Neuroética
Autores: Sergio
Sánchez-Migallón Granados y José Manuel Giménez
Amaya
Artículo publicado en Philosophica:
Sánchez-Migallón Granados, Sergio - Giménez Amaya, José Manuel,
Neuroética, en Fernández Labastida, Francisco - Mercado,
Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia
filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/20092008/voces/neuroetica/Neuroetica.html
En los últimos años, el término
“Neuroética” ha venido adquiriendo carta de
naturaleza, especialmente en el entorno anglosajón, en
cuanto a su difusión y contenido. Parece ya incuestionable
que está naciendo una nueva y consistente disciplina.
Aquí se trata de exponer, en primer lugar, el contexto y
razones del surgimiento de esa esfera de investigación; en
segundo lugar, su definición y el ámbito de su tarea;
y en tercer lugar, los acontecimientos y algunos trabajos concretos
que la han consolidado.
Índice
- 1. La aparición de la
Neuroética en el contexto interdisciplinar de la
Neurociencia
- 2. Definición conceptual y
programática de la Neuroética
- 2.1. La reunión de San
Francisco en 2002
- 2.2. Neuroética como
criterios éticos
- 2.3. Neuroética como
vértice de preguntas éticas y
metodológicas
- 3. Origen y desarrollo de la
Neuroética
- 3.1. Eventos preparatorios y
principales hitos institucionales
- 3.2. Algunas publicaciones y
aplicaciones concretas
- a) Adina L. Roskies
- b) Judy Illes
- c) Martha Farah
- d) Thomas Fuchs
- Problemas éticos de los
diagnósticos e intervenciones basados en la
Neurociencia
- Problemas éticos
concernientes a la concepción que tenemos de nosotros mismos
como seres humanos
- e) Walter Glannon
- f) Jonathan Moreno
- g) Neil Levy
- 4. Balance
- 5. Bibliografía
- 6. Referencias en Internet
1. La aparición de la
Neuroética en el contexto interdisciplinar de la
Neurociencia
Para comprender el surgimiento de la Neuroética, conviene
tener en cuenta el importante papel que tuvo la
interdisciplinaridad en el nacimiento de la Neurociencia. En un
principio, esta interdisciplinaridad surgió de forma natural
entre las diversas disciplinas biológicas interesadas en el
sistema nervioso normal y patológico, a las que
también se unieron muy íntimamente la
Psicología y la Psiquiatría. Sin embargo, en este
clima de entendimiento entre ciencias para abordar la
resolución de problemas comunes, era lógico que con
el tiempo apareciese la preocupación por las cuestiones
éticas. Y problemas tanto derivados del ejercicio directo de
la práctica de la investigación sobre el cerebro,
como los originados por las preguntas más generales y
desafiantes, por así decir, que la Neurociencia se iba
encontrando. Preguntas estas últimas que enseguida se
subsumieron bajo el rótulo “relaciones
mente-cerebro”, pero que por su propia naturaleza y
dinámica desbordarían cada vez más dicho
límite terminológico y conceptual.
La preocupación por los problemas éticos dentro de
la Neurociencia obedece a dos fenómenos que coinciden en el
tiempo. Por una parte, hay que tener en cuenta que la Neurociencia
es una disciplina que nace en el seno de un magma científico
donde la tecnología biológica se empieza a
desarrollar de manera vertiginosa. La Bioética pretende dar
respuesta ética a este avance técnico de las ciencias
de la vida y de su aplicación en la Medicina y en las
disciplinas asociadas a ella. Lógicamente, la Neurociencia
no escapa a esta tarea ética, pero con la ventaja de ir
atisbando poco a poco esta interacción entre Ética y
Neurociencia como un campo privilegiado para el estudio
interdisciplinar y de fecunda repercusión social. Por otra
parte, el propio avance tecnológico en la Neurociencia hace
que los problemas por investigar se vayan desplazando en esta
ciencia hacia problemas más relacionados con el interior del
hombre, con su enfermar, con sus funciones cognitivas y
emocionales. Esto, junto a los grandes enigmas que plantea la mente
humana y a la irrupción social de las enfermedades mentales
con terapias que resultan eficaces mediante la modificación
de la biología cerebral, centra el desarrollo de la
Neuroética también en un contexto interdisciplinar
mucho más amplio que las llamadas relaciones
mente-cerebro.
La Neurociencia más moderna e interdisciplinar tiene una
narrativa histórica sincrónica con respecto a la
Bioética. Los cuatro principales campos temáticos de
la Bioética son: el inicio y final de la vida humana, las
relaciones médico-paciente y la experimentación
animal; y todos ellos pueden relacionarse con la Neurociencia de
forma muy sencilla. Por una parte, la configuración
morfofuncional del sistema nervioso y de su enfermar,
estarían en la base de los problemas del inicio y el final
de la vida humana. Para algunos bioéticos el inicio de esta
última tiene relación con lo que ellos piensan que es
la configuración unitaria y cerrada de los sistemas
biológicos en el embrión humano alrededor de la
octava semana del desarrollo embrionario. Las enfermedades
neurodegenerativas y la pérdida de conciencia de los
enfermos terminales están también en el centro del
enconado debate ético sobre la eutanasia. Por otra parte, en
la medicalización de la Medicina y en la
experimentación animal la Neurociencia también ha
estado presente de una forma relevante en los últimos
años. Es lógico, por tanto, que los problemas
éticos ligados al estudio del sistema nervioso (a su
enfermar, a su manipulación, a su relación con otras
disciplinas) se vayan configurando paso a paso como problemas
éticos de gran relevancia. Se podría decir que el
estudio de la dimensión ética de la Neurociencia
desemboca naturalmente en la formación de una subdisciplina
bioética específica [Roskies
2009].
Pero ¿por qué la Neuroética surge entonces
con un perfil tan propio, con un aspecto distintivo respecto a la
Bioética en general? Para responder a esta pregunta conviene
considerar dos hechos. Primero, que la Neurociencia es quizá
la disciplina biológica que más potencial
mediático está teniendo en los últimos
años. La importancia que se está dando a las
funciones del sistema nervioso en una sociedad del conocimiento
cada vez más hormada por los medios de comunicación,
así como la creencia de claro corte cientificista
según la cual podemos mejorar o manipular nuestro cerebro
para ser mejores o para aminorar las deficiencias de una humanidad
en peligro —muchas veces frente a ella misma— hace que
la Neuroética pueda verse también como forma de
contención o control y como un claro corolario de desarrollo
interdisciplinar. No obstante, esta importancia otorgada es
más teórica que práctica, puesto que aunque
nuestro conocimiento del cerebro en los últimos años
ha crecido mucho, no hemos conseguido unas respuestas claras y
sistemáticas para comprender cómo funciona el cerebro
en su conjunto de forma unitaria, y para la superación
terapéutica de las enfermedades neurodegenerativas o
mentales.
El segundo hecho es que esa perplejidad de la Neurociencia ha
sido vista como una limitación tanto de contenido como
metodológica. ¿Cómo podemos enfocar realidades
humanas éticas (tales como la decisión libre, el
sentimiento de culpa, el sentido de responsabilidad, la conciencia
del deber u obligación moral, las convicciones acerca de lo
correcto y de lo bueno, la búsqueda de la felicidad humana,
etc.) basándolo en una estructura biológica —o
al menos buscando sólo su relación con ella— de
la que ni siquiera podemos presentar una teoría coherente de
su funcionamiento global? Ante cuestiones de tanta importancia,
sólo queda una actitud interdisciplinar de
colaboración y de ayuda.
De esta manera, se comprende que algunos neurocientíficos
hayan visto la alianza de la Neurociencia con la Ética (o
con la Filosofía en general) como otra forma de abordar las
grandes preguntas que cada vez con más frecuencia afloran
como relevantes en sus investigaciones: ¿qué es el
hombre?, ¿podemos controlar nuestro cerebro?, ¿existe
la libertad?, ¿es posible utilizar la Neurociencia para
luchar contra el crimen, el terrorismo u otras lacras sociales que
nos invaden?
2. Definición conceptual y
programática de la Neuroética
2.1. La reunión de San Francisco
en 2002
La reunión celebrada en mayo de 2002 en San Francisco
(California) supuso el verdadero arranque oficial y
programático, por así decir, de la Neuroética.
Este congreso, patrocinado por la Dana Foundation y
organizado por las Universidades de Stanford y California en San
Francisco, congregó a unos 150 especialistas de muy diversos
campos para estudiar y analizar las implicaciones éticas y
sociales de la investigación sobre el cerebro. Las distintas
ponencias de este encuentro se transcribieron en el libro
Neuroethics. Mapping the Field [Marcus
2002].
En la nota del editor se explica el fin de esta conferencia o
reunión de una manera que prácticamente se ha
acuñado ya como definición de la
Neuroética:
«El estudio de las cuestiones
éticas, legales y sociales que surgen cuando los hallazgos
científicos sobre el cerebro son llevados a la
práctica médica, a las interpretaciones legales y a
las políticas sanitarias o sociales. Estos hallazgos
están ocurriendo en campos que van desde la genética
o la imagen cerebral hasta el diagnóstico y
predicción de enfermedades. La Neuroética
debería examinar cómo los médicos, jueces y
abogados, ejecutivos de compañías aseguradoras y
políticos, así como la sociedad en general, tratan
con todos estos resultados» [Marcus
2002: III].
