Leyendo el libro de la
naturaleza
Mariano Artigas
Reuniones Filosóficas de la Universidad de
Navarra, 1995 (24.IV.1995)
Texto inédito.
Me propongo analizar
cuál es el lugar que Dios ocupa en nuestra
relación con la naturaleza. Mis reflexiones se
articulan en tres partes: en la primera
analizaré algunos aspectos del problema en la
actualidad, en la segunda expondré algunas
propuestas personales que se refieren al puente que
comunica las ciencias y la teología natural, y en
la tercera aludiré a algunas
características particulares de ese puente.
I
Nos encontramos inmersos en el
nacimiento de una nueva época. Pienso que no es
necesario justificar esta apreciación.
También es patente que las nuevas ideas y
costumbres giran, en gran medida, en torno a las ciencias
de la naturaleza, a sus interpretaciones y a sus
aplicaciones.
El progreso científico
parece haber contribuido de modo significativo a la
puesta entre paréntesis de Dios. La famosa
respuesta de Laplace a Napoleón es un
índice de una situación que se ha
generalizado en la actualidad: Dios se habría
convertido en una hipótesis innecesaria no
sólo en la física, sino también en
la biología y en la antropología. Asistimos
a una puesta entre paréntesis de Dios que se
extiende sistemáticamente a todos los
ámbitos del saber científico. Y, como se
duda de que exista algún otro camino para obtener
conocimientos objetivos y fiables, se acaba proponiendo
una representación de la realidad en la cual Dios
no desempeña ningún papel. Se ha convertido
en una nueva edición del «Dios
ocioso», del «Arquitecto desocupado»
del deísmo. Pero esta vez ni siquiera parece
necesario recurrir a Él para la puesta en marcha
del universo, bien sea porque se renuncia a plantear los
problemas metafísicos clásicos, o bien
porque se llega a hablar de una presunta
«auto-creación» del universo que
habría surgido, de acuerdo cn las leyes de la
física, a partir de una fluctuación del
vacío cuántico: aunque se advierta que el
vacío cuántico no es la nada, no faltan
quienes encuentran argumentos para equiparar el origen
del universo según la cosmología
científica con una «creación sin
Creador».
En definitiva, asistimos a una
hegemonía del naturalismo, que en el mundo
occidental contemporáneo aparece estrechamente
relacionado con la mentalidad positivista.
Ciertamente, el
positivismo y su versión
neopositivista están oficialmente muertos y
enterrados. Sin embargo, sería un error darlos por
definitivamente desaparecidos. Aunque muchas de las
interpretaciones que proponían hayan sido
criticadas de modo devastador y haya quedado patente su
insuficiencia, sus tesis básicas no sólo
han sobrevivido, sino que han adquirido una fuerza tan
persuasiva que ni siquiera se discuten, aunque
condicionan en gran parte las ideas actuales. Se trata de
un nuevo caso de «reinar después de
morir».
Es fácil, en efecto,
comprobar la gran difusión del naturalismo
en la actualidad. El renacimiento del cientificismo es,
en ocasiones, virulento, tal como se puede advertir en un
libro reciente de Francis Crick, merecidamente
célebre por su descubrimiento, junto con James
Watson, de la estructura en dóble hélice
del ADN en 1953. Este premio Nobel se ha dedicado en los
últimos años al estudio del cerebro y la
consciencia, y ha publicado un libro que, en su
edición española, se titula La
búsqueda científica del alma1.
Expone su tesis, a la que denomina hipótesis
revolucionaria, con estas palabras: "La
hipótesis revolucionaria es que
«Usted», sus alegrías y sus penas, sus
recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la
identidad personal y su libre voluntad, no son más
que el comportamiento de un vasto conjunto de
células nerviosas y de moléculas asociadas.
Tal como lo habría dicho la Alicia de Lewis
Carroll: «No eres más que un montón
de neuronas». Esta hipótesis resulta tan
ajena a las ideas de la mayoría de la gente actual
que bien puede calificarse de revolucionaria"2.
