Comentarios sobre la nueva fe del materialismo
Atilio González Hernández
Ingeniero de telecomunicaciones
Resumen: El materialismo dominante tiene
características de fe, aunque se presente como una
metafísica hermanada con la ciencia. Su auge en las sociedades
occidentales puede relacionarse con diversos factores culturales,
así como con errores en la aplicación del
método científico. Se argumenta que el dualismo
ontológico -desde un enfoque filosófico- o la
evolución inteligente -como planteamiento de fe- son más
consecuentes con una argumentación racional que el materialismo.
Propone el materialismo que la realidad está constituida por
materia y que nada existe fuera de la materia y la energía. Para
él no hay más mundo que el mundo físico y el ser
humano es solamente una máquina biológica muy compleja. En
oposición a este planteamiento filosófico se encuentran
el dualismo, para el cual la realidad está compuesta de materia y
de espíritu y el inmaterialismo o idealismo radical, para el cual
la realidad es interiormente de naturaleza espiritual.
Al considerar que la realidad se reduce al mundo físico, que es
auto-contenido, el materialismo tiene especial dificultad para resolver
las grandes cuestiones del origen:
- Aparición de la materia, el espacio y el tiempo, desde el
no-espacio y no-tiempo del vacío inicial, hace unos 13.000
millones de años.
- Aparición de la vida en sus diferentes formas, a partir de una
materia débilmente organizada.
- Aparición de la conciencia auto-reflexiva y naturaleza de la
misma.
El materialismo no proporciona contestaciones satisfactorias a esas
cuestiones, aunque tiene diversas hipótesis con tal
propósito:
Para justificar el origen del Universo, cree que en el futuro se
hallará alguna teoría que demuestre con todo rigor que la
materia pudo originarse a sí misma, o aún mejor, que la
materia existe y existirá siempre gracias a una especie de
topología hipercircular del espacio-tiempo.
Por lo que se refiere al origen de la vida, también confía
en que el futuro demostrará concluyentemente, que la vida pudo
sintetizarse a partir de la materia de forma autónoma y
espontánea.
La diversidad biológica se atribuye según el materialismo a
la acción pura y simple del azar, combinado con el mecanismo de la
selección natural. La evolución en su conjunto
carecería de cualquier finalidad u orientación.
La conciencia humana sería simplemente un paso adicional en la
evolución animal, cuyo mecanismo y propiedades tendrían
una naturaleza puramente física.
Como veremos en las páginas siguientes, el materialismo no se
encuentra firmemente anclado en la experiencia, aunque tienda a atribuir
la condición de verdad científica a sus convicciones
importantes. Pretende interpretar el conjunto de la realidad -como una
metafísica- mediante unas teorías que implican la creencia
en cualidades no demostradas de la materia y en una supuesta capacidad
del azar para modelar la biosfera. Un sistema de creencias de tales
características me parece que está lejos de la ciencia, que
supera los límites de la filosofía y que se adentra
claramente en los terrenos de la fe, ya que se basa en creencias que no
pueden probarse lógicamente o conocerse de forma objetiva.
Hay un materialismo de hecho -sin contenido teórico- cuyo auge
tiene relación con el modo de vida actual de las sociedades
occidentales. Será nuestro punto de partida para intentar
desentrañar los diferentes componentes del conjunto de creencias
que he llamado fe materialista.
Son muchas las personas que consideran que no hay otra realidad que la
que ellos conocen directamente en su quehacer diario. Dicha realidad
está constituida en su mayor parte por las percepciones
sensoriales y por situaciones que ocurren en su medio social, las cuales
también se perciben o pueden llegar a percibirse a través
de los sentidos. Es una actitud que sin duda estuvo presente desde el
despertar de la conciencia humana, ya que guarda un cierto paralelismo
con la forma de vivir de las criaturas del reino animal.
El realismo puede justificarse con las opiniones de diversos
filósofos. Sin embargo, en este apartado nos referimos solamente a
las personas que desarrollan un realismo de andar por casa, sin
aspiraciones filosóficas, que se califica habitualmente como
“realismo ingenuo” y que yo prefiero denominar “el
reino de lo obvio”.
Al ciudadano del reino de lo obvio no le gusta la incertidumbre y no
valora mucho el conocimiento filosófico o teológico. En un
mundo no desprovisto de amenazas y dificultades, necesita reafirmarse en
la sencillez de lo cotidiano y lo conocido, mirando con profundo
escepticismo cualquier teoría que pueda cuestionar su forma de
vivir.
En la primera parte del Fausto, J.W. Goethe parecía referirse
metafóricamente, por boca de Mefistófeles, a algún
ciudadano del reino de lo obvio cuando decía de los clientes de
una taberna: “...Con un poquito de agudeza y mucho agrado, cada
uno gira en su estrecho círculo, como los gatitos al jugar con su
cola. Cuando no se quejan de dolor de cabeza, viven alegres y exentos de
cuidado, mientras les fía el tabernero
...”
Cuando se comenta el caso de alguna persona de extraordinaria
espiritualidad, es fácil que alguien diga, con cierta
picardía: ¿Y qué haría ese gran
místico si le mordiese un perro? Es una pregunta que dice mucho
sobre quién la formula, revelando que su interpretación de
la realidad se encuentra firmemente anclada en el reino de lo obvio y que
le gustaría que los demás siguieran su mismo criterio. Pero
ese reino está construido sobre una base engañosa y la
realidad que muestra es claramente insuficiente, aunque sea cautivadora
y sirva perfectamente para seguir viviendo.
Los sentidos del ser humano son una herencia biológica que
compartimos con infinidad de especies animales. Están
diseñados para buscar alimento, reproducirse y luchar con especies
rivales. Cumplen admirablemente su objetivo sin tener unas prestaciones
excepcionales, ya que en el mundo animal hay ejemplos para cada sentido
que superan claramente la eficacia de la dotación humana. Incluso
hay sentidos en el mundo animal de los que el hombre carece; como el
“radar” sonoro de murciélagos y delfines, los
receptores de campos eléctricos que tienen los tiburones, el
sistema químico de comunicación que utilizan las hormigas,
o la percepción de campos magnéticos por parte de ciertas
aves.