En muy poco tiempo después de 2002, el término
“Neuroética” se puso en boca de muchos
investigadores neurocientíficos y de otros procedentes de
campos humanísticos, jurídicos, sociales y
periodísticos. Los contenidos señalados por los
diversos investigadores en esta materia reflejan que sus
respectivas definiciones de Neuroética tienen mucho que ver
con el ámbito de estudio que pretenden abordar, así
como con lo que entienden por Ética en general.
La definición más conocida es la aportada por el
periodista W. Safire en aquella reunión de San Francisco:
«El examen de lo que es correcto o incorrecto, bueno o malo,
acerca del tratamiento, perfeccionamiento, invasiones o
manipulaciones del cerebro humano» [Safire 2002]. Esta definición se completa
con la que dan Judy Illes y Thomas Raffin según la cual la
Neuroética es una nueva disciplina bioética que ha
surgido de manera formal en 2002 para agrupar todos aquellos temas
teóricos y prácticos que tienen consecuencias morales
y sociales en las ciencias neurológicas, tanto en el
laboratorio como en la atención sanitaria o en la vida
social [Illes-Raffin 2002].
Sin embargo, aunque la Neuroética se concibe aquí
como ciencia interdisciplinar, la explícita mención a
las ciencias neurológicas da a entender que la idea de
Neuroética se refiere todavía, sobre todo, a los
efectos de las enfermedades del sistema nervioso. Esta
vinculación va a ir cambiando muy rápidamente a lo
largo de estos últimos años hasta llegar a una
visión de la Neuroética más compleja y
articulada que abarque temas más filosóficos, como es
el caso de la conciencia de sí mismo, del enfermar
psiquiátrico, de la libertad o de la mejora cerebral en el
futuro o la manipulación mediante intervenciones externas
sobre nuestro cerebro.
Por ello parece acertado abrir más el campo de la
Neuroética desde el momento mismo de su definición. Y
una forma amplia de definirla es la que propone Kemi Bevington.
Esta divulgadora científica define la Neuroética como
el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que
surgen cuando los hallazgos científicos acerca del cerebro
son llevados a la práctica médica, a interpretaciones
legales o a políticas sociales o sanitarias. A medida que la
Neurociencia avanza en nuevos e inexplorados territorios de
investigación, sigue comentando Bevington, aumentarán
también el calado y la complejidad de las cuestiones sobre
la responsabilidad moral y la identidad humana; y no es nada
aventurado suponer que incluso podrían surgir otros
problemas referidos a la relación entre biología y
las creencias religiosas [Bevington
2004].
Los cuatro grandes bloques en los que se dividieron los temas
tratados sobre Neuroética en la reunión de San
Francisco fueron: (a) la ciencia neural y el yo; (b) la ciencia
neural y las políticas sociales; (c) ética y la
práctica de la ciencia neural; y (d) la ciencia neural y el
discurso público. En un artículo más reciente,
Illes y Bird, siguiendo una clasificación de temas
neuroéticos muy similar, han articulado estos cuatro grandes
apartados de una manera más concisa y elegante. Según
estos autores, los cuatro grandes objetivos de la Neuroética
se reducen a: (1) Neurociencia del yo, del actuar y de la
responsabilidad; (2) Neurociencia y políticas sociales; (3)
Neurociencia en la práctica clínica; y (4)
Neurociencia en el discurso público y en la formación
[Illes-Bird 2006]. A
continuación vamos a enumerar algunos de los temas que se
trataron en cada uno de estos apartados.
En el primero de los apartados, que trata de las relaciones de
la ciencia neural con el yo, se incluyen temas como la
relación de la Neurociencia con la libertad y la
responsabilidad, las bases biológicas de la personalidad y
de la conducta social, la neurobiología de la
elección y de la toma de decisiones y, finalmente, el amplio
capítulo de la autoconciencia. En el segundo conjunto, el
relacionado con la Neurociencia y las políticas sociales, se
encuentran temas como la responsabilidad personal y criminal, el
estudio de las memorias verdaderas y falsas, la educación y
los procesos de aprendizaje, las patologías sociales, la
privacidad y la predicción de futuras patologías
cerebrales. El tercer campo temático trata de la
Ética de la práctica clínica de la ciencia
neural, y ahí se incluían temas como la
farmacoterapia, la cirugía y uso de células
estaminales en el sistema nervioso, la terapia génica, las
prótesis neurales y los parámetros en los que se debe
establecer la investigación y el tratamiento de las
patologías nerviosas. Cuestión también
verdaderamente paradigmática desde el punto de vista
ético ha sido la utilización de las células
estaminales embrionarias en el cerebro adulto de pacientes con
patologías neurodegenerativas y la estimulación
cerebral profunda en las enfermedades mentales. Respecto a ello, el
artículo de Mayberg y colaboradores representa un hito
histórico [Mayberg 2005]. El
cuarto ámbito de problemas se refería a las
relaciones de la ciencia neural con el discurso público y la
formación, y ahí se podrían tratar temas como
la formación de los jóvenes investigadores tanto
clínicos como básicos y el estímulo para una
comprensión adecuada de los problemas tratados, así
como su oportuna divulgación e información a los
medios de comunicación social.
Para finalizar este apartado, interesa saber también si
esta disciplina ha sido recibida pacíficamente en el mundo
globalizado de la red Internet. En primer lugar, hay que constatar
que no existe ninguna entrada en castellano con la palabra
“Neuroética”. Cuando acudimos a la voz inglesa
“Neuroethics” encontramos habitualmente la
citada definición de Safire y la división
—común en los principales investigadores— de dos
tipos de problemas. El primero hace referencia a aquellos que se
suscitan, sobre todo, con el avance de las técnicas de
imagen cerebral, de la psicofarmacología o de los implantes
cerebrales. La segunda categoría de problemas tiene que ver
con los problemas éticos que se suscitan con el aumento de
nuestro conocimiento de las bases (neuro)biológicas de la
conducta, la personalidad, la autoconciencia o los estados de
trascendencia espiritual.
Esta doble categoría de cuestiones que trata la
Neuroética es realmente interesante, porque esta
comprensión dual, y por tanto más amplia, de la
Neuroética es acertada y de gran ayuda para una
reflexión interdisciplinar fecunda.
2.2. Neuroética como criterios
éticos
No es este el lugar para presentar las distintas propuestas
acerca de qué medidas éticas determinadas han de
tomarse en la aplicación de la Neurociencia, esto es, los
concretos planteamientos neuroéticos ideados, sino poner de
manifiesto la conciencia general de la necesidad de establecer
nuevos criterios éticos específicos, algo que
justifica la nueva disciplina de la Neuroética.
A la vista del progreso de la Neurociencia, es comprensible que
la comunidad científica, y la sociedad en general, se
preocupen cada vez más por sus posibles consecuencias,
teniendo en cuenta, por ejemplo, actuaciones médicas como la
nueva psicofarmacología, las técnicas de
estimulación cerebral profunda, los implantes
mecánicos u orgánicos, los avances en la neuroimagen
o el diagnóstico precoz de enfermedades mentales.
Es cierto que la ciencia busca el buen fin de conocer. Pero la
ciencia moderna busca conocer para actuar; busca poder manipular y
dominar. Naturalmente, esta aplicación del conocimiento ha
supuesto para la humanidad unas posibilidades de mejora
incalculables. En concreto, la Medicina va logrando diagnosticar,
aplicar terapias adecuadas y exitosas, así como prevenir
cada vez más enfermedades. Pero para ello es necesario la
manipulación y la intervención. Sin embargo,
desgraciadamente no faltan casos de manipulaciones dirigidas hacia
fines diversos, hacia fines que nadie duda en calificar como
inmorales: los experimentos científicos que utilizaban
personas como material de experimentación en los campos de
concentración, la eugenesia aplicada a los más
débiles o a una determinada etnia, los sofisticados
instrumentos de tortura, etc. Pero el caso es que, a la vista de
cómo se está desarrollando la Neurociencia, estos
peligros se agigantan. Las posibilidades de manipulación de
los individuos penetran hasta donde antes nunca se había
podido. Y las consecuencias de esas intervenciones no sólo
son muchas veces irreversibles, sino también bastante
desconocidas. Por otro lado, no sólo hablamos de
daños infligidos, sino de intromisiones en el ser humano que
parecen no dejar espacio a la hasta ahora inexpugnable identidad e
intimidad del hombre.
De esta manera, la reacción lógica ha sido
—como en otras ocasiones— la de señalar ciertos
criterios éticos que, a modo de diques, contengan la
investigación y la aplicación de la Neurociencia
dentro de un uso que se considera legítimo o no lesivo.
Ahora bien, los neurocientíficos más relevantes se
percatan de que las preguntas que surgen dentro de la Neurociencia
y en su aplicación exceden el planteamiento de unos
criterios éticos reguladores. Es decir, no sólo se
trata de una actividad que ha de ser controlada, sino de una
actividad que por sí misma cuestiona la esencia del ser
humano e incluso a sí misma como actividad cognoscitiva.
