La incertidumbre de las filogenias
humanas
Carlos A. Marmelada.
1. Introducción.
Hay una amécdota simpática que ilustra
muy gráficamente el tema que queremos tratar en
este artículo. En una ocasión, durante un
debate televisivo entre Donald Johanson y Richard Leakey
(dos de los más famosos especialistas en
evolución humana) aquél sacó uno de
los varios paneles que traía en una de esas
carpetas grandes que usan los dibujantes y le dijo a
Leakey algo así como: “me gustaría
sabér qué opinas acerca de esto”, y
le enseñó su propuesta filogenética
para el árbol genealógico humano. Richard
Leakey se lo miró y girándose hacia la
cámara exclamó: “¡Caramba... Yo
no he venido tan bien preparado! Pero mi opinión
es ésta...” Entonces cogió un
rotulador de punta gruesa y dibujó una gran X en
el panel de Johanson tachando su contenido y, a
continuación, escribió un gran
interrogante. “¡Esto es lo que pienso!”
exclamó Leakey ante la mirada estupefacta de un
desconcertado Johanson.
Años más tarde, otro gran especialista,
Roger Lewin, nos advertía que: “una
revisión de los libros y artículos de
antropología física recientemente
publicados revela una más bien diversa
colección de propuestas de filogenias de los
homínidos. Esta diversidad de opiniones
profesionales es instructiva, pues confirma que «la
filogenia de los homínidos está lejos de
estar resuelta»” 1 . Estas palabras de
Roger Lewin fueron escritas hace más de una
década; sin embargo su vigencia continúa
siendo plenamente válida.
La paleoantropología, o ciencia de la
evolución humana, resulta doblemente apasionante.
Por una parte nos despierta la pasión propia de
toda ciencia, en cuanto que nos permite ampliar nuestros
conocimientos acerca de la realidad. Por otra parte, su
fascinación dimana del hecho de que su objeto de
estudio somos nosotros mismos, de modo que los resultados
de sus investigaciones permiten aumentar, y ahondar,
nuestros conocimientos sobre nuestros orígenes
biológicos y nuestra propia evolución.
En definitiva, la paleontología humana,
pretende desvelar el misterio de nuestro origen y
desarrollo hasta llegar a ser quienes somos. O sea, que
pretende averiguar el itinerario biológico de
nuestro linaje, utilizando para ello las herramientas
propias de la metodología de investigación
científica de disciplinas tan diversas como: la
anatomía comparada, la arqueología, la
paleoclimatología, la paleobotánica, la
geología, etc.
Para poder establecer el árbol
filogenético de nuestra especie, los
paleoantropólogos han de realizar filogenias en
las que encajen coherentemente los múltiples
especimenes que van apareciendo. Hasta mediados de los
años ochenta del siglo pasado la filogenia del
linaje humano era muy simple. Australopithecus
afarensis era el homínido mas antiguo conocido
hasta aquella fecha y, con sus tres millones y medio de
años de antigüedad, estaba en la base de casi
todas las filogenias humanas de la época.
Según sus descubridores (entre los que figuraban
el citado Johanson) a partir de él se bifurcaban
dos ramas. Una de ellas llevaba hasta los
Paranthropus (unos australopitecinos con una
arquitectura craneofacial muy robusta), y lo hacía
a través de los Australopithecus africanus
(tal como se pensaba en aquella época). La otra
llevaba directamente hasta el género Homo.
Este género parecía tener una
evolución de tipo anagenético con una
estructura realmente muy simple, en la que las especies
se sucedían unas a otras linealmente con una clara
relación de antepasado descendiente. Así
Homo habilis se había originado a partir
de Australopithecus afarensis y, con el tiempo,
había dado lugar a Homo erectus; el cual, a
su vez, había originado a los neandertales por un
lado y a los Homo sapiens (es decir: nosotros) por
otro. Hay que admitir, con toda sinceridad, que, para un
estudiante que tuviera que examinarse de este tema la
simplicidad de esa filogenia resultaba un panorama
auténticamente idílico.
Pero este horizonte intelectualmente bucólico
ha experimentado un vuelco radical gracias a los nuevos
descubrimientos realizados en los últimos veinte
años; así como a la importancia de los
mismos 2 . Aunque lo cierto es que: “el
esquema clásico simple basado en tres
géneros (Australopithecus,
Paranthropus y Homo) tenía
dificultades para incluir adecuadamente todos los
especímenes conocidos asignados a Hominidae,
incluso antes del descubrimiento reciente de especimenes
de homínidos y la propuesta de cuatro nuevos
géneros para ellos (Ardipithecus,
Orrorin, Kenyanthropus y
Sahelanthropus)” 3 .
2. El nuevo panorama: la dificultad para establecer
relaciones filéticas.
