La inteligibilidad del
mundo natural
Mariano Artigas
Conferencia pronunciada en Bogotá, 1990.
Texto inédito.
La pregunta acerca de la naturaleza es una constante
en la historia de la humanidad. Es lógico que
así sea, ya que el hombre se encuentra inmerso en
la naturaleza, rodeado por ella, e incluso formando parte
de ella. Necesita conocer la naturaleza para sobrevivir,
para entenderse a sí mismo, para responder a los
interrogantes básicos que se le plantean.
Todas las culturas incluyen, de un modo u otro, una
visión de la naturaleza y de sus relaciones con el
hombre. El pensamiento filosófico occidental,
desde la antigüedad griega, comenzó sus
vuelos especulativos tomando como eje la pregunta acerca
de la naturaleza. El desarrollo sistemático de la
ciencia experimental, desde el siglo XVII, introdujo
métodos nuevos y enormemente eficaces para
concocer y dominar la naturaleza. La civilización
actual tiene como uno de sus rasgos fundamentales el ser
una civilización científica y
tecnológica. Los interrogantes que nos planteamos
hoy día están condicionados, en buena
medida, por nuestra cosmovisión, y los problemas
ecológicos han puesto aún más de
relieve la centralidad de nuestra actitud ante la
naturaleza.
En estas circunstancias, la pregunta acerca de la
inteligibilidad de la naturaleza resulta ser una
cuestión fundamental. No es fácil, sin
embargo, proponer respuestas inmediatamente evidentes, y
ello se debe al número y a la complejidad de los
problemas involucrados. Las reflexiones que siguen,
más que agotar las respuestas, pretenden
clarificar algunos aspectos básicos del
problema.
1. Tres imágenes de
la naturaleza
Una primera reflexión, que servirá para
enmarcar las restantes, nos lleva a considerar la
sucesión de cosmovisiones a lo largo de la
historia. Suele coincidirse en afirmar que, a grandes
rasgos, se han dado tres grandes cosmovisiones.
La primera, propia de la antigüedad, es la
cosmovisión organicista. La naturaleza era
considerada de algún modo como un gran organismo
viviente en el que cada parte desempeñaba una
función bien definida dentro del todo. El cosmos
era concebido como un todo ordenado
jerárquicamente, y dotado de un dinamismo
unitario, a semejanza de un ser vivo. A pesar de que no
faltaron pensadores que defendían ideas
mecanicistas y atomistas, el organicismo fue una imagen
que prevaleció durante siglos. Aristóteles
suele ser presentado como el exponente principal de esta
imagen, en la que la finalidad ocupaba una función
central. Si bien no se negaba la importancia de lo
cuantitativo, la primacía recaía sin duda
sobre lo cualitativo, tanto desde el punto de vista de la
naturaleza como de nuestro conocimiento de ella. Y el
cosmos venía integrado dentro de una perspectiva
metafísica en la cual la divinidad era la
razón última del orden.
La ciencia del siglo XVII acentuó, por el
contrario, y en polémica con la filosofía
de los aristotélicos de la época, lo
cuantitativo y lo empírico. La mecánica,
que fue la primera disciplina que se constituyó
como un sistema progresivo, se presentó como la
ciencia básica del mundo físico, y su
éxito creciente durante los siglos siguientes
pareció imponer el mecanicismo como la verdadera
imagen de la naturaleza. Todo venía explicado por
las leyes que regían el comportamiento de las
porciones de materia. El universo pasó a ser
considerado como una gigantesca máquina, y hasta
el hombre parecía poder ser comprendido mediante
este modelo. Desde luego, los grandes pioneros de la
física y muchos de sus geniales sucesores eran
personas de profundas convicciones religiosas, pero la
lógica interna del mecanicismo favoreció la
difusión de un materialismo que pretendía
venir avalado por el éxito de la ciencia.
Las revoluciones científicas que tuvieron lugar
en los comienzos del siglo XX pusieron de manifiesto las
insuficiencias del mecanicismo en el ámbito
científico, y provocaron una avalancha de estudios
acerca de la naturaleza y el alcance del método
científico. No existe unanimidad a la hora de
proponer cuál sería en la actualidad la
imagen adecuada de la naturaleza. Sin embargo, puede
considerarse como básicamente aceptado que la
cosmovisión contemporánea propone una
imagen dinámica y procesual de la naturaleza; que
subraya el aspecto constructivo de la ciencia, cuyos
modelos se consideran provisionales y falibles; y que
pretende sintetizar los aspectos mecanicistas y
finalistas mediante la noción de sistema.
2. Inteligibilidad y
causalidad
Sin duda, la cosmovisión organicista antigua ha
sido superada en muchos aspectos por los avances
científicos posteriores. Sin embargo,
incluía uno que resulta esencial para afrontar el
problema de la inteligibilidad de la naturaleza. Me
refiero a la tipología de la causalidad, o sea, a
la teoría aristotélica de las cuatro
causas.