Además, no pocos perciben con preocupación las
repercusiones también sociales de dicha investigación
[Moreno 2002]. En definitiva, «la
investigación neurológica puede transformar de forma
radical nuestra imagen del hombre y consecuentemente el fundamento
de nuestra cultura, la base de nuestras decisiones éticas y
políticas» [Könneker
2003]. Esto es precisamente lo que caracteriza y justifica la
especificidad de la Neuroética: la ética de una
ciencia, la Neurociencia, cuyas posibilidades de actuación
en dimensiones y campos diversos se extienden hasta límites
hasta ahora impensables y que aún no conocemos.
2.3. Neuroética como
vértice de preguntas éticas y
metodológicas
En realidad, todo sistema de criterios éticos plantea,
por su propia naturaleza, preguntas más allá del uso
de la actividad que regula. Precisamente la pregunta de ¿por
qué tenemos miedo de que la ciencia se vuelva contra el
hombre?, o señalar de qué hay que defender al ser
humano, exige plantearse qué defendemos exactamente en el
ser humano, y por qué. Toda regulación ética
se basa, consciente o inconscientemente, en unos presupuestos sobre
su fundamento.
Ciertamente, buena parte de la cultura científica actual
dirá: pero, ¿no nos está diciendo justamente
la ciencia no sólo cómo puede llegar ella a
intervenir, sino también —por fin— lo que
realmente es el hombre?; ¿no deberíamos, más
bien, aceptar en bloque la respuesta científica sobre el ser
humano y eliminar miedos propios de otras épocas y fuentes?;
¿no es más sensato y pacífico abandonarnos en
manos de los científicos expertos y orillar otro tipo de
discusiones que a menudo se presentan insolubles? De acuerdo con
este planteamiento, la Neuroética consistiría en el
estudio de las bases neurobiológicas de la conducta que
llamamos ética. Sin embargo, pueden alegarse dos objeciones
en contra de esta propuesta de apartar de la vista las preguntas
sobre el fundamento de la regulación ética. Primera,
que esa sugerencia es ya una respuesta de carácter
fundamental, un presupuesto en el plano del fundamento de la
persona humana y de lo que de ella hay que proteger o no; y justo
eso es lo que trata de discutir. Es viejo el sofisma que trata de
eliminar la discusión de un problema introduciendo sin
debate y de antemano una solución al mismo. La segunda
objeción suele presentarse como más débil,
pero en realidad es muy importante y profunda. Se trata de
preguntarse seria y honradamente si podemos de verdad entregarnos
sin reservas a la ciencia. Parece evidente que el testimonio de la
conciencia más íntima no puede evitar concebir, para
la manipulación científica, unos límites de
los que estamos convencidos. Asimismo y por eso, no podemos evitar
pensar en datos y concepciones que no son científicos, y que
justamente limitan la aplicación científica. Unos
datos y conocimientos que tal vez tampoco son estrictamente
filosóficos —quiere decirse, pensados
filosóficamente—, sino de lo que podría
llamarse conocimiento espontáneo, natural. Pero son
contenidos de los que estamos realmente convencidos gracias a que
se presentan intuitivamente de modo inmediato, evidente.
De este modo se abre, por un lado, un conjunto de cuestiones
sustantivas acerca de los presupuestos fundamentales del ser
humano. Y por otro, el problema metodológico del acceso y
fiabilidad de esos contenidos.
En cuanto a las cuestiones sustantivas, hay quien sugiere que
ese conjunto de preguntas, por así decir, no pertenece
estrictamente a la Neuroética, sino que habría que
buscar para él y su estudio un nuevo término:
“neurofilosofía” o
“neuroantropología” [Churchland 2002]. Pero hoy parece ya asentado
el término “Neuroética” también
para estos interrogantes ciertamente filosóficos y
antropológicos. Sea como sea, es un hecho que en los
diferentes planteamientos de la Neuroética lo que realmente
está en discusión son esas preguntas fundamentales:
si el ser humano es sólo un organismo biológico o
algo más, si su libertad es algo aparente o real, si puede
hablarse a la postre de responsabilidad, si sus emociones o
sentimientos son simplemente epifenómenos del sistema
neurobiológico o no, etc.
En este plano, la Neuroética puede verse, entonces,
más que como una ciencia nueva (ciencias auténticas
son la Neurociencia y la Filosofía o la Ética, en
sentido clásico), como un conjunto de preguntas sobre lo
más radical e íntimo del hombre. Preguntas en las que
ya no se trata de su origen (como en el caso de la discusión
en torno al evolucionismo), ni de su diferencia con una
máquina (como en la discusión de la Filosofía
de lo mental y de la inteligencia artificial). Ahora nos
encontramos con los grandes temas que definen su vida más
íntima, su vida más personal, su vida moral: la
libertad, la responsabilidad, los sentimientos,… En cierto
sentido, puede decirse que la ciencia experimental ha llegado,
desde sus primeros orígenes físicos y
fisiológicos, al núcleo más personal humano:
su núcleo ético o moral. Por este motivo, sí
parece adecuado el término Neuroética para designar
este nuevo campo de problemas o esta nueva perspectiva desde la que
estudiar esas cuestiones del ser humano.
Con otras palabras, la Neurociencia aparece, por así
decir, como el umbral donde la ciencia ya no puede obviar estas
cuestiones últimamente personales. Y aquí es donde
aparece la otra vertiente de problemas: la cuestión
metodológica, no menos importante que la de los
contenidos.
Desde este punto de vista del método, no es
difícil advertir que históricamente a menudo esas dos
ciencias (la experimental y la filosófica o ética) se
han enfrentado entre sí. Un enfrentamiento que
consistía prácticamente en una pugna por hacerse con
el objeto más misterioso y profundo del universo, y al mismo
tiempo el que más interesa: el ser humano. La
Neuroética ha venido a convertirse precisa y definitivamente
en el campo, si se permite la expresión, de esta
batalla.
Sin embargo, la misma Neuroética parece estar aportando
un elemento nuevo en este debate; nuevo, al menos, en la
tradición de las ciencias modernas cada vez más
especializadas. Dicho elemento o factor es la necesidad, percibida
por los neurocientíficos, de incorporar en sus
investigaciones y discursos argumentos procedentes de diversas
ciencias (Biología, Neurología, Psiquiatría,
Psicología,…). Esta novedad hace posible superar la
relación entre las ciencias en clave de enfrentamiento, y
empezar a ver esa relación como una oportunidad de encuentro
interdisciplinar fecundo para todas las partes. Esa necesidad de
auténtica relación y diálogo entre diversas
ciencias abre un campo de reflexión de gran importancia. La
Neuroética ofrece, por lo tanto, un campo fértil
donde brota la cuestión de la naturaleza de la
interdisciplinariedad misma. Y de este modo, la discusión
metodológica de la Neuroética se convierte en una
discusión sobre cómo mirar aquel conjunto de
preguntas sobre el ser y obrar humanos, sobre cómo
plantearlas sin forzar aquello por lo que nos preguntamos, sobre
cómo interpretar las hipotéticas repuestas sin
desfigurar los datos de partida.
Al final, en realidad, dichas preguntas metodológicas
terminan siendo también preguntas sustantivas, de contenido.
Vienen a ser preguntas acerca de la naturaleza de la ciencia, de
nuestro saber y de nuestra experiencia. Por ejemplo, en ese
contexto nos preguntamos qué ciencias pueden y deben entrar
en diálogo: ¿sólo las ciencias experimentales
entre sí o también otras formas de saber (como la
Filosofía) que en otro tiempo y sentido fueron consideradas
como ciencias? Cuestión que inmediatamente pone delante la
que inquiere ¿a qué llamamos ciencia?, o
¿qué significa saber?, o también
¿qué tipo de experiencia podemos considerar como
fuente de saber? Antes se hablaba de convicciones irrenunciables
que oponemos a posibles abusos de la ciencia: son convicciones de
algo que intuimos, más que demostramos. Éste
sería el lugar para preguntarse: ¿hasta qué
punto es fiable, e incluso más segura, la intuición
que la demostración?, ¿son dos modos de conocimiento
realmente excluyentes o cabe a su vez una relación que
favorezca la cooperación del conocimiento? Todo esto
podría ser una discusión simplemente académica
o de matiz si no estuviera en juego aquello de lo que la
Neurociencia y la Neuroética tratan: el ser humano del modo
más íntimo y radical.
El cuadro presentado puede parecer, quizá, exageradamente
pesimista o dramático. Pero deja de serlo cuando se
consideran, por ejemplo, propuestas en ámbitos como la
dignidad humana o el derecho a la vida. O cuando observamos que en
Psiquiatría la tendencia avanza en la dirección de
considerar a la persona como puro ser biológico más
que como ser también capaz, cognitiva y emotivamente, de
tener y dirigirse por un sentido de la vida. Así, la
psicofarmacología gana terreno a pasos de gigante en
detrimento de la psicoterapia, en la que ya no se cree [Mojtabai-Olfson 2008]. Y esto aun cuando
la Psiquiatría ha visto muchas veces la psicoterapia y el
sentido de la vida (sobre todo en su brillante periodo del primer
tercio del siglo XX en Alemania, con figuras como Karl Jaspers o
Kurt Schneider) como algo central en ella.
