinistas en que el ID se perciba
como una reedición actualizada del creacionismo y, por otro
lado, sus defensores tratan denodadamente de distinguirse con
claridad de los creacionistas. Vamos a reseñar brevemente
cómo aparece dicho movimiento, con el fin de ofrecer una
idea aproximada de su relación con la Ciencia de la
creación.
El antecedente más próximo del Intelligent
Design lo constituyen dos libros publicados en los años
80. El primero, que lleva por título El misterio del
origen de la vida, fue escrito por tres autores que trabajaban
entonces en el ámbito de la ciencia o la tecnología:
Thaxton (químico), Bradley (ingeniero) y Olson
(geoquímica). El segundo, cuyo título es
Evolución: Una Teoría en Crisis, fue escrito
poco después por Michael Denton, agnóstico y
especialista en genética molecular. Ambos trabajos
coincidían en poner en cuestión la teoría
neodarwinista y, además, en hacerlo desde argumentos que no
apelaban a la fe o a intentos de justificación de pasajes
bíblicos, sino a razonamientos estrictamente
científicos9.
Muy poco antes, en 1977, un grupo de la Universidad de Santa
Bárbara en California creó Students for Origins
Research (SOR). Sus objetivos coincidían con el ya
existente ICR en su enfrentamiento a una visión materialista
de la ciencia, aunque se distanciaba del ICR en aspectos
importantes: por ejemplo, no limitarse a proponer una
explicación de la creación que siguiera literalmente
el texto bíblico y, en general, se alejaba del ICR en
cuestiones relativas al estilo de la argumentación y la
autoridad sobre la que se debían apoyar los razonamientos.
El SOR se presentaba como un foro de debate donde se podían
plantear los argumentos científicos principales a favor y en
contra de la evolución, de modo que cada uno pudiera
formarse su propia opinión sobre estas cuestiones.
Las nuevas iniciativas, consideradas por muchos
científicos como neocreacionistas, lógicamente no
estaban mal vistas por los creacionistas, de esa hora, es decir,
por los defensores de la Ciencia de la creación.
Estos veían con esperanza la difusión de las nuevas
ideas, que podían conseguir lo que ellos nunca habían
logrado: una alternativa al darwinismo que, según ellos, no
se opusiera a la fe y, a la vez, fuera atendida y respetada en el
ámbito científico y académico. En definitiva,
veían en el ID la posibilidad de competir con las
teorías darwinistas e incluso desplazarlas. Lo que faltaba
todavía era gente que trabajara con esa orientación
y, además, conseguir una cierta unidad de acción
entre ellos.
En aquel momento apareció en escena la persona que
consiguió catalizar y atraer hacía un mismo objetivo
a todos los que, de una manera u otra, trabajaban sobre tales
ideas. Su nombre es Phillip E. Johnson. En los años 80,
Johnson había alcanzado un gran prestigio como abogado.
También daba clases de derecho en la Universidad de
Berkeley. Su figura se hizo muy popular entre los defensores del
creacionismo a raíz de un enfrentamiento dialéctico
que mantuvo con Stephen Jay Gould (muy conocido por dar origen a la
teoría del evolucionismo puntuado), que entonces era ya
también un prestigioso y conocido biólogo
evolucionista y agnóstico declarado. La ocasión de
ese enfrentamiento fue un simposio organizado en un centro jesuita
en Weston, Massachussets, llamado por sus organizadores Science
and Creationism in Public Schools. En ese lugar se reunieron
muchos de los protagonistas del debate
“creacionismo-evolucionismo” de la década de los
80. La intervención de Johnson consiguió levantar los
ánimos de los antievolucionistas que vieron como la guerra,
en el ámbito científico, se podía mantener
viva.
A finales de los 80 Johnson era profesor visitante en el
University College de Londres, donde leyó el
polémico libro de Richard Dawkins El relojero ciego.
Después de un estudio atento del libro, llegó a la
conclusión de que los argumentos expuestos por Dawkins no
podían considerarse legítimamente científicos,
más bien se parecían a los argumentos empleados en
las defensas judiciales, con las que tan familiarizado estaba
Johnson. Impulsado por esta idea siguió trabajando sobre los
libros más populares de entonces sobre la evolución.
Como resultado de este estudio publicó en 1991 un libro
titulado Darwin on Trial, en el que hacía una dura
crítica al darwinismo acusándolo de no ser una
teoría científica sino una filosofía
materialista. El libro alcanzó una gran difusión e
hizo más famoso aún a su autor.
Estando todavía en Inglaterra, Johnson entró en
contacto con Stephen C. Meyer, joven doctorando de filosofía
y componente de un grupo que más tarde se convirtió
en el Discovery Institute, que actualmente constituye la
principal infraestructura logística del Diseño
Inteligente. En su origen, este grupo se había formado
por el interés de sus componentes en el estudio y desarrollo
de las ideas contenidas en el libro Los misterios del origen de
la vida, mencionado anteriormente. La sintonía de Meyer
y sus colegas con Johnson fue completa. A raíz de este
encuentro el autor de Darwin in Trial se convirtió en
el líder indiscutible de lo que hoy conocemos como
Diseño Inteligente.