Las cuatro causas de la filosofía
aristotélica tienen, al cabo de los siglos, un
gran interés en relación con el problema de
la inteligibilidad. En efecto, la inteligibilidad remite
a explicaciones, y a su vez, las explicaciones remiten,
en buena parte, a las causas aristotélicas.
La causalidad material y la formal nos sitúan
ante los problemas que se refieren a la
composición y conformación de los seres
naturales. La causalidad eficiente y la final se refieren
a la actividad de esos seres y a la direccionalidad de su
actividad. Cuando buscamos explicaciones de los
fenómenos naturales, nos estamos preguntando por
sus causas.
Esta perspectiva pareció entrar en crisis
cuando la ciencia moderna se centró en la
formulación de relaciones entre los
fenómenos y en su expresión mediante leyes.
El enfoque filosófico dejó paso a una
perspectiva más fenoménica. Pudo pensarse
que la ciencia experimental nada tiene que ver con la
indagación acerca de las causas y que
encajaría, en cambio, en los esquemas fenomenistas
y positivistas. En especial, las causas formal y final
parecían condenadas a la desaparición;
incluso se las consideraba culpables de la esterilidad
científica de la antigüedad. En la ciencia
moderna sólo parecía haber lugar, como
máximo, para las causas material y eficiente que,
además, venían traducidas a conceptos
cuantitativos como los de masa y fuerza.
Sin embargo, el progreso de la biología, donde
la teleonomía desempeña una función
esencial, ha contribuido a replantear los problemas
acerca de la finalidad. Se ha advertido que el
desprestigio de la finalidad se debía, por una
parte, a la exaltación de una imagen mecanicista
que se ha revelado, a la postre, incapaz de explicar
muchos fenómenos, y por otra, al deseo nada
científico de combatir una perspectiva
metafísica y trascendente. Incluso los defensores
de ideas materialistas han debido admitir que en la
naturaleza existen fines. Y es posible argumentar que
esto no sucede sólo en el ámbito de los
vivientes. En efecto, no pocas leyes de la física,
tales como los principios de máximos y
mínimos, las leyes de conservación, y los
principios de simetría, pueden ser considerados
como expresiones de tendencias naturales, lo cual
equivale a admitir la finalidad.
Esto se relaciona estrechamente con la causalidad
formal. También ésta fue anatematizada en
nombre de una filosofía mecanicista que
reducía la naturaleza a las características
cuantitativas de la materia, y la ciencia al estudio de
esas características. Sin embargo, el progreso
ulterior ha conducido a afirmar que, si puede
señalarse un rasgo esencial de la materia,
éste sería su tendencia a la
producción de pautas (). Desde el nivel
ínfimo de la física de partículas
hasta los enormes conglomerados de la astrofísica,
pasando por la complejidad de los vivientes, lo que
descubrimos son estructuras que se integran produciendo
nuevas estructuras, de acuerdo con leyes que cada vez se
conocen mejor. La ciencia entera aparece como un intento
de conocer mejor diferentes niveles de
organización que, a su vez, se encuentran
estrechamente relacionados entre sí.
Sin duda, la aplicación del esquema causal
aristotélico debe adaptarse a los nuevos
conocimientos. Pero parece posible afirmar que la
naturaleza resultará inteligible en la medida en
que se le pueden aplicar las categorías
explicativas que vienen representadas por las cuatro
causas.
3. La verdad
científica
Pero, ¿podemos realmente aplicar las
categorías de la causalidad a nuestro estudio de
la naturaleza? El panorama que nos ofrece la
epistemología contemporánea resulta
desconcertante al respecto. En efecto, en la
epistemología contemporánea se encuentran
ampliamente difundidas las interpretaciones
instrumentalistas y relativistas , según las
cuales ni siquiera podría hablarse acerca de la
verdad en la ciencia.
Es obvio que el problema de la inteligibilidad de la
naturaleza se encuentra en la actualidad estrechamente
vinculado con el problema de la verdad científica.
En qué medida podamos decir que la naturaleza es
inteligible depende, en buena parte, de que pueda
sostenerse que la ciencia proporciona conocimientos
verdaderos acerca de la naturaleza. En caso contrario,
sería difícil sostener que podemos
comprender la naturaleza mediante categorías
explicativas. Es necesario, por tanto, examinar
más de cerca el problema de la verdad
científica.
Según el instrumentalismo, la ciencia
proporciona solamente instrumentos o herramientas que
resultan útiles para la predicción de los
fenómenos. Según el relativismo, las
diferentes teorías se encuadran dentro de marcos
conceptuales que dependen de factores sociológicos
cambiantes y que no pueden ser objeto de
demostración. Ambas perspectivas coinciden en
afirmar que la ciencia experimental sólo
proporciona modelos útiles que poco o nada tienen
que ver con la verdad. Por otra parte, incluso quienes
sostienen posiciones realistas, suelen considerar la
verdad como un ideal regulativo que, en la
práctica, resultaría inalcanzable, debido a
que cualquier teoría científica ha de estar
sujeta a posibles revisiones.
Voy a argumentar que estas interpretaciones extrapolan
aspectos parciales de la ciencia, dando una imagen de
ella que no se ajusta a la realidad.