No es difícil ver que lo que la Neuroética se
está planteando en realidad es nada menos que la ciencia
experimental misma, y con ella su idea de experiencia y su idea de
racionalidad. Sin duda, se impone un debate muy necesario hoy. Muy
necesario porque la modernidad planteó inconscientemente
esas preguntas, y su embriaguez de progreso impidió la
reflexión sobre ellas. El pensamiento posmoderno actual, en
cambio, ha visto muy bien las quiebras y la crisis que la ciencia
ya barrunta, pero ha desistido de proponer una solución,
abandonando al hombre a un vacío sin precedentes.
Lógicamente, la sola ciencia, ante tamaña tarea,
está entrando necesariamente en crisis. Se ve a sí
misma en la situación de dar esas respuestas, a la vez que
de comprenderse a sí misma. Y, según parece, la
Neuroética en este sentido amplio constituye una ventana
privilegiada, una oportunidad para abordar tan crucial
discusión.
En definitiva, la Neuroética se presenta, así,
como la oportunidad para iniciar un diálogo interdisciplinar
profundo. En ella se ven claramente los límites conceptuales
(aunque no los técnicos) de la Neurociencia, y al mismo
tiempo se plantean desde la ciencia las cuestiones más
profundas sobre el ser y obrar humanos. Se trata entonces, por un
lado, de una excelente oportunidad para que científicos y
filósofos dialoguen. Y por otro lado, constituye a la vez
una exigente llamada a la responsabilidad dirigida a la comunidad
académico-científica a la vista de las repercusiones
crecientes que la ciencia está teniendo en individuos y en
la entera sociedad.
3. Origen y desarrollo de la
Neuroética
3.1. Eventos preparatorios y principales
hitos institucionales
Como primer gran evento que contribuyó al origen de la
Neuroética puede señalarse la fundación de la
International Brain Research Organization
(IBRO) en 1961, auspiciada por la UNESCO. Sus orígenes se
remontan a una reunión de investigadores en
electroencefalografía cerebral celebrada en Londres en 1947,
que llevó a la creación de la Federation of EEG and Clinical Neurophysiology. En otra
reunión de esta Federación y otros grupos de
investigación en Moscú, en 1958, se tomó por
unanimidad la decisión de crear una organización
internacional que agrupase a todos los investigadores del cerebro.
Unos años después, en 1969, tiene lugar el nacimiento
de la Society for Neuroscience. Sin embargo,
estas sociedades se concentraban en la promoción de la
investigación científica sobre el cerebro y prestaban
muy poca atención a las implicaciones éticas o
sociales de tales investigaciones. Por esta razón, la Society for Neuroscience americana puso en marcha,
en 1972, un Comité de Responsabilidad Social (Committee on Social Responsibility), que más
tarde llegaría a ser el Comité de Cuestiones Sociales
(Social Issues Committee). Tal organismo
tiene la misión de informar a todos los miembros de la Society of Neuroscience y al público
general sobre las implicaciones sociales de los estudios del
sistema nervioso. Este comité fue especialmente importante
para establecer las diferentes regulaciones éticas en el uso
de los animales de experimentación, en particular de los
primates no humanos. En 1983, dicho comité inició
unas mesas redondas anuales sobre temas sociales, la primera de las
cuales se dedicó a las diferencias sexuales en el cerebro.
En años posteriores, estas reuniones se dedicaron a temas
tales como la mejora cognitiva, cuándo comienza la
“vida” cerebral, la muerte cerebral, la neurotoxicidad
de los aditivos alimentarios y el uso de células fetales
para el tratamiento de enfermedades neurológicas.
R. E. Cranford acuña el término
“neuroético” (“neuroethicist”) al hablar del neurólogo
como asesor ético y como miembro de los comités
éticos institucionales [Cranford
1989]. Según él, con el aumento de problemas
éticos en la práctica neurológica, la
presencia de neurólogos expertos en tratar estos problemas
facilitará adecuadamente su solución satisfactoria.
Se trata de la primera vez que el término
“neuro” se asocia explícitamente al de
“ética”. Otras dos publicaciones relevantes para
determinar las raíces de la Neuroética se deben a
Patricia Churchland en 1991 [Churchland
1991], y a A. Pontius en 1993 [Pontius
1993]. En la primera, la profesora Churchland de la Universidad
de California (en San Diego) plantea desde el punto de vista
filosófico las cuestiones éticas relacionadas con la
concepción que tenemos de nosotros mismos. En la segunda,
Pontius reflexiona sobre los aspectos neurofisiológicos y
neuropsicológicos del desarrollo de los niños y de su
educación.
Sin embargo, el verdadero arranque de los estudios propiamente
de Neuroética se produce en la reunión en San
Francisco en 2002. En el año siguiente se produjo otro
acontecimiento decisivo para la historia de esta disciplina: la
Society for Neuroscience organizó por
primera vez una importante conferencia sobre Neuroética. En
2005 la misma sociedad empezó a convocar también
conferencias sobre el diálogo entre la Neurociencia y la
sociedad que han llegado a ser muy conocidas en los medios de
comunicación. Esta sociedad científica comenzó
a asumir que los temas relacionados con la Neuroética
habían pasado a ser de objeto de especial interés a
parte integrante de su misión. Y finalmente, en 2006, se
constituye la Neuroethics Society en una
pequeña reunión celebrada en Asilomar (California).
La propia Neuroethics Society se define como
un grupo de estudiosos, científicos, clínicos que,
junto a otros profesionales, comparten un interés por las
repercusiones sociales, legales, éticas y políticas
de los avances de la Neurociencia. La Neurociencia, afirman,
está proporcionando muchos datos que pueden ayudar a
conseguir mejor nuestros objetivos, a entendernos mejor a nosotros
mismos como seres sociales, morales y espirituales. El objetivo
principal de esta sociedad es el de promover el desarrollo y la
aplicación responsable de la Neurociencia a través de
una investigación interdisciplinar e internacional, de la
educación y del compromiso social para el beneficio de todas
las naciones, razas y culturas. Sin embargo, para muchos uno de los
retos más importantes que tiene esta nueva sociedad,
dedicada específicamente a aunar a las personas interesadas
en la Neuroética, es establecer una relación fluida y
positiva con la Society for
Neuroscience.
Dos hitos en cierto modo institucionales son también
sendos editoriales aparecidos en dos prestigiosas revistas, Nature (del Reino Unido) y Science (de los Estados Unidos), que han tenido un
notorio impacto en la comunidad científica internacional. En
ambos escritos se insiste claramente en la importancia de la
Neuroética como disciplina de gran proyección en la
sociedad actual, que tanta relevancia está otorgando a los
estudios del cerebro, y donde la tecnología para la
investigación y la terapia de enfermedades
neurológicas y mentales se está desarrollando a muy
rápidamente. Por otra parte, también se advierte la
repercusión social que contienen estos estudios para la
seguridad de los países, entre otros campos. Precisamente en
esto último es en lo que incide de manera directa el primero
de los editoriales. Éste tiene como ocasión el inicio
de dos nuevas empresas (llamadas No Lie MRI
y Cephos) que desarrollan
investigación en imagen cerebral para aplicarla como
detector de mentiras u otras medidas relacionadas con la seguridad
de la sociedad. El editorial sostiene que «en el futuro, las
personas dedicadas a la ética se deben preocupar más
de si un día estas técnicas de imagen pudieran ser
utilizadas para discernir o poner de manifiesto los secretos
más íntimos de la gente. La sociedad tiene en sus
manos, por primera vez, una herramienta con la que detectar la
mentira, y esto podría traer consecuencias muy profundas
sobre la privacidad individual y los derechos humanos» [Nature 2006]. El otro editorial está
firmado por Henry Greely del Stanford Centre for
Biomedical Ethics de la Universidad de Stanford.
Allí, Greely hace un recorrido apresurado pero incisivo por
las principales cuestiones que trata la Neuroética,
partiendo del hecho de que la Neurociencia es una disciplina
biológica que se ha expandido de manera extraordinaria. Y
concluye afirmando que es necesario que la financiación de
la Neurociencia vaya pareja a la preocupación para apoyar y
respaldar estudios de Neuroética que permitan controlar esas
investigaciones y su repercusión en la sociedad: «Pero
financiar la ciencia sin ayudar el trabajo para desarrollar
adecuadamente sus consecuencias sociales asegurará que la
revolución neurocientífica pueda traer, junto a
grandes avances científicos y médicos, mucho dolor y
caos» [Greely 2007].
Por otra parte, desde marzo de 2008 la editorial Springer
publica ya una revista específica sobre la nueva disciplina
titulada Neuroethics, bajo la
dirección de Neil Levy.
Finalmente, desde la perspectiva académica cabe destacar
la reciente fundación de dos centros de investigación
dirigidos a la Neuroética. En primer lugar, la Universidad
de British Columbia en Vancouver
(Canadá) erigió en 2007 el National Core for
Neuroethics con la misión de analizar y estudiar
las implicaciones éticas, legales, políticas y
sociales de la investigación neurocientífica. El otro
centro es el The Wellcome Centre for
Neuroethics, constituido por la University of Oxford (Reino Unido) en 2009, cuyo
objetivo es el estudio de “los efectos que la Neurociencia y
las neurotecnologías tendrán en diversos aspectos de
la vida humana”. En su declaración de intenciones
concreta cinco áreas de investigación: la mejora
cognitiva; las fronteras de la conciencia y los daños
neurales severos; la libertad, la responsabilidad y la
adicción; la Neurociencia de la moralidad; y la
Neuroética aplicada.