Los nuevos descubrimientos realizados son, como es
lógico, muy bien recibidos por toda la comunidad
científica dedicada al estudio de nuestros
orígenes, pues han permitido dar un gran salto
cualitativo en la comprensión del proceso
evolutivo de los homínidos en general y de los
humanos en particular, y todo ello en muy pocos
años. Pero también es cierto que los nuevos
hallazgos no sólo no han resuelto los grandes
enigmas de la evolución humana, de facto no se ha
resuelto ni uno solo de ellos; sino que, por el
contrario, han traído nuevos interrogantes, y
muchos de ellos de un calado nada trivial.
Para empezar, hay que hacer encajar todos estos nuevos
descubrimientos en una filogenia que contenga
coherentemente a todos los especímenes de la
familia Hominidae. Naturalmente, el deseo de todos
los especialistas es poder establecer nítidamente
la relación filética entre todos los
géneros y las especies de nuestra familia
biológica. Pero esto no es algo que resulte ser
nada sencillo. En efecto, precisamente: “el
problema más espinoso para el paleontólogo
es el de establecer los grados de parentesco
evolutivo” 4 .
En opinión de Juan Luís Arsuaga,
establecer los grados de parentesco evolutivo es,
precisamente, lo máximo a lo que podemos aspirar
según la escuela cladística; y es que,
según el parecer de los miembros de esta escuela:
“es imposible estar seguros de que una especie
fósil es antepasada de otra, fósil o
viviente, ya que nadie es verdaderamente capaz de viajar
al pasado para seguir el curso de la evolución. Lo
único que puede establecerse
científicamente es el grado de parentesco entre
las especies” 5 . La cuestión es, tal como
señala el codirector de los trabajos de
investigación en Atapuerca, que “la
veracidad de un escenario evolutivo como tal no puede ser
comprobada” 6 .
Llegados a este punto hay que recordar una
distinción necesaria. En efecto, una cosa son las
hipótesis científicas y otra muy distinta
los “escenarios evolutivos”. Las
hipótesis científicas se basan en la
descripción objetiva (tan objetiva como sea
posible) de los fósiles, intentando reducir las
interpretaciones al mínimo. Los escenarios
evolutivos, en cambio, son constructos hipotéticos
altamente especulativos, que intentan aunar en un todo
coherente las diversas hipótesis evolutivas
aisladas que obtenemos a partir del estudio de los
fósiles. Los escenarios evolutivos son
interpretaciones y por ello fácilmente
susceptibles de error. En los escenarios evolutivos hemos
de sustituir las lagunas de nuestro conocimiento a base
de propuestas imaginativas basadas en suposiciones
razonables pero indemostrables. Así, por ejemplo,
como vemos que actualmente los chimpancés usan
pequeñas ramitas que impregnan de saliva para
“pescar” termitas, proyectamos este mismo
comportamiento en los australopitecos de hace tres
millones de años 7 , suponiendo que en este
punto tenían una conducta similar a la de los
pánidos. Naturalmente jamás podremos
comprobar que los australopitecinos hicieron algo similar
a lo que acabamos de describir.
Esta forma de proceder, o método, se llama
actualismo. Aunque el actualismo es muy sugerente lo
cierto es que tiene sus limitaciones. El actualismo ha de
ser aplicado con prudencia, ya que hoy en día:
“han aumentado las dudas sobre el grado de
confianza que puede inspirar cualquier
relato’ de la evolución humana.
¿Qué precisión y qué
fiabilidad pueden alcanzar esas reconstrucciones? [Y es
que] cuando se pretende abordar [el estudio de] los
homínidos desde la perspectiva del pasado con la
óptica actual surgen problemas irresolubles”
8 .
De hecho “algunos paleontólogos han
actuado equivocadamente como si el actualismo consistiera
en buscar una especie viva, la más parecida a la
especie fósil que estamos investigando, y atribuir
todos los aspectos de la biología de la especie
viviente a la extinguida (…) La forma adecuada de
aplicar el actualismo consiste, en cambio, en descubrir
en el mundo viviente actual las leyes que lo rigen, y
usarlas para interpretar los fósiles”
9 .
Es muy importante tener siempre presente que cuando se
realizan estudios sobre evolución humana no se
deben confundir los datos objetivos obtenidos del estudio
de los fósiles y del contexto en el que han sido
hallados con las hipótesis que se elaboran a
partir de ellos y, menos aún, con los escenarios
evolutivos configurados a partir del intento de armonizar
entre sí un conjunto de hipótesis. Dicho de
otro modo; en paleoantropología, a la hora de
extraer conclusiones, hay que ser muy prudente evitando,
en la medida de lo posible, confundir la
descripción con la interpretación y ambas
con la suposición. Por esto mismo dice Jean Chalin
que: “una cosa son los descubrimientos y otra sus
interpretaciones y explicaciones” 10 . Es
decir: una cosa es describir, otra interpretar y otra muy
distinta suponer o especular. Las tres son necesarias
para intentar obtener una visión coherente de la
evolución humana, pero no hay que olvidar que
suponen distintos grados de certeza.
