Origen del hombre
Se ha publicado la obra de Mariano Artigas y Daniel
Turbón Origen del hombre.
Ciencia, filosofía y religión (Pamplona, Eunsa,
2007).
Ha aparecido (mayo-08) la segunda
edición del “Origen
del hombre”; además de permitir la
corrección de algunas erratas, ha dado la
oportunidad al profesor Turbón de incluir un nuevo
capítulo que lleva por título “El
origen de los vivientes”, como el capítulo
segundo de la edición anterior. El capítulo
que en la primera edición llevaba ese nombre, y que
ahora ha pasado a ser el tercero, lleva por título
“Las teorías de la evolución”.
Este añadido mantiene el esquema original del libro
en el que se expone una primera parte de carácter
científico y una segunda en la que se hace la
reflexión filosófica. Así se consigue
completar y dar una perspectiva más amplia de los
datos científicos actuales sobre los orígenes
de la vida y su evolución más remota. Se
establece, por tanto, el marco científico general en
el que se encuadra el contenido de los tres
capítulos siguientes. También se han
sustituido algunas ilustraciones por otras que proporcionan
mayor claridad a lo expuesto en el texto.
Origen del hombre. Ciencia, Filosofía y
Religión
Mariano Artigas y Daniel Turbón
Colección: Astrolabio Ciencias
ISBN: 978-84-313-2501-5
192 páginas
Reseñas
Reseña de Carlos A. Marmelada
carlosalbertomarmelada@yahoo.es
(Los números entre paréntesis indican las
páginas del libro)
Aunque todavía son muchas las incertidumbres que
envuelven el conocimiento del origen de la humanidad, la ciencia
arroja cada día más luz sobre el tema. La
cuestión es si sólo la ciencia es la que puede hacer
eso mismo. ¿Acaso la filosofía y la religión
ya no pueden decir nada que tenga sentido al respecto? Precisamente
lo que intenta el libro de Artigas y Turbón es: "establecer
un marco filosófico que dé cuenta, en otro nivel de
racionalidad, de lo que la ciencia actualmente nos dice sobre
nuestras raíces" (11).
La ciencia es una forma de conocimiento extremadamente exitosa.
Ha conseguido transformar la sociedad y el mundo en tan sólo
tres siglos, permitiéndole al hombre influir, para bien o
para mal, en la propia naturaleza. Ese mismo éxito es el que
ha hecho pensar a más de uno que la ciencia agota la
racionalidad; o que, por lo menos, es la mejor forma de
racionalidad que puedo alcanzar el entendimiento humano. Es cierto
que ni la filosofía ni la teología pueden vivir de
espaldas a la racionalidad científica si es que quieren
decir algo que tenga sentido para el hombre actual; pero esto no
significa, ni mucho menos, que la ciencia ocupe un lugar
privilegiado, y ya no digamos de superioridad, en cuanto a
capacidad de conocimiento objetivo de la realidad. Lo único
que significa es que existen una serie de cuestiones que son
fronterizas entre estas tres formas del saber humano y, por ello,
que las tres han de estar abiertas a un diálogo fecundo que
sólo puede beneficiarles, siempre y cuando ese
diálogo se realice con el debido respeto a los
límites metodológicos de cada uno de estos saberes.
Por ello la lectura de este libro "constituye una invitación
a reflexionar personalmente las distintas cuestiones que van
apareciendo a lo largo de las páginas" (16).
Ya el primer capítulo nos pone, desde un principio,
frente a las cuestiones básicas que se abordarán en
este libro: ¿acaso somos seres puramente materiales cuya
existencia finaliza con la muerte biológica? ¿Somos
el simple fruto de unas fuerzas naturales movidas por el azar o
somos el resultado de un plan divino? Desde luego, responder una
cosa u otra significa plantarnos ante un concepto de hombre
radicalmente distinto según la respuesta a la que lleguemos.
