Mecánica, ciencia y principios.
Una interpretación desde Polo
Santiago Collado González
Publicado en Studia Poliana 2007, nº 9, pp. 215-231.
Universidad de Navarra
e.mail: scollado@unav.es
Resumen: La física que nació en el siglo XVII se
constituyó pronto como paradigma científico. La clave
de su éxito fue el uso que Newton hizo de las
matemáticas. Sostengo que el análisis de la
mecánica newtoniana encerraba los motivos de la crisis que
atravesó en el siglo XIX, y también los recursos para
superarla. Estudiamos en este artículo las razones de
carácter epistemológico que explican estos avatares
desde la gnoseología poliana.
Palabras clave: Leonardo Polo, mecánica, Newton,
epistemología, gnoseología, filosofía de las
matemáticas, filosofía de la ciencia,
filosofía de la naturaleza, teoría del
conocimiento.
Summary: Modern physics was born in the XVII century and soon
became the principal scientific paradigm. The key to its success
was the use that Newton made of mathematics. I hold that
Newton’s analysis of mechanics contained flaws which led to
its crisis at the end of XIX century and at the same time had
resources to overcome this crisis. I study in this paper the
epistemological reasons for these vicissitudes using Polo´s
theory of knowledge.
Key words: Leonardo Polo, mechanic, Newton, epistemology,
philosophy of mathematics, philosophy of science, philosophy of
nature, gnoseology, theory of knowledge.
Introducción
La situación actual de la ciencia en general, y de la
física en particular, dista mucho de ser el lugar tranquilo
y sin sobresaltos, el paisaje completamente explorado y conocido,
que esperaban los científicos y pensadores del siglo XIX. El
nacimiento de la mecánica cuántica y de la
teoría de la relatividad vinieron a resolver problemas
nacidos entonces en el seno de la misma ciencia, pero abrieron
también nuevos territorios hasta entonces completamente
ignotos, plantearon nuevos interrogantes y rompieron las
expectativas de tranquilidad que descansaban sobre la consolidada
física newtoniana.
Hoy nadie se atreve a poner fechas, como se hiciera
antaño, a la consecución del antiguo ideal de
unificación del saber, que ahora se llama teoría
unificada, o bien, teoría del todo. Hemos aprendido la
lección que nos enseñó la llegada del siglo
XX. Actualmente la ciencia ciertamente constituye el tipo de
racionalidad más prestigioso. Se podría decir que
ella en solitario sostiene a muchos en la esperanza de un futuro
mejor. Pero el predominio del pensamiento científico no es
capaz de ocultar también grandes sombras que se proyectan
sobre el porvenir y que tienen como telón de fondo las
experiencias que la humanidad ha vivido durante el siglo XX y que
han sido posibles por los avances de la ciencia.
Es lógico que los cambios que el nuevo siglo trajeron
consigo empujaran a la filosofía a fijar su mirada en la
ciencia. Se puede decir que en esos años nace una nueva rama
de la filosofía que se ha ocupado desde entonces de
comprenderla: dónde reside el poder tan asombroso de ese
modo de conocimiento nacido en el siglo XVII y que no ha parado de
progresar hasta nuestros días, qué productos pueden
llevar la etiqueta de científico, cuál es su alcance,
hasta dónde nos podemos fiar de ella,… son algunas de
las muchas cuestiones que se han planteado y que en gran medida
quedan por contestar. No son pocos los que piensan que la
filosofía misma está herida de muerte por la ciencia,
al ser aquélla acorralada por la ciencia en un rincón
que cada vez será más angosto.
En la lectura de la obra de Polo he encontrado importantes y
numerosas indicaciones que permiten afrontar la comprensión
de la ciencia misma, su éxito y sus limitaciones, o
cómo ha tenido que ver con el curso mismo de la historia
desde su aparición. Me parece que la aportación de
Polo constituye una ayuda valiosísima en la tarea que la
filosofía de la ciencia se propuso desde sus inicios. En su
teoría del conocimiento se contiene una filosofía de
la ciencia de gran calado que me atrevo a calificar de
innovadora.
Cuando Polo explica las diversas operaciones de la inteligencia,
busca en la historia un refrendo de sus ideas. Es muy interesante
comprobar cómo sus afirmaciones sobre la abstracción,
y sobre el resto de las operaciones del entendimiento, permiten ver
como desde un palco lo que ocurre en los albores de la
filosofía. Pienso que es también posible asomarse con
gran fruto al balcón de la historia de la ciencia desde la
luz que proyecta sobre ella la epistemología poliana. No se
trata por supuesto de explicar la historia colocándola en
los estrechos moldes de una teoría. No es esto lo que
él hace cuando ilumina el nacimiento de la filosofía
con sus averiguaciones sobre el incoar del pensamiento. Lo que
ofrece son argumentos que permiten ver la coherencia y oportunidad
de sus propuestas. Si las indicaciones que nos ofrece en su
epistemología son verdaderas, también tendrían
que ser contrastables con la historia del pensamiento que
está implicada en el desarrollo, consolidación y
crisis de la ciencia.
Lo que trato de hacer en este trabajo es rastrear esas
indicaciones que me parecen claves para una mejor
comprensión de la ciencia y su historia. La extensión
de este trabajo me obliga a abordar esta tarea desde la brevedad de
unas pocas páginas. Esto condicionará indudablemente
la estructura del trabajo. Pienso que lo que Polo ha dejado ya
escrito sobre estas cuestiones permitirá abordar estudios
mucho más extensos y profundos. Lo que viene a
continuación es una interpretación propia en la que
la fuente de inspiración son los escritos de Polo. A
él debo, por tanto, los aciertos que puedan quedar
aquí escritos. Las carencias interpretativas, tanto de la
historia de la ciencia como de la filosofía de Polo,
expuestas en este trabajo son de mi exclusiva responsabilidad.