De ordinario, el naturalismo
se presenta con un ropaje más
académico, pero sus tesis básicas
mantienen toda su fuerza. En una amplia
antología, publicada recientemente por el MIT y
que se ofrece como material para una gran variedad de
cursos de filosofía de la ciencia, se afirma que,
después de haberse roto el consenso en torno al
paradigma inspirado por el positivismo, "hasta hace poco
no había emergido un nuevo consenso en la
filosofía de la ciencia", se añade que "ha
emergido un nuevo consenso
«post-positivista»", y se precisa que el
nuevo consenso no se refiere a una concepción
filosófica particular, sino más bien a los
grandes problemas de la filosofía de la ciencia y
a las opciones relevantes. Cuando los autores explican el
nuevo paradigma, se advierte que uno de los conceptos que
aparecen con más frecuencia es el de
«naturalismo»3. El nuevo paradigma se
presenta como un naturalismo no reduccionista, que
admite la existencia de diferentes niveles tanto en la
naturaleza como en las ciencias, y renuncia a reducirlos
a un nivel básico; por este motivo, se presenta
también bajo el título de fisicalismo no
reduccionista. Quien se asoma a las discusiones
actuales, especialmente en el ámbito de la
antropología, encuentra refinadas elaboraciones
que giran en torno a nuevos conceptos, como el de
superveniencia, y a antiguos conceptos que son
remodelados para adaptarlos a la situación actual,
como sucede con el concepto de emergencia,
recuperado del olvido tras haber conocido un gran auge en
las décadas de 1920 y 1930. En estas discusiones
se afirma, de modo explícito, que se trata de
defender una perspectiva materialista en la cual
no hay lugar para las dimensiones espirituales4.
El naturalismo se encuentra
unido con el desencantamiento de la naturaleza.
Friedrich Schiller ya se refirió a ello utilizando
la expresión «Entgötterung der
Natur», y Max Weber, un siglo después,
utilizó la expresión
«Entzaüberung der Welt». Como
reacción, hoy día proliferan las propuestas
de «re-divinización» y
«re-encantamiento» no solamente de la
naturaleza sino incluso de la ciencia, pero se trata, por
lo general, de intentos poco satisfactorios: suelen
acertar en sus críticas, pero fallan al proponer
alternativas viables. Me referiré a algunos
ejemplos especialmente significativos.
Por una parte, algunos
destacados científicos proponen una nueva
cosmovisión que englobaría tanto la ciencia
como las humanidades. Pueden mencionarse, en este
contexto, la nueva alianza de que habla Ilya
Prigogine5, y también, de
algún modo, el humanismo desarrollado por
René Thom y Hermann Haken. En estos casos se
utilizan nuevas perspectivas científicas, que
tienen un interés indudable, como base para una
nueva cosmovisión que, sin embargo, parece
limitarse a proyectar esos enfoques particulares en una
construcción general demasiado frágil. La
metamorfosis de la ciencia de que habla Prigogine
incluye la superación del mecanicismo, afirma la
importancia de las dimensiones temporales, y tiene en
cuenta las dimensiones sinérgicas o cooperativas
que la ciencia descubre en la naturaleza. Son factores
importantes que integran la cosmovisión actual.
Pero ni siquiera está claro que puedan aplicarse a
las humanidades, ya que se refieren a
características de la naturaleza y a su estudio
científico experimental.
Se habla, en ocasiones, de una
ciencia post-moderna que se caracterizaría
por la renuncia a la certeza, por la importancia que se
atribuye al indeterminismo, y por el reconocimiento de
factores interpretativos en la objetividad
científica6. Se afirma, en ese contexto,
que no existen diferencias fundamentales entre la
objetividad de las ciencias naturales y de las ciencias
humanas. Pero ni el juicio acerca de la verdad
científica es exacto, ni la conclusión
está de acuerdo con la peculiar objetividad de las
ciencias naturales. Parece obligado reconocer que en la
ciencia experimental existe una intersubjetividad
específica, imposible de alcanzar en otros
ámbitos, precisamente porque se limita a los
aspectos de la realidad que pueden ser relacionados con
el control experimental: por tanto, con los aspectos
materiales. No es ningún desdoro que esa
intersubjetividad no pueda alcanzarse en las humanidades,
cuyo objeto de estudio incluye dimensiones espirituales
que no pueden ser tratadas como las materiales, sin que
ello implique renunciar al rigor de las pruebas
estrictamente filosóficas.