En efecto, no es lo mismo decir que el ser humano es el fruto de
una evolución biológica producida íntegramente
al azar que decir que un Dios trascendente crea el universo
confiriéndole un dinamismo que implica un despliegue
evolutivo de su creación de tal suerte que también
cuenta con la concurrencia fortuita de causas para poder realizar
el origen biológico del hombre.
Actualmente resulta de gran importancia poder establecer los
límites reales de la teoría científica de la
evolución. Cuando se hace esto se ve cómo la
evolución, en cuanto teoría científica que es,
"no tiene nada que decir sobre la existencia de un plan divino"
(20). Esto es algo de sentido común. La ciencia natural
estudia la realidad material dejando fuera de su ámbito, de
una forma delibrada por los imperativos metodológicos, por
lo que no puede decir nada acerca de ellas, ni a favor ni en
contra. Cuando se olvida esto se suele hacer "decir a la ciencia
más de lo que, en realidad, está en condiciones de
decir" (25).
Hay ocasiones en las que los problemas se originan a partir de
una confusión semántica. Por esto, los autores
insisten en aclarar la diferencia existente entre el naturalismo
metodológico y el naturalismo ontológico. El primero
es de índole genuinamente científica y consiste en
centrarse en el estudio de los aspectos cuantitativos de la
naturaleza, por lo que deja totalmente de lado el estudio de las
realidades espirituales ya que su método de
investigación es incapaz de abordarlas. El segundo, en
cambio, no es científico sino filosófico e incurre en
el error de declarar que las realidades espirituales no existen
porque no son susceptibles de ser estudiadas por las herramientas
metodológicas de la ciencia.
El naturalismo ontológico abusa de la teoría
científica de la evolución y le obliga a decir a
ésta más de lo que ella, en rigor, dice para intentar
convertirla en una aliada del materialismo y en un enemigo de la
religión.
Pero la verdad es "que religión, filosofía y
ciencia natural responden a perspectivas diferentes" (26) y por
ello no se contraponen, sino que se complementan. Hay cuestiones,
como los orígenes del universo y los orígenes del
hombre que son fronterizas entre estas tres formas del saber
humano. Esclarecer estas fronteras es lo que desarrolla el libro de
Artigas y Turbón.
El segundo capítulo trata sobre el origen de los
vivientes y se inicia con un pequeño repaso a las
teorías de la evolución biológica desde el
siglo XVIII. Los nombres de Linneo, Lamarck, Darwin, Wallace,
Spencer y Hugo de Vries van desfilando por estas páginas
para dar paso al estudio de la teoría sintética y de
la teoría del equilibrio puntuado.
El capítulo sigue con el estudio de la evolución
humana, pero no desde un punto de vista del registro fósil,
sino desde la perspectiva de la evolución de la notoria
encefalización que tenemos los humanos, abordando cuestiones
como el porqué de nuestra dilatada infancia o la necesidad
de la introducción de la adolescencia en nuestro desarrollo
ontogenético.
Esto nos lleva directamente al capítulo tres, en el que
se aborda el origen del hombre. Aunque aquí se habla algo
del registro fósil, nuevamente se aborda el tema de la
encefalización. En esta ocasión se relaciona con el
lenguaje. ¿Cuál fue la primera especie de
homínido que empezó a hablar? Los autores abordan la
cuestión en este capítulo. También se analiza
la primera salida de los humanos fuera de África. Par
finalizar se vuelve a revisar el desarrollo ontogenético
exclusivamente humano: la infancia y la adolescencia.
El capítulo cuarto trata sobre el origen y desarrollo de
nuestra especie. Naturalmente, aquí se habla también
de los neandertales y de las teorías que sostienen que toda
la humanidad actual procede de unas poblaciones africanas que
emigraron y colonizaron el mundo entero sustituyendo a las
poblaciones existentes (hipótesis out of Africa);
así como de su competidora, la hipótesis de la
continuidad regional. En la actualidad la mayoría de los
especialistas optan por la primera, aunque los autores dejan
constancia del caso excepcional de un cráneo hallado en
China. Este capítulo es, pues, el lugar adecuado para hablar
de la Eva africana o Eva mitocondrial y del Adán cromosoma
Y.