El instrumentalismo subraya el aspecto predictivo de
la ciencia que, sin duda, tiene una gran importancia. La
ciencia experimental puede ser caracterizada como una
actividad en la que buscamos conocimientos acerca de la
naturaleza que puedan ser sometidos a control
experimental. Por tanto, los enunciados
científicos, para resultar aceptables, han de
cumplir el requisito mínimo del control
experimental, o sea, debe ser posible utilizarlos para
obtener predicciones acerca de los fenómenos
naturales. Además, el poder predictivo es uno de
los criterios básicos para la aceptabilidad de las
teorías, hasta el punto de que una sola
predicción novedosa, con tal que sea
suficientemente importante y precisa, suele bastar para
que una teoría se considere como seriamente
consolidada.
Sin embargo, todo ello no favorece una
interpretación instrumentalista. Más bien
podemos pensar que, si existen predicciones controlables,
es señal de que hemos alcanzado un conocimiento
auténtico acerca de la naturaleza. La
adecuación empírica de las teorías
remite a una coincidencia entre las construcciones
científicas y la realidad, y esa coincidencia
sólo tiene sentido dentro de una perspectiva
realista.
Las razones del instrumentalismo se solapan, en parte,
con las del relativismo, al subrayar que los resultados
experimentales pueden ser explicados mediante
hipótesis diferentes y que, por consiguiente, la
adecuación de las teorías con los datos
empíricos no es una prueba suficiente de la verdad
de nuestras construcciones. Esto es, en parte, cierto.
Pero existen criterios que se añaden al poder
predictivo y que permiten a veces afirmar con suficiente
seguridad que nuestras explicaciones son adecuadas.
Uno de ellos es el poder explicativo; por ejemplo, la
estructura en doble hélice del ADN explica los
fenómenos genéticos de tal manera que se
impone admitir que esa estructura corresponde a la
realidad . Otros criterios son la precisión de las
explicaciones y predicciones, la variedad de pruebas
independientes, y el apoyo mutuo que se prestan
diferentes teorías cuando se solapan en
aplicaciones comunes. Cuando una explicación
cumple todos estos criterios, podemos afirmar
legítimamente que corresponde a la realidad. En
definitiva, si bien es cierto que las teorías se
plantean dentro de un contexto conceptual que no
está unívocamente determinado por los datos
empíricos, también lo es que podemos
probar, en no pocas ocasiones, que alcanzamos
conocimientos auténticos.
El falibilismo insiste en la insuficiencia de las
pruebas lógicas para establecer definitivamente
ninguna teoría. El falibilismo afirma que no
podemos probar la verdad de ninguna teoría y que,
por tanto, debemos contentarnos con detectar errores y
corregirlos; concluye que todo el conocimiento
científico es conjetural y revisable; y rechaza
cualquier pretensión de alcanzar la certeza,
calificándola como un dogmatismo que
paralizaría el progreso.
El falibilismo resulta aceptable e incluso útil
si se interpreta como una metodología parcial, o
sea, como un estímulo para no estancarnos en las
teorías ya conocidas y para intentar detectar sus
limitaciones. Pero si se lo considera como
interpretación filosófica,
fácilmente se convierte en una fuente de
confusiones. En efecto, ni siquiera tendría
sentido hablar de error si nunca pudiésemos
alcanzar la verdad. Además, admitir que la validez
de cualquier teoría tiene límites no
equivale a afirmar que deba contener errores. Y
finalmente, el falibilismo no está de acuerdo con
el hecho cierto de que conseguirmos explicaciones
auténticas acerca de la realidad.
Para precisar la noción de verdad
científica es necesario advertir que esta verdad
es siempre contextual. En efecto, cada teoría se
formula dentro de un punto de vista concreto, definido
por el uso de conceptos e instrumentos que no agotan
todas las perspectivas posibles. Por el mismo motivo, la
verdad científica es parcial. Pero, si se
encuentra bien probada, es una verdad auténtica.
Para que un contexto esté bien determinado, los
significados y las referencias de los conceptos deben
encontrarse bien definidos y, en esas condiciones, es
posible formular pruebas intersubjetivas y establecer la
correspondencia entre las construcciones teóricas
con la realidad.
Desde luego, los enunciados científicos son
construcciones nuestras. No son meras traducciones o
representaciones de la realidad. Se encuentran formulados
en un lenguaje que nosotros construimos para poder
dialogar con la naturaleza, que solamente nos habla a
través de los hechos. Para entablar ese
diálogo hay que construir conceptos que, por una
parte, deben definirse teóricamente recurriendo a
estipulaciones, y por otra, deben relacionarse con los
resultados posibles de experimentos repetibles. Pero el
aspecto constructivo de la ciencia no es un
obstáculo para que en ella se dé la verdad.
Por el contrario, es lo que nos permite formular pruebas
intersubjetivas que se relacionen rigurosamente con los
resultados de nuestro estudio experimental de la
naturaleza.