Ahora bien, cuando se olvida todo esto parece
inevitable que surjan las polémicas, por ello Tim
D. White, codescubridor de diversos géneros,
especies y subespecies de homínidos, nos recuerda
que: “La controversia [referente a las filogenias]
gira en torno a unas interpretaciones muy diferentes de
los documentos fósiles” 11 .
3. Especies biológicas, paleoespecies y
máquinas de viajar en el tiempo.
¿Por qué no podemos estar seguros de la
veracidad de un escenario evolutivo en el que se nos dice
que tales fósiles pertenecen a esta especie y
aquéllos a tal otra especie? La razón es
muy simple y dimana del propio concepto de especie. En
efecto, desde que lo propuso Ernst Mayr, la especie
biológica se define como aquel conjunto de
individuos que son capaces de reproducirse entre
sí teniendo una descendencia fértil. Es
decir, dos individuos pertenecen a una misma especie si
son capaces de cruzarse genéticamente y tener
nietos. Dejamos de banda la cuestión del
hermafroditismo y la de la reproducción
asexuada.
Este criterio, naturalmente, no es posible aplicarlo a
las especies ya extintas. Pero entonces:
¿cómo podemos tener la certeza de que, por
ejemplo, un macho de Homo rudolfensis no
podía emparejarse con una hembra de Homo
habilis y tener hijos capaces de tener descendencia?
Hoy por hoy, no hay manera de demostrar que eso era
posible o imposible. Es por este motivo que los
especialistas en evolución humana no usan el
concepto de especie biológica tal como lo hemos
definido aquí. En su lugar se ven abocados a
recurrir al concepto de “paleoespecie” o
“cronoespecie”; de modo que catalogan a los
individuos en géneros y especies distintas en
función de la mayor o menor diferencia
morfológica. Y, de momento, es con lo que hay que
conformarse, ya que: “mientras que no se disponga
de una máquina que nos permita retroceder en el
tiempo, ninguna hipótesis referida a las
relaciones de tipo antecesor descendiente podrá
confirmarse” 12 .
Efectivamente, parece que sólo viajando en el
tiempo para comprobar in situ si, por ejemplo, un
macho afarensis podía o no aparearse con una
hembra anamensis teniendo (o no) crías y
éstas descendencia, estaremos capacitados para
decir, sin lugar a dudas, si pertenecían o no a
especies distintas. Obviamente esto no es posible; de
modo que el paleoantropólogo, tal como ya
apuntamos, deberá echar mano de otros recursos a
la hora de establecer los parentescos evolutivos, es
decir: los árboles filogenéticos.
Pero no hay que extrañarse de que esto sea
así, puesto que: “si hay problemas de
clasificación con las especies vivientes, juzgue
el lector los que se encuen tra el paleontólogo
cuando trabaja con los fósiles” 13
.
4. Otra fuente de problemas: la precariedad del
registro fósil.
Desde luego no ayuda mucho el hecho de que en algunas
ocasiones, en realidad en demasiadas, el registro
fósil homínido es realmente magro. Y eso
que en las últimas dos décadas se han hecho
muchísimos descubrimientos. Pero, sin duda alguna,
continúa faltando material.
Este estado de cosas hace que, en ocasiones, la
paleontología humana se convierta en: “una
disciplina en [la] que algunas veces se nombra y
clasifica a una especie entera sobre la base de un solo
diente” 14 . Son pocas las ocasiones en las que
disponemos de una buena colección de restos
pertenecientes a un mismo individuo. De hecho, cuando se
estudian homínidos de más de dos millones
de años: “la mayoría de los
especímenes fósiles descubiertos son
fragmentos pequeños: un trozo de cráneo, un
hueso de la mejilla, una porción del hueso del
brazo y muchos dientes. La identificación de
especies a partir de este tipo de pruebas tan escuetas no
es tarea fácil y en ocasiones es imposible”
15 . Y la situación no es mucho
mejor para la mayoría de las especies con menos de
dos millones de años de antigüedad.
Es curioso, pero parece como si esta situación
fuera muy propia de la paleoantropología, ya que:
“en cualquier otra disciplina resultaría
aventurado emplear una muestra tan pequeña para
tratar de determinar un universo” 16 . Esta
situación es muy compleja y delicada y, de hecho,
hace que: “la tarea de construir un árbol
filogenético en el que figure cómo
desciende cada grupo de los anteriores es difícil
y ardua... La primera dificultad es el carácter
muy parcial y fragmentario de los fósiles... Es
prácticamente imposible afirmar con seguridad, en
ningún caso, que son los verdaderos antecesores o
descendientes en el árbol buscado. El
paleoantropólogo se encuentra con una selva de
datos muy difíciles de relacionar entre
sí... Cada supuesto paso evolutivo hace necesario
recurrir a formas intermedias desconocidas... Son
necesarias las hipótesis en cada uno de los
supuestos que llevan de unos seres a otros en los
primeros primates, y lo mismo sucede respecto al origen
de los simiformes, de los catarrinos, de los hominoideos
y de los homínidos” 17 .