1. Newton derrota a Aristóteles
Parece que hay acuerdo en señalar que la ciencia
experimental comienza su recorrido en sentido propio en el siglo
XVII. La mecánica de Newton es la teoría
científica que consigue para la ciencia el prestigio que ha
ostentado desde entonces. Es cierto que Newton mismo
reconoció que llegó tan alto porque fue “a
hombros de gigantes” que le precedieron (Copérnico,
Kepler, Descartes, Galileo, etc.), pero no se le puede negar a
Newton el haber conseguido formular y poner las bases de lo que la
ciencia (y no sólo la física) es hoy en día.
Aunque su obra más importante, Los principios
matemáticos de la filosofía natural, contenga en
el título el nombre de filosofía, su modo de pensar
se mueve en una órbita bien distinta y puede considerarse ya
estrictamente ciencia en el sentido moderno de la palabra, lo cual
fue avalado pronto por los éxitos y el progreso que la
acompañaron hasta nuestros días.
En el comienzo de la modernidad existe el sentimiento
generalizado, entre los pensadores más importantes del
momento, de que están dando inicio a un nuevo modo de
pensar. La filosofía griega había explorado una gran
extensión del mundo de las ideas y descubierto gran parte de
los problemas que han sido recurrentes a lo largo de la historia
del pensamiento, pero no inició la ciencia, aunque algunos
de sus representantes pensaron en términos
científicos. Se puede decir que los griegos ejercieron la
mayor parte de los métodos1, sin embargo, lo pensadores griegos
no dieron origen a la ciencia tal como hoy la entendemos, aunque
sí ejercieran actos intelectuales propios de la ciencia. En
realidad se hace más justicia con la ciencia si se trata de
entender como una actividad en lugar de sólo como
método. Y se trata, además, de una actividad de
extraordinaria complejidad, que exige el ejercicio de una
pluralidad de actos intelectuales, que posee características
propias y exige también una actitud peculiar en quienes la
practican y desarrollan2.
Con la madurez de la ciencia que representa Newton, el
pensamiento de Aristóteles parecía definitivamente
desplazado. Ciertamente, los elementos de la obra
aristotélica que podríamos llamar científicos
habían quedado ampliamente superados, en particular su
visión del universo o cosmovisión. El pensamiento de
Aristóteles estaba apoyado, en gran parte, por el
conocimiento que podían aportar los sentidos desnudos de
instrumentos y carente del bagaje de experimentación que se
había acumulado ya en el comienzo de la modernidad. Pero la
capacidad de Aristóteles de leer en esa experiencia es
difícilmente superable. En Aristóteles se daban la
mano elementos que ahora consideramos científicos
(representaciones de carácter observacional, por ejemplo) y
elementos que pueden ser considerados puramente filosóficos.
La filosofía aristotélica no es un tipo de
racionalidad que parte de un nivel completamente separado de la
experiencia común o, con las limitaciones de entonces, de la
experiencia de carácter científico, sino que estaba
firmemente afianzada en el conjunto de los conocimientos
disponibles en su tiempo. Sus conclusiones de carácter
filosófico pueden tener plena validez hoy en día,
aunque sus elementos científicos sean caducos, superados e
incluso falsos. En cualquier caso no parece sensato rechazar a
priori su filosofía por el sólo hecho de que su
ciencia esté superada. Pero los pensadores que iniciaron la
modernidad rechazaron el pensamiento aristotélico
globalmente3, lo cual pienso que no ha dejado de
tener consecuencias desde entonces hasta nuestros días:
trataremos de poner de manifiesto algunas de ellas.
Aunque el inicio de la revolución que llevó a la
sustitución de la ciencia aristotélica por la moderna
pueda llevar el nombre de Copérnico, se puede decir
también que fue Newton quien la llevó a su triunfo
definitivo. El cambio obrado en el pensamiento en ese momento de la
historia iba a condicionar drásticamente su futuro y
encerraba ya, en germen, las crisis que ha tenido que afrontar,
como la ya mencionada de finales del siglo XIX. Pienso que
también en esos años podemos rastrear la causa de la
extraña mezcla de sentimientos que podemos experimentar al
considerar la extraordinaria eficacia de la ciencia junto con su,
tantas veces cuestionada desde comienzos del siglo XX,
relación con la verdad. Paradójicamente, me parece
que podríamos afirmar que el poder y eficacia de la ciencia
y su extraña relación con la verdad están
vinculados, en cierta manera, con el relativismo.
2. Los logros de la mecánica
La mecánica newtoniana consiguió importantes
logros, como se desprende del hecho de su eficaz uso y
aplicación hasta nuestros días. Su triunfo fue tan
importante que también indujo un modo de ver globalmente la
realidad material, una cosmovisión, que fue dominante
durante casi tres siglos4. Sus logros podríamos
resumirlos en los siguientes dos apartados:
1. Unificación del mundo estelar con el mundo sublunar
aristotélico. A partir de entonces ya no era necesario el
recurso a un quinto elemento, el éter, que hiciera posible
el peculiar y más perfecto movimiento circular de los
cuerpos astrales. Aunque, paradójicamente, después
hubo que recurrir nuevamente a la hipótesis de la existencia
de otro tipo de “éter” para salvar la coherencia
de la teoría mecánica frente a los fenómenos
de propagación de la luz. Ya no era necesario recurrir a la
existencia de dos mundos con movimientos distintos entre sí.
Se habían roto las barreras que separaban la armoniosa
región celeste de la correspondiente a nuestro mundo,
escenario de continuos movimientos “violentos”.