El quinto capítulo, escrito en colaboración con
Enrique Moros, trata sobre la relación entre la
evolución biológica y la acción divina. Lo
primero que explican los autores es algo evidente, pero que muchas
veces se olvida o simplemente se desconoce, y es el hecho de que
las teorías científicas sobre la evolución no
resuelven los interrogantes religiosos (73 y ss.). La presunta
oposición entre evolución y acción divina
carece de base; "en efecto, para que algo pueda ser estudiado por
las ciencias, debe incluir dimensiones materiales, que puedan
someterse a experimentos controlables, y esto no sucede con el
espíritu, ni con Dios, ni con la acción de Dios"
(77).
En ciertas ocasiones "el darwinismo suele ser utilizado para
afirmar que Darwin ha hecho posible ser ateo de modo
intelectualmente legítimo, porque el darwinismo
mostraría que no es necesario admitir la acción
divina para explicar que existe el orden en el mundo" (78). Pero lo
cierto es que "la cosmovisión evolutiva, en lugar de poner
obstáculos a la existencia de la acción divina, es
muy congruente con los planes de un Dios que ordinariamente quiere
contar con la acción de las causas creadas" (80-81).
Uno de los temas claves en el debate sobre la compatibilidad
entre la teoría de la evolución y el cristianismo, lo
constituye la cuestión de la finalidad en la naturaleza. De
esto trata el capítulo sexto. Naturalmente, éste es
el lugar para analizar las tesis de Jaques Monod y Stephen Jay
Gould. Monod habla del azar, pero él mismo propone la
existencia de teleonomía en la naturaleza; ahora bien, la
teleonomía no deja de ser "una especie de teleología
o finalidad" (86); por ello: "no debería haber ningún
problema para combinar la evolución y la existencia de un
plan divino" (88). La razón de ello estriba en que "el mismo
efecto puede ser considerado como contingente cuando se compara con
sus causas inmediatas y, al mismo tiempo, estar incluido dentro del
plan divino que no puede fallar" (89). Dicho de otro modo, la
existencia del azar dentro de una creación divina hecha con
racionalidad no es algo imposible, sino totalmente lógico.
Según Carlo Rubia, Premio Nobel de Física en 1984,
"está claro que todo esto no puede ser consecuencia de la
casualidad (...) Hay, evidentemente, algo o alguien haciendo las
cosas como son" (92). En definitiva: "la combinación de azar
y necesidad, de variedad y selección, junto con las
potencialidades para la autoorganización, pueden ser
contempladas fácilmente como el camino utilizado por Dios
para producir el proceso de la evolución" (92).
El azar es el resultado de la concurrencia accidental de
numerosas causas independientes. El azar existe, es algo real, pero
solamente existe desde una perspectiva inmanente, "para Dios, que
es la Causa Primera de la que depende siempre todo, no hay azar ni
causalidad. Por tanto, de la existencia del azar en la
evolución no se puede concluir que no exista un plan divino
y que el ser humano no sea el resultado previsto de ese plan"
(93).
El hecho de que el azar sea compatible con un orden que refleja
una creación llevada a cabo de forma racional no significa
que tengan razón los partidarios del diseño
inteligente.
El capítulo séptimo trata sobre el origen del
movimiento denominado creacionismo científico. Los
ultracreacionistas adoptan una postura radical por oposición
a los ultradarwinistas; pero el error de ambos es muy similar; lo
que pretenden ambos grupos es resolver la cuestión sobre la
base de alguna evidencia científica. Ambas partes pretenden
demostrar sus tesis con argumentos científicos, pero, como
eso no es posible, tienen que hacer decir a la ciencia cosas que
realmente ni dice ni puede decir; y, por eso, surgen discusiones
sobre qué es realmente ciencia y qué no lo es.