3.2. Algunas publicaciones y
aplicaciones concretas
Aquí intentamos ofrecer tan sólo una visión
conjunta de algunos trabajos y libros que se han publicado sobre
Neuroética en los últimos años, muchos de los
cuales han aparecido en revistas científicas de reconocido
prestigio internacional. Lo común a todos ellos es su
decidido e inevitable diálogo interdisciplinar. Un
diálogo que en algunos autores es más abierto y
fecundo que en otros, pero que en cualquier caso se percibe ya como
una necesidad ineludible.
a) Adina L. Roskies
Esta investigadora publicó en 2002 el trabajo Neuroethics for the New
Millenium en la revista Neuron.
Roskies es docente e investigadora en el Departamento de
Filosofía del Darmouth College en Hanover (New Hampshire), y su trabajo se
centra en el estudio de la libertad y de las implicaciones legales
de la Neurociencia. En su contribución sistematiza el campo
de esta nueva disciplina en dos grandes apartados: la ética
de la Neurociencia y la neurociencia de la Ética.
Dentro de la Ética de la
Neurociencia, Roskies distingue a su vez dos clases de
cuestiones a las que se enfrenta la Ética en su encuentro
con las disciplinas neurocientíficas: las relacionadas con
la práctica ética en el desempeño de las
investigaciones neurobiológicas en general, y las que
conciernen a la evaluación del impacto ético y social
de los resultados obtenidos con las técnicas de
experimentación neurobiológica. Nuestra autora
denomina “ética de la práctica
(neurocientífica)” a lo primero; y a lo segundo,
“implicaciones éticas de la Neurociencia”. En el
primer apartado encontramos aquellas cuestiones que regulan la
realización de los experimentos neurocientíficos de
acuerdo con los códigos de conducta éticos tanto en
aquellas disciplinas básicas de la Neurociencia como en su
aplicación a la clínica (por ejemplo, en el
tratamiento de las enfermedades neurodegenerativas o mentales). El
segundo conjunto de problemas se refiere a cómo utilizar
todos los conocimientos que estamos logrando a través de la
Neurociencia para configurar mejor la sociedad y plantearse
así el comienzo de la vida humana, la muerte o qué
significa ser humano y si es posible transformar la humanidad en
algo mejor. Lógicamente, las conclusiones que se obtengan en
este apartado configurarán el modo en el que se deban
aplicar los criterios éticos en el ejercicio de la
Neurociencia y en sus correspondientes aplicaciones
clínicas.
Con respecto a la Neurociencia de la
Ética, el supuesto de Roskies es que la Ética
se ha basado tradicionalmente en conceptos como el libre
albedrío, el autocontrol, la identidad personal y la
intención. La novedad ahora es que todas estas nociones de
la teoría ética se pueden explorar de alguna manera
dentro de la Neurociencia. Es verdad que esta visión de la
Neuroética, según Roskies, está mucho menos
desarrollada que la reflejada en el apartado anterior, pero los
avances de la ciencia neural podrán aportar resultados en
este campo de manera vertiginosa en los próximos
años. La investigadora americana sugiere que en el
núcleo de la investigación de la Neurociencia surgen
las preguntas sobre lo más radical de nuestro ser y de
nuestro actuar: ¿cómo influye el cerebro en nuestra
manera de encarar los problemas morales de nuestra sociedad?,
¿podemos modificar los principios morales mediante
alteraciones biológicas?, y muchas más preguntas
sobre la esencia de nuestra autoconciencia y de nuestro actuar
libre. En realidad, el primer ámbito de cuestiones (la
ética de la Neurociencia) se subsume en el segundo (la
neurociencia de la Ética), pues, según Roskies, el
entendimiento de la propia Ética desde la perspectiva
neurobiológica cambiará el modo en que la aplicamos a
la investigación básica y clínica de la
Neurociencia.
b) Judy Illes
La actividad de Judy Illes ha sido decisiva para difundir la
importancia de la Neuroética a través de sus
investigaciones y publicaciones sobre la Ética de la
neuroimagen (entre otras, el libro Neuroethics:
defining the… [Illes 2005] y
el artículo “Neuroethics: a modern…” [Illes-Bird 2006]). Actualmente, trabaja
en la Universidad de British Columbia en
Vancouver (Canadá), donde dirige el National
Core for Neuroethics.
El artículo que queremos resaltar aquí fue
publicado en la revista Brain and Cognition
en 2002 junto con Thomas Raffin (“Neuroethics: An Emerging…”). En
él, Illes y Raffin se adentran en la nueva disciplina de la
Neuroética desde el contexto de la neuroimagen, cuyo
desarrollo ha crecido exponencialmente en las últimas dos
décadas de la investigación neurocientífica.
Las avanzadas técnicas de neuroimagen posibilitan obtener
imágenes de realidades que van desde el cerebro del feto en
el seno materno hasta los patrones de activación cerebral
asociados con procesos cognitivos o conductuales tanto en la
infancia como en individuos adultos. El artículo es la
presentación de un número especial de la citada
revista sobre la perspectiva ética de la neuroimagen, y
muestra que la neuroimagen ocupa un lugar central en la
investigación cerebral y, lógicamente, también
en los procesos integrativos de la Neurociencia con otras
disciplinas; en nuestro caso concreto, con la Ética.
c) Martha Farah
La Profesora Martha Farah es la directora del Center for Cognitive Neuroscience de la Universidad de
Pennsylvania. Su artículo publicado en 2002 (“Emerging Ethical Issues in Neuroscience”) y
el de 2005 (“Neuroethics: The Practical
and the Philosophical”) delinean con bastante claridad su
idea de esta nueva disciplina bioética.
En el primero se propone revisar las principales cuestiones
éticas suscitadas por los desarrollos
neurocientíficos. Se concentra en tres: la mejora de la
función normal del cerebro, la intervención sobre el
sistema nervioso central ordenada por un tribunal de justicia y la
llamada “lectura cerebral”.
Con respecto a la mejora de la función normal del
cerebro, del estado de ánimo, así como de las
funciones cognitivas o vegetativas en los individuos sanos es algo
que empieza a ser un hecho claro y una práctica
sistemática en nuestra sociedad. En relación con la
salud del propio individuo, es preciso analizar sus efectos a largo
plazo, que podrían traer limitaciones no queridas ni
toleradas. Además, el efectivo logro de la mejora de
nuestras condiciones nerviosas podría traer como
consecuencia la falta de un recto y ordenado afán por ser
más capaz en sana competencia con los demás. Y esto
lleva a una consideración de naturaleza social. Las
posibilidades de conseguir estos medios de mejora podrían
dividir socialmente a los individuos, entre aquellos que pueden
adquirirlos y los que no tienen esa posibilidad, o entre individuos
de primera clase (con ventajas cerebrales manifiestas) y otros de
segunda categoría (rebajados y reducidos a
“esclavos” para los trabajos más
degradantes).
La intervención sobre el sistema nervioso central
ordenada por un tribunal judicial puede parecer irreal, pero ya se
plantea de forma teórica en muchos foros con el intento de
aminorar o eliminar la capacidad criminal de convictos,
especialmente los culpables de delitos sexuales. El problema al que
nos enfrentamos desde el punto de vista ético es que estas
intervenciones pueden alterar también nuestra propia
personalidad y convertirnos en “títeres
biológicos”, incapaces ciertamente de cometer delitos,
pero a un precio demasiado alto. El debate es muy vivo, puesto que
la tecnología neuroquirúrgica de estimulación
profunda de zonas cerebrales se está desarrollando muy
rápidamente en los últimos años, impulsada
sobre todo por los resultados obtenidos en enfermedades
neurodegenerativas (como en la enfermedad de Parkinson) o en
enfermedades mentales (como la depresión o los trastornos
obsesivo-compulsivos).
La llamada “lectura cerebral”, que se concentra
especialmente en la aplicación de la tecnología
neurobiológica a la detección de mentiras, es algo
que en las relaciones entre la ciencia y la sociedad está
siendo objeto de creciente atención para establecer patrones
de seguridad en una comunidad como la nuestra que debe protegerse
de las desestabilizaciones de la guerra, del terrorismo o del
crimen. Los problemas éticos derivados de este procedimiento
atañen a la privacidad y a la utilización de esa
información, por parte de las autoridades políticas,
judiciales, policiales o militares, de modo que conduzcan a los
individuos a situaciones inhumanas.
El segundo trabajo, de 2005, resume los enfoques actuales de la
Neuroética y se complementa con otro aparecido en 2007
(“Social, Legal, and Ethical
Implications of Cognitive Neuroscience…”). En
estas nuevas publicaciones, la autora advierte que hasta ahora se
ha prestado muy poca atención a la importancia de las
implicaciones éticas de la Neurociencia, en contraste con la
otorgada a la Bioética en disciplinas como la
genética molecular. Este interés por los aspectos
éticos de las disciplinas neurobiológicas se ha
multiplicado, según Farah, por el gran desarrollo de la
Neurociencia cognitiva. Y considerando las cuestiones éticas
por debatir en este contexto, esta investigadora distingue dos
clases: las que denomina prácticas y las filosóficas.