La percepción sensorial en el cerebro humano es un proceso de
increíble complejidad, en el cual se produce una divergencia
entre las señales producidas por los órganos receptores y
las percepciones conscientes 1. Los sentidos solo funcionan correctamente
después de un proceso de aprendizaje, en combinación con la
memoria, a través del cual se constituye un modelo con los
elementos que componen la realidad sensible. En ese modelo se van
encajando los diversos objetos o seres que se ponen al alcance de los
sentidos, caracterizados por las propiedades percibidas: color, olor,
etc., y también las palabras que los simbolizan. En palabras de
Damasio2:
“.. Los patrones neurales y las imágenes mentales
correspondientes de los objetos y acontecimientos fuera
del cerebro son creaciones de éste relacionadas con la realidad
que provoca su creación, y no imágenes especulares pasivas
que reflejen dicha realidad ”
Me parece evidente que los sentidos del hombre, al igual que los de los
animales, no están diseñados para reflejar detalladamente
la compleja naturaleza de los elementos materiales que nos rodean. Invito
al lector a que coja una naranja en su mano y la contemple intentando
trascender la apariencia convencional. Abarcando, al mismo tiempo que la
imagen percibida, su textura y olor; la estructura interna de la fruta,
con sus células perfectamente constituidas y agrupadas,
funcionando cada una de ellas como una fábrica repleta de
máquinas moleculares. Que descomponga esas células en la
prodigiosa variedad y número de moléculas que las
constituyen, muchas de ellas con una estructura tridimensional
sumamente compleja. Que dé un paso más abajo e imagine
los átomos de dichas moléculas, como tenues nubes de
partículas y energía, separados por distancias mayores que su
tamaño. Y que siga descendiendo al interior de los
átomos, universos diminutos donde la realidad material se
convierte finalmente en algo dudoso cuya existencia, según la
mecánica cuántica, dependería de variables muy
sutiles que no pueden verificarse localmente 3.
En ese intento de aproximación a la verdadera naturaleza de la
realidad hay que tener la capacidad de distanciarse del reino de lo
obvio. Desechar la naranja que vemos y utilizar otra del llamado mundo
3 de Popper 4,
constituido por los productos de la cultura humana. Por último,
prescindir temporalmente de los cinco sentidos y utilizar en su lugar la
capacidad de reflexión. Con este planteamiento no digo nada
novedoso, pues ya Platón lo exponía con toda claridad en su
Fedón, hace 2.400 años. La diferencia es que ahora tenemos
unos conocimientos sobre la naturaleza de la materia y sobre el
funcionamiento del cerebro que lo justifican.
La realidad es inabarcable por la mente humana en su profundidad y
complejidad. Lo que normalmente interpretamos como realidad es solo una
representación personal, simbólica y limitada, de la
inmensidad de lo real. Para los ciudadanos del reino de lo obvio, su
visión de la realidad es de poco alcance, ya que desaprovechan las
posibilidades adicionales que proporcionan el patrimonio cultural y la
curiosidad intelectual característica del ser humano. En
consecuencia, no construyen una verdadera teoría de la
realidad, sino que tenderán a utilizar un materialismo
práctico.
El auge de la sociedad de consumo ha sido paralelo al crecimiento del
materialismo y es muy probable que exista una relación entre ambos
fenómenos.
Como sabemos, la sociedad de consumo fomenta la satisfacción
inmediata de los deseos materiales, estimulando nuevos deseos por medio
de la publicidad. El consumista considera que necesita comprar bienes y
servicios, tanto para obtener placer como para reforzar su identidad
respecto a los demás. Normalmente debe dedicar casi todo su tiempo
al trabajo, necesario para poder satisfacer la interminable cadena de
deseos. No dispone de tiempo libre para su enriquecimiento cultural, ni
para realizar actividades creativas o comunitarias no remuneradas,
limitando por ello sus capacidades para construir una personalidad
robusta y autosuficiente, que le permita decidir con libertad.
El sistema de valores de la sociedad consumista antepone el tener
al ser (siguiendo la terminología de Erich Fromm) y
tiende a arraigar a las personas en el reino de lo obvio. Estigmatiza al
que no quiere o no puede alcanzar un nivel suficiente de consumo,
considerándolo inferior desde el punto de vista social. En esa
sociedad, los valores espirituales se consideran generalmente una
excentricidad pasada de moda.
El materialismo fue revisado, reformado y apoyado por el marxismo. Engels
y Lenin, que estaban familiarizados con la teoría de la
selección natural, trabajaron para adaptar a su conveniencia
política el materialismo mecanicista (el cual explica la realidad
como una interacción entre objetos materiales acorde con las
reglas de la física clásica) y la dialéctica de
Hegel, creando el materialismo dialéctico y
convirtiéndolo en eje de su filosofía.
Durante muchos años, en su empeño para implantar el
materialismo, la propaganda marxista ha presentado a las
filosofías duales y a la religión, como simples
instrumentos para el sometimiento y explotación de las clases
trabajadoras por parte de los capitalistas. Al mismo tiempo exaltaba a la
ciencia, al considerar que el verdadero conocimiento de este mundo es
el conocimiento científico 5, llamado a sustituir al conocimiento ficticio,
representado por la religión. Teniendo en cuenta los valores
presentes en sectores de la sociedad actual, da la impresión de
que en esa tarea de adoctrinamiento los regímenes marxistas
tuvieron cierto éxito, a pesar de la evidente discrepancia entre
su propaganda y la realidad.
La historia se ha encargado de demostrar que la puesta en práctica
del marxismo ha conducido en muchos casos a la opresión, el
desprecio a los derechos de las personas e incluso a brutales
genocidios. Que es un engaño interesado equiparar el mat e
rialismo al progreso y el espiritualismo al atraso y la opresión.
Que los sistemas políticos (y hasta cierto punto, las personas)
deben valorarse por sus obras y por su respeto a la vida, la libertad y
los derechos humanos, evitándose los prejuicios y las
descalificaciones por motivos ideológicos.
Se considera al empirismo inglés de los siglos XIII al XVI, con
las figuras de Roger Bacon, Guillermo de Ockham y Francis Bacon, como los
iniciadores del método científico, que adquirió su
madurez con Galileo en el siglo XVII. Rechazaban la deducción
como herramienta para la obtención de conocimiento y
partían de la experiencia como fuente del mismo. Así
fueron construyendo una metodología según la cual las
reglas generales se obtendrían de lo particular: de los datos
experimentales, mediante un proceso de inducción.
Existía una contradicción en las pretensiones iniciales
método científico: de una parte se rechazaban las
“ideas innatas”, progresando de lo particular a lo general a
partir de los resultados experimentales y evitando la deducción.