A veces se pretende es una
auténtica reforma de las ciencias
naturales7, que ni siquiera se sabe en
qué podría consistir, como si esas ciencias
pudiesen ser reconstruidas siguiendo los dictados de
ontologías que se presentan como
científicas (especialmente la filosofía del
proceso). O se propone una amalgama en la cual
vienen reformuladas tanto la ciencia como la
filosofía y la teología, en una
síntesis que difícilmente puede ser
reconocida como auténtica por ninguna de las
partes8.
Con estas observaciones
críticas he pretendido preparar el camino para
mostrar cuál podría ser un enfoque adecuado
de los problemas. Dedicaré ahora la segunda
parte de mi intervención a mostrar esos
caminos positivos, aclarando desde el principio que no
pretendo sostener un enfoque monopolístico: se
trata solamente de una posible vía que, desde
luego, considero no sólo viable, sino importante y
prometedora.
II
Quiero subrayar, ante todo,
que entre las ciencias naturales y la reflexión
filosófica existe un desfase
metodológico que debe ser respetado siempre.
Las ciencias buscan un conocimiento que pueda ser
sometido a control experimental, y ninguna instancia
extra-científica puede erigirse en juez de sus
resultados. Por su parte, la reflexión
filosófica se centra en torno al estudio de las
condiciones de posibilidad de las ciencias: estudia sus
supuestos y sus implicaciones. Por tanto,
si nos atenemos rigurosamente (como debería
suceder) a las posibilidades de los respectivos
métodos, no encontraremos problemas que puedan ser
calificados de modo estricto como cuestiones
fronterizas.
En esas condiciones,
podríamos dudar de que pueda existir un
diálogo entre las ciencias y la filosofía.
Sin embargo, ya he indicado un camino: el estudio de los
supuestos e implicaciones de las ciencias. En efecto, si
bien las ciencias son autónomas en su nivel
propio, utilizan, sin embargo, unos supuestos cuya
validez viene requerida para que la ciencia sea posible y
tenga sentido. Además, el ulterior progreso
científico posee unas implicaciones de
interés filosófico. En pocas palabras,
afirmaré que las ciencias se apoyan sobre unos
supuestos filosóficos, y su progreso
retro-actúa sobre ellos: los retro-justifica, los
amplía y los precisa. El resto de mi
intervención va dirigida a explicar esta tesis y a
explorar sus consecuencias.
Me referiré a los
supuestos filosóficos de las ciencias en
general, o sea, a los que son comunes a cualquier
actividad científica. A grandes rasgos, esos
supuestos son de dos clases. Los supuestos
epistemológicos se refieren a la capacidad
humana para enfrentarse a la naturaleza como un objeto, a
construir modelos y a contrastar su validez recurriendo a
la experimentación: se supone, por tanto, la
existencia de un sujeto que posee una capacidad
argumentativa, y una estructura cognoscitiva que le
permite enlazar los aspectos materiales y los
intelectuales. Los supuestos ontológicos se
refieren a la existencia de una naturaleza, independiente
de nuestra voluntad, que tiene una consistencia propia y
posee un orden específico: una estructura en
diferentes niveles relacionados entre sí de modo
unitario. La naturaleza debe ser, además,
inteligible, o sea, capaz de ser conceptualizada de modo
lógico y coherente.
No es difícil advertir
que esos supuestos expresan auténticas
condiciones de posibilidad de las ciencias, porque
su validez resulta indispensable para que las ciencias
puedan existir. No imponen a las ciencias ningún
enfoque específico: expresan nada más (y
nada menos) que dimensiones de la naturaleza y del hombre
sin cuya existencia la actividad científica no
podría existir. De hecho, la ciencia no
sólo existe sino que progresa notablemente, y esto
puede utilizarse como prueba de la validez de los
supuestos mencionados. En ese sentido, el progreso
científico retro-justifica la
adecuación de esos supuestos. Además, como
ese progreso abre nuevos panoramas tanto en la
representación de la naturaleza como en las
modalidades de su conocimiento, puede decirse que
amplía y precisa los supuestos que
le sirven como base. En efecto, cuanto más
progresa la ciencia, mejor conocemos tanto el orden de la
naturaleza como nuestras capacidades de
representarlo.