Entre las primeras tenemos especialmente las derivadas de la
“neurotecnología” y sus aplicaciones en la salud
y en la enfermedad. A las segundas pertenecen las preguntas sobre
la forma en que pensamos sobre nosotros mismos como personas, como
seres morales y espirituales. Y a ambas hay que añadir, por
supuesto, las implicaciones sociales de todo ello.
d) Thomas Fuchs
La aproximación de Thomas Fuchs a la Neuroética
puede considerarse una de las principales emprendidas en esta
disciplina por dos motivos. En primer lugar, porque plantea las
cuestiones de la Neuroética de una manera radical,
intentando alcanzar el fondo ético de los problemas que se
plantean en la investigación y la aplicación de la
neurobiología. En segundo término, porque enfoca las
discusiones desde una perspectiva interdisciplinar,
relacionándolas especialmente con la Filosofía, lo
cual favorece que el discurso resulte mucho más rico y
eficaz, y que sus conclusiones alcancen a un público
científico más amplio.
Formado filosóficamente en la escuela de Robert Spaemann
en Munich y especializado médicamente en Psiquiatría
y Psicopatología, Fuchs ejerce su profesión de
psiquiatra en uno de los centros más prestigiosos de Europa
en ese campo: la Universidad de Heidelberg en Alemania.
El trabajo en que aquí nos fijamos (“Ethical Issues
in Neuroscience” [Fuchs 2006]) trata
de cómo las cuestiones éticamente críticas del
desarrollo de la Neurociencia han impulsado el nacimiento de la
Neuroética. Ejemplos de estos problemas son: la
predicción de la enfermedad; el aumento
psicofarmacológico de la atención, la memoria o el
estado de ánimo; la neurotecnología aplicada en la
psicocirugía; la estimulación cerebral profunda y los
implantes cerebrales. Todas estas alteraciones son capaces de
afectar a un ser humano en el sentido de su privacidad, su
autonomía y, en definitiva, su identidad personal.
Además, la interpretaciones frecuentemente reduccionistas de
los resultados obtenidos por la Neurociencia podrían
representar un reto con respecto a nociones tan trascendentales
para nuestra existencia como la libertad, la responsabilidad
personal o la individualidad de nuestro yo; conceptos todos estos
que se revelan esenciales para nuestra cultura y nuestras
relaciones interpersonales y sociales. Sin olvidar, además,
que esos resultados neurobiológicos podrían cambiar
gradualmente conceptos médico-psiquiátricos de
esencial importancia, como el de enfermedad mental y el de salud
mental en general. Por lo tanto, es de vital importancia enfocar el
estudio de la Neuroética de una manera profunda y global, es
decir, en un contexto interdisciplinar, para abordar estas
cuestiones adecuadamente. De manera que la Filosofía, el
saber humano más amplio y último, deberá jugar
un papel decisivo en estos análisis a la hora de evaluar
críticamente los resultados de la Neurociencia que se
enfrentan a la más nuclear e íntima de las preguntas:
¿qué es el hombre?
La contribución de Fuchs se articula en dos grandes
apartados. El primero trata de los problemas éticos de los
diagnósticos e intervenciones basados en la Neurociencia; y
el segundo, de los problemas éticos concernientes a la
concepción que tenemos de nosotros mismos como seres
humanos.
Problemas éticos de los
diagnósticos e intervenciones basados en la
Neurociencia
En este apartado se abordan los problemas neuroéticos que
resultan de la aplicación de la neuroimagen, de la mejora
cerebral por métodos farmacológicos y de las nuevas
intervenciones técnicas sobre el cerebro. Lo que aquí
resulta más interesante es la crítica del Profesor
Fuchs a las técnicas de neuroimagen. Ciertamente, el gran
desarrollo de la neuroimagen ha creado en muchos
neurocientíficos, y de alguna manera en el público en
general, la idea de que somos lo que es nuestro cerebro, que se
activa y desactiva según las tareas cognitivas, emocionales
o motivacionales de manera bastante selectiva. Fuchs discute esta
idea con agudeza y determinación, observando que la
asociación de la experiencia subjetiva a las imágenes
que estas técnicas proporcionan exige tener en cuenta
algunos presupuestos. En primer lugar, hay que aceptar que los
estudios de neuroimagen sólo ilustran un aspecto parcial de
los procesos biológicos que están sucediendo. Vemos
de modo estadístico, por ejemplo, qué zonas
cerebrales reciben más flujo sanguíneo cuando se da
cierto fenómeno, pero no sabemos si ese aumento es la causa
directa del fenómeno explorado o por el contrario su efecto.
En segundo lugar, la interpretación adecuada de los
resultados depende mucho del diseño experimental que se
adopte y de cuál sea el esquema seguido en la
exploración; muchas veces esto no se explica con detalle, de
modo que las conclusiones que sacan los no expertos son demasiado
simplistas. Y, por último, no hay que olvidar que, en
general, las actividades de la vida diaria son complejas y no son
fáciles de explorar sin someterlas a simplificaciones que
pueden desnaturalizarlas; de hecho, los paradigmas exploratorios
habituales en este tipo de experimentos carecen del componente
“global” que se da, por ejemplo, en las interacciones
sociales. Por todo esto, Fuchs advierte que las técnicas de
neuroimagen son excelentes para explorar el sistema nervioso
humano, pero sería muy aventurado depender exclusivamente de
sus resultados para sacar conclusiones unitarias acerca del actuar
del hombre.
Problemas éticos
concernientes a la concepción que tenemos de nosotros
mismos como seres humanos
Aquí se abordan las dificultades surgidas cuando se
reducen los estados mentales a estados cerebrales. En
opinión de Fuchs, las ideas reduccionistas sobre el problema
mente-cuerpo y sobre el yo de la persona plantean cuestiones
éticas muy serias: (a) ¿pueden hacerse coincidir la
atribución de una responsabilidad personal del sujeto con
una serie de procesos neurobiológicos correlacionados?; (b)
¿deberíamos tratar las enfermedades mentales
sencillamente como enfermedades cerebrales?; y (c) ¿podemos
seguir manteniendo para la persona las nociones de unidad y de
autonomía que los resultados de la Neurociencia pretender
definirnos sólo biológicamente?, es decir, ¿es
el yo una mera ilusión de complejos procesos cerebrales?
Como puede verse, las cuestiones que se suscitan son nucleares para
la Neuroética. De este modo, Fuchs va al fondo
filosófico del problema y concluye que es necesaria una
actitud interdisciplinar fundamental que lleve a encarar los
problemas éticos en el contexto de una consideración
humana integral. En definitiva, insiste, las técnicas para
monitorizar y manipular las funciones cerebrales se están
desarrollando muy rápidamente y es necesaria la prudencia y
contención en su aplicación. En este momento no
sabemos todavía con claridad y precisión cómo
los distintos sistemas biológicos cerebrales interaccionan
entre sí, ni cómo las alteraciones en estos sistemas
pueden predecir una determinada conducta o actitud
psicopatológica. Ni tampoco conocemos cómo la
intervención sobre esos sistemas cerebrales puede afectar a
las creencias, deseos, intenciones y emociones que constituyen la
mente humana. Además, se puede predecir que la ya
clásica tensión entre las visiones tradicionales,
intuitivas o religiosas de las personas y la visión
biologicista de gran parte de la Neurociencia actual, que
interpreta a la persona sólo como su cerebro, puede generar
conflictos que tengan consecuencias importantes desde el punto de
vista social y cultural.
Fuchs concluye afirmando que los neurocientíficos
deberán explicar en el futuro, cada vez más, el
significado de su trabajo no sólo desde el punto de vista
científico, sino también en términos morales o
éticos. Además, los psiquiatras podrían jugar
un papel central también para identificar cuestiones
éticas suscitadas por la investigación
neurocientífica, pues siempre han sido un puente entre
visiones biologicistas y su aplicación al ámbito
personal. Por eso Fuchs insiste en que es muy importante no perder
de vista que debemos desarrollar y estimular una visión
integral, no reduccionista, de las relaciones entre la mente y el
cerebro, sabiendo que los médicos no tratan cerebros, sino
personas (“The Challenge of Neuroscience: Psychiatry and
Phenomenology Today” [Fuchs 2002]; y
“Neurobiology and Psychotherapy: An Emerging Dialogue”
[Fuchs 2004]).
e) Walter Glannon
Walter Glannon es Profesor de la Universidad de Calgary
(Canadá), ocupando la Canada Research Chair
in Biomedical Ethics and Ethical Theory en el Departamento
de Filosofía de esa Universidad. El primer trabajo que
comentamos aquí (“Neuroethics”) es un estudio
amplio y documentado sobre la Neuroética [Glannon 2006]. Allí centra su estudio,
sobre todo, en las perspectivas clínicas de la Neurociencia.
Así, señala que el avance de la Neurociencia en los
campos de la neuroimagen, la psicocirugía, la
estimulación cerebral profunda o la psicofarmacología
ha transmitido a la sociedad la firme esperanza de una eficacia
mayor en la predicción, diagnóstico y tratamiento de
las alteraciones neurológicas y psiquiátricas.