Por otra se encuentra la realidad, ya que esa metodología tan
rígida no se adapta al modo de funcionamiento de la mente ni a
la características de los procesos naturales que se pretende
explicar.
Nadie sigue habitualmente el proceso inductivo puro, puesto que la
estructura de la mente humana obliga a trabajar con hipótesis
previas 6.
La actividad científica está sujeta también a esa
servidumbre y el mérito científico reside tanto en inventar
hipótesis afortunadas como en demostrar la falsedad de las
hipótesis incorrectas, enfrentándolas con los datos
obtenidos de la realidad.
La historia de la ciencia contiene muchos casos en los que esa
creación de hipótesis se produce intuitivamente, de modo
repentino; en palabras de Einstein “Los conceptos
y principios fundamentales de la física teórica son
invenciones libres del intelecto humano
”.
En una formulación moderna, el método científico se
conoce también como “experimental
hipotético-deductivo” y tiene la siguiente
descripción, que tomamos de la versión actual en
inglés de la Wikipedia:
Conjunto de técnicas para la investigación de los
fenómenos y la adquisición de nuevo conocimiento del mundo
natural, así como la corrección e integración del
conocimiento previo, basadas en evidencias experimentales observables y
medibles, y sujetas a las leyes de la razón. ... Se forman
hipótesis específicas para proponer explicaciones de los
fenómenos naturales, las cuales se prueban mediante estudios
experimentales. ... Un conjunto de hipótesis pueden quedar
ligadas lógicamente mediante una teoría.
La palabra “natural” empleada en la definición, es
sinónimo de “material”, según la misma fuente.
No conviene por consiguiente, considerar al científico como un ser
libre de convicciones y prejuicios, cuya única
inspiración son los datos experimentales que obtiene. El
científico, como cualquier otra persona, tiene su mente llena de
modelos e hipótesis que están imbricadas en la estructura
de su personalidad y se compaginan perfectamente con su
concepción de la realidad; de ese banco de hipótesis se
extraen o se generan las que utiliza en su actividad científica.
El riesgo de subjetividad inherente al proceso de creación de
hipótesis no siempre es percibido por los científicos, ya
que implicaría reconocer que sus convicciones filosóficas
personales pueden llegar a influir en la orientación y el
resultado de sus investigaciones.
El método científico, según expuse anteriormente, no
es resultado de una actividad científica, sino un producto de la
filosofía que forma parte de la epistemología. El
método científico se creó para estudiar los
fenómenos que pueden ser objeto de experimentación y
medida; esto es, los fenómenos materiales. No es una
teoría, sino una herramienta de trabajo neutral ante cualquier
teoría, que permite asegurar la validez de un resultado, dentro
de unos márgenes de error, si se utiliza correctamente.
Dada su naturaleza, el método científico tiene un alcance
limitado: solo puede aplicarse para estudiar fenómenos aptos
para la medida y que sean reproducibles o repetitivos.
Las conclusiones que pueden validarse según el método son
aquellas que se refieren exclusivamente al proceso objeto del experimento
y a otros procesos equivalentes, siguiendo el principio de
inducción. Aquellas teorías que pretendan validarse como
ciencia, no deberían incluir en su alcance cuestiones diferentes
de los fenómenos que puedan estudiarse y probarse según el
método científico.
Las restricciones en el alcance del conocimiento creo que podrían
expresarse, de forma gráfica y simplificada, mediante la
expresión A x P = 1/K; donde P representa la
precisión atribuible al conocimiento adquirido sobre un
fenómeno, A es el alcance o extensión de dicho
conocimiento y K es un parámetro arbitrariamente grande,
que no me puedo resistir a bautizar como “constante de
ignorancia”. Si el alcance del conocimiento que se desea adquirir
sobre un fenómeno determinado es muy pequeño (puede
aplicarse el método experimental hipotético-deductivo) se
obtendría conocimiento de una precisión razonablemente
alta: estaríamos así en los dominios de la ciencia. Si por
el contrario, pretendiéramos adquirir conocimiento total sobre un
fenómeno, o adquirir conocimiento sobre el conjunto de la
realidad, la precisión del resultado obtenido sería
virtualmente cero: nos moveríamos entonces en los dominios de los
grandes sistemas metafísicos.
La ciencia está sujeta a las restricciones del método que
le ha dado su autoridad y su grandeza. Por ese motivo tiene un alcance
limitado y creo que no debería aspirar a convertirse en una
teoría de la realidad. Sin embargo, el biólogo y premio
Nóbel Jacques Monod no era de la misma opinión, pues
afirmaba 7
que “la ambición última de la ciencia entera es
fundamentalmente, dilucidar la relación del hombre con el
universo”. Esta tesis implica que toda la relación del
hombre con la realidad en la que vive puede analizarse según el
método científico. ¿Pueden expresarse en
términos científicos la intuición que genera la
lectura un poema, los sentimientos producidos por una sinfonía de
Beethoven, la contemplación serena de la magia de un cuadro?.
¿Pueden realizarse experimentos reproducibles sobre personas que
sacrifican su vida por amor o por lealtad?
Otro planteamiento discutible sería interpretar “ad
libitum” el método científico para ponerlo al
servicio de una metafísica determinada. Por ejemplo, Monod afirma
8
sobre el método: “.. postulado base del método
científico: la Naturaleza es objetiva y no proyectiva”.
Teniendo en cuenta el contexto de la frase, quiere decir que según
el método científico, la Naturaleza no puede ser
consecuencia de un proyecto o intención preexistente, sino que
tiene el carácter de objeto natural y es “resultante del
juego gratuito de las fuerzas físicas”. Si esa
opinión sobre el método científico fuera correcta,
este no sería realmente un método, sino una teoría
en sí mismo.
No hace falta deformar el método científico para negarle al
creacionismo un lugar dentro de la ciencia: no lo tiene porque las
hipótesis creacionistas no pueden verificarse experimentalmente.
Pero tampoco tiene cabida dentro de la ciencia la metafísica
materialista. Tanto una como otra quedan fuera, y la ciencia
debería contemplar esa polémica sobre la proyectividad de
la Naturaleza con total indiferencia: no está al alcance del
método experimental hipotético-deductivo y, como
decía Wittgenstein en la última línea de su
Tractatus, “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.
En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española,
edición electrónica de 1.995, encontramos para la palabra
“Superstición” los siguientes significados:
1. Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la
razón.
2. Fe desmedida o valoración excesiva respecto de una cosa.
Superstición de la ciencia.