Tampoco es difícil
advertir que una reflexión sistemática
acerca de los supuestos epistemológicos y
ontológicos de las ciencias conducirá a
plantear problemas centrales de la gnoseología y
de la ontología, y que si llevamos nuestra
reflexión hasta el final, aparecerán los
problemas típicos de la teología natural.
Por tanto, la reflexión filosófica
proporciona, por una parte, el terreno propicio
para la investigación científica, y por
otra, el complemento que la ciencia necesita para
que sus resultados puedan ser integrados en una
cosmovisión unitaria que incluya las diferentes
dimensiones de la experiencia humana.
En este momento, puede
resultar útil referirnos a la clásica
metáfora del libro de la naturaleza, que ha
sido empleada en diferentes contextos a lo largo de los
siglos9. Se trata de una de las
metáforas más fructíferas para
expresar los problemas que nos ocupan:
¿cómo podemos leer ese libro?,
¿cuáles son sus características?,
¿cuál es el valor de nuestra lectura?,
¿cuál es su origen?
Al subrayar que la lectura del
libro exige utilizar un lenguaje, esta metáfora
nos permite subyarar que la ciencia es una verdadera
actividad hermeneútica. Durante varios
siglos se ha repetido que la ciencia experimental moderna
nació cuando los científicos se pusieron a
observar la naturaleza sin prejuicios, recogiendo hechos
y relacionándolos mediante la formulación
de leyes. Esta idea es una parte central de la mentalidad
positivista. Sin embargo, proporciona una
auténtica caricatura de la ciencia real. Dedicados
a observar sin ideas previas ni interpretaciones, los
hombres no se hubieran convertido en científicos,
sino en lechuzas, y no precisamente de Minerva. A pesar
de todo, esta imagen de la ciencia ha ejercido una
notable influencia, y la continúa ejerciendo en la
actualidad.
Que la ciencia es una
actividad interpretativa es algo fuertemente subrayado en
la epistemología contemporánea, a veces
hasta un extremo demasiado forzado que concluye en un
cierto relativismo, al hacer depender el
conocimiento científico de paradigmas cuya verdad
nunca podría ser probada.
Lo maravilloso de la ciencia
experimental es que combina el aspecto interpretativo con
una valoración rigurosa de la validez de los
modelos utilizados. Nunca se trata de aplicar un lenguaje
unívoco de modo rutinario: no existen
métodos automáticos que garanticen
la creatividad, sea para proponer nuevas hipótesis
o sea para comprobar su validez. Nótese que
subrayo deliberadamente la importancia de la creatividad
no sólo cuando se trata de formular nuevas
teorías sino también cuando se intenta
comprobar su validez: el análisis de los estudios
científicos actuales muestra hasta la saciedad que
las pruebas científicas son, con frecuencia,
enormemente sofisticadas, y poco o nada tienen que ver
con la aplicación rutinaria de métodos
lógicos preestablecidos.
La naturaleza no
está escrita en ningún lenguaje
específico, ni matemático ni de otro
tipo. La naturaleza no habla. La metáfora del
libro, en este caso, supone que existe un interlocutor
(nosotros), capaz de crear un lenguaje que permite, al
mismo tiempo, expresar las propiedades de la naturaleza,
formular un discurso coherente, y proponer argumentos
acerca de la validez de ese discurso. Somos nosotros
quienes hacemos hablar a la naturaleza.
Obedeciéndola, sin duda, pero también
obligándola a manifestar sus secretos a
través de interrogatorios muy sutiles.
Sin embargo, la naturaleza
posee unas características tales que permiten la
construcción de lenguajes científicos. Los
conocimientos que le arrancamos se expresan en nuestro
lenguaje, pero, cuando están bien comprobados,
reflejan características reales de la naturaleza,
aunque no siempre como una simple fotografía.
Una de las
características más notables de la
naturaleza es, precisamente, que estando constitutida por
componentes y fuerzas aparentemente «ciegos»,
pueda ser representada y estudiada a través de
lenguajes racionales coherentes. La racionalidad
de la naturaleza se relaciona estrechamente con los
supuestos a que antes he aludido. Y el progreso
científico proporciona una confirmación
cada vez más notable de la amplitud de esa
racionalidad y de su carácter altamente
sofisticado.