Además, añade este autor, algunas formas de
utilización de la psicofarmacología podrán
incluso lograr un aumento de las facultades cognitivas y
emocionales en personas normales. Sin embargo, cada vez se cobra
más conciencia de que estamos ante el órgano del
cuerpo humano más complejo y menos conocido desde el punto
de la ciencia experimental morfofisiológica y
fisopatológica.
Este trabajo de Glannon explora sistemáticamente todas
estas técnicas, sosteniendo que mapear los correlatos
neurales de la mente a través de los escáners
cerebrales, o transformando estos correlatos por medio de la
cirugía, la estimulación o la farmacología
puede afectar a las personas de forma positiva o negativa. Por ello
es tan importante sopesar de manera muy cuidadosa y profunda todos
los beneficios y los daños potenciales causados por el
empleo de la neurotecnología. De ahí también
la necesidad de introducir, para el progreso de la Neurociencia
clínica, un estudio en profundidad de las cuestiones
éticas en la aplicación de las investigaciones
neurobiológicas a la clínica de las enfermedades del
sistema nervioso.
Sin embargo, puesto que el cerebro es, con mucho, el
órgano más complicado y menos entendido del cuerpo
humano, todavía no somos capaces de explicar cómo
interaccionan entre sí los diferentes sistemas neurales y
qué anormalidades morfofuncionales pueden predecir
alteraciones psicopatológicas. Tampoco se ha logrado tener
una idea clara de cómo la modificación o
alteración de dichos sistemas cerebrales puede afectar a las
creencias, deseos, intenciones o emociones que constituyen rasgos
tan distintivos de lo que llamamos la mente humana. Pero es seguro
que todas estas intervenciones provocarán variaciones en
sentido positivo o negativo; por eso es importante introducir
criterios éticos en todos los avances de la Neurociencia
clínica.
En 2007, Glannon publica como editor un libro (Defining Right and Wrong in Brain
Science…) recogiendo los escritos que,
según su criterio, han sido los principales trabajos
publicados sobre la Neuroética (de los que ha hemos
comentado algunos). Resulta ilustrativo enumerar los apartados en
los que el autor ha dividido toda esta serie de trabajos: (I)
cuestiones fundamentales; (II) obligación profesional y
divulgación pública; (III) neuroimagen; (IV) libre
albedrío, razonamiento moral y responsabilidad; (V)
psicofarmacología; y (VI) lesiones cerebrales y muerte
cerebral. Finaliza este texto con un epílogo del
investigador inglés Steven Rose sobre la importancia de la
Ética en un mundo “neurocéntrico” (tomado
de The future of the brain… [Rose 2005]).
El último libro de Glannon (Bioethics and the brain, 2008) es una nueva
edición del mismo ya publicado en 2006. En él
continua con su propósito de explicar y divulgar la
importancia de la evaluación ética de las
intervenciones cerebrales. Un punto destacable es que Glannon es de
los pocos autores que introducen abiertamente la muerte cerebral
entre los temas de la Neuroética. En general, este autor
tiene una visión de la mente como un conjunto de rasgos que
emergen de las funciones del cerebro y del cuerpo. Sin embargo, no
parece un “emergentista” puro en el sentido en que se
habla en los estudios de mente y cerebro, pues admite y presenta
una cierta aproximación a concepciones más abiertas
que un puro emergentismo cerebral. El punto de mayor interés
que observa Glannon es que nuestro funcionamiento cerebral y mental
está asimismo muy anclado en las relaciones del sistema
nervioso con otros sistemas orgánicos, como el endocrino o
el inmunológico. Esta tesis resulta muy reveladora en cuanto
al intento de buscar respuestas unitarias de todo nuestro cuerpo
ante estímulos de variado tipo. Paralelamente, considera que
también el concepto de yo está basado en las
funciones psicológicas que tienen su base en otras tantas
funciones neurobiológicas y orgánicas en
relación con el sistema nervioso.
f) Jonathan Moreno
En la actualidad, el Profesor Moreno enseña Ética
médica e Historia y Sociología de la ciencia en la
Universidad de Pennsylvania, donde además forma parte del
Center for Bioethics y del Center for American Progress de la misma Universidad.
Además, recientemente ha tenido ocasión de influir
también en la vida política de los Estados Unidos al
ser nombrado asesor del Presidente Barack Obama sobre temas de
Neuroética, así como por sus intervenciones en los
medios de comunicación.
Este investigador publicó un artículo
(“Neuroethics: An Agenda for Neuroscience and Society”
[Moreno 2003]) en el que establece una
analogía histórica entre las últimas
décadas del siglo XX, donde se produce una explosión
de la Genética moderna y de la reflexión sobre sus
consecuencias éticas, y las primeras décadas del
siglo XXI, que supondrán —según
él— la era del cerebro, donde lógicamente el
diálogo ético se traspasará a esta disciplina
con inusitada fuerza. Lo interesante de esta analogía es que
así como la reflexión ética en la
Genética era algo en cierto modo nuevo para la comunidad
científica y la sociedad en general, la discusión
filosófica sobre la función mental y la conducta es
algo que viene de muy lejos, y este hecho configura y complica por
sí mismo la naturaleza de la Neuróetica. En buena
medida, en efecto, la consideración ética de la
investigación del sistema nervioso va a estar condicionada
por el modo según el cual entendamos las relaciones
mente-cerebro. Es claro que si adoptamos un modelo reduccionista
para explicar toda nuestra acción mental y conductual como
un reflejo directo de la acción biológica de nuestras
neuronas, la libertad y la responsabilidad tendremos que enfocarlas
de una manera diferente a si consideramos la biología
cerebral abierta a planteamientos más amplios, en los que
quepa la inmaterialidad o la moralidad en la acción humana.
La reflexión ética estará condicionada, en
definitiva, por la manera según la cual entendamos al ser
humano.
Jonathan Moreno inicia su artículo hablando extensamente
sobre el problema de la libertad, o el libre albedrío, y
sobre el reduccionismo en la relación mente-cuerpo. En este
punto, nuestro autor sigue de cerca las reflexiones de la
filósofa de la mente Patricia Churchland expuestas en su
conocido texto sobre las relaciones entre Neurociencia y
Filosofía (Neurophilosophy: Toward
a… [Churchland 1989]).
Moreno reconoce que desde la postura reduccionista se vuelve muy
difícil explicar la libertad tal como la entendemos de
ordinario. Sin embargo, adopta decididamente —con
Churchland— esa postura reductiva de tratar de explicar la
libertad por la biología, procurando no adentrarse en
paradojas vitales. Pero a medida que avanza el mencionado trabajo y
va penetrando en las repercusiones éticas de la
Neurociencia, las dificultades se van haciendo cada vez más
manifiestas en la búsqueda de un consenso entre estas dos
posturas antagónicas (la reduccionista y la del sentir
común). Y Moreno adopta entonces una actitud claramente
constructivista, es decir, intentando encontrar la verdad
mínima común a las dos visiones. Y es que, como ya
anunciaba al principio, adentrarse en la Neuroética es en
realidad preguntarse inevitablemente por el hombre, por su actuar,
por aquello que hace que seamos distintos unos de otros, por lo
bueno y lo malo. En realidad, en lo anterior se cifra el
núcleo del trabajo, pero interesa destacar los temas
neuroéticos abordados en el escrito de Moreno. Se trata de:
las relaciones legales de la investigación cerebral, la
identidad personal, el consentimiento, la manipulación (lo
que se considera natural y lo que no) y las implicaciones de la
Neurociencia para el desarrollo de la guerra, concluyendo con una
reflexión acerca de la novedad de la Neuroética.
Precisamente en relación a la guerra, una de las
aplicaciones neurocientíficas que está cobrando una
mayor importancia directa y práctica es la que se refiere a
su utilización en la denominada guerra convencional o en la
lucha contra el terrorismo. Y sobre ello Moreno ha publicado un
libro (Mind Wars. Brain Research and
National Defense [Moreno 2006]),
donde expone sus reflexiones bioéticas así como de su
especialización en estos temas. Ha dictado, además,
varias conferencias sobre este aspecto de la Neuroética, lo
cual le ha convertido en una autoridad en la aplicación
actual de la Neurociencia a la vida militar. Concretamente, Moreno
intenta allí dar una visión de la relación que
existe entre la ciencia más sofisticada y moderna, las
agencias americanas destinadas a la defensa de la nación y
el espacio geopolítico donde se desarrolla la lucha por la
defensa más allá de las bombas y los propios hombres
que luchan.
Como es previsible, las cuestiones que pueden derivarse de la
relación entre la Neurociencia y la defensa nacional (o
entre las medidas de seguridad y la salvaguarda de los derechos
cívicos) tienen sin duda una dimensión legal o
jurídica, pues afectan a derechos y libertades de los
ciudadanos. Por eso tiene sentido reflexionar acerca de las
conexiones entre la Neurociencia y el Derecho, a lo cual se ha
dedicado especialmente Stephen Morse (“New Neuroscience, Old
Problems…” [Morse 2004];
puede verse también el estudio “Neuroética.
Derecho…” [Capó
2006]).
g) Neil Levy
Neil Levy es un filósofo investigador senior en el Centre for Applied
Philosophy and Public Ethics de la Universidad de Melbourne,
y colabora también como investigador en el Program on Ethics of the New Biosciences y en The Wellcome Centre for Neuroethics, ambos de la
Universidad de Oxford; es, además, el editor principal de la
revista Neuroethics.