En los párrafos siguientes se verá que la segunda
acepción puede ser útil y aplicable en ciertos casos.
En un documento de Alfred Russel Wallace, presentado a la Sociedad
Linneana de Londres en Julio de 1.858 y en el libro de Charles Darwin
“Sobre El Origen De Las Especies”, impreso en 1.859, se
explica que la vida progresa por dos causas:
- Constantemente se producen pequeños cambios que influyen en
las propiedades de los seres vivientes y que son transmisibles
hereditariamente.
- El mecanismo de selección natural, que consiste en la
supervivencia del más apto en las situaciones de escasez previstas
por la Ley de Malthus, hace que de todos los pequeños cambios,
sólo se conserven aquellos que mejoran la probabilidad de
supervivencia de las criaturas.
Como consecuencia de los dos principios anteriores, la acumulación
de pequeños cambios sucesivos conduciría a la
aparición de nuevas especies, sin más influencia importante
que el origen de los pequeños cambios y la selección
natural. Darwin rechazaba la posibilidad de que se produjeran
rápidamente grandes cambios, formulando el principio “Natura
non facit saltum”.
Darwin adoptó el concepto biológico de
evolución que otros, como Lamarck y su propio abuelo
Erasmus Darwin, propusieron y defendieron antes que él, con la
denominación de “transformismo”. La importancia de su
contribución, reside principalmente en el descubrimiento del
citado mecanismo de selección natural como motor de la
evolución, que realizaron él y Russel Wallace
independientemente 9. La teoría que formula es de una indudable
belleza, que deriva de la sencillez del concepto y de la calidad de su
exposición. Tiene además la virtud de que para comprenderla
no se requiere una formación matemática o
científica. Pero, ¿es una teoría científica?,
¿es una teoría correcta?
El caso es que Darwin y Russel Wallace formularon la teoría de la
selección natural sin soporte experimental ni justificación
suficiente, ya que en su época se desconocían los
mecanismos de la herencia, que todavía hoy guardan muchos
secretos. Tampoco contaban con un soporte paleontológico adecuado.
No se basaron en experimentos reproducibles, sino en su
intuición. Por consiguiente, creo que no se elaboró una
teoría científica, sino una hipótesis
filosófica, de tipo materialista. Además, Darwin tuvo un
gran éxito en difundir y justificar la idea de la
evolución, que aunque no era suya, comúnmente se le
atribuye. Por último, tuvo otras contribuciones valiosas en
biología, geología y botánica.
La evolución biológica creo que no es discutible, ante la
abrumadora colección de evidencias que la soportan. Lo que
sí admite discusión en nuestra época son los
procesos que intervienen en ella. Negar la evolución
biológica sería tan arriesgado como negar la
evolución geológica, aunque no exista parecido alguno
entre ambas evoluciones; mientras que la geológica sigue el
principio de la estabilidad creciente (entropía creciente y
energía potencial decreciente, salvo los cataclismos provocados
por fuerzas telúricas o meteoritos), la evolución
biológica sigue justamente el camino opuesto. Para que pudieran
compararse, la evolución geológica tendría que ser
capaz de producir el Taj Majal.
Para explicar la evolución biológica Darwin propuso una
combinación de cambios graduales y supervivencia del más
apto, que no ha resistido el paso del tiempo sin importantes
rectificaciones. Su teoría se modificó entre 1.930 y 1940
con el nacimiento de la llamada Teoría Sintética de la
Evolución, o Nueva Síntesis. Luego ha experimentado
notables transformaciones adicionales, llegando en 1.972 de la mano de
Eldredge y Gould al concepto de Equilibrio Interrumpido, según el
cual los grandes cambios evolutivos ocurren en el transcurso de muy
pocas generaciones en un entorno virtualmente aislado 10. Estos nuevos
planteamientos prácticamente arrinconan el principio
“Natura non facit saltum” y reducen el papel del gradualismo
a un mecanismo para la homogeneización y equilibrado de las
grandes masas de población. Pero, ¿cómo pueden
producirse en corto tiempo los grandes cambios evolutivos?
Charles Darwin no pudo encontrar la causa de los cambios graduales,
aunque afirmó que la casualidad no le parecía una causa
convincente 11. Sus seguidores han sido mucho menos prudentes
en ese aspecto, adoptando firmemente el principio de que los cambios
hereditarios se producen de forma aleatoria.
Si consideramos una partícula, o incluso un cuerpo rígido,
veremos que su estado en un instante determinado puede definirse con
precisión razonable utilizando un conjunto no muy numeroso de
variables físicas, por ejemplo, del orden de cien. Para una
célula viva la situación es muy diferente, ya que el
número de variables que definen su funcionamiento en un
mamífero es de unos tres mil millones, que es el orden
de magnitud del número de pares-base de su dotación
genética. Esta prodigiosa variabilidad es la consecuencia de una
propiedad singular de la biología: que la parte contiene al
todo.
Habiendo tantas unidades de información almacenadas en una
célula, parece razonable pensar que, a pesar de los sofisticados
métodos de corrección de errores que incorporan las mismas,
para una población suficientemente grande pueden introducirse
por azar algunos errores de codificación en alguna de las
células que contienen la información que se transmite
sexualmente: esto es, que se produzca una mutación aleatoria
simple en un gameto, e incluso que llegue a heredarse. Otra cosa muy
distinta sería que pretendiésemos que, una vez producida una
mutación, ocurriera otra que desarrollase las consecuencias de la
mutación anterior. Para ello tendría que afectar a un
par-base determinado y la probabilidad de que eso ocurra por azar es
extremadamente baja, dado el enorme número de variables.
Si pensamos en el número de mutaciones, perfectamente coordinadas,
que separan un pájaro de un reptil, intuiremos que la edad del
universo es incomparablemente menor que el tiempo necesario para
conseguir que el azar, con la colaboración de la selección
natural, genere ese conjunto de mutaciones ordenadas y aditivas;
especialmente si tenemos en cuenta que las etapas intermedias del proceso
pueden tener un bajo valor adaptativo, al no disponer de la funcionalidad
conseguida al final del proceso y estar sujetos a sus inconvenientes
respecto a la funcionalidad inicial.
Se me ocurre que el darwinista radical sería como un optimista que
sentase a un chimpancé recién traído de la selva
ante un piano de concierto, con la esperanza de que el simio, inspirado
por el azar, interpretase una bella versión de la sonata 23
“Appassionata” de Beethoven. El optimista podría
pensar que esa interpretación se acabaría produciendo
siempre que se le diera al chimpancé tiempo suficiente, pero el
sentido común y la teoría de las probabilidades
enseñan que, en términos prácticos, se trata de
una aspiración imposible.