No ha de extrañarnos, pues, que halla
especialistas que nos adviertan de que: “la
reconstrucción filogenética de organismos
extinguidos hace mucho tiempo a partir del incompleto
registro fósil es un ejercicio peligroso”
18 . Por esto es conveniente recordar
que: “la tarea de establecer un vínculo
evolutivo basándose en pruebas extremadamente
fragmentarias es más difícil de lo que
mucha gente percibe, y hay muchas trampas para el
incauto” 19 .
Dada esta tesitura: “situar los hallazgos de
fósiles en este marco y establecer las relaciones
entre los propios fósiles constituyen temas de
debates continuos y por lo general acalorados, donde el
consenso suele ser escaso” 20 .
Por otra parte, y desde hace unos quince años,
casi cada vez que un equipo de investigación hace
un descubrimiento importante se sacude una buena
porción del árbol filogenético de
los homínidos y se realiza una propuesta nueva.
Por esto mismo se acaba teniendo la sensación de
que: “en algún lugar, de algún modo,
aparecerá otro fósil que obligará a
revisar las teorías predominantes” 21 .
Es decir: que no hay certezas y que todos nuestros
conocimientos sobre evolución humana parecen ser
puramente provisionales. Por esto mismo hay quienes, a
partir de estas opiniones, extraen conclusiones
pesimistas y sostienen que: “las incertidumbres del
registro fósil homínido nos desanima
fácilmente y nos hacen dudar de que conozcamos
hechos seguros sobre nuestros antepasados” 22
.
La precariedad del registro fósil desemboca en
una situación incómoda y
acientífica, según la cual: “en la
paleontología humana hay, a menudo más
opiniones e interpretaciones que fósiles”
23 . Este estado de cosas hace que, tal
como ya dijimos antes, se de un valor excesivo a las
interpretaciones, de modo que los escenarios evolutivos
pueden acabar siendo defendidos a capa y espada; en
ocasiones, incluso, con una actitud realmente
dogmática y muy alejada de la ponderación y
ecuanimidad que se le supone a la actitud crítica
(y autocrítica) que se cree que ha de tener un
científico. Y es que: “la
paleontología, siendo una ciencia tan
interpretativa, conduce a rivalidades personales”
24 . Hay ocasiones en las que esta
situación se fuerza tanto que: “la
interpretación de un solo músculo
podía conducir a feroces enfrentamientos
públicos entre los científicos”
25 ; de modo que: “en las
conferencias algunos quedaban excluidos de su grupo por
el simple hecho de dirigir la palabra a algún
miembro del bando opuesto” 26 .
En el otro extremo hay quienes emiten mensajes en los
que dan a entender que ya sabemos casi todo sobre la
evolución humana y que tan sólo faltan por
conocer algunos detalles concretos. Sin embargo, lo
cierto es que aún “hay muchas preguntas
importantes acerca de la historia [evolutiva] humana para
las que no hay una respuesta definitiva, como por
ejemplo: ¿cuál es la forma exacta del
árbol familiar humano?” 27 .
5. Eslabones (eternamente) perdidos.
Quizás la noción de
“eslabón perdido” sea el concepto
científico más divulgado de la
paleontología humana; el que ha alcanzado una
mayor difusión y popularidad entre el gran
público. La realidad es que en el árbol
filogenético de los humanos, y en el de los
homínidos en general, hay un buen número de
eslabones perdidos; y no uno solo como, muy
simplificadamente, se dice. De modo que:
“más que hablar del «eslabón
perdido», hay que hablar de bastantes
«pequeños trozos conocidos de posibles
eslabones»” 28 . Por ello:
“sería conveniente tomar buena nota de una
observación de Gould, que sin duda es seria, pues
se refiere a hechos concretos de su especialidad y afecta
a las pruebas básicas del evolucionismo:
«los árboles genealógicos de las
líneas de la evolución que adornan nuestros
manuales no contienen datos más que en las
extremidades y en los nudos de sus ramas; el resto son
deducciones, ciertamente plausibles, pero que no vienen
confirmadas por ningún fósil».
Habría, pues que señalar claramente que las
líneas y flechas que unen esos extremos
son hipotéticas, y no presentar las
hipótesis como certezas o como la única
explicación posible” 29 .
El hecho de que todavía queden tantos eslabones
perdidos por ser descubiertos le lleva a Juan Luís
Arsuaga a afirmar que aún: “queda mucho
trabajo por hacer en el campo de la paleontología
para tener una idea más clara de cómo hemos
llegado hasta aquí” 30 . Nuestro
desconocimiento sobre esos eslabones perdidos hace que
todavía queden “diversos interrogantes sobre
el posible «proceso de hominización»,
muy difíciles de responder con los datos
científicos actuales, que son claramente
insuficientes para ello” 31 .