Levy plantea la posibilidad de la Neuroética desde una
visión del cerebro que no deja espacio para las operaciones
inmateriales de la mente. Sin embargo, resulta apresurado
calificarlo como simplemente materialista o reduccionista con
respecto a las relaciones mente-cerebro. Pues no resulta
fácil encasillar al grupo de filósofos anglosajones
que, como Levy, provienen de la tradición de la
Filosofía analítica. Existe en ellos una especie de
combinación entre un peculiar emergentismo, un
constructivismo y una cierta reducción monista. En su libro
de 2007 (Neuroethics. Challenges…) afirma
que una aproximación filosófica a la Ética
debe ceñirse rigurosamente a lo que se conoce a
través de la Neurociencia experimental, y también que
los seres humanos somos a la postre, al igual que todos los
organismos complejos, nada más que una comunidad de
mecanismos. Ahora bien, si se plantea la cuestión del
reduccionismo a la luz de estas dos tesis y se intenta sostener una
Ética (aunque sea utilitarista como la de Levy), se tiene
que aceptar la posibilidad de algo que escapa a la materialidad. Y
esto —a nuestro juicio— porque es imposible negar por
completo la inmaterialidad de algunas actividades del hombre (como
la de formular teorías), por más que éstas no
se manifiesten sin el sustrato material cerebral, y porque,
además, hoy por hoy la ciencia no logra explicar esas
actividades biológicamente por completo. La inevitable
consecuencia del planteamiento de Levy (y de otros materialistas)
no puede ser otra que un cúmulo de contradicciones; unas
contradicciones que no se aceptan porque no se ven, o que se
rechazan incluso percibiéndolas.
Tanto en el mencionado libro como en varias contribuciones de la
revista Neuroethics, Levy insiste en la idea
—común a otros autores— de que la
Neuroética comprende dos categorías de problemas. La
primera comprende, en general, los relativos a la tecnología
de la Neurociencia, y se inscriben en el campo de la
Bioética. La segunda abarca los que surgen cuando los
conocimientos que nos proporcionan las investigaciones
neurobiológicas nos hacen ver nuestras funciones vitales
más íntimas, y nuestro ser mismo, de una manera
diferente a como veníamos comprendiéndolas hasta
ahora. En realidad, en estos textos se defiende la llamada tesis
paritaria: los problemas que se plantean con el desarrollo de la
Neurociencia no son en absoluto nuevos, ni por su enunciado ni por
las soluciones éticas que se han intentado dar. Estamos en
el fondo ante problemas que ya estaban planteados, de alguna
manera, en el pasado. Por eso, reconoce Levy, es importante volver
a la Filosofía, de manera que de nuevo plantea la
importancia de la interdisciplinaridad en la Neuroética.
Como es lógico, el punto crucial de toda esta
visión de la Neuroética —como de
cualquiera— radica en la manera según la cual
entendamos la mente. Y para hacerse cargo del estrecho modo
biologicista según el cual Levy concibe la mente,
quizá lo mejor sea citar directamente un párrafo de
su libro:
«La mente puede que no sea una cosa; que no
pueda ser entendida como una cosa física localizada en el
espacio. Pero es enteramente dependiente, no sólo para su
existencia sino también para los detalles de su
funcionamiento, de simples cosas: neuronas y conexiones entre
ellas. Quizá sea posible reconciliar estos hechos con la
visión de que la mente es una sustancia espiritual, pero
parecería una acción desesperada siquiera el
intentarlo» [Levy 2007: 17].
Por último, otro de los conceptos clave de Levy, en su
libro sobre la Neuroética, es el que denomina “mente
extendida”. Con esta noción tiende a ver la mente como
dilatada sobre nuestro cuerpo y mediada las realidades que nos
rodean. Según él, también esto debe tenerse en
cuenta en nuestra investigación ética. Lo explica
así en el último párrafo de su libro:
«Este libro tiene como objetivo ilustrar el
significado moral de la mente extendida explorando la ética
de las ciencias de la mente. Si estoy en lo cierto, asiendo su
verdad nos permitirá llegar a un mejor y más matizado
conocimiento de cómo nuestras mentes están ya
tecnológicamente mediadas e incrustadas, y, por tanto,
evitará que demos respuestas poco ponderadas a dichas
tecnologías, las cuales no deben ser ni alabadas de forma
poco crítica ni rechazadas de forma histérica, sino
más bien evaluadas una por una» [Levy 2007: 315-316].
4. Balance
Todo lo anteriormente expuesto invita y urge a una
reflexión profunda. Y ésta arranca necesariamente de
la Neurociencia. Esta ciencia, cuyo progreso se ha acelerando
exponencialmente en las últimas décadas gracias al
desarrollo tecnológico, ha nacido y crecido con un
carácter y vocación interdisciplinar. Además,
se trata de un campo científico que inevitablemente
está generando repercusiones éticas, morales y
antropológicas de un alcance hasta ahora desconocido.
Por otra parte, aunque las perspectivas de desarrollo potencial
de las investigaciones neurocientíficas son ciertamente
prometedoras desde el punto de vista de las técnicas de
neuroimagen, es generalmente admitido que hay algunas
incógnitas que no parecen susceptibles de solución
con la tecnología experimental: sobre todo, la
explicación del funcionamiento global del cerebro. A ello se
une que la Neurociencia se ha encontrado de repente
planteándose cuestiones filosóficas
(antropológicas, psicológicas y éticas) a las
que no puede responder con los meros instrumentos técnicos y
desde la concepción de sí misma como ciencia
exclusivamente experimental.
Estos últimos hechos han provocado que un cierto
número de científicos muy significativos se hayan
planteado abrir un nuevo campo de investigación muy ligado
al desarrollo neurocientífico: la Neuroética. Esta
nueva disciplina se viene concibiendo según dos
categorías o planos. El primero se refiere a los criterios
éticos de experimentación y de aplicación
clínica de la Neurociencia. En este sentido, la
Neuroética se configura como una rama especializada de la
Bioética. El segundo plano se mueve en un nivel más
profundo, considerando los problemas filosóficos que la
Neurociencia cuestiona. De entre esos problemas destacan el
análisis de la libertad, de la responsabilidad
jurídica y moral, de la intimidad constitutiva de la
identidad de la persona, de la autenticidad de las emociones como
personales y propias, etc.
Arriba se han recogido los eventos y trabajos acaso más
sobresalientes acerca de la Neuroética, desde la decisiva
reunión celebrada en San Francisco el año 2002 hasta
artículos y monografías recientes. En todos estos
estudios se muestra la doble preocupación que define la
Neuroética: el establecimiento de criterios éticos y
la necesidad de abrir la reflexión a problemas
filosóficos que resultan decisivos para el individuo e
incluso para toda la sociedad, y, dentro de ésta, en
diferentes vertientes, como son la jurídica, la
política, la informativa, la sanitaria, la militar, etc. Por
otra parte, respecto a esas consideraciones filosóficas se
observan posturas diversas en los distintos investigadores: desde
la actitud de quienes pretender reducir toda la
argumentación a un nivel científico experimental
(como por ejemplo P. Churchland o algunos planteamientos de N.
Levy), y la de aquellos que admiten un discurso y un ámbito
de repuestas más amplio que el puro materialista o
biologicista (como es el caso de T. Fuchs). El resultado
lógico al que se llega es la necesidad de que la
Neuroética acoja diversas ciencias, también las
humanistas, en un fructífero diálogo
interdisciplinar.
La interdisciplinariedad se revela, así, como una
exigencia intrínseca de la actividad científica; se
trata de algo que radica en la esencia del conocimiento, de la
búsqueda de la verdad y del contacto con ésta. Si
esto no se tiene en cuenta, la inevitable consecuencia es un
reduccionismo que privilegia una determinada forma de entender la
ciencia y la experiencia —que habitualmente será la
forma científica empírica— y que desecha las
otras formas de experiencia (la artística, la moral, la
religiosa, la emocional, etc.) como ilusorias. Pero como estas
últimas, al ser evidentes, no desaparecen tan
fácilmente y se resisten a ser encajadas en los moldes del
método matemático y mecánico de la ciencia
moderna, lo que termina sucediendo es que aparecen profundas
contradicciones, muchas de las cuales se perciben hoy con gran
claridad. Contradicciones o paradojas que surgen entre vivencias
muy heterogéneas que reclaman una verdad unitaria que
englobe y comprenda las diferentes esferas vitales y las diversas
ciencias particulares.
En este contexto, puede advertirse la oportunidad que se abre
con el interés y ejercicio de la Neuroética para
iniciar un diálogo interdisciplinar profundo. En la
Neuroética se ven claramente los límites conceptuales
(aunque no los técnicos) de la Neurociencia, y al mismo
tiempo se plantean desde esta ciencia biológica las
cuestiones más profundas sobre el ser y obrar humanos. En
definitiva, la Neuroética ofrece una excelente oportunidad
para que científicos y filósofos dialoguen, y
constituye a la vez una exigente llamada a la responsabilidad
—dirigida especialmente a la comunidad
académico-científica— a la vista de las
repercusiones crecientes que la ciencia experimental (y en
particular la Neurociencia) está teniendo en los individuos
y en la entera sociedad, atomizando y disgregando nuestro saber y
nuestro actuar.
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