Para los ultraevolucionistas el concepto de "evolucionismo
científico" resulta ser sinónimo de "naturalismo"; es
decir, que se niega, lisa y llanamente, la existencia de realidades
que estén fuera de las fuerzas de la naturaleza que estudia
la ciencia experimental. Pero el hecho de que la ciencia
experimental sólo estudie fenómenos materiales no
significa que no existan realidades espirituales; lo único
que sucede es que la ciencia sólo puede estudiar ese tipo de
realidades a causa de sus límites metodológicos.
El evolucionismo, entendido como teoría científica
es una cosa y el materialismo como filosofía es otra muy
distinta que no se colige, en absoluto, de la primera. De modo que
sostener, como hacen los ultradarwinistas, que el materialismo es
la conclusión lógica de la teoría
científica de la evolución biológica es
confundir los planos científico y filosófico.
El creacionismo científico se opone a que se
enseñe la teoría científica de la
evolución en las escuelas porque la entiende como una aliada
de ese materialismo ateo al que aludíamos. Pero esto es
desenfocar el tema, y, al hacer dicha identificación,
incurren en el mismo error que los ultradarwinistas.
La teoría del diseño inteligente (DI) es un
movimiento que pretende demostrar que la ciencia es capaz de
evidenciar que la naturaleza refleja claramente la existencia de un
diseño que ha sido concebido de una forma intencionada por
un diseñador inteligente.
La motivación de los partidarios del DI es la misma que
la de los creacionistas científicos, combatir el
materialismo que pretende basarse en la ciencia para refrendar sus
tesis. La diferencia estriba en que los partidarios del DI no se
basan ni en la Biblia ni en argumentos extraídos de la
religión, sino que insisten en que sus tesis son
científicas. En cuanto a cómo es ese Diseñador
Universal no se comprometen a identificarlo con un Dios personal y
providente.
El capítulo ocho trata sobre la relación existente
entre la evolución y la persona humana. Los autores se
admiran del hecho de que haya quienes "utilicen a la ciencia, una
de nuestras creaciones más asombrosas, para rebajar lo que
realmente somos" (110), cuando resulta que la propia ciencia es un
ejemplo patente de la excepcionalidad que supone la inteligencia
humana. Desde este punto de vista, reconocer la dignidad humana y
su peculiaridad frente al resto de la naturaleza no es algo que
suponga una actitud de soberbia antropocéntrica sino el
simple reconocimiento de un dato objetivo.
¿Cuándo aparecieron las dimensiones espirituales
del hombre? ¿Fue con Homo sapiens? ¿O, tal
vez, ya estaban presentes en Homo habilis? Ahí
está el debate. Un debate que implica tener claro
"¿qué es lo singular del hombre, lo que le distingue
y le caracteriza?" (116).
En este capítulo se analiza el emergentismo, que afirma
que todas las cualidades específicamente humanas salen o
emergen de las potencialidades de la materia. También se
pasa revista a la postura antitética, que afirma que el
hombre es un ser de la naturaleza pero que, al mismo tiempo, la
trasciende.
El terreno está listo para abordar la relación
entre la evolución y el cristianismo, algo que se hace en el
capítulo 9. Capítulo que se abre con una pregunta
fundamental, clara y directa: "¿se puede ser, a la vez,
evolucionista y cristiano?" (121); la respuesta de los autores es
que sí. Y frente a aquellos que pregonan una
evolución creativa ellos contraponen una creación
evolutiva.
En este capítulo, en primer lugar, se pasa revista a la
posición histórica, en relación con el
evolucionismo, del pensador católico Mivart. A
continuación se analizan las palabras de la carta escrita el
16 de enero de 1948 por la Pontificia Comisión
Bíblica y enviada al arzobispo de París con la
aprobación del Papa Pío XII y que trata sobre los
primeros capítulos del Génesis.