En este terreno, precisamente,
econtramos una línea de reflexión que
conduce a las relaciones entre las ciencias y la
teología natural.
III
El puente enre las ciencias y
la teología natural es, necesariamente, de
carácter filosófico. No pertenece al
dominio específico de las ciencias, sino a la
reflexión acerca de sus supuestos e implicaciones.
Se comprende así por qué no debería
intentarse forzar a las ciencias para que se pronuncien
acerca de cuertiones que, por principio, caen fuera del
alcance de sus métodos propios. Pero
también se comprende que las ciencias aportan
elementos de gran importancia para construir una
cosmovisión unitaria en la que se integren los
conocimientos científicos y la reflexión
humanística.
Desde la perspectiva
histórica, es interesante señalar el
papel que han desempeñado las ideas cristianas
acerca de la creación en el nacimiento
sistemático de la ciencia experimental moderna. No
es necesario analizar con detalle esta temática,
que se encuentra ampliamente expuesta en obras bien
documentadas10. Sin perjuicio de reconocer
la influencia de ideas provenientes de otras culturas,
resulta llamativo que el único nacimiento viable
de la ciencia moderna haya tenido lugar en el contexto de
una «matriz cultural cristiana», impregnada
completamente por las ideas cristianas acerca del Dios
personal creador y providente, del mundo como obra
racional de la sabiduría divina (por tanto,
cognoscible por poseer una racionalidad interna), del
carácter contingente del mundo (que debe ser
estudiado, por tanto, mediante investigaciones
experimentales), del hombre como imagen y semejanza de
Dios (capaz, por tanto, de conocer el mundo). Estas ideas
proporcionaron una base en la cual tenía sentido
la empresa científica, y el testimonio de los
grandes pioneros de la nueva ciencia corrobora la
importancia que ejercieron de hecho. Puede
añadirse incluso que, aunque en los siglos
anteriores no se llegó a obtener resultados
científicos relevantes, se realizaron sin embargo
muchos trabajos que prepararon lentamente el camino para
la revolución científica del siglo XVII11.
Puede afirmarse, en
definitiva, que las ideas cristiana acerca de un Dios
personal creador, con todo lo que esto implica, tuvieron
una importancia decisiva en el nacimiento y desarrollo de
la ciencia experimental. Evidentemente, no proporcionaron
los recursos específicos, sino los factores
culturales que hacían posible su
utilización fructífera. Todo ello
constituye una respuesta a los interrogantes actuales
acerca de la relevancia de la teología para
nuestra relación con la naturaleza y nuestro
trabajo en las ciencias.
Una vez que las ciencias
están encaminadas, ¿sigue siendo necesaria
la presencia de las condiciones que hicieron posible su
nacimiento? Es posible argumentar que, aunque pueda
prescindirse de su matriz teológica, los supuestos
básicos de la ciencia continúan presentes,
al menos de modo implícito. Así lo
atestiguan las reflexiones de no pocos científicos
verdaderamente creativos, independientemente de sus
convicciones religiosas: puede citarse al respeto, por
ejemplo, a Planck, Einstein y Heisenberg, que figuran
entre los pioneros de las principales revoluciones
científicas de la primera parte del siglo XX. E
incluso puede añadirse que esos supuestos
difícilmente encuentran una justificación
coherente si se prescinde de su trasfondo
teológico12.
Sin duda, es posible subirse a
un tren en marcha sin preocuparse por las condiciones que
hacen posible su construcción y su funcionamiento.
O sea, es posible trabajar eficazmente en la ciencia,
aunque no se reflexione sobre sus supuestos y sus
implicaciones, e incluso aunque eventualmente se
sostengan ideas que son incompatibles con ellos. Por este
motivo, el testimonio de los científicos, aunque
siempre sea interesante, no tiene un valor argumentativo
decisivo. Lo que cuentan son las conexiones reales, sean
advertidas de modo explícito o sólo
utilizadas implícitamente.
En ese sentido, las
implicaciones del progreso científico
tienen gran importancia. En efecto, las ciencias
proporcionan una cosmovisión que, por vez
primera en la historia, se extiende a todos los niveles
de la naturaleza y a sus conexiones.