Es cierto que fue la publicación en 1859 de la
obra de Darwin titulada: El origen de las
especies, la que dio un impulso definitivo a la
teoría de la evolución. Pero, a pesar de un
título tan ambicioso la realidad es que a
día de hoy continúa habiendo serias
discrepancias en torno a cuál es el modelo
explicativo más acertado para este hecho. Es
más, hay autores de indudable prestigio que
incluso afirman que: “seguimos sin saber bien
cómo actúa la evolución”
32 . Lo cierto es que: “aunque el
título de la obra de Darwin sea El origen de
las especies, se trata de un tema que sigue
presentando enormes dificultades: se hacen suposiciones
más o menos verosímiles, pero, desde luego,
nadie ha visto nunca la transformación de una
especie en otra” 33 .
El método de investigación
científica requiere poder contrastar, mediante
experimentos, las hipótesis explicativas de la
experiencia, pero: “puesto que la evolución
es un proceso de una escala muy superior a la humana,
nadie puede en realidad experimentar con ella y afirmar
que ha observado cómo se produce” 34
.
A la hora de intentar concretar el árbol
filogenético de nuestro linaje nos encontramos con
una pluralidad de huecos y, por tanto, de incertidumbres
que implican tanto a los puntos de bifurcación
como a algunas de las series lineales de dichas
filogenias. Las incógnitas aparecen ya en la misma
base del árbol, puesto que: “la
filogénesis y, en consecuencia, la
taxonomía de los hominoideos es una de las
cuestiones más controvertidas en la
paleontología de los primates. Cómo
clasificar a los seres humanos, a sus antecesores y a sus
parientes más próximos resulta
todavía, siglo y medio después de que
Darwin indicase el estrecho parentesco existente entre
los grandes simios africanos y nuestra especie, una
cuestión controvertida” 35 . Roger
Lewin es de un parecer similar y considera que:
“dado el vacío fósil que precede el
registro hominoide fósil y el hiato aún
mayor que antecede a los modernos grandes simios
africanos, cualquier conjetura acerca de la identidad del
antecesor de los hominoiedes modernos no puede ser
más que, precisamente, una conjetura”
36 .
La cosa no mejora cuando intentamos averiguar que
primate hominoideo dio lugar a la familia
homínida, en la que está englobado nuestro
género, ya que: “establecer conexiones entre
homínidos y primates fósiles es una tarea
difícil; de hecho, entre ambas fases hay un
auténtico vacío paleontológico donde
los fósiles sólo permiten establecer una
hipotética e insegura continuidad” 37 .
Esta situación se deriva del hecho de que:
“el registro fósil proporciona muy poca
información sobre la evolución del linaje
humano durante el Mioceno tardío, entre 10 y 5
millones de años atrás (...)
Desgraciadamente, el registro fósil del Mioceno
tardío poco nos dice sobre la criatura que conecta
los grandes simios de la selva con los humanos
modernos” 38 . Además, cuando se
habla de los hominoideos de la segunda mitad del Mioceno
Superior siempre es conveniente recordar que en cuanto a
lo referente al tema de: “la divergencia entre
gorílidos, pánidos y homínidos (...)
no contamos con fósiles de los primeros seres de
esas tres familias. A decir verdad hay autores como
Greenfield y Ciochon que, con Darwin, sostienen que
jamás los encontraríamos o, mejor dicho,
que si los tuviéramos delante nuestro no
sabríamos distinguirlos como tales. Sus rasgos no
habrían diferido entre sí lo bastante para
que pudiésemos identificarlos como pánidos,
gorílidos u homínidos” 39 .
Lo mismo sucede cuando queremos determinar cuál
fue la especie de homínido prehumano que dio lugar
a nuestro género. Habitualmente se cree que fue
alguna especie de australopitecino la que generó a
Homo; pero: “solamente cuando poseamos mayor
cantidad de fósiles estaremos en condiciones de
afirmar que el género Australopithecus fue
el antepasado directo del hombre; por ahora los
fósiles permiten otorgar el mismo grado de
veracidad a las distintas filogenias” 40
.
Este estado de cosas se traduce, en ocasiones, en un
escepticismo estructural que lleva a algunos
paleoantropólogos a opinar que aunque: “tal
vez resulte chocante decirlo, existe la posibilidad de
que ninguno de los fósiles hasta ahora
descubiertos en África oriental, meridional o del
noroeste sea el antepasado directo de los humanos
vivos” 41 . De forma análoga, Roger
Lewin opina que: “establecer relaciones
filogenéticas verticales o en el seno de
algún período de tiempo en particular, se
hace por tanto extremadamente arriesgado, si no del todo
imposible, con el parcelado registro fósil
actual” 42 . Y es que hablando: en
términos absolutos las colecciones de
fósiles son bastante dispersas” 43 .