A lo largo de los años 90, en gran parte por el eficaz
impulso de Johnson, el movimiento ID se fue consolidando desde
diversos puntos de vista. Johnson afirmó que el ID era como
una “cuña” con la que sería capaz de
romper la monolítica cultura materialista, solidamente
instaurada hasta ese momento en el ámbito científico.
Al inicio de los años 90, sus principales logros fueron en
el ámbito organizativo y de infraestructura. Al final de esa
década consiguieron también que distintas
personalidades de prestigio en el mundo académico y
científico entraran en diálogo con ellos. Una muestra
de la influencia del ID es que el SOR, que comenzó a
llamarse entonces Acces Research Network, cambió el
nombre de su revista Origins Research y la llamó
Origins and Design. A lo largo de esa década
también consiguieron aumentar notablemente el número
de científicos y estudiantes interesados en colaborar con el
nuevo movimiento. Dos de las incorporaciones más importantes
fueron Michael Behe y William Dembski, que han jugado un papel
decisivo en el desarrollo y difusión del Diseño
Inteligente.
Michael Behe, bioquímico y profesor de la Universidad de
Lehigh, comenzó a ser un miembro destacado del ID, sobre
todo, después de su intervención en un simposio
organizado por Johnson en el campus de la Southern Methodist
University de Dallas, Texas, en el año 1992, titulado:
Darwinism: Scientific Inference or Philosophical Preference?
En aquella ocasión defendió brillantemente sus ideas
ante evolucionistas tan destacados en el mundo científico
como Leslie K. Johnson, Michael Ruse o Arthur M. Shapiro. Cuatro
años más tarde expuso esas ideas bien ordenadas y
desarrolladas en un libro de divulgación científica
titulado La caja negra de Darwin10. El libro fue un gran
éxito editorial. Recibió también, junto con
multitud de críticas a favor y en contra, el reconocimiento
de la mayor parte de los especialistas en estas áreas, por
el buen trabajo de divulgación conseguido. Posiblemente haya
sido el libro que más ha contribuido a difundir el
Diseño Inteligente y a hacerle ganar terreno, al
menos inicialmente, en el ámbito académico11.
En ese mismo simposio participó William A. Dembski, que
acabó su tesis doctoral en filosofía en la
Universidad de Illinois en Chicago el mismo año de la
publicación de La caja negra de Darwin.
Dembski ha sido el componente del ID más prolífico y
combativo. Ha realizado trabajos de postgrado en Matemáticas
en el MIT, en Física en la Universidad de Chicago y en
Ciencias de la Computación en Princeton. Su capacidad de
trabajo y contar con formación matemática,
filosófica y teológica le ha facilitado asumir el
liderazgo dentro del movimiento a partir de los últimos 90.
Dembski se ha propuesto como objetivo hacer del Diseño
Inteligente una disciplina científica y que sea
reconocido, como tal, por la comunidad científica.
El desarrollo del Diseño Inteligente, como
ocurrió con el creacionismo de principios de siglo XX o el
de la ciencia de la creación, no ha sido en absoluto
pacífico. Su aparición ha suscitado un interesante
debate en el ámbito de las ideas. Pero, también, como
ocurrió con el creacionismo, está intentando ganar
carta de ciudadanía científica y académica
tratando de entrar en los “curricula” de los centros
escolares a través de leyes que, en distritos escolares de
diferentes estados, lo promuevan y lo equiparen con la
enseñanza de la evolución. El enfrentamiento judicial
no ha tardado en llegar.
La ocasión fue la demanda que el 14 de diciembre de 2004
presentaron once padres ante un tribunal federal contra la junta
directiva del distrito del área de Dover, en Pensilvania. Lo
que trataban de impedir era la norma votada en dicho distrito por
la que se debía leer en clase, a los estudiantes de noveno
grado de biología, el siguiente texto:
“Como toda teoría, la de Darwin está siendo
comprobada en la medida en que son descubiertas nuevas evidencias.
Una teoría no es un hecho. Hay lagunas en dicha
teoría, para las que no hay evidencias. Una teoría se
define como una explicación bien comprobada que unifica un
amplio rango de observaciones.
El diseño inteligente es una explicación del
origen de la vida que difiere de la perspectiva de Darwin.
Está disponible el libro de referencia Sobre Pandas y
personas para que los estudiantes puedan explorar, si lo
desean, este punto de vista, de modo que puedan adquirir
conocimiento sobre lo que implica actualmente el diseño
inteligente. Como ocurre con cualquier teoría, se anima a
los estudiantes a mantener su mente abierta”12.
El juicio, que duró cuarenta días, concluyó
con una sentencia contraria a la junta directiva del distrito en la
que se afirmaba que, también en este caso, se violaba el
requerimiento de la Primera Enmienda de la Constitución.