2. Unificación de la experiencia ordinaria con las
matemáticas. Dicho de otra manera, consiguió
cuantificar la realidad material con la que nos tenemos que
enfrentar a diario. Curiosamente los mayores logros
matemáticos entre los pensadores griegos se habían
visto impulsados por la aspiración a una descripción
de los movimientos astrales. Fue precisamente esta compleja
descripción la que siglos más tarde propició
que se viniera abajo el edificio ptolemaico. Con Newton no
sólo se alcanzó a describir y calcular los
movimientos astrales sino que, con los mismos principios
matemáticos, se podía calcular, por ejemplo, las
trayectorias de los proyectiles. Era lógico que la
cosmovisión aristotélica quedara hecha añicos
en manos de la nueva mecánica.
Las consecuencias positivas que estos logros trajeron consigo
fueron, por una parte, alcanzar una comprensión general y
coherente de toda la realidad material. La simplicidad en la
formulación de las teorías, sobre todo si aumenta su
capacidad descriptiva, siempre ha sido una aspiración y un
indicio claro de corrección. La segunda unificación
mencionada dio la posibilidad de ejercer un efectivo control
experimental sobre los movimientos que ocurren a nuestro alrededor.
Esto último fue, a mi juicio, lo que hizo posible el
verdadero inicio de la ciencia experimental. La clave de la nueva
ciencia está en la posibilidad efectiva de
experimentación. Pero dicha posibilidad está
sustentada en el alto grado de conocimiento de las
matemáticas alcanzado. Fueron, pues, las matemáticas
la verdadera clave del cambio.
En Newton se da una auténtica opción por las
matemáticas, por lo que en la realidad podemos describir
matemáticamente. Importa menos lo que las cosas son en
sí que la descripción matemática que se pueda
hacer de las cosas. Esto ya es patente en el título de su
obra más importante: Principios matemáticos de la
filosofía natural. El título responde realmente a
su contenido en el que, cuando se refiere a los términos que
supuestamente son conocidos por todos como: tiempo, espacio, lugar,
y movimiento, señala que el vulgo concibe esas magnitudes
respecto a lo sensible y que eso comporta ciertos prejuicios que
necesitan ser destruidos mediante su distinción en
“absolutas y relativas, verdaderas y aparentes,
matemáticas y vulgares”5.
Se puede decir, ciertamente, que la novedad aportada por la
nueva ciencia procede de su método hipotético
deductivo que culmina con la contrastación experimental.
Pero eso sólo es posible por la peculiar unificación
que se alcanza entre las matemáticas y la experiencia
ordinaria6. Se puede enfatizar la importancia
del experimento, pero el experimento alcanza su valor, es
realizable en el sentido moderno, porque se encuentra un modo de
experimentar en el que se recurre, directa o indirectamente, al
número. En virtud de las nuevas herramientas de
cálculo se puede experimentar en el mundo que a mí me
interesa desde el punto de vista práctico, no en el alejado
mundo de las esferas celestes, sino en el que podemos construir
artefactos. La nueva física además permitirá
con el tiempo construir artefactos que sirvan para ejercer nuestro
control también en el mundo celeste. Pero la clave del
experimento está en el número. Verificar
experimentalmente en la ciencia que nace con Newton, directa o
indirectamente, se resuelve en un ajuste de números. Este
nuevo planteamiento da lugar a una auténtica
revolución científica7 pero, curiosamente, en esa
unión de número y experiencia está ya
implícita la crisis que vendrá unos siglos más
tarde y, al mismo tiempo, en la opción neta de Newton por
las matemáticas se encuentra el recurso para que dicha
crisis pueda ser, al menos en parte, superada.
Los logros conseguidos por la mecánica descansan sobre la
base de un nuevo método en el que las matemáticas
constituyen la piedra angular y el experimento la
confirmación de que nuestras hipótesis son acertadas.
Según Polo, junto con lo anterior, el éxito de la
mecánica descansa sobre dos postulados que, en rigor, no son
comprobables: la isotropía del espacio y la isocronía
del tiempo. Ninguno de estos postulados es de carácter
matemático pero su asunción es necesaria para que los
principios matemáticos formulados por Newton sean aplicables
y el experimento tenga sentido.
Donde Newton se juega la eficacia del conjunto teórico
que expone es en su análisis de la realidad, es decir, en
las simplificaciones que introduce y a través de las cuales
va a entender la realidad material y sus movimientos, que son los
que se pretenden controlar. Las nociones principales que resultan
de su análisis son la masa, la fuerza, el espacio y el
tiempo. Estas objetivaciones son para Newton magnitudes
fundamentales. Es decir, en ellas se resuelve la descripción
de la realidad material8 -son fundamentales- y,
además, son magnitudes porque ha conseguido cuantificarlas,
asignarles números. De esta manera ha logrado un modo de
cuantificar la totalidad de la realidad material y sus movimientos.
El éxito del análisis dependerá de que los
experimentos confirmen las distintas hipótesis que sobre la
realidad física se formulen. Newton ha hecho una especie de
“bosquejo” de la realidad, pero cuando comparamos el
bosquejo con el modelo al que representa (el experimento) el
resultado es de un asombroso parecido: los números daban la
razón a Newton.
3. Comprender el cambio desde la jerarquía
En toda simplificación o análisis hay una parte en
la realidad analizada que se mantiene, y otra que omitimos porque
no se considera relevante para los objetivos que se persiguen. El
análisis conseguido por Newton constituyó un
método eficaz para tratar el movimiento de la realidad
física que se presenta a nuestra experiencia ordinaria. El
desarrollo experimentado por la física desde entonces y el
acierto en las predicciones hechas respecto a los movimientos
entonces observables de los cuerpos celestes, y también de
los que están más cerca de nosotros, convirtió
a la mecánica en paradigma de la ciencia: un ejemplo a
imitar por cualquier disciplina que aspire a ser científica
y, con el tiempo, una aspiración de todo tipo de
racionalidad. El ideal de poder comprobar con certeza la verdad de
lo que se afirma parecía haber sido alcanzado por la
física. El dominio sobre el mundo material estaría
entonces garantizado y, con él, también el progreso.