4. Ciencia y realismo
Voy a completar ahora las reflexiones anteriores
mediante un examen del realismo. Argumentaré que
el realismo es una presuposición de la ciencia, y
que el progreso científico tiene un sobre el
realismo porque lo retro-justifica, lo precisa y lo
enriquece.
El realismo puede ser considerado, en el nivel
epistemológico, como la afirmación de que
nuestro conocimiento alcanza la realidad, y en el nivel
ontológico, como la afirmación de que
existe un orden natural que tiene una consistencia
propia. Las reflexiones anteriores acerca de la verdad se
sitúan en el nivel epistemológico, y
permiten afirmar que la ciencia experimental es un camino
para alcanzar conocimientos auténticos acerca de
la realidad. Me centraré ahora en el realismo
ontológico con la intención de mostrar que
el orden natural, tal como se nos manifesta mediante los
logros de la ciencia, refleja la inteligibilidad de la
naturaleza y es un camino privilegiado para la
reflexión filosófica acerca de ella.
La existencia de un orden natural ya está
supuesta en el conocimiento ordinario. La verdad
científica también supone que existe un
orden natural que proporciona las bases para formular
leyes y controlarlas mediante experimentos repetibles.
Por tanto, las reflexiones precedentes acerca de la
verdad científica son también una prueba en
favor de una ontología realista.
La idea de orden incluye dos aspectos: regularidad y
coherencia. Existen regularidades en diferentes niveles,
y la coherencia significa que esos niveles están
relacionados y forman un todo unitario. Por otra parte,
decir que el orden es natural significa que tiene una
consistencia propia y que, por tanto, no puede reducirse
a características subjetivas tales como la
necesidad de postular regularidades para formular
explicaciones.
La ciencia experimental se basa en el supuesto de que
existe un orden natural que se extiende a niveles
inaccesibles a la inspección inmediata, y
además supone que somos capaces de conocer ese
orden. En efecto, el método de construcción
y control supone que podemos relacionar nuestras
teorías explicativas con datos factuales, realizar
experimentos para someter a prueba las teorías, y
corregirlas cuendo no concuerdan con los datos
correspondientes. La efectividad de ese método
muestra que la existencia de un orden natural no es una
mera idea regulativa de la investigación, sino que
corresponde a la estructura misma de la naturaleza.
Las perspectivas anti-realistas no consiguen dar
razón del método utilizado por la ciencia
experimental ni de sus logros. El realismo es una
condición necesaria para la existencia y el
progreso de la ciencia experimental y, puesto que esa
ciencia existe y progresa, deberemos admitir
también lo que es su condición necesaria de
posibilidad.
La capacidad heurística del realismo es otro
argumento a su favor. El positivismo, el relativismo y el
instrumentalismo deberán justificar sus normas
mediante argumentos independientes de la ontología
realista, y esto no parece ser siempre posible; en
efecto, buscamos comprobar la existencia de entidades,
propiedades y procesos reales, y no lo haríamos si
pensáramos que se trata solamente de instrumentos
útiles. La historia de la ciencia resulta
ilustrativa al respecto.
Podemos afirmar, por tanto, que el progreso
científico retro-justifica los supuestos realistas
de la ciencia acerca de la existencia de un orden
natural. Además, puede mostrarse que los precisa y
los enriquece. En efecto, los logros científicos
nos proporcionan un conocimiento detallado de las
estructuras de la naturaleza. Ese conocimiento nos ha
permitido abandonar muchas concepciones erróneas
acerca de las entidades y procesos naturales, y obtener
una representación de ellos que se manifiesta cada
vez más adecuada a la realidad.
La ciencia experimental no es una simple
acumulación de conocimientos parciales dispersos.
Nos proporciona además una representación
cada vez más unitaria de la naturaleza. Uno de los
objetivos principales de la ciencia es la
obtención de teorías unificadas y, de
hecho, es fácil comprobar que el progreso
científico es un camino hacia la
unificación. Cuanto más progresa la
ciencia, tanto más nos aparece la naturaleza como
una realidad estructurada de modo ordenado.
En efecto, las construcciones científicas
permiten unificar diferentes aspectos de la naturaleza.
Las leyes empíricas particulares expresan
regularidades que unifican diferentes fenómenos.
Las leyes o principios generales unifican diferentes
clases de fenómenos. Las teorías unifican
uno o varios ámbitos de fenómenos bajo
algunas leyes o principios generales. La historia muestra
que el progreso científico significa un progreso
hacia la unificación. Las primeras leyes
empíricas que permiten construir una nueva
disciplina son más tarde relacionadas mediante
leyes generales que las explican, y el ulterior progreso
consiste en construir teorías que proporcionan
explicaciones unitarias acerca de muchos fenómenos
anteriormente dispersos.
Como ya se ha señalado, uno de los logros
más notables de la ciencia es el descubrimiento de
pautas, de modo que la existencia de pautas que se
integran progresivamente resulta ser quizá la
propiedad fundamental de la materia. Esto no
debería sorprender, ya que la materia sólo
existe como estructurada bajo configuraciones o pautas.