En 1950 el propio Pío XII publicó una
encíclica, la Humani generis, en la que habló
del evolucionismo y su relación con la fe cristiana. La
siguiente referencia es Juan Pablo II; concretamente un discurso
suyo realizado en 1981 en la Academia Pontificia de Ciencias y
otro, hecho en 1985 y dirigido a los participantes de un simposio
sobre fe cristiana y evolución, en donde recordó la
mencionada encíclica de Pío XII. Al año
siguiente Juan Pablo II volvió a tratar el tema en su
catequesis. Pero las palabras más significativas del Santo
Padre se pronunciaron en 1996 cuando dirigió un mensaje a la
Academia Pontificia de Ciencias. En esta ocasión dijo que la
teoría de la evolución era más que una
hipótesis. Como no podría ser de tora forma,
también hay un epígrafe dedicado a analizar la
posición de Benedicto XVI ante la evolución,
arrancando desde sus homilías sobre los primeros
capítulos del Génesis y pronunciadas en 1981 y
publicadas en 1985 bajo el título: Creación y
pecado. El capítulo se cierra con una interesante
reflexión sobre el monogenismo y el poligenismo.
El último capítulo, el décimo, se centra en
el análisis de la relación entre ciencia e
ideología. La postura de los autores es bien clara: "ni el
hecho de la evolución ni su explicación mediante
variaciones genéticas y selección natural tienen por
qué interpretarse en clave materialista ni
antisobrenaturalista, y son compatibles con la existencia de un
Dios personal creador que gobierna todo el mundo, también el
desarrollo de la evolución" (137).
El análisis no se reduce sólo a la
evolución biológica, sino que arranca con unas
reflexiones sobre la imposibilidad de una autocreación del
universo, aunque enseguida vuelve al tema de la evolución
biológica. La tesis que defienden los autores se puede
resumir en una frase: "las teorías biológicas no
proporcionan base alguna para el materialismo o el agnosticismo"
(143).
El texto de los autores finaliza con una declaración a
favor de un diálogo interdisciplinar que sería muy
beneficioso para todos porque "la armonía entre ciencia,
filosofía y religión es el camino para conseguir una
auténtica sabiduría capaz de dar sentido a los
problemas humanos" (145).
El libro se cierra con más de treinta páginas
dedicadas a analizar toda una serie de documentos de Juan Pablo II,
Robert Speamann, Fiorenzo Facchini, y los puntos 56 a 70 escritos
por la Comisión Teológica Internacional y que
están dedicados a la persona humana en cuanto creada a
imagen y semejanza de Dios.
Artigas y Turbón han logrado redactar un libro
fundamental para entender correctamente las relaciones entre la
teoría científica de la evolución y los
contenidos de la fe cristiana.
Reseña publicada en El
Manifiesto:
La pregunta más importante de todas
La evolución humana: una puesta al día
fundamental
Lo que más han subrayado los periódicos
acerca del profesor Daniel Turbón es su afirmación de
que el hombre no procede del chimpancé. Está bien,
pero eso es lo de menos. Lo más importante es la obra que
acaba de publicar junto a Mariano Artigas: Origen del hombre.
Ciencia, filosofía y religión,
que es la mejor
puesta al día sobre la evolución humana, las
polémicas acerca del origen del hombre y las implicaciones
filosóficas y teológicas de las distintas
teorías en presencia. Cuándo aparece lo que conocemos
como “hombre”, cuál es el valor de la
teoría de la evolución, qué dijo exactamente
Darwin, qué hemos descubierto gracias a la genética,
qué pinta la filosofía en todo esto…
Cuestiones fundamentales que Turbón expone con impresionante
claridad y grata concisión.
¿Es posible explicar la teoría de la
evolución a fecha de hoy, después de los
conocimientos adquiridos gracias a la genética, y hacerlo de
manera clara, sencilla y pedagógica sin perder rigor?