En este contexto, en el siglo XIX, muchas voces pronosticaron el
agotamiento de lo que en el mundo físico quedaba por
descubrir. Esta especie de euforia científica comenzó
a ensombrecerse a finales del siglo XIX y pareció disiparse
completamente durante el XX. Durante el siglo pasado, a pesar de
los muchos interrogantes que suscitó la crisis de la
física newtoniana y su sustitución, o mejor,
corrección por parte de la física cuántica y
relativista, la ciencia empírica no ha dejado de progresar
hasta nuestros días. A la vez, los interrogantes sobre la
verdad de lo que llegamos a conocer con la ciencia física,
no han disminuido9. Paradójicamente,
podría decirse que esos interrogantes y cuestiones abiertas
al pensamiento por la física crecen al ritmo del progreso y
los logros que ha ido cosechando.
ûfCómo explicar los cambios a los que se ha hecho
alusión en los párrafos anteriores? Me refiero al que
se produce en el siglo XVII, con el periodo de bonanza que le
sigue, y las tormentas que se levantaron en el mar de la ciencia y
de la filosofía de la ciencia en los siglos XIX-XX, cuyas
turbulencias se mantienen hoy día e incluso, en algunos
aspectos, podría decirse que han aumentado. Para tratar de
responder a esta pregunta recurrimos ahora a la gnoseología
poliana. Como mencionábamos al principio, la coherencia de
su teoría del conocimiento con los hechos expuestos
significaría una cierta confirmación del acierto de
sus propuestas.
Considero que una de las aportaciones más originales de
Polo es la distinción de una pluralidad de operaciones que,
como sabe cualquiera que haya trabajado en su gnoseología,
se distribuyen en dos líneas operativas (racional y
generalizante)10, cada una de las cuales constituye
una jerarquía operativa distinta. La explicitación
temática de las distintas operaciones, así como de la
doble línea operativa, no sólo no rompe con la
tradición gnoseológica de la filosofía
clásica, sino que constituye una notable ampliación
que aporta importantes novedades. Solamente haremos uso de ella en
la medida que nos sirva para alcanzar el propósito de este
artículo.
4. Matemáticas e imaginación frente a
frente
La apuesta que Newton hace por las matemáticas es la
clave del éxito del análisis propuesto en su
mecánica. ¿Por qué? Las matemáticas se
corresponden con un tipo de operaciones del entendimiento que Polo
denomina logos11. Estos actos cognoscitivos
consiguen unificar gradualmente -según la
jerarquía de las dos líneas operativas-,
mediante actos intelectuales operativos, los objetos de las dos
líneas señaladas. Aunque no entremos en los detalles,
podemos resumir las características de este tipo de objetos
diciendo que son objetos a los que Polo llama “puros
objetos” o propiedades relacionales12, su tipo de intencionalidad es
hipotética13 y, esto es lo más importante
para nosotros en este momento, son los únicos objetos
mentales que versan directamente, aunque sin dejar de ser objetos
intencionales, sobre lo real físico. Esto último
exige una explicación algo más amplia.
Para Polo existen realmente los números físicos.
La realidad material tiene números a los que Polo llama
números físicos. Estos números son el modo en
el que los principios físicos (las cuatro causas
descubiertas por Aristóteles) concausan entre sí, por
eso podemos decir que la realidad “tiene”
números. Polo afirma que “el número
físico es el éxito de la concausalidad”14. Pero el modo en que nosotros
conocemos el número físico es mediante el
número pensado, que versa sobre el número
físico con un tipo de intencionalidad que es precisamente la
hipótesis. No conocemos los números como conocemos
los principios. Estos últimos, para Polo, no se conocen
intencionalmente, es decir con actos operativos, sino mediante
actos que son hábitos. El conocimiento de los principios
físicos, de las causas, es un conocimiento de lo real
físico, pero no es eficaz en orden a su control. Un
conocimiento que es operativo o intencional y que además
versa sobre lo físico sí nos permite ejercer un
control sobre la realidad material ya que las operaciones del
logos no versan intencionalmente sobre el abstracto,
cómo ocurre con los otros objetos de la inteligencia, sino
sobre lo que la realidad tiene, es decir, sobre los números
de la realidad. Pero conviene insistir en que los números
pensados no son los números físicos: hay más
números físicos que los que podemos pensar. El modo
en que referimos el número pensado al número
físico es precisamente, para Polo, la hipótesis. Esta
es posible como hipótesis precisamente porque hay más
números físicos que pensados. Las hipótesis,
por tanto, son números pensados, pero que versan, son
intenciones, sobre los números físicos a los que no
agotan15.
Entre otras cosas, lo que Polo está haciendo en este
punto, desde la perspectiva de su gnoseología, es poner de
manifiesto el por qué los objetos matemáticos parece
que son puras invenciones o novedades que se dan en nuestra mente y
que son “a priori” respecto del mundo físico: de
hecho no son pocos los matemáticos o físicos, incluso
algunos muy importantes, que se consideran platónicos16. Los objetos matemáticos son
tan “puros”, o puramente pensados, que parecen tener
vida propia independiente de la realidad física, una vida
que solamente es descubierta por nuestro intelecto. Pero por otra
parte, Polo da cuenta de la eficacia del número sin
apartarse del realesmo aristotélico, sin tener que admitir
una especie de armonía preestablecida por Dios, que
sería el creador tanto del mundo de las ideas como de la
compleja realidad de los cambios físicos. Los objetos
matemáticos son intencionales, no ideas en sí, pero
su intencionalidad es hipotética en el sentido antes
mencionado.
Este modo de afrontar la matemática ilumina
también el problema de la verificación y la
falsación de las hipótesis. Con una nueva
hipótesis no se falsea una hipótesis anterior, ya que
cada hipótesis tiene una coherencia que le es propia. Una
hipótesis puede sustituir a otra pero sin que la primera sea
propiamente falsada. Simplemente con unos números podemos
alcanzar a pensar mejor o peor los números que tiene la
realidad y de ello dependerá el efectivo control que
ejerzamos sobre ella. Dicho de manera sencilla: el cinco no
sustituye al tres porque tan número es uno como el otro. El
problema es si la realidad que nosotros queremos describir tiene
tres o cinco: pensando tres o cinco nosotros hacemos una
hipótesis sobre la tenencia de la realidad.