Es importante subrayar que el progreso científico,
al descubrir cada vez más estructuras naturales y
explicar cómo se relacionan y entrelazan, confirma
que la existencia del orden natural es un supuesto
ontológico de la ciencia. Todo ello muestra que el
progreso de la ciencia retro-justifica, precisa y
amplía nuestras ideas acerca del orden real de la
naturaleza.
5. La perspectiva
sistémica
Una de las características del orden natural,
tal como viene representado por el moderno progreso de la
ciencia, es su caracter sistémico. Las
representaciones mecanicista y organicista han sido
sustituidas por una perspectiva sistémica que
reconcilia los aspectos válidos de ambas en una
nueva síntesis.
La idea de sistema, tal como es utilizada en nuestra
época, viene a subrayar que el todo no es una mera
suma aditiva de sus partes. El mecanicismo iba
acompañado por una perspectiva analítica
según la cual el conocimiento de la naturaleza se
obtenía descomponiéndola en sus partes
componentes y sumando sus propiedades. La teoría
de sistemas insiste en que esa representación es
insuficiente. Las características de un sistema no
se obtienen por simple reunión de las
características de sus componentes. Existen en
cada nivel propiedades específicas que no se dan
en los niveles inferiores, y estas propiedades se
producen como resultado de interacciones que tienen un
carácter selectivo.
Encontramos ejemplos ilustrativos en todos los
niveles. En el nivel atómico, las leyes
cuánticas presentan un carácter fuertemente
selectivo, y muestran que la naturaleza está
regida por pautas muy específicas. En el nivel
químico, las moléculas deben su
carácter a los átomos componentes, pero
también a las diferentes estructuras en las que
esos átomos se combinan, de modo que los mismos
átomos pueden dar lugar a moléculas
diversas. En el nivel bioquímico, las estructuras
específicas desempeñan una función
igualmente central.
Todo ello muestra que la naturaleza posee un orden
altamente específico, regido por tendencias que
están inscritas en las entidades de todos los
niveles. La imagen homogénea propiciada por el
mecanicismo se manifiesta inadecuada para dar
razón del orden natural.
Esto representa, en cierto modo, una
recuperación de la imagen organicista. Pero se
trata de un organicismo sometido a un profundo
tratamiento. En efecto, la recuperación de las
características estructurales y finalistas se
compagina ahora con lo que de válido encierra la
imagen mecanicista. No se afirma que las estructuras y
los fines tengan una existencia independiente de los
componentes, sino que son el resultado de sus
interacciones.
Pero esto coincide, en buena parte, con las ideas
básicas de la perspectiva aristotélica,
según la cual la existencia independiente
sólo corresponde a las substancias naturales,
compuestas de forma y materia. La forma de las entidades
naturales no tiene, en la perspectiva
aristotélica, una entidad independiente de la
materia. La filosofía aristotélica
subrayaba igualmente la existencia de una finalidad
inmanente, en cuanto que los fines representan las
tendencias naturales que resultan de las formas. De
ahí que, tal como señalamos al comienzo,
pueda hablarse de una recuperación de las causas
aristotélicas como categorías explicativas
de la naturaleza.
6. La perspectiva
procesual
Por otra parte, la imagen sincrónica acerca de
las estructuras naturales se completa y se explica
mediante una imagen diacrónica que nos permite
entender cómo nacen y se desarrollan las pautas
naturales.
Ciertamente, nuestras representaciones son
incompletas. Existen importantes lagunas acerca de la
morfogénesis o producción de nuevas formas,
y no disponemos de explicaciones completas acerca de las
conexiones entre los diferentes niveles de la naturaleza.
En este contexto, los problemas acerca de la emergencia y
la reducción ocupan un lugar central.
El reduccionismo se presenta como un intento de
explicar los niveles superiores mediante los inferiores.
Se han realizado múltiples intentos para
fundamentar la reducción entre teorías
científicas. Las dificultades de los
análisis clásicos, que trataban la
reducción como una deducción lógica
de leyes o teorías, sugieren que el problema de la
reducción debería ser reemplazado por el de
las relaciones entre niveles. En efecto, rara vez se da
una reducción por derivación lógica
de unas teorías respecto a otras, e incluso hay
motivos para afirmar que esa reducción es
imposible. En cambio, parece posible obtener, en algunos
casos, una reducción débil o
instrumentalista, pero esto sólo
equivaldría a una coincidencia parcial y
aproximativa de los resultados de diferentes
teorías. En la investigación
científica real, lo que de hecho se consigue es
establecer conexiones parciales entre diferentes
niveles.
Las teorías morfogenéticas representan
un intento de explicar cómo surgen las entidades y
procesos de un cierto nivel a partir de las entidades y
procesos de niveles inferiores. La posibilidad de
formular teorías morfogenéticas depende de
que exista una jerarquía de niveles
inter-relacionados. Pero se encuentra también
condicionada por límites epistemológicos,
ya que cada nivel tiene manifestaciones propias y su
estudio requiere, en consecuencia, la adopción de
diferentes perspectivas que difícilmente pueden
luego reducirse a una unidad.