Desde luego, esto se puede
interpretar como un éxito del programa
reduccionista13, porque supone la
extensión de las explicaciones científicas
a un ámbito cada vez mayor de fenómenos.
Pero las reflexiones anteriores nos permitirán
comprender que no deberían oponerse el progreso
científico y la reflexión
metafísica. En efecto, la reflexión
metafísica sobre los supuestos e implicaciones de
la ciencia adquiere un peso tanto mayor cuanto mayor es
el progreso científico. Se trata de dos caras
de la misma moneda. Frente al prejuicio que contempla a
la metafísica retirándose a medida que
avanza la ciencia, debería advertirse que, por el
contrario, el mejor conocimiento de la naturaleza conduce
a plantear de modo cada vez más vivo los
interrogantes metafísicos.
Pensemos, por ejemplo, en la
biología molecular, que es un campo
privilegiado del progreso científico actual. Se
trata de un mundo fantástico que comienza a
conocerse con detalle. La vida de una sola célula
es una auténtica maravilla, y supone el despliegue
coordinado, tanto en el espacio como en el tiempo, de
múltiples procesos enormemente sofisticados. Un
organismo como el nuestro consta de billones de
células, e incluye todo un conjunto de
órganos y sistemas, cada uno de los cuales posee
también una sutileza extraordinaria. El estudio de
estos temas resulta fascinante. La tarea de la
reflexión metafísica no consiste en
introducir nuevos factores explicativos
físico-químicos o biológicos;
más bien consiste en hacer explícitos los
supuestos e implicaciones de lo que la ciencia nos
permite conocer: modos de ser; virtualidades; tendencias;
cooperatividad; información que se almacena, se
despliega y se integra; y todo ello existiendo en
condiciones materiales y funcionando a través de
fuerzas que podemos calificar como «ciegas»,
porque no responden a una actividad inteligente. Es
fácil advertir que los problemas perennes acerca
de las relaciones entre la naturaleza y la
metafísica encuentran aquí una base
óptima para su formulación actual, y de
hecho, puede comprobarse que esos problemas
continúan provocando un sinfín de estudios
en los cuales, independientemente de la valoración
que nos merezcan sus resultados, se dan cita todos los
problemas de la filosofía de la naturaleza y, en
último término, de la teología
natural.
En conclusión:
Dios puede ponerse entre paréntesis
metodológicamente en el trabajo científico,
lo mismo que en cualquier otra actividad humana, mientras
nos limitemos a realizar esa tarea preocupándonos
exclusivamente de cumplir con unas normas de eficiencia
dentro de un paradigma establecido. Sin embargo, cuando
nos preguntamos por las condiciones de posibilidad y por
las implicaciones de esa actividad, surgen de modo
inevitable todo un conjunto de interrogantes de
carácter metafísico, que sólo pueden
ser abordados seriamente a través de una
reflexión propiamente metafísica.
Puede citarse como aval de
esta conclusión la proliferación,
verdaderamente notable, de publicaciones actuales, tanto
en el nivel especializado como en el divulgativo, en las
cuales se abordan de modo explícito los grandes
temas de la filosofía y en relación con sus
implicaciones teológicas. Incluso la
proliferación de estudios en la dirección
del naturalismo es un testimonio de la vigencia del
enfoque metafísico, puesto que el naturalismo
sólo puede negar algunas tesis metafísicas
utilizando reflexiones que, de algún modo,
también se sitúan en el nivel
metafísico.
Esta conclusión se
refiere a la metafísica y a la teología
natural de modo genérico, aunque he aludido a la
importancia histórica de algunas ideas cristianas.
Sin duda, una referencia más explícita a
ideas metafísicas y teológicas
específicas requeriría ulteriores
reflexiones. No es difícil advertir, sin embargo,
que la metafísica del ser y de la
participación del ser, junto con las ideas
clásicas acerca de la esencia, la materia y la
forma, y las causas aristotélicas, puede resultar
notablemente enriquecida cuando se le suministra una base
de reflexión tal como la que proporcionan las
ciencias en la actualidad. Pero esto pertenece a otro
discurso que me obligaría a sobrepasar las
posibilidades de tiempo disponibles en este momento.