Esta larga exposición tiene el propósito de hacer ver que
no se ha probado científicamente que el azar, junto con la
selección natural, sea la causa de los cambios importantes en la
evolución de las especies. La creencia tan frecuente hoy en
día, en un modelo de evolución basado en el azar,
reúne todas las características que definen el sustantivo
superstición.
Con la aparición de la vida ocurre algo parecido a lo descrito en
los párrafos anteriores. Charles Darwin, en una carta escrita en
Febrero de 1882 12, pocos meses antes de su muerte, expresaba la
esperanza en que algún día se llegase a demostrar la
posibilidad de la aparición de seres vivos a partir de la materia
inorgánica, de forma natural. Evidentemente, no se trataba de
una teoría científica, sino de una especulación
filosófica acorde con su deseo de perfeccionar su marco
teórico materialista.
Podemos afirmar sin lugar a dudas, que la probabilidad de que la vida
emergiera de la materia en un momento cualquiera, era nula previamente a
dicho momento. Como explica J. Monod 13, la justificación de esta
afirmación deriva del concepto de probabilidad, al aplicarlo con
carácter previo a un hecho singular (cuya repetición no se
conoce que se haya producido nunca), entre todos los sucesos posibles del
universo. A pesar de sus convicciones materialistas, Monod consideraba la
aparición de la vida como un enigma, ya que en el supuesto
(altamente improbable) de haberse producido la síntesis casual
de un gen, este no hubiera podido funcionar, porque el m e canismo de
traducción del código genético requiere la presencia
de al menos cincuenta componentes macromoleculares complejos, cuya
especificación se encuentra a su vez codificada en el propio
ADN.
El paso espontáneo de la materia desordenada a la vida (que
implica materia altamente ordenada), choca frontalmente con la segunda
ley de la termodinámica, que establece la regla del desorden
creciente. De acuerdo con esa ley, el aumento del orden
(disminución de la entropía), sólo puede conseguirse
si alguien realiza un trabajo. Se requiere un sujeto con el adecuado
conocimiento y capacidad de acción, que además del aumento
del orden produzca un aumento mayor del desorden en otro punto del
universo.
Una vez creada la vida, su multiplicación sí puede
realizarse sin violar la segunda ley, pues una célula viva tiene
toda la información necesaria para reproducirse, y la capacidad
de extraer materia y energía del medio en el que se desarrolla.
Imaginen que cae al suelo desde el borde de una mesa una copa de fino
cristal llena de vino. De no ser por la dichosa segunda ley de la
termodinámica podríamos aspirar a que la copa se
recompusiera perfectamente a partir de sus trozos dispersos, recolectara
por sí sola hasta la última gota del vino
derramado y saltara hasta colocarse de nuevo, intacta, al borde de la
mesa. Aunque la idea nos parezca absurda, hemos de admitir que ese tipo
de fenómenos improbables, irrepetibles y contrarios a la
razón y a la lógica de la naturaleza, se han considerado
posibles desde la antigüedad, con el calificativo de milagros.
La fe materialista no se preocupa demasiado por la teoría de las
probabilidades ni por la termodinámica, así que no es nada
difícil encontrar personas que expresan solemnemente su
convencimiento de que la materia generó la vida
espontáneamente, y que además piensan que ese criterio
responde a una verdad demostrada científicamente: la
superstición se manifiesta de nuevo.
En el libro 18 de la Iliada, Homero relata que Hefesto poseía
sirvientes artificiales: “...salió cojeando, apoyado en dos
estatuas de oro que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues
tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas
en las obras propias de los inmortales dioses...”. Para los griegos
del siglo 8 a. C. se trataba de una fantasía inalcanzable para un
hombre, pero factible para alguien como Hefesto, que además de
dios era un habilísimo artesano.
En los 2.800 años transcurridos desde Homero, el hombre ha
adquirido conocimientos y habilidades que entonces parecían
reservadas a los dioses. Multitud de seres vivos se nos revelan ahora
como máquinas biológicas; controladas por una
programación y capaces de reproducirse y de perfeccionarse por
sí mismas. Por otra parte, la microelectrónica y la
informática nos permiten construir máquinas que ejecutan
a gran velocidad, tareas que requieren destreza y también
capacidad para tomar algunas decisiones. De esa situación surgen
inevitablemente dos grandes preguntas: ¿Es el hombre simplemente
una máquina biológica muy avanzada? ¿Podría
el hombre construir, con medios materiales, un ser artificial semejante a
sí mismo?.
El filósofo Karl Popper, ampliamente respetado por sus
contribuciones a la teoría del conocimiento científico y a
otros campos de la filosofía, realizó aportaciones
importantes a la lo que él llamaba el problema cuerpo-mente.
Popper considera 14 que nuestra realidad está compuesta de
tres mundos: el material o mundo 1, el de las experiencias
subjetivas o mundo 2, y el de los conceptos y productos de la
cultura humana o mundo 3. Son tres caras de la realidad
claramente relacionables, pero separadas y distintas.
Popper tiene en cuenta 15 diversos planteamientos del problema de la
relación cuerpo-mente. Para el materialismo radical o
fisicalista, (que probablemente es el más extendido) el mundo
2 y el mundo 3 no existen en sí mismos, sino que son partes del
mundo 1. En consecuencia, no sería admisible considerar la
existencia de estados subjetivos de conciencia, sino de procesos
puramente físicos entre partículas materiales dentro de la
estructura del cerebro. En esa hipótesis fisicalista, la
creación artificial de una conciencia semejante a la humana,
sería solamente una cuestión de tiempo. Popper
señala que el materialismo fisicalista tiene una
sustentación filosófica sumamente débil, porque en
ella subyace un problema de recursividad: los argumentos y métodos
que se emplean para afirmarla pertenecen claramente a los mundos cuya
existencia se niega. Además, existen numerosos experimentos, tales
como las paradojas visuales, que ponen de manifiesto para un mismo
fenómeno físico, la discrepancia entre las percepciones del
conjunto cerebro-sentidos y la expresión del yo consciente.
Popper describe y critica otras variantes filosóficas, adscritas
al materialismo o próximas al mismo, tales como el Pan-siquismo,
el Epifenomenalismo, el Paralelismo, la Teoría de Identidad y el
Materialismo Promisorio. La hipótesis que prefiere Popper no es
materialista, sino interaccionista, para la cual los mundos 1, 2
y 3 existen y se relacionan e influyen mutuamente.