En el nivel de la física, encontramos
diferentes teorías que, si bien pueden
relacionarse de algún modo, continúan
manteniendo su valor propio dentro de la perspectiva que
cada una de ellas supone. La mecánica
clásica puede ser considerada, de alguna manera,
como un caso límite de las teorías
cuántica y relativista, pero ello no impide que
continúe teniendo su propio ámbito de
validez; ni siquiera es fácil demostrar que sea un
simple resultado de las otras teorías. Es dudoso
que la química pueda ser reducida a la
física, y mas aún que la biología
pueda ser derivada de la química. En cada nivel
encontramos características nuevas que, si bien se
apoyan en las propiedades de los niveles inferiores, no
se reducen a ellas.
Las dificultades son mayores aún si no nos
limitamos a relacionar niveles adyacentes, sino que
pretendemos encontrar explicaciones válidas para
niveles más alejados. Este es el caso de algunas
teorías morfogenéticas tales como la
termodinámica no-lineal, la sinergética, la
teoría de catástrofes, y las teorías
acerca del caos.
La termodinámica no lineal, o
termodinámica de procesos irreversibles, muestra
que los procesos biológicos son compatibles con la
segunda ley de la termodinámica, y sugiere que en
los sistemas abiertos, lejos del equilibrio, pueden
formarse estructuras biológicas mediante la
amplificación de fluctuaciones que conducen a un
nuevo estado en el cual se mantienen estructuras
disipativas. Todo ello tiene gran interés desde el
punto de vista morfogenético. Sin embargo, tampoco
en este caso se da una mera reducción
lógica ni una eliminación de las
propiedades del nivel biológico.
La sinergética, o ciencia de las acciones
cooperativas, proporciona explicaciones acerca del
surgimiento de nuevas pautas naturales a partir de
situaciones específicas de los componentes. La
teoría de catástrofes es una teoría
matemática acerca de la aparición de
propiedades estructurales en niveles muy diferentes. Las
teorías acerca del caos representan otro intento
de explicar, mediante nuevos caminos, cómo surge
el orden de las pautas naturales. En todos estos casos,
con frecuencia se intenta relacionar niveles naturales y
epistemológicos muy diferentes, lo cual implica
que sea difícil establecer rigurosamente la
validez de los modelos que se proponen. El interés
principal de esas teorías morfogenéticas se
encuentra en su valor heurístico, ya que sugieren
la existencia de semejanzas estructurales en diversos
niveles y, de este modo, facilitan la
investigación de las características
unitarias de la naturaleza.
Como ya se ha señalado anteriormente, el
progreso hacia la unificación es uno de los
principios regulativos de la investigación
científica, y es una de las contribuciones
principales de la ciencia en vistas a profundizar nuestro
entendimiento de la naturaleza. Cuanto acabamos de decir
acerca de las teorías morfogenéticas
muestra que, por grandes que sean las dificultades para
conseguir una imagen unitaria de la naturaleza, se han
alcanzado muchos resultados valiosos que dan pie a
afirmar de nuevo que el progreso científico
enriquece en gran medida nuestras ideas acerca del orden
natural.
7. El dinamismo de la
naturaleza
Las características sistémicas y
procesuales de la naturaleza, descritas en los apartados
anteriores, nos llevan de la mano a afirmar ahora su
carácter dinámico.
Ya ante la experiencia ordinaria, la naturaleza se
manifiesta como un conjunto de procesos independientes de
nuestra voluntad, que poseen un dinamismo propio. La
antigua cosmovisión organicista subrayaba este
aspecto, llevándolo incluso al extremo de afirmar
la existencia de un alma del mundo. En cambio, la imagen
mecanicista moderna subrayó la existencia de leyes
que, además, venían concebidas como
relaciones deterministas. La cosmovisión actual,
sin perder el terreno que el progreso científico
ha ganado, devuelve a la naturaleza el dinamismo que le
es propio. Y también en este aspecto podemos
aprovechar las virtualidades contenidas en algunas
categorías explicativas clásicas.
Este es el caso de la noción
aristotélica de . El mecanicismo la desechaba o,
en todo caso, le daba un sentido cuantitativo,
identificándola con las configuraciones
geométricas. Hoy día podemos comprender
mejor las virtualidades de este concepto, que se refiere
a los modos de ser de los entes naturales. Cuando la
tradición filosófica afirmaba que la forma
da el ser, insinuaba algo que no sólo es
legítimo, sino que debe ser recuperado.
Concretamente, la noción de forma refleja una
intuición básica, a saber, que los entes
naturales tienen una consistencia ontológica
propia que es fuente de su dinamismo.
La naturaleza aparece, hoy más que nunca, como
una fuente de dinamismo. La idea aristotélica
según la cual cada substancia posee una naturaleza
que es su principio interno de actividad, representa una
intuición importante. Cuanto más aumentan
nuestras posibilidades de manipular artificialmente la
naturaleza, tanto más se patentiza que nuestra
actividad consiste en dirigir hacia unas metas
determinadas el dinamismo intrínseco de la
naturaleza. El progreso científico aumenta los
motivos de asombro ante el dinamismo que la naturaleza
lleva inscrito en todos sus niveles.