Sí, es posible, y el libro de Mariano Artigas y Daniel
Turbón Origen del hombre. Ciencia, filosofía,
religión
(Eunsa Astrolabio, Pamplona, 2007) es la mejor
demostración. Todas las grandes cuestiones acerca del origen
del hombre y su evolución pasan por estas páginas.
Mariano Artigas, recientemente fallecido, era sacerdote y doctor en
Física, miembro de la Sociedad Internacional para Ciencia y
Religión, de la Facultad de Teología de Cambridge.
Daniel Turbón es catedrático de Antropología
Física en la Universidad de Barcelona, donde lleva
veinticinco años explicando la evolución humana. Esta
obra es el fruto decantado de muchos años de
investigación y de pedagogía.
Origen del hombre
empieza planteando la gran
cuestión: precisamente, la del origen del hombre, en un
rápido recorrido por las distintas teorías que han
tratado de responder a esta pregunta eterna. Acto seguido, los
autores examinan metódicamente el asunto: nos hablan del
origen de los vivientes según las diversas teorías de
la evolución, y del origen del hombre tal y como se lo
representa hoy la comunidad científica (los prehumanos, el
proceso de encefalización, el nacimiento del lenguaje, la
primera migración africana, etc.), para desembocar en un
examen de las teorías vigentes sobre el origen y la
dispersión de la humanidad actual. Sentadas las evidencias
científicas, Artigas y Turbón repasan las diferentes
maneras en que el pensamiento ha interpretado estos datos: la
relación entre evolución y acción divina, y
entre evolución y finalidad; el diseño inteligente,
la evolución y la persona humana, así como la
posición de la Iglesia al respecto, para terminar con una
clarificación muy pertinente sobre cuánto hay de
ciencia y cuánto de ideología en las actuales
teorías de la evolución.
Lo más brillante del libro es, sin duda, su despliegue de
erudición tanto filosófica como científica:
los autores no ignoran nada de cuanto se ha dicho y escrito sobre
el origen del hombre en dos mil años de cultura occidental.
Al mismo tiempo, ese despliegue se manifiesta de una manera
deliberadamente divulgativa, haciendo que el lector no pierda en
ningún momento el hilo del relato. Los cuadros y dibujos,
muy abundantes, ayudan eficazmente a entender aquellos pasajes que
pueden resultar más difíciles por su grado de
especialización.
Si quiere usted hacerse una idea clara de en qué consiste
el debate científico sobre la evolución humana y de
cuáles son sus implicaciones filosóficas e
ideológicas, Origen del hombre
le resultará
una herramienta fundamental.
Reseña publicada en Aceprensa:
Esta obra póstuma de Mariano Artigas (doctor en Física, en Filosofía y en Teología, autor de un buen número de libros) busca superar el estereotipo trasnochado según el cual ciencia y religión son antitéticas; hoy se considera más bien que se trata de ámbitos complementarios.
El autor recoge los temas más importantes que relacionan a la ciencia con la religión y ahonda en ellos de forma que se esclarecen los conceptos fundamentales implicados en el debate.
Hay un conjunto de capítulos que tratan sobre la naturaleza de la ciencia, así como sobre su estatus epistemológico; otros sobre las relaciones que mantiene la ciencia con la filosofía, por un lado, y con la teología, por otro. Se critica el cientificismo, pero también el creacionismo que sostiene contra viento y marea una interpretación literal de los primeros capítulos del Génesis. También se analizan las relaciones entre la religión y la teoría de la evolución biológica, así como el concepto de creación metafísica. Artigas, de forma rigurosa, concluye que no existe contradicción entre el hecho de la creación y la teoría de la evolución biológica, siempre que esta última no se confunda con aquellas ideologías que la utilizan para defender un materialismo o naturalismo ontológico, injustificable científicamente.
Ciencia y religión
es, en definitiva, un libro imprescindible para aquellos que estén interesados en aproximarse con seriedad a la filosofía de la naturaleza, pero también para todos los que quieran iniciarse en una reflexión global sobre la ciencia y la teología.
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