En el interaccionismo, el yo consciente es el protagonista del mundo 2 y
el creador del mundo 3. Su naturaleza y propiedades han sido objeto de la
filosofía desde sus orígenes y al día de hoy el
debate sigue totalmente abierto. Es un objeto de estudio de singular
dificultad, ya que debe analizarse y explicarse a sí mismo.
El progreso de las ciencias neurológicas permite trasladar el
estudio de la conciencia, del terreno de la filosofía al
laboratorio, contrastando las hipótesis con los resultados de la
experimentación. De eso se ha ocupado el neurofisiólogo
John C. Eccles en profundidad y al parecer con acierto, ya que obtuvo
en 1.963 el premio Nobel de medicina.
Como fruto de la investigación y también de sus
intuiciones, Eccles expone 16 la hipótesis de un yo consciente que
obtiene datos del cuerpo y de su entorno, a través de la
exploración incesante de unas áreas cerebrales de enlace,
que se encontrarían en el hemisferio izquierdo. El Yo integra la
información, consulta y graba datos en la memoria y toma las
decisiones ejecutivas que le corresponden, las cuales se traducen en
órdenes voluntarias que se transmiten a los músculos, si
bien de forma mucho más lenta que para las acciones
involuntarias. El Yo no tiene dimensión espacial y no está
constituido por elementos del mundo material, motivo por el cual aunque
sus efectos sean evidentes, no aparece nunca bajo la punta de un
bisturí.
En un libro posterior 17, Eccles introduce nuevos datos para explicar
las bases neurológicas de la conciencia y los mecanismos de
comunicación entre los mundos 1 y 2, formulando una
hipótesis que parece indemostrable, de actuación de campos
cuánticos de probabilidad sobre microespacios sinápticos de
las neuronas piramidales de la corteza cerebral.
El yo consciente percibe en cada momento sólo lo que el cerebro le
transmite. No parece tener recuerdos propios, sino los que el cerebro le
presta. Deja de percibir y de sentir cuando el cerebro duerme
profundamente, o cuando se conmociona. No es consciente de todo lo que el
cerebro conoce o experimenta, sino de aquellas informaciones que le son
accesibles tanto por su ubicación en el cerebro como por la
naturaleza de su contenido. Por ejemplo: el Yo no está informado de
la situación de las innumerables variables hormonales que son
ajustadas por el sistema nervioso de forma automática, ni
sería capaz de tener conciencia de las actuaciones que se
relacionan con el hemisferio cerebral derecho, si se interrumpiera la gran
vía nerviosa que comunica ambos hemisferios.
Es evidente que el Yo permanece ajeno a los detalles del funcionamiento
del cuerpo y del cerebro que le acogen, aunque tenga la tendencia a
atribuirse la responsabilidad y los méritos de todas las
actuaciones de estos. El neurobiólogo Antonio Damasio ha
estudiado recientemente las emociones y sentimientos. Califica al Yo como
“fugaz y estrecho” 18 y explica que las emociones son estados
corporales provocados por las capas profundas del cerebro, en respuesta
unos estímulos que llama “emocionalmente
competentes”. Las emociones actúan desde el inconsciente y
generan sentimientos que tienen acceso al Yo y pueden influir sobre sus
decisiones. Todo esto nos lleva a pensar que no hay identidad entre el Yo
consciente y la persona.
Eccles y Damasio coinciden en que tanto las percepciones y capacidades
del yo consciente, como la configuración detallada de las
neuronas, son el resultado de un proceso de experimentación y
aprendizaje, que depende del patrimonio genético del cuerpo, de
las características del medio material y cultural donde vive y del
ejercicio de la voluntad del propio yo consciente. Creo que
podríamos decir que el alma y el cerebro se construyen y sostienen
mutuamente, mientras inventan y representan su papel en la tragicomedia
de la vida.
Retomando el título del presente apartado, podemos recordar que el
concepto de “inteligencia artificial” se suele asignar,
según la definición de Turing a una máquina
hipotética cuyas respuestas no pudieran distinguirse de las de un
ser humano. Una máquina de esas características
tendría que ser capaz de comprender las situaciones y
actuar libremente en función de esa comprensión. Para los
defensores de la inteligencia artificial, dicha capacidad de
comprensión y decisión -equivalente a nuestro Yo
consciente- residiría en un algoritmo programado en la
máquina. Si pudiera diseñarse, el algoritmo (o
procedimiento general de cálculo) se instalaría en
cualquier máquina dotada con la velocidad y características
funcionales correctas. El Yo de la máquina tendría la
capacidad de interactuar con los componentes de la misma, sin ser en
realidad un elemento material ¿alguien ha medido la
extensión, color y peso de un algoritmo? Sorprendentemente, a
través de la inteligencia artificial se llegaría de nuevo
a una realidad dual y a la hipótesis interaccionista de
Eccles-Popper.
Como se deduce de los párrafos anteriores, el Yo consciente sigue
siendo un desconocido. Existen teorías al respecto, con diversas
orientaciones, pero no hay ninguna que pueda considerarse como verdad
demostrada científicamente. Seguimos sin poder explicar desde la
Ciencia la causa del extraordinario salto cualitativo que hay entre el
cerebro de un chimpancé y el de un ser humano. Las dos preguntas
iniciales: ¿Es el hombre simplemente una máquina
biológica muy avanzada? ¿Podría el hombre
construir, con medios materiales, un ser artificial semejante a sí
mismo?, no tienen hoy en día respuesta avalada
científicamente, y solo se pueden contestar, en uno u otro
sentido, desde el campo de las hipótesis filosóficas
personales.
La creencia en un modelo materialista de la realidad es una opción
personal irreprochable. Lo que es objetable es la pretensión
injustificada de convertir dicho modelo filosófico en verdad
científica. Es el mismo problema con el que se enfrentó
Galileo: una estructura social que pretendía imponer la
interpretación de la realidad que mejor se adaptaba a sus
convicciones religiosas, atribuyéndole la categoría de
verdad científica indiscutible y obligando a los demás a
aceptarla.
Más de un científico ha optado por publicar libros
divulgando los aspectos más atractivos de las materias de su
especialidad. Como son libros destinados a un público amplio, en
lugar de seguir el esquema riguroso de una publicación
científica, contienen una mezcla expuesta con amenidad, de
teorías científicas, datos experimentales y
especulaciones filosóficas personales, generalmente de
inspiración materialista. El resultado es que el lector poco
crítico termina el libro con la vaga convicción de que
las teorías filosóficas personales del autor son hechos
demostrados por la ciencia.