Las categorías de la filosofía natural
se interpretan con frecuencia en un sentido
estático. Sería preciso recuperar el
sentido dinámico que originalmente tuvieron. El
concepto de materia sugería, como su misma
etimología indica, aquello de donde proviene lo
que se produce mediante un proceso. El concepto de
naturaleza también está relacionado con los
procesos de nacimiento. Para entender la naturaleza tal
como en realidad es, necesitamos formular
categorías dinámicas, o emplear las
tradicionales de tal modo que no conduzcan a
representaciones estáticas.
8. Física y
filosofía
Es precisamente la consistencia ontológica de
la naturaleza, con el dinamismo que le es
característico, lo que nos conduce a preguntarnos
por su origen primero. El dilema básico ante el
que nos encontramos es el de aceptar un naturalismo que
considera a la naturaleza como auto-suficiente, o
reconocer que debe admitirse la existencia de dimensiones
que superan el nivel de la naturaleza y dan razón
de ella.
En este contexto es importante señalar que el
progreso científico no implica en modo alguno una
perspectiva naturalista. Ya hemos señalado que las
diferentes teorías científicas se
construyen adoptando puntos de vista parciales. Ahora
debe notarse que la ciencia experimental en su conjunto
supone la adopción de un punto de vista
según el cual sólo se consideran admisibles
los conocimientos que puedan ser relacionados con el
control experimental. Pero esto nada dice, ni en favor ni
en contra, acerca de la posibilidad de otras
perspectivas.
Cuando se sostiene que la ciencia experimental apoya
el naturalismo, se está dando por supuesto un
planteamiento cientificista según el cual la
ciencia experimental sería el único camino
válido para conocer la realidad. Pero este
planteamiento es contradictorio, ya que su misma
formulación cae fuera del ámbito
científico y por lo tanto, si se le aplica la
norma que él mismo establece, debería ser
descartado.
El cientificismo parece encontrar cierto apoyo en la
peculiar fiabilidad de la ciencia experimental, que se
presenta como un conocimiento intersubjetivo, controlable
empíricamente, capaz de conducir a predicciones, y
progresivo. Sin embargo, un examen atento de estas
características muestra que ellas son posibles
gracias a una limitación voluntariamente aceptada.
Concretamente, la ciencia experimental, por su naturaleza
misma, sólo puede referirse a aquellos aspectos de
la realidad que puedan ser sometidos a control
experimental, o sea, a las entidades y procesos que, de
algún modo, estén sometidos a normas
determinadas.
Podría parecer, entonces, que se debería
aceptar un dualismo de tipo cartesiano, en el que la
naturaleza viene concebida en términos materiales,
deterministas y cuantitativos, y el espíritu
pertenece al ámbito de la subjetividad humana. La
metafísica quedaría limitada al estudio de
los fenómenos típicamente humanos. En esta
perspectiva, no habría lugar para una
filosofía de la naturaleza, ya que todo lo que
pudiera decirse acerca de la naturaleza quedaría
dentro del ámbito de la ciencia experimental.
Sin embargo, las reflexiones anteriores muestran que
esta interpretación no es satisfactoria. Incluso
un estudio descriptivo de la naturaleza, si no se le
imponen límites arbitrarios, conduce a problemas
que sólo pueden ser abordados utilizando
categorías filosóficas. Y si se plantean
las cuestiones últimas, la necesidad del
razonamiento filosófico aparece todavía con
mayor fuerza.
Para obtener una cosmovisión rigurosa es
necesario integrar los conocimientos que la ciencia
experimental proporciona acerca de la naturaleza. Esto
supone un trabajo interpretativo en el que necesariamente
se utilizarán categorías
filosóficas. El problema consiste en encontrar las
categorías adecuadas.
9. Las categorías
cosmológicas
Sin pretender agotar el tema, señalaremos
algunas características que deberían darse
para que el estudio filosófico de la naturaleza
sea riguroso y objetivo.
La primera es el reconocimiento del alcance limitado
de las categorías filosóficas. Una de las
lecciones que proporciona el progreso científico
es la necesidad de precisar el alcance de nuestras
explicaciones. Una filosofía de la naturaleza
rigurosa deberá tener conciencia de sus
limitaciones. No pretenderá suplantar a las
ciencias en su propio terreno, y utilizará sus
categorías sin otorgarles una generalidad que vaya
más allá de las posibilidades reales. Las
categorías cosmológicas tienen una validez
parcial, pues necesariamente se referirán a
perspectivas parciales acerca de la naturaleza.
Una segunda característica es la
introducción de categorías intermedias.
Precisamente porque las categorías
cosmológicas tienen una validez parcial,
necesitamos algunas conceptualizaciones flexibles, que
puedan servir como puente entre los diversos niveles de
la naturaleza. Existe discontinuidad entre esos niveles,
pero también hay continuidad. Por ejemplo, si bien
es legítimo e incluso necesario utilizar conceptos
duales tales como los de materia orgánica y
materia inerte, no debería olvidarse que esos
conceptos son forzosamente esquemáticos. En
realidad, no existe una pura materia pasiva e inerte, ya
que la materia, en cualquiera de sus manifestaciones,
está configurada y tiene un dinamismo que,
precisamente, está en la base del dinamismo que se
da en niveles superiores.