Puede que se trate de una postura escéptica muy
extrema, pero lo cierto es que: “no es fácil
saber el modo en que ocurrieron las cosas en el pasado
más remoto (...) y ni siquiera es sencillo
reconstruir el árbol de la evolución
humana, la genealogía de las especies”
44 . Por esto mismo: “hasta que
no tengamos más clara la taxonomía, la
filogenia y la cronología de los homínidos
no podemos contestar en serio a preguntas como
ésta de la coexistencia de la especie antecesora
con la descendiente, por lo que, hoy por hoy, se
mantienen como problemas a resolver en un futuro”
45 .
Así, pues, “en los senderos evolutivos
que conducen a la larga hasta nuestra propia especie se
advierten de tanto en cuanto ramificaciones que
multiplican las huellas, pero también nos topamos
con huecos en el registro fósil que las ocultan
haciendo muy difícil la reconstrucción de
la filogénesis de un determinado periodo”
46 .
El tema de los múltiples eslabones perdidos no
es una cuestión baladí. De hecho:
“los vacíos de los registros
paleontológicos son demasiado importantes para
poder sacar conclusiones definitivas” 47
.
Naturalmente, esta situación se podría
superar: “si pudiéramos disponer de un
ejemplar de fósil por cada seis meses o un
año de desarrollo de todas las especies de
homínidos, seríamos capaces de resolver el
complicado rompecabezas de las relaciones
filogenéticas de todas esas especies”
48 . En otras palabras:
“sólo cuando dispongamos de distintas formas
infantiles y juveniles de todas las especies de
homínidos podremos tener una visión
más precisa de las relaciones filogenéticas
entre esas especies y de los procesos que han determinado
los cambios de forma, tamaño y morfología a
lo largo de nuestra historia evolutiva” 49
.
Obviamente, ésta es una situación
idílica pero irreal, puesto que nunca se
dará; de modo que hemos de acostumbrarnos a la
idea de que el registro fósil presentará
siempre numerosas lagunas irremediablemente
estructurales, y ello en virtud de la propia
dinámica interna de la evolución, tanto si
ésta es gradual como puntuada.
De todos modos nos parecería incorrecto deducir
que el panorama es extremadamente negro y que en materia
de evolución humana sabemos muy pocas cosas de las
que tengamos certezas. Lo cierto es que sabemos muchas
cosas y muy importantes; y, afortunadamente, en los
últimos quince años hemos dado un gran
salto adelante, tanto cuantitativo como cualitativo, en
lo que al conocimiento de nuestra historia evolutiva se
refiere.
Tampoco creemos que sea correcto afirmar, sin
más, que cada descubrimiento nos hunda más
en la ignorancia; y es que: “si sacamos la
conclusión de que a medida que aumentan los
especímenes disponibles crece también la
perplejidad, estaremos cometiendo una injusticia. En
realidad los problemas provocados por los nuevos
hallazgos son, en muchos casos, el resultado de haber
sostenido con anterioridad hipótesis excesivamente
especulativas y faltas de base (...) Cuando se realizan
suposiciones arriesgadas no es difícil que la
aparición de nuevos datos las conviertan en
dudosas, dando a veces la impresión de que
cualquier cosa que se diga acerca de los fósiles
va a acabar resultando equivocada. Lo cierto es que no es
así (...) dentro de la multitud de las
hipótesis dudosas, existen no pocos principios
bien establecidos acerca de cómo fue el proceso de
diferenciación entre los antepasados de los seres
humanos y los de nuestros parientes vivos más
cercanos” 50 .
Lo que sucede realmente es que a medida que se van
realizando más y más descubrimientos nos
vamos dando mayor cuenta de que los vericuetos por los
que atravesó nuestra historia evolutiva fueron
mucho más complejos de lo que pensábamos
hasta hace muy pocos años; de modo que el
descubrimiento de nuevos fósiles siempre
contribuye a la mejor comprensión de nuestra
evolución, por lo menos grosso modo; pero
simultáneamente van surgiendo nuevos interrogantes
que son, precisamente, fruto del aumento de nuestro
conocimiento, y esto es así por el simple hecho de
que entramos en terrenos de los que antes no
teníamos ni idea o, en el mejor de los casos, tan
sólo una somera referencia. Ahora bien, la
cuestión principal es otra. Lo importante es que,
de momento, continuamos sin conocer la respuesta a los
interrogantes fundamentales de la evolución humana
y esto pese a los grandes hallazgos que se están
llevando a acabo. En este sentido puede decirse que no
estamos mucho más allá de donde nos
encontrábamos hace siglo y medio.
6. Los a priori intelectuales en las teorías
evolutivas.
Por increíble que le pueda parecer al no
versado en la materia, hay ocasiones en las que las
dificultades a la hora de establecer las filogenias no
surgen sólo de los huecos en el registro
fósil sino, también, de los prejuicios
personales, es decir: de las ideas preconcebidas que
tengan los investigadores. Así, hay quienes
afirman que, por ejemplo: “los antropólogos
no se ponen de acuerdo en cómo clasificar a los
homínidos del Pleistoceno medio. Este desacuerdo
sobre la clasificación viene de las distintas
ideas sobre cómo evolucionaron los humanos”
51 . Un famoso ejemplo histórico
de la influencia de los prejuicios ideológicos lo
constituye la polémica en torno al
“Niño de Taung”.