Parece claro que el análisis de Newton tuvo el acierto de
pensar los números con los que podemos describir el
movimiento de lo físico que conseguimos conocer en nuestra
experiencia ordinaria, lo que conocemos directamente con nuestros
sentidos, por ejemplo. Se puede decir que el éxito de
Newton, y el periodo de bonanza en la ciencia que le siguió,
se debieron a la armonía entre lo que las matemáticas
nos decían y lo que la experiencia común nos
mostraba. Los números parecían ser un refrendo, una
confirmación de la realidad física observable y
experimentable. Esta fue la unificación de
matemáticas y realidad conseguida por Newton.
No voy a tratar aquí de justificar el acierto de Newton
porque su mismo éxito lo justifica. Lo que hemos hecho ha
sido indicar, desde Polo, por qué ese éxito es
posible; hemos tratado de poner de manifiesto que es la apuesta por
las matemáticas, junto con el análisis de la realidad
que permite su uso en ese momento, lo que hace posible el triunfo
de Newton al conseguir controlar el movimiento. El problema es que
el movimiento que con la mecánica se consigue capturar no
parece que sea el único movimiento que podemos conocer en el
mundo natural y, por otra parte, todo análisis comporta una
simplificación. Las objetivaciones resultantes de dicho
análisis nos permiten contemplar la realidad, en este caso,
con una finalidad -aunque no sea la única- de
control. La visión de la realidad que tenemos a
través del análisis previo no nos permite ver la
realidad completa: hay ámbitos que han quedado fuera. Si
constituimos ese análisis como paradigma de conocimiento y
no tenemos experiencia o noticia de los ámbitos que han
quedado fuera de él, no encontraremos problemas.
Tropezaremos con ellos cuando alcancemos a experimentar en esas
regiones que el análisis había excluido. En la
insuficiencia del análisis newtoniano se escondía,
como hemos dicho, el germen de la crisis que se desencadenó
a finales del siglo XIX.
El experimento de Michelson-Morley, los problemas para explicar
la naturaleza de la luz, la teoría de la relatividad y,
sobre todo, los experimentos que dieron lugar al nacimiento de la
mecánica cuántica provocaron la ruptura de la
tranquilidad y del optimismo en el que habían vivido los
científicos durante los últimos siglos, en particular
los físicos. Lo que produjo desconcierto en el cambio de
siglo, y todavía lo sigue produciendo en muchos, lo que
llevó a cuestionarse algunos principios filosóficos
sólidamente establecidos y que entonces parecía que
comenzaban a tambalearse (el principio de no contradicción,
por ejemplo), fue la ruptura entre lo que nos dicen las
matemáticas, cada vez más sofisticadas y
difíciles de “comprender” pero que permiten la
contrastación experimental, y lo que nos presentan los
sentidos en el nivel del conocimiento ordinario, es decir, el que
muchos adscriben al denominado sentido común17. Este nivel cognoscitivo del mundo
físico es el que se corresponde más directamente con
lo que nos da a conocer la imaginación. El ajuste entre el
nivel de conocimiento en el que se mueve el logos
-está en un plano netamente intelectual-, y el
nivel en el que se mueven los objetos de la imaginación es
el que no alcanza a dar cuenta de lo que ocurre en los nuevos
experimentos. Se produce una ruptura o falta de ajuste que ya no es
salvable como consecuencia de la enorme distancia jerárquica
entre los objetos de uno y otro nivel cognoscitivo.
Los físicos y matemáticos pueden seguir
“inventando” números. Dichos números son
hipótesis sobre los números reales cuya
correspondencia con ellos es contrastada por los experimentos. El
desarrollo de la física es una confirmación de la
oportunidad de este planteamiento y de la eficacia que encierra
optar por las matemáticas, como hizo Newton, cuando lo que
se quiere es controlar el movimiento. El reto para el
científico está en inventar nuevas hipótesis,
nuevos números que nos proporcionen conocimiento
-puramente intelectual en este caso- sobre la tenencia de
lo real físico: sobre los números físicos. La
dificultad es que la imaginación se encuentra en un nivel de
conocimiento sensible y, consiguientemente, inferior al del
logos que es puramente intelectual, es decir, los objetos
del logos no versan sobre objetos abstractos ni son la
elevación de un fantasma al nivel del intelecto, como ocurre
con la abstracción. Por esto podemos hablar con propiedad de
invención al referirnos a los números. La
imaginación no nos da a conocer la tenencia de lo
físico sino que se trata, como ocurre con el conocimiento
objetivo no matemático, de un conocimiento que Polo llama
aspectual. Además, la imaginación sólo nos
ofrece conocimiento de formalidades sensibles de la realidad, por
muy elaboradas que sean. Esas formalidades son los aspectos que
configuran, en su mayor parte, nuestro conocimiento ordinario del
mundo físico18. La experiencia de lo que ha
ocurrido y ocurre con la física pone de manifiesto que,
efectivamente, nuestro conocimiento de la realidad material parece
que se aparta cada vez más de lo que admitimos como
perteneciente al sentido común. Es por esto por lo que nos
encontramos ante la extraña situación de darnos
cuenta que alcanzamos un control cada vez más efectivo sobre
lo físico y, a la vez, parece que nos encontramos cada vez
más lejos de entender la realidad que controlamos.
Decíamos que el análisis newtoniano encerraba ya
la crisis con la que se tendría que enfrentar antes o
después y, también, los recursos para salir de ella.