Una tercera característica, relacionada con las
dos anteriores, es la conciencia de que esas
categorías habrán de incluir
analogías y metáforas que no han de
interpretarse siempre literalmente. Así como la
ciencia experimental necesita construir modelos
idealizados, la filosofía natural necesita
recurrir a imágenes que, siendo fieles a la
realidad que expresan, permitan interpretarla de manera
que nos resulte inteligible. El peligro del
antropormorfismo estará siempre presente. La
manera de evitarlo no consiste en pretender eliminar
cualquier connotación antropomórfica, sino
en ser conscientes de que ese antropomorfismo existe y de
que lo necesitamos para hacer inteligible la realidad. El
uso de modelos, analogías y metáforas es
legítimo y, de hecho, es frecuente en la ciencia
misma; sólo se debe exigir que esas figuras se
interpreten sin perder de vista cuál es su
función.
En cuarto lugar, es necesario distinguir entre
categorías descriptivas y explicativas. Las
primeras son necesarias para conceptualizar la realidad,
y entre ellas se encuentran los conceptos que sirven para
describir entidades, propiedades y procesos. Las segundas
son necesarias para formular explicaciones de la realidad
descrita, y remiten a principios y causas. La
adecuación de las categorías explicativas
dependerá de la precisión con que se
formulen las descriptivas y del rigor de las pruebas
lógicas correspondientes.
10. Naturaleza y
trascendencia
Señalaré finalmente que la pregunta
acerca de la inteligibilidad de la naturaleza, si se
lleva hasta sus últimas consecuencias, conduce al
problema de la trascendencia. Ese problema está
presente desde los comienzos de la especulación
filosófica, y continúa planteándose
de diversas maneras a propósito de los desarrollos
científicos contemporáneos. Las discusiones
en torno al origen del universo, al principio
antrópico y al finalismo son ejemplos
suficientemente significativos al respecto.
Sin embargo, los argumentos acerca de la trascendencia
exigen un examen que sobrepasa las posibilidades de la
filosofía de la naturaleza, ya que se adentran en
el ámbito de la teología natural. Aunque
hoy día es frecuente aludir a cuestiones
fronterizas entre la ciencia y la teología, no es
difícil advertir que se trata de dos enfoques
diferentes y que, por tanto, no se da una coincidencia
real entre sus problemas; y algo semejante puede decirse
acerca de las relaciones entre la filosofía de la
naturaleza y la teología natural.
Desde luego, en los trabajos sobre ciencia
experimental y sobre filosofía natural se
encuentran cuestiones que, de algún modo, se
relacionan con los problemas de la teología
natural. Resulta lógico que quien los encuentra no
los abandone en las manos de otros investigadores. Nada
hay que objetar a ello, con tal que, al tratar esos
problemas, se utilice el rigor lógico necesario y
se eviten extrapolaciones injustificadas de un
ámbito a otro.
La búsqueda de una integración entre los
diferentes ámbitos de explicaciones es una tarea
siempre importante, cuyo interés viene subrayado
en nuestra época por la existencia de una gran
especialización que dificulta conseguir
explicaciones unitarias. La filosofía de la
naturaleza puede contribuir en gran manera a lograr ese
objetivo. En efecto, no pocos obstáculos para la
integración provienen de perspectivas
cientificistas y naturalistas que, si bien están
objetivamente trasnochadas y responden a planteamientos
positivistas ampliamente superados por el propio
desarrollo de la ciencia y de la epistemología, se
presentan como si fuesen una consecuencia de los avances
científicos.
El análisis epistemológico basta para
descubrir las falacias de tales intentos. Pero, si se
desea conseguir una integración positiva de los
diferentes saberes, será necesario trabajar en el
ámbito de la filosofía de la naturaleza,
que es el nivel filosófico en el que las ideas
científicas deben ser valoradas en orden a
precisar su significado completo.
Concluiré señalando que uno de los
ámbitos más prometedores para conseguir la
integración de los diferentes saberes es el
estudio de las presuposiciones de la ciencia.
Precisamente, una de ellas es la inteligibilidad de la
naturaleza. El científico debe suponer que existe
un orden natural que es independiente de sus
investigaciones, y el progreso de la ciencia manifiesta
que ese orden no sólo existe, sino que está
lleno de fuerza, vitalidad y unidad.
Una renovada filosofía de la naturaleza
constituye el puente imprescindible para conseguir
descripciones y explicaciones que, contando con las
informaciones que la ciencia proporciona y procediendo
con todo el rigor lógico necesario, permitan
conseguir una auténtica integración de los
diferentes ámbitos del saber. Una rigurosa
filosofía de la naturaleza presentará a la
naturaleza con toda su consistencia propia, y al mismo
tiempo remitirá a explicaciones más
profundas de esa consistencia, que sólo se
encontran en el ámbito de la teología
natural.
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