Estos a priori intelectuales que entran en juego a la
hora de elaborar nuestras hipótesis
interpretativas de la evolución humana y nuestros
escenarios evolutivos se reflejan incluso en los nombres
que se decide dar a los géneros y a las especies.
Es por ello que: “quizá las discusiones
entre especialistas sobre los nombres científicos
de los fósiles sean, para el resto de los
mortales, meras discusiones académicas. Pero en
realidad tienen mucha importancia
ideológica” 52 .
El pensamiento que hay en boga en una época
puede influir mucho en la formulación de las
hipótesis evolutivas 53 ; hasta el punto de
que, en opinión de algunos autores, “uno
encuentra lo que busca” 54 . La influencia
de los a priori intelectuales y culturales, los memes, es
un hecho, de modo que “a la hora de establecer una
filogenia siempre existe el peligro de dejarnos influir
por nuestras expectativas y dar por bueno un
carácter no válido o dejar de lado un
carácter válido. Como científicos
estamos obligados a ser objetivos, aunque esto no siempre
no es fácil, porque la morfología de los
fósiles que manejamos suele ser muy pobre”
55 .
Parece inevitable que no puedan desaparecer totalmente
las interferencias de los factores ideológicos
subjetivos en las elaboraciones de los escenarios
evolutivos (e incluso en la formulación de las
hipótesis evolutivas), pues aunque “la
ciencia se propuso, a partir de la llamada
revolución científica del Barroco (en el
siglo XVII), eliminar toda emoción y toda
ideología (religiosa o política) de su
quehacer, con la pretensión de alcanzar el
conocimiento objetivo. A pesar de ese buen
propósito, los científicos somos seres
humanos y estamos condicionados por nuestro ambiente y
nuestra educación. Hacemos lo que podemos por no
dejarnos influir por lo que nos rodea, pero hay que
reconocer que es más fácil hacer ciencia
objetiva estudiando el átomo, las mariposas o los
volcanes, que abordando la espinosa cuestión de la
condición humana” 56 . En este
sentido Jordi Agustí nos recuerda que “un
paleontólogo no trabaja con fósiles,
sino… con ideas sobre los fósiles”
57 . Y es que “«el
descubrimiento» no es epistemológicamente
neutro, sino que su incidencia depende en gran parte del
entorno ideológico en el cual se encuadra”
58 . Lo cierto es que, a priori, parece
sencillo hacer un cladograma, pero la realidad es bien
distinta y la hora de la verdad y: “a pesar de las
pretensiones de objetividad, el asunto de qué
cladograma es el «mejor» depende mucho de las
decisiones que se hacen en cada paso” 59
7. Conclusión.
Ya dijimos anteriormente que, en nuestra
opinión, la conclusión a extraer no es la
del pesimismo ante las posibilidades de nuestro
conocimiento objetivo sobre nuestra propia
evolución biológica. No obstante, es cierto
que: “una revisión de los libros y
artículos de antropología física
recientemente publicados revela una más bien
diversa colección de propuestas de filogenias de
los homínidos. Esta diversidad de opiniones
profesionales es instructiva, pues confirma que «la
filogénesis de los homínidos está
lejos de estar resuelta»” 60 .
En este sentido son de especial interés las
palabras de Juan Luís Arsuaga cuando nos recuerda
que: “puede que desde fuera las filogenias que
elaboramos los paleontólogos resulten muy
impresionantes, pero los que las construimos sabemos
cuánto tienen de castillos de naipes, y
cuánto de especulación pura y dura”
61 . Por esto, hay autores que opinan
que “con los descubrimientos de los últimos
años, menos que nunca se puede estar seguro acerca
de la forma del árbol de la evolución
humana” 62 .
Notas
(1)
Roger Lewin: Evolución humana; Ed. Salvat,
Barcelona, 1994, p. 240.
(2)
Cf. Carlos A. Marmelada: La evolución humana.
Los descubrimientos más recientes; http://www.educarm.es
Departamento de Evolución Humana; y Universidad de
Navarra: http://www.unav.es/cryf/evolucion2006.html
.
(3)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Los géneros del linaje humano. La
versión castellana está publicada en F.
Ayala: La evolución de un evolucionista;
Universitat de València, Valencia, 2006, p.340. La
versión inglesa está publicada en
Procedings of the National Academy of Science, PNAS, vol.
100, nº 13, 24 de junio de 2003, pp. 7684-7689.
(4)
Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez: La
especie elegida; Ediciones Temas de Hoy, Madrid,
1998, p. 144
(5)
Juan Luis Arsuaga: El collar del Neandertal;
Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1999, p. 37.
(6)
Ibidem.
(7)
Juan Luis Arsuaga: Los aborígenes. La
alimentación en la evoluicón humana;
RBA Libros, Barceloan, 2002, p. 21.