Notas
(1) Cfr. F. Crick, La
búsqueda científica del alma. Una
revolucionaria hipótesis para el siglo XXI,
Debate, Madrid 1994.
(2)Ibid., p. 3.
(3) Cfr. Boyd, R. - Gasper, P.
- Trout, J. D. (eds.), The Philosophy of Science,
The MIT Press, Cambridge (Massachusetts) 1991,
«Introduction», pp. xi-xiv.
(4) Véase, por ejemplo:
Beckermann, A. - Flohr, H. - Kim, J. (eds.), Emergence
or Reduction? Essays on the Prospects of Nonreductive
Physicalism, Walter de Gruyter, Berlin-New York 1992;
Kim, J. «Concepts of Supervenience»,
Philosophy and Phenomenological Research, 45
(1984-1985), pp. 153-176; Papineau, D. Philosophical
Naturalism. Blackwell, Oxford 1993; Stöckler, M.
«A Short History of Emergence and
Reductionism», en: Agazzi, E. (ed.), The Problem
of Reductionism in Science, Kluwer, Dordrecht
1991.
(5) Cfr. Prigogine, I. -
Stengers, I., La nueva alianza: metamorfosis de la
ciencia, Alianza, Madrid 1983.
(6) Cfr. Madsen, D. L. -
Madsen, M. S., «Fractals, Chaos and Dynamics: The
Emergence of Postmodern Science», en: Earnshaw, S.
(ed.), Postmodern Sorroundings, Rodopi, Amsterdam
1994, pp. 119-132.
(7) Cfr. Griffin, D. R. (ed).,
The Reenchantment of Science. Postmodern
Proposals, State University of New York Press, Albany
1988; Cobb Jr., J. B., «One Step Further»,
en: Russell, R. J. - Stoeger, W. R. - Coyne, G. V.
(eds.), John Paul II on Science and Religion.
Reflections on the New View from Rome, Vatican
Observatory Publications, Vatican City State 1990, pp.
5-8.
(8) Cfr. Capra, F. -
Steindl-Rast, D. - Matus, T., Pertenecer al universo.
Encuentros entre ciencia y espiritualidad, Edaf,
Madrid 1994. David Steindl-Rast y Thomas Matus son monjes
benedictinos camaldulenses de Big Sur, California.
Fritjof Capra se hizo famoso por su obra El Tao de la
física, de 1975, en la que pretendía
aproximar la física moderna a las religiones
orientales; ahora manifiesta un nuevo interés por
integrar sus perspectivas con las ideas cristianas.
(9) Cfr. Pedersen, O., The
Book of Nature, The University of Notre Dame Press -
Libreria Editrice Vaticana, Notre Dame (Indiana) -
Città del Vaticano 1992.
(10) Resulta forzoso remitir
a la obra pionera de Pierre Duhem: cfr. Duhem, P., Le
système du monde. Histoire des doctrines
cosmologiques de Platon à Copernic, 10
volúmenes, Hermann, Paris 1913-1917 y 1954-1959.
Se encuentran análisis importantes de este tema,
por ejemplo, en: Jaki, S. L., Science and Creation:
From Eternal Cycles to an Oscillating Universe,
Scottish Academic Press, Edinburgh - Science History
Publications, New York 1974 (segunda edición
aumentada: 1986); The Road of Science and the Ways to
God, The University of Chicago Press, Chicago -
Scottish Academic Press, Edinburgh 1978 (reimpresiones:
1980 y 1985; edición en italiano: Iaca, Milano
1988).
(11) Esto ha sido subrayado
claramente, por ejemplo, por Thomas Kuhn: cfr. Kuhn, T.
S., La revolución copernicana: la
astronomía planetaria en el desarrollo del
pensamiento occidental, Ariel, Barcelona 1978.
(12) Puede verse al
respecto: Jaki, S. L., «Theological Aspects of
Creative Science», en: Chance or Reality and
other Essays, University Press of America, Lanham
1986, pp. 161-181.
(13) Cfr. Stöckler, M.,
«Reductionism and the New Theories of
Self-Organization», en: Schurz, G. - Dorn, G. J. W.
(eds.), Advances in Scientific Philosophy, Rodopi,
Amsterdam 1991, pp. 233-254.
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