La crisis proviene de la insuficiencia del análisis. Los
recursos residen en la opción por la matematización
de la realidad. Salir de la crisis en realidad significa la
aceptación de que lo que nos dicen las matemáticas no
podemos representarlo imaginativamente y, por tanto, que tenemos
que dejar atrás en ciertos ámbitos de la
física el “sentido común” que es aportado
por el nivel cognoscitivo de la imaginación.
5. La insuficiencia del análisis newtoniano
¿Donde está la insuficiencia del análisis
newtoniano? En realidad se trata de una insuficiencia grande porque
introduce simplificaciones que llevan a capturar un ámbito
del movimiento muy reducido. Un tipo de movimiento del que incluso
cabe dudar que sea físicamente real19. El movimiento objetivado por
Newton se corresponde precisamente con el tiempo que se objetiva en
el nivel de la imaginación. Ni siquiera es, por tanto, un
tiempo físico en sentido estricto, ni tampoco un tiempo
objetivado por los sentidos externos. Se trata de un tiempo que
ostenta ya un alto grado de formalidad pero no es tampoco el tiempo
entendido en el nivel intelectual. Es el mismo tiempo, y
también el espacio, que se corresponde con las formas a
priori de Kant. La simplificación ciertamente permite la
matematización: la formulación de hipótesis
sobre la realidad física. Pero la objetivación del
tiempo y del espacio empleado pertenece al conocimiento que la
imaginación nos proporciona de ellos. Esto permite dar
cuenta del éxito de la mecánica de Newton en
relación con la experiencia ordinaria y, también, de
la ruptura que más tarde se produce entre esa experiencia y
la física.
Otra noción importantísima en la mecánica
newtoniana es la de masa, que se relaciona estrechamente con la
noción de fuerza por estar objetivadas en un mismo nivel.
Polo señala que en un primer nivel de objetivación de
la física newtoniana -en el que se llega a formular el
principio de inercia- lo que es inercial es el mismo
movimiento. En un segundo nivel -el de la 2ª ley de
Newton: f=m.a- lo propiamente inercial es la masa, es decir,
la masa expulsa fuera de si la aceleración y se hace posible
de esta manera la cuantificación de la fuerza -la otra
noción clave de la mecánica- y su
relación con el tiempo. La masa es también la
noción que sirve para vincular el tiempo con el espacio ya
que en la ley de gravitación universal la masa se refiere a
las distancias y también incluye la fuerza. La masa juega
por tanto un papel clave en la unificación y puesta en
funcionamiento de los distintos elementos producto del
análisis newtoniano: espacio, tiempo, fuerza. Su constancia
-su inercialidad- es la clave para conseguir la
síntesis que permite que el sistema funcione. Es crucial
también, para conseguir esa unificación, sacar a la
masa del espacio dejándola así reducida a un punto.
Es decir, la relación entre los cuerpos depende
exclusivamente de sus masas y su distancia. Pero ahora los cuerpos
no son extensos y lo que asume la consideración de la
espacialidad o extensión es la pura distancia. La masa
captura la materialidad de la realidad física, de los
cuerpos físicos, pero de un modo peculiarmente reductivo:
por una parte expulsa fuera de sí el movimiento y, por otro,
también la extensión. La cuantificación de la
experiencia se ha cobrado un precio muy alto.
Podríamos resumir muy brevemente las implicaciones de la
objetivación o análisis de lo físico presente
en Newton diciendo lo siguiente:
1. Hay una separación entre materia y movimiento
conseguida a través de la noción de masa. La materia
es inerte o inercial, un factor constante que permite unir espacio,
tiempo y fuerza. Esto obligará después a adoptar un
principio dinámico que será la energía. Pero
la energía será también exterior a la materia
que mantiene su constancia en cualquier caso.
2. Hay una separación entre espacio y tiempo. Por el
espacio no pasa el tiempo y el tiempo fluye al margen del espacio
que recibe una consideración, como el tiempo,
absoluta20. Se puede decir que hay una
sustancialización del espacio y del tiempo. Esta mutua
exclusión es la que permite su al espacio y al tiempo ser
unificados con lo material, a través de la masa, de una
manera matemáticamente sencilla. Pero se trata de una
unificación a posteriori. Podríamos decir que
se trata de una unificación que llega muy tarde respecto a
la consideración estrictamente física del espacio y
el tiempo.
Se ha conseguido una visión unificada y cerrada de la
realidad física. La objetivación que se ha hecho de
lo material y, en particular del movimiento, dio importantes frutos
mientras lo experimentado se mantuvo en el ámbito en el que
el peso cognoscitivo recae sobre la imaginación. Las
fracturas fruto de este análisis son las que después
pasarán factura a finales del siglo XIX y las que
habrá que remediar mediante otras objetivaciones que superen
las del análisis mecánico.
Podríamos preguntarnos ahora ¿qué deja
fuera de su consideración la objetivación del
movimiento newtoniano? Para empezar, se olvida del movimiento
vital. Aunque no discutamos esto ahora, es claro que la vida no se
deja encerrar en el estrecho análisis ideado por Newton.
Querer abordar el estudio de los seres vivos con un método
que fuera heredero de los planteamientos mecánicos
sería un grave obstáculo para la comprensión
de la vida. Un planteamiento de este estilo sería el que
llevara a considerar los seres vivos como estructuras que son sedes
de intercambios de energía, o dicho de otra manera, sistemas
de optimización y aprovechamiento energético, por
ejemplo21.
También se excluye completamente la consideración
de la causa final aristotélica. En estricto sentido, el
movimiento inercial de Newton no es causado. La objetivación
de la masa junto con las otras simplificaciones introducen
importantes reducciones en la comprensión de las causas: la
finalidad, por ejemplo, queda completamente eliminada. La clave de
esta supresión, como ya se ha señalado, está
en la noción de masa y la reducción en la
consideración de los tipos de movimientos que esta
supresión introduce. Paradójicamente, el hecho de no
dejar lugar para la consideración de la causa final conduce
al determinismo que es característico en la física de
Newton.