(8)
David Pilbeam: Origen de hominoideos y
homínidos; Investigación y Ciencia,
nº 92, mayo de 1984, p. 49.
(9) J.
L. Arsuaga: Los aborígenes; op. cit., pp.
73-74.
(10)
Jean Chalin: Un millón de generaciones. Hacia
los orígenes de la humanidad; Ediciones
Península, Barcelona, 2002, p.221.
(11)
Tim D. White: Los australopitecinos; Mundo
Científico, Enero de 1983, nº 21, p. 27.
(12)
Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez: La
especie elegida; op. cit., p. 143.
(13)
Ibidem; p. 41.
(14)
Robert Boyd y Joan B. Silk: Como evolucionaron los
humanos; Ariel, Barcelona, 2001, p. 290.
(15)
Richard Leakey: El origen de la humanidad; Ed.
Debate, Madrid, 2000, p. 44.
(16)
Lee R. Berger y Bertt Hilton-Barber: Tras las huellas
de Eva. El misterio de los orígenes de la
humanidad; Ediciones B, Barcelona, 2001, p. 43.
(17)
Mariano Artigas: Las fronteras del evolucionismo;
Ediciones Palabra, Madrid, 1992, pp. 59-62.
(18)
Robert Boyd y Joan B. Silk: op. cit., p. 310.
(19)
Richard Leakey: op. Cit., p. 27.
(20)
Lee R. Berger: op. cit. p. 42.
(21)
Ibidem; p. 64.
(22)
Robert Boyd y Joan B. Silk: op. cit.; p. 328.
(23)
Leslie C. Aiello: La cuna africana del hombre,
Conocer, nº 175, agosto de 1997.
(24)
Lee R. Berger: op. cit.; p.67.
(25)
Ibidem; 194.
(26)
Ibidem.
(27)
Richard Leakey: op. cit.; pp. 17-18.
(28)
Mariano Artigas: op. cit.; p. 63.
(29)
Ibidem; pp. 95-96.
(30)
Juan Luis Arsuaga: El enigma de la esfinge; Plaza
& Janés, Barcelona, 2001, p. 351.
(31)
M. Artigas: op. cit.; p. 166.
(32)
Yves Coppens: La rodilla de Lucy. Los primeros pasos
hacia la humanidad; Ed. Tusquets, Barcelona, 2005, p.
47.
(33)
Ibidem; p. 107.
(34)
Juan Luis Arsuaga: El enigma de la esfinge; op.
cit., p. 93.
(35)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Senderos de la evolución humana; Alianza
Editorial, Madrid, 2001, p. 86.
(36)
Roger Lewin: Evolución; op. cit., p.
167.
(37)
José Alcázar Godoy: El origen del hombre;
Ed. Palabra, Madrid, 1986, p. 43.
(38)
Robert Boyd y Joan B. Silk: op. cit., p. 290.
(39)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Senderos de la evolución humana; op. cit.,
pp. 144-145.
(40)
José Alcázar Godoy: op. cit., p. 71.
(41)
Lee R. Berger: op. cit., p. 344.
(42)
Roger Lewin: op. cit., p. 167.
(43)
Ibidem, p. 231.
(44)
J. L. Arsuaga: El enigma de la esfinge; op. cit.,
p. 9.
(45)
Ibidem, p. 316.
(46)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Senderos de la evolución humana; op. cit.,
p. 98.
(47)
Jean Chaline: Un millón de generaciones;
op. cit., p. 281.
(48)
José María Bermúdez de Castro: El
chico de la Gran Dolina. En los orígenes de lo
humano; Ed. Crítica, Madrid, 2002, p. 14.
(49)
Ibidem, p. 267.
(50)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Senderos de la evolución humana; op. cit.,
p. 86.
(51)
Robert Boyd y Joan B. Silk: op. cit, p. 377.
(52)
Juan Luis Arsuaga: op. cit., p. 176.
(53)
F. Ayala y C.J. Cela Conde: Senderos de la
evolución humana; op. cit., p. 173.
(54)
Ibidem, p. 148.
(55)
Meike Köhler, en VV. AA.: Antes de Lucy. El
agujero negro de la evolución humana; Tusquets
Editores, Barcelona, 2000, p. 274.
(56)
J.L. Arsuaga: Los aborígenes; op. cit., pp.
129-130.
(57)
Jordi Agustí: El secret de Darwin; Ed.
Rubes, Barcelona, 2002, p. 44.
(58)
Ibidem.
(59)
Francisco Ayala y Camilo José de Cela Conde:
Los géneros del linaje humano; op. cit., p.
341.
(60)
Roger Lewin: op. cit., p. 240.
(61)
Juan Luis Arsuaga: El enigma de la esfinge;op.
cit., p. 338.
(62)
Antonio Rosas, en Mónica Salomé: La cuna
africana del hombre; Conocer, nº 175, agosto de
1997, p. 37.
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