¿Por qué hay hoy tantos científicos que profesan el
más radical de los materialismos?. Es una pregunta
difícil que deberían contestar expertos en
sicología. A la espera de opiniones autorizadas, podemos
observar que en épocas anteriores, la ciencia y la
filosofía estaban muy unidas a la Iglesia. Por ejemplo, Roger
Bacon y Guillermo de Ockhan, que crearon en la Edad Media las bases del
método científico, eran monjes franciscanos. Con la Edad
Moderna se iniciaron las discrepancias serias entre los
científicos y el poder religioso, que dados los métodos de
la época llevaron a más de un científico a
prisión. Al perder la Iglesia poder en la sociedad civil, el mundo
científico pudo actuar con más libertad y creo que
reaccionó divulgando teorías filosóficas que le
facilitaran su autonomía, restándole fundamento a las
doctrinas religiosas que constituían la base y el origen del poder
de la Iglesia.
En este contexto, es interesante recordar a Gregor J. Mendel, quien
formuló en Marzo de 1.865 tres leyes que revolucionaban la
comprensión del fenómeno de la herencia, con
aplicación inmediata a los procesos biológicos y a la
evolución de las especies. A diferencia de la teoría de
la selección natural, las leyes de Mendel cumplían
irreprochablemente los principios del método científico, ya
que se basaban en experimentos reproducibles e incorporaban un modelo
matemático que permitía prever con exactitud el resultado
de nuevos experimentos. La teoría de Mendel se publicó con
detalle en 1.866 (siete años después que El Origen de las
Especies) y se difundió adecuadamente, pero no tuvo eco alguno y
cayó de inmediato en un olvido, tan injusto como absurdo, que
duró 34 años. ¿Tuvo algo que ver con el olvido que
la teoría de Mendel parecía contradecir el concepto de
gradualismo darwiniano?, ¿Y la condición de monje agustino
de su autor?
Las nuevas generaciones, criadas en una sociedad consumista, confiadas en
una ciencia que pretende resolverlo todo sin salir del ámbito
material, sujetas a la lluvia persistente de la propaganda materialista,
se orientan hacia una interpretación del mundo poco estructurada
y ajena a lo espiritual, en la que no hay legitimidad que no pueda
cuestionarse y en la que los valores seguros parecen ser el bienestar y
el poder. Hay un elemento de inestabilidad en esa configuración,
pues alcanzar dichos valores no proporciona la felicidad, ni siquiera la
tranquilidad, ¿Por qué?
Hay sufrimiento; se experimenta directamente o está a la vista
durante toda la vida y siempre ha sido así para todo el mundo,
como se deduce del siguiente texto budista, de 2.500 años de
antigüedad y que forma parte del Sermón de Benarés:
“El nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte son
sufrimiento.
La aflicción la lamentación, el dolor, el abatimiento y
la desesperanza son sufrimiento.
Estar unido a aquello que disgusta, y separarse de aquello que gusta,
es sufrimiento.
No obtener lo que uno quiere es sufrimiento.
Los cinco agregados para aferrarse son sufrimiento”
De forma semejante, en el Qohélet (Eclesiastés) leemos:
“Vi debajo del sol que no ganan la carrera los más
veloces, ni la lucha los más fuertes; que no hay pan para los
prudentes, ni riqueza para los inteligentes, ni favor para los sabios.
Porque el tiempo de la desgracia les llega a todos ”
Otra forma más actual de expresar lo mismo es el siguiente
diálogo tomado de “Las sirenas de Titán”
( Kurt Vonnegut, 1959 )
-Usted se acerca a un hombre y le dice; “¿Como van las
cosas, Joe?” Y él contesta: “ Oh, muy bien, no
podrían andar mejor” Y usted lo mira a los ojos y ve que las
cosas no podrían andar peor. Cuando usted llega al fondo, descubre
que todo el mundo lo está pasando miserablemente, y digo todo el
mundo.-
Para Miguel Benzo 19 el origen del sufrimiento está en que
“el hombre es un ser que no coincide con sus propios
límites” y se encuentra permanentemente insatisfecho a causa
de su ansia de plenitud. Es evidente que el materialismo no puede
resolver esa insatisfacción. Cuando la soledad, la inseguridad,
la tristeza o el amor, desbordan los diques que los separan de la rutina
cotidiana, puede ocurrir que el materialista aparente, de convicciones
poco estructuradas, se manifieste como espiritualista y religioso,
revelando, aunque sea brevemente, convicciones ocultas en su “yo”
profundo. Muchas veces es la presión social la que dificulta que
se afirme y desarrolle ese “yo”, capaz de superar la somera
visión del materialismo.
En la antigüedad se intentaba a veces reducir costes reutilizando
pergaminos. Se raspaban hasta borrar, total o parcialmente la escritura
inicial y se escribía nuevamente sobre la misma superficie. Esos
pergaminos, que reciben el nombre de palimpsestos, pueden inspeccionarse
con medios técnicos modernos y recuperar la escritura subyacente,
que muchas veces es de mayor interés que el texto de la
superficie.
La primera lectura de la realidad se correspondería con lo que en
el apartado 2 d) describíamos como el reino de lo obvio.
Puede accederse a otras interpretaciones, considerándolas como
contenido oculto de un palimpsesto que debe descifrarse. Para ello se han
de utilizar claves que otorguen un significado de orden superior al
conjunto de lo percibido. Dichas claves son, en general, teorías
más o menos estructuradas que se encuentran en el mundo de la
cultura. La filosofía, la teología, la historia, etc.
contienen diferentes claves, a veces contradictorias y en algunos casos
estúpidas o incluso perversas. Por último, no puedo dejar
de mencionar que también hay teorías de la realidad que son
consecuencia de patologías mentales, las cuales carecen de
interés para el propósito de este estudio por ser
irracionales.
El materialismo es una de las posibles claves. Como vimos en las
secciones anteriores, utiliza los recursos del mundo de la cultura y del
mundo de los sentimientos, para repudiar la existencia de ambos mundos y
afirmar la existencia exclusiva del mundo físico, con el efecto de
consolidar y aislar el reino de lo obvio. Pero hay otras claves
alternativas al materialismo, que proporcionan un significado y una
finalidad a la realidad percibida, considerándola como parte (o
como manifestación) de otra realidad de orden superior al
puramente material.