La mecánica newtoniana modifica sustancialmente la
comprensión de las causas descubiertas por
Aristóteles. En el esquema aristotélico la
eliminación de cualquiera de las causas altera notablemente
la comprensión de las otras y de sus relaciones. El
análisis efectuado por Newton impide entender la causa final
como causa física del mundo. Dentro de la mecánica,
si se mantiene la finalidad, es como algo externo al mundo. Es
imposible entender, desde Newton, la causa final de una manera
distinta a finalidad intencional, es decir, sin
antropomorfizarla.
Junto con esta importante eliminación, la
comprensión del resto de las causas también se ve
modificada de una manera notable. En la tradición
aristotélica las causas material y formal son consideradas
como causas intrínsecas a la sustancia. La causa eficiente
es, en cambio, extrínseca en los movimientos físicos
transitivos. Otra de las alteraciones importantes introducida por
el análisis newtoniano es hacer de la causa formal una causa
extrínseca a la sustancia y, a la vez, entender la causa
material y la eficiente como las causas intrínsecas22.
Consideraciones conclusivas
Un problema que se desprende de lo dicho hasta el momento
consiste en qué admitimos como comprensión de la
realidad física. El planteamiento aristotélico
ampliado por Polo nos ayuda también a afrontarlo. Entender
la realidad física es entender sus principios, pero no se
alcanza un conocimiento ajustado de los principios mediante un
conocimiento objetivo. En cambio, sí podemos conocer
objetivamente algo que la realidad física tiene: se trata de
un conocimiento hipotético (números pensados) del
modo de tenerse las causas entre sí, es decir, de las
concausalidades (número físico). Este tipo de
conocimiento permite el control del movimiento. Pero el
conocimiento de los principios físicos (las causas) no es
objetivo ni, consiguientemente, es útil en orden al control
de la naturaleza sino a su contemplación. Aquí
estriba para Polo la diferencia entre la física
matemática y la física filosófica (o
filosofía de la naturaleza).
Platonismo científico, problemas en la demarcación
de la ciencia, dificultades en la interpretación de los
resultados de la mecánica cuántica, la
aspiración a una teoría unificada que dé la
explicación del todo, entender la ciencia como una especie
de hermenéutica de la naturaleza, tendencias fisicalistas en
la biología, etc., son algunos de los problemas que
serían clarificados si se contemplaran a la luz de las
distinciones a las que nos hemos aproximado en este trabajo.
La coherencia entre lo que la historia de la ciencia nos
presenta y las propuestas de lo que podríamos llamar la
epistemología poliana, indica que dichas propuestas pueden
constituir una aportación muy valiosa para entender la
ciencia de hoy y poder enmarcarla en el conjunto de los saberes: la
manera de controlar a la misma ciencia.
Notas
(1) En esta ocasión empleo la
noción de método en el sentido en que la expone Polo:
“Método es una noción equivalente a la de acto
intelectual”, Curso de teoría, II, Eunsa,
Pamplona 1989, 216. “Método equivale a acto
intelectual”, Antropología, I, Eunsa, Pamplona,
2003, 103.
(2) Un estudio sistemático y
detallado de lo que supone la actividad científica con todas
sus exigencias y características se pueden encontrar en: M.
Artigas, Filosofía de la Ciencia Experimental,
Eunsa, Pamplona, 1999 (3ª ed.). En la primera página de
este volumen se afirma lo siguiente: “En 1687, Isaac Newton
publicó sus Principios matemáticos de la
filosofía natural, donde se encuentra la primera
teoría física en el sentido moderno”.
(3) Cfr. J. M. Posada, La
física de causas en Leonardo Polo, Eunsa, Pamplona,
1996, 57-64.
(4) Esa cosmovisión recibe el
nombre de mecanicismo, el cual constituye a la mecánica como
paradigma de conocimiento en el mundo físico, dando de ella
una formulación dogmática. Uno de los
artífices de la instauración de una visión
mecanicista del mundo es el físico matemático de
finales del siglo XVIII Pierre Simon Laplace (1749-1827). La
cosmovisión mecanicista tiene pocos rivales hasta finales
del siglo XIX. Sostengo que, en sus aspectos nucleares, no nos
hemos desembarazado todavía de ella.
(5) I. Newton, Principios
matemáticos de filosofía natural. En A hombros
de gigantes. Las grandes obras de la física y la
astronomía. Edición comentada de Stephen Hawking,
Crítica, Barcelona, 2003, 655.
(6) Así también parece que
lo piensa Polo cuando dice: “Leibniz (…) pensó
que si descubría una relación definida en un
intervalo muy pequeño de una curva, conocería
cómo es la curva entera. Esto dio lugar al cálculo
diferencial, un gran avance en la matemática de su tiempo
que permitió la física de Newton”,
Introducción, Eunsa, Pamplona, 1995, 208.
(7) Hay autores que no admiten tan
fácilmente la existencia de una auténtica
revolución científica en el siglo XVII. Por ejemplo
Steven Shapin comienza su libro La revolución
científica. Una interpretación alternativa
diciendo “La revolución científica nunca
existió, y este libro trata de ella”, 16. Lo que en
cualquier caso no se puede negar es la consolidación de este
nuevo tipo de racionalidad del que Newton representa su
expresión ya madura.
(8) Estrictamente fundamentales son
sólo tres. Cualquiera de las cuatro se podría derivar
de las otras tres.
(9) Es bien conocida la frase de uno de
los científicos que más ha contribuido al desarrollo
de la física cuántica durante el siglo XX y premio
Nobel de física en 1965 Richard P. Feynman (1918-1988):
“Creo poder decir con seguridad que nadie entiende la
mecánica cuántica”.
(10) “Propongo la siguiente tesis:
la prosecución operativa sigue una doble línea.