Esto equivalía a decir que enseñar el
Diseño Inteligente es enseñar religión
y no ciencia. Para los evolucionistas esta sentencia ha sido una
confirmación de que el movimiento no es más que el
heredero, con ropaje distinto, del tradicional creacionismo. Aunque
la sentencia supuso un duro golpe para las aspiraciones del
Diseño Inteligente, sus defensores no han abandonado
su actividad y el ID mantiene plenamente vigentes sus
objetivos.
Algunos consideran que los creacionistas, en los que incluyen al
ID, siguen intentando conseguir sus objetivos de ser reconocidos
académicamente cambiando nuevamente de estrategia. La ley
aprobada en junio de 2008 por el gobernador de Lousiana, Bobby
Jindal, en la que se defiende la necesidad de mantener el
pensamiento crítico en el aula, sería un ejemplo de
lo que muchos evolucionistas interpretan como abrir de nuevo una
puerta a la enseñanza del creacionismo en las aulas.
De la resumida descripción expuesta en este texto sobre
el debate evolucionismo-creacionismo se infiere su gran
complejidad. Aunque la lucha entre ambos se hace explícita y
visible en los tribunales, hay en juego temas filosóficos de
fondo como la naturaleza y alcance del conocimiento
científico, la posibilidad de llegar al conocimiento de Dios
partiendo de nuestro conocimiento de la naturaleza, la
noción de finalidad y otros. También juega
aquí un papel importante la idiosincrasia y la historia
propias del pueblo norteamericano. Sería muy apresurado y
simplista decir que este debate constituye simplemente un episodio
más de la lucha entre la ciencia y la religión. Se
puede enmarcar en ese escenario si se tiene en cuenta que presentar
la relación de ciencia y religión como equivalente a
lucha es ya una simplificación injustificada, como hemos
puesto de manifiesto en el segundo apartado de este trabajo.
También hemos tratado de poner de manifiesto que es una gran
simplificación ver en el ID una mera continuación del
creacionismo, aunque tenga con él importantes puntos de
contacto.
El debate creacionismo-evolucionismo presenta aspectos negativos
como consecuencia, por ejemplo, de la aspereza que han alcanzado
los enfrentamientos entre ambos bandos, pero también
está ofreciendo frutos importantes. La reflexión
sobre este debate está obligando a desempolvar los grandes
temas de la filosofía de la naturaleza a la luz de los datos
que hoy nos ofrece la ciencia. Tener más conocimiento de la
realidad natural permite también hacer una reflexión
filosófica más rica. El debate muestra la necesidad
de adoptar una perspectiva que no se deje seducir ni por el
fundamentalismo ni por el materialismo: ambos se potencian
mutuamente y llevan con facilidad la reflexión a callejones
sin salida.
(1) Cfr. Evandro
Agazzi, Scienza e fede. Nuove prospettive su un vecchio
problema, “XXVIII Rencontre International du S.I.E.S.C
(Varese, 1982)”, Massimo, Milano 1983. pp. 99-100.
(2) Cfr.
Creacione ed Evoluzione. Un convegno con Papa Benedetto XVI a
Castel Gandolfo, editado por Stepahn Otto Horn y Siegfried
Wiedenhofer por encargo del “Schülerkreis (Grupo de
alumnos) del Papa Benedicto XVI. Edizioni Dehoniane Bologna,
Bologna 2007. pp. 6-7.
(3) Cfr. Richard
F. Carlson, (edited by), Science & Christianity. Four
Views, InterVarsity Press, Illinois 2000.
(4) Cfr. Karl W.
Giberson & Donald A. YERXA, Species of Origins. America's
Search for a Creation Story, Rowman & Littlefield
Publishers, Inc. Oxford 2002. p. 3 y ss.
(5) Cfr. Ronald
L. Numbers, The Creationists. From Scientific Creationism to
Intelligent Design, Harvard Univesity Press, Cambridge 2006.
pp. 55 y ss.
(6) Cfr. Glenn
Branch y Eugenie Carol Scott, Estratagemas del creacionismo,
Investigación y Ciencia, enero 2009. p. 76.
(7) Cfr. Eugenie
Carol Scott, Evolution vs. creationism: an introduction,
University of California Press, Berkeley 2005; Estratagemas del
creacionismo, cit. p. 77.
(8) The
Creationists, cit. p. 272.
(9) Cfr.
Species of Origins, cit. pp. 198 y ss.
(10) Michael J.
Behe, Darwin's Black Box: The Biochemical Challenge to
Evolucion, Free Press, New York, 1998.
(11) Se puede
encontrar una valoración crítica y un resumen de sus
ideas en: Santiago Collado, “Análisis del
Diseño Inteligente”, Scripta Theologica 39
(2007/2) 573-605. El contenido de este artículo se puede
encontrar con ligeras modificaciones en Santiago Collado,
Teoría del Diseño Inteligente (Intelligent
Design), en Francisco Fernandez – Juan Andrés
Mercado (editores),
Philosophica: Enciclopedia filosófica on
line.
(12) Tomado,
por el autor de este trabajo, de la demanda interpuesta ante el
tribunal por Tammy Kitzmiller y otros contra la junta directiva del
distrito del área de Dover.
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