La elección y configuración de la clave para conocer el
significado de la realidad, ha de ser una tarea rigurosamente personal;
una Ars Magna para la conciencia, que ocupa y justifica toda una vida.
Cuando se admite la existencia de una realidad distinta y superior al
orden material, los problemas de origen que señalábamos en
el principio de este trabajo, se resuelven dirigiéndolos a ese
nivel espiritual. El mundo espiritual no puede percibirse con los cinco
sentidos, ni siquiera comprenderse desde nuestro espacio material. En ese
nivel es donde se encontraría el Creador de nuestra realidad.
Si se considera con objetividad, el planteamiento creacionista es
estrictamente racional, ya que todo lo que observamos en nuestro universo
nos lleva a creer que no hay efecto sin una causa que le precede y que el
azar tiene un papel trivial en la vida real. Por otra parte, el Creador
del universo no puede ser parte del mismo, ya que la capacidad de
auto-creación es contraria al sentido común.
El concepto biológico de evolución es perfectamente
compatible con la intervención creadora consciente, que sustituye
al azar como fuente de las mutaciones en los grandes cambios evolutivos.
De esa forma, el papel que le queda al azar es aquel para el que
está capacitado: originar los pequeños ajustes que se
producen en los largos períodos de equilibrio de las poblaciones.
Opino que el acto de creación más notorio es el Big Bang.
Es asombroso pensar que nos lo recuerda permanentemente la
radiación de Penzias, una señal de microondas de poca
intensidad, predicha por Gamow en 1.948 y observada por primera vez en
1.965 de forma accidental por Penzias y Wilson, que por ello recibieron
el premio Nóbel. La señal se recibe desde cualquier
dirección del espacio profundo y constituye el rescoldo de la
gigantesca explosión que originó la materia, la
energía, el espacio y el tiempo hace unos 13.000 millones de
años.
Mucho más discreta tuvo que ser la aparición de la vida: un
proceso puntual que no ha podido dejar registros fósiles. No
obstante, la ausencia de repeticiones y la evidencia de su imposibilidad
como proceso natural, que describimos con más detalle en el
apartado 2 a), apuntan claramente a un acto de creación.
Una vez llegados, de la mano de la lógica, al convencimiento de
que existe un Ser que tiene la responsabilidad de la creación y
que ese Ser no forma parte del mundo material, se abren ante nosotros los
caminos de la religión. Son variados en apariencia y semejantes
en lo fundamental, pero quedan fuera del alcance del presente estudio.
Al reconocer la existencia de Dios, nos encontramos con que la realidad
adquiere un nuevo significado. La perfección que observamos en la
materia y en la vida, nos indican que la sabiduría de su Autor
supera todo lo imaginable: por consiguiente, su obra ha de tener un
objetivo. El hombre deja así de ser “el resultado de un
proceso sin propósito y materialista” (según
expresión del paleontólogo darwinista G. G. Simpson)
20 y pasa
a ser hijo de un Dios que ha creado al universo mediante Su
sabiduría y Su poder. La vida del ser humano se llena de sentido:
aprender y experimentar, para vivir sin miedo intentando seguir las
pautas de conducta que creemos que Dios establece. La
identificación de la misión personal no es sencilla ni
inmediata, sino consecuencia del esfuerzo para interpretar las claves de
la realidad, al que nos referíamos en los primeros párrafos
de este apartado.
(1) Karl Popper
y John C. Eccles - The Self and its Brain - Ed. Routledge &
Keagan Paul plc (1.983); Capítulo E-2: Conscious perception.
Pág. 252.
(2) Antonio
Damasio - En busca de Spinoza. Ed. Crítica S.L. (2.005)
Capítulo 5: Cuerpo, cerebro y mente. Pág. 189.
(3) Roger
Penrose - La nueva mente del emperador Ed. Grijalbo Mondadori
(1.999) Cap. 5: El mundo clásico. Pág. 285
(4) Karl Popper
y John C. Eccles - Op. cit. Capítulo P-2 The Worlds 1, 2
and 3; Pág. 36.
(5) José
Ferrater Mora - Diccionario de Filosofía. Tomo III
Materialismo dialéctico: pags. 2147-2149.
(6) Karl Popper
y John C. Eccles - Op. cit. Dialogue VII (Popper) Pág. 500.
(7) Jacques
Monod - El azar y la necesidad- Ed. Barral (1971) Prefacio:
Pág. 9.
(8) Jacques
Monod - Op. cit. Capítulo 1: Extraños objetos;
Pág. 15.
(9) Manuel
Tamayo H.- Charles Darwin y el darwinismo - http://www.monografias.com/trabajos5/darwin/darwin.shtml
Capítulo 9: Sus libros sobre evolución.
(10) John C.
Eccles - La evolución del cerebro: creación de la
conciencia - Ed. Labor (1.992) Capítulo 1: La evolución
biológica; Pág. 7.
(11) Charles
Darwin- El Origen de las Especies - Ed. Bruguera Libro
clásico (1.967) Capítulo V: Leyes de la variación;
Pág. 197.
(12) Charles
Darwin- Op. cit. Prólogo del Doctor Rafael de Buen;
Pág. 20.
(13) Jacques
Monod - Op. cit. Capítulo VIII Las Fronteras; Pág.
158.
(14) Karl
Popper y John C. Eccles - Op. cit. Capítulo P-2 The
Worlds 1, 2 and 3; Pág. 36.
(15) Karl
Popper y John C. Eccles - Op. cit. Capítulo P-3
Materialism Criticized; Pág. 51.
(16) Karl
Popper y John C. Eccles - Op. cit. Capítulo E-7: The
self conscious mind and the brain; Pág. 355.
(17) John C.
Eccles - La evolución del cerebro: creación de la
conciencia - Ed. Labor (1.992) Capítulo 8: La cuestión
cerebro-mente en la evolución; Pág. 177.
(18) Antonio
Damasio - Op. cit. Capítulo 4: Desde que hubo sentimientos;
Pág. 135.
(19) Miguel
Benzo Mestre - Teología para universitarios - Ed.
Guadarrama (1961) Capítulo I: El hombre como problema; Pág
45.
(20) Leandro
Sequeiros Sanromán: Cincuenta años de debates entre
Biología, Filosofía y Teología- Proyección
(Granada, 1.999) Pags 137-154. Capítulo: George Gaylord Simpson y
la Paleontología de mediados del siglo XX.
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