Existen dos tipos de prosecución: la generalización
por negación, y la razón. Estos dos tipos son
distintos por cuanto divergen (a partir de la operación
incoativa) y sus objetos versan de distinta manera sobre los
objetos abstractos. En cambio, no versan entre sí”,
Curso de teoría, II, 307-308.
(11) “Llamo logos a la
unificación de los objetos de las operaciones prosecutivas,
que se logra a tenor de sus distintos modos de compensar. De
acuerdo con esto, la razón se refiere, pero no antes de la
explicitación de las causas, sino desde sus compensaciones,
a las ideas generales y a sus determinaciones. La índole
peculiar de los objetos matemáticos se explica
así”, Curso de teoría, IV, Eunsa,
Pamplona, 2004, 53.
(12) “La matemática es la
ciencia de las formas que son puros objetos. Las formas puras son
propiedades relacionales”, Curso de teoría, IV,
480.
(13) Aquí lo hipotético no
se refiere a lo probable, a un postulado, o a una opinión o
conjetura, sino al modo preciso en que el número se refiere
intencionalmente a la realidad física. Este tipo de
intencionalidad es una novedad cognoscitiva que sólo cabe
descubrir ejerciéndola, cosa que ocurre al pensar, por
ejemplo, tres objetos cualesquiera.
(14) Curso de teoría, IV,
487.
(15) “En suma, los números
pensados son intenciones sobre el modo de tenerse entre sí
las causas en las concausalidades. Llamo a esa tenencia (que de
ninguna manera comporta consolidación de la concausalidad)
número físico. Los números físicos se
descubren intencionalmente de modo hipotético, porque por
pertenecer a las concausalidades, más que conocerse se
descubren: lo conocido son los números pensados,
intencionalmente hipotéticos sobre los números
físicos. Con un juego de palabras diré que la
hipótesis permite sentar la tesis de la contenencia causal,
que se conoce sólo hipotéticamente en tanto que es un
descubrimiento”, Curso de teoría, IV, 486.
(16) Así se considera, por
ejemplo, Heisenberg, que ve en la matematización de la
mecánica cuántica la victoria del platonismo frente
al materialismo de Democrito y Leucipo. Cfr. W. Heisenberg, La
estructura de la materia, Folia Humanistica, Tomo VII,
nº 82; Octubre de 1969. Constituye también un
testimonio importante el siguiente: «La concepción
platónica es la única sostenible. Con ello me refiero
a la concepción de que la matemática describe una
realidad no sensible, que existe independientemente tanto de los
actos como de las disposiciones de la mente humana, y que solo es
percibida por ella, aunque probablemente de forma incompleta. Esta
concepción es más bien impopular entre los
matemáticos, aunque algunos de los grandes la han adoptado,
por ejemplo Hermite, que escribió una vez lo siguiente:
“Existe, si no me equivoco, todo un mundo que es el conjunto
de la verdades matemáticas, al que no tenemos acceso
más que por la inteligencia, al igual que existe el mundo de
las realidades físicas; ambos son independientes de nosotros
y de creación divina”», K. Gödel,
Ensayos inéditos, edición a cargo de F.
Rodríguez Consuegra, Mondadori, Madrid, 1994, 169.
(17) Aquí no nos referimos, como
es lógico, al significado específico que la
expresión “sentido común” tiene en la
filosofía aristotélico-tomista. En ella es el segundo
nivel de conocimiento sensible que se corresponde con la
percepción. Aquí nos referimos, como ha quedado
dicho, a lo que en el lenguaje común significa tener sentido
común.
(18) Es ilustrativo en este contexto lo
que Heisenberg dice en la siguiente frase: “Al fin y al cabo,
también la ciencia debe confiar en el lenguaje corriente,
porque es el único en el cual podemos estar seguros de
comprender realmente los fenómenos”, Heisenberg,
W. “La estructura de la materia”, Documento consultado
en línea en http://www.arvo.net/pdf/la%20estructura%20de%20la%20materia(1).htm
[Consulta: 18/11/2006].
(19) “En mi propuesta, las
limitaciones de Newton se afrontan admitiendo diversos tipos de
movimiento y, por tanto, de tiempo, distintos de los que Newton
objetiva”, L. Polo, Nietzsche, 249. “Lo mismo
[que con el espacio] debe decirse del tiempo de Newton: tampoco es
físico”, Curso de teoría, IV, 424. Que
no sea físico no quiere decir que no haya una
correspondencia con la realidad física. Polo coloca esa
correspondencia en el nivel formal de la imaginación.
(20) “El tiempo absoluto, verdadero
y matemático en sí y por su naturaleza, y sin
relación a algo externo, fluye uniformemente (…) El
espacio absoluto, por su naturaleza y sin relación a
cualquier cosa externa, siempre permanece igual e
inmóvil”, I. Newton, Principios matemáticos
de filosofía natural, 655.
(21) Este modo de concebir la vida no es
tan ajeno a cómo algunos la entienden en la actualidad. Un
ejemplo puede ser el texto siguiente: “Este flujo de
energía es la esencia de la vida. Puede comprenderse mejor
una célula como un complejo de sistemas para transformar
energía. En el otro extremo de la escala biológica,
la estructura de la biosfera, o sea, la totalidad del mundo vivo,
está determinada por los intercambios de energía que
ocurren entre los grupos de organismos que se encuentran en ella.
De modo similar, la evolución puede ser vista como una
competencia entre organismos para el uso más eficiente de
los recursos energéticos”, H. Curtis ; N. Sue
Barnes, Biología, Editorial Médica
Panamericana, Buenos Aires, 1993 (5ª edición), 38.
(22) “La causa eficiente (…)
en concausalidad doble con la materia es la noción de
fuerza”. (…) “Pensar que la materia puede ser
animada por la eficiencia, ser concausal con ella, sin la
concausalidad formal es mecanicista”, L. Polo, El
orden, 150-151.
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