Homo floresiensis. El pequeño gran
misterio de la evolución humana.
Carlos A. Marmelada
Conferencia pronunciada en la Universidad Cardenal Herrera,
Valencia, el 19 de abril de 2005.
Introducción
El descubrimiento de una nueva especie humana que debió
extinguirse, como muy tarde, hace unos 12,500 años (12,5
Kyr.) y, por tanto, coetánea a la nuestra, con poco
más de un metro de estatura, un cerebro de tamaño
análogo al de los australopitecos de hace entre tres y
cuatro millones de años, y escasamente superior al de los
chimpancés actuales, ha sido considerado como el hallazgo
más importante de los últimos cincuenta años
en el campo de la paleontología humana. La revista
Science llegó a catalogarlo como el descubrimiento
científico más importante del 2004.
La paleoantropología es una rama de la ciencia que tiene
la suerte o la desgracia de ver como cada uno de sus grandes
descubrimientos genera más preguntas que respuestas1. Abre más puertas
de las que cierra. El caso de Homo floresiensis no es una
excepción. En ocasiones este hecho alcanza unos
límites rayanos con el paroxismo: la paleontología
humana es la rama de la ciencia en la que resulta más
frecuente ver como una o dos veces al año un descubrimiento
importante es presentado por sus descubridores como un hecho
revolucionario que obliga a reestructurar todos los elementos que
configuran el edificio de esta ciencia. En ninguna otra rama del
saber científico se propone con tanta frecuencia el cambio
de paradigma o, al menos, una seria reestructuración del
paradigma vigente2
.
Las mentes más mal intencionadas pueden pensar que, en la
ardua lucha por la consecución de parte de los escasos
fondos destinados a la investigación en este campo, los
proyectos más espectaculares y revolucionarios tienen
más opciones de hacerse con una parte del pastel. Nosotros
somos de la opinión de que las causas reales deben de
hallarse más bien en otro ámbito.
Veámoslo.
Pese a que los primeros fósiles humanos fueron
descubiertos en 1830, la paleoantropología es una ciencia
muy joven. En efecto, en esta fecha, el médico anatomista
belga: Phillip Charles Schmerling halló tres cráneos
en la cueva belga de Engis; el primero estaba muy deteriorado, el
segundo pertenecía a un humano anatómicamente moderno
(es decir: alguien de nuestra especie), pero el tercero es el de un
niño neandertal. En 1848, durante los trabajos de
fortificación del Peñón de Gibraltar, se
descubrió otro cráneo de neandertal bastante completo
en la cantera de Forbes (Forbes Quarry). Sin embargo, en ninguno de
los dos casos mencionados se reconoció a estos
fósiles como restos humanos pertenecientes a una especie
distinta a la nuestra y ya extinta. Este acontecimiento no se
produciría hasta 1864, cuando William King (Profesor del
Queen’s College de Galway, Irlanda) propuso incluir en una
nueva especie humana, que denominó: Homo
neanderthalensis, a los restos fosilizados hallados, en 1856,
en la cueva Feldhofer, a 20 metros sobre el río Düssel,
en el valle de Neander (éste es, precisamente, el
significado literal de la palabra “neander-tal”), cerca
de la ciudad alemana de Dusseldorf. Después en 1868 se
descubrieron los restos de antepasados directos nuestros con poco
más de 30 Kyr., es el llamado “Hombre de Cro
Magnon”. En 1891 el médico holandés Eugen
Dubois descubrió en Java restos humanos que tenían
más de un millón de años de antigüedad y
que hoy en día se asignan a Homo erectus, que, de
momento, es uno de los principales candidatos a antepasado directo
de Homo floresiensis.
Aunque desde entonces, afortunadamente, se han producido
muchísimos hallazgos, algunos de ellos realmente
importantes, lo cierto es que aún nos queda mucho por saber.
Por desgracia, no podemos compartir las opiniones triunfalistas que
proclaman que lo esencial en evolución humana ya está
descubierto y que sólo quedan por averiguar pequeños
detalles. Según este modo de interpretar el actual estado de
nuestros conocimientos en materia de evolución humana
resultaría que el edificio de nuestro saber en este campo ya
estaría prácticamente acabado, sólo
faltaría poner un marco en aquella puerta, una verja
repujada en esa ventana, y alguna que otra mano de pintura
aquí o allá.
Sinceramente, nos gustaría que esto fuera así;
pero, como ya hemos dicho, vemos la situación de otro modo.
Es cierto que hoy sabemos muchísimo más que hace
sólo unos pocos años. En tan sólo una
década se han descubierto:
a.- Cuatro nuevos géneros de homínidos con sus
respectivas especies: Sahelanthropus tchadensis3, Orrorin
tugenensis4,
Ardipithecus5ramidus kadabba6y A. ramidus ramidus y
Kenyanthropus platyops7).
b.- Tres nuevas especies de Australopithecus: A.
anamensis8,
A. bahrelghazali9y A. garhi10.
c.- Cuatro nuevas especies humanas: Homo georgicus
11, H.
cepranensis12, H. antecessor13y H. floresiensis
14.
d.- Y una subespecie de nuestra especie: Homo sapiens
idaltu15
.
Además de esto, se han producido numerosos hallazgos de
restos de homínidos asignables a géneros y especies
ya conocidos, pero también gran cantidad de restos
aún no asignados a género y especie alguna; por
ejemplo, a principios del pasado mes de marzo Yohannes
Haile-Selassie anunció que su equipo había hallado
restos de homínidos con 4 millones de años (4 Ma.) de
antigüedad que ya eran bípedos, pero aún no
pueden ser asignados a ningún género ni a ninguna
especie16; lo
mismo sucede con “Big Foot”, restos fósiles con
más de 3 Ma. hallados por Ron Clarke en Sterkfontein,
Sudáfrica, la pasada década.
Es cierto que el registro fósil, siempre muy magro
17, ha engordado
mucho últimamente; y, por fortuna, tiene pinta de hacerlo
mucho más en un futuro muy próximo. Pero
también es cierto que las cuestiones clave siguen en pie,
sin una respuesta satisfactoria. Así, continuamos sin saber
cuál fue el hominoideo miocénico que dio lugar a la
familia homínida, es decir: desconocemos quién fue el
último antepasado común a homínidos,
pánidos y gorílidos18, ni cuál fue el primer
homínido que inauguró el camino que conduciría
hasta nuestro linaje. Tampoco sabemos cuál fue el
homínido prehumano que dio lugar a nuestro género
19. Ni siquiera
está del todo claro quiénes fueron los primeros
humanos20; es
más, hay paleoantropólogos que cada vez encuentran
más dificultades a la hora de definir ¿qué es
el hombre? Esto es sólo un botón de muestra de los
problemas que tenemos con relación a las filogenias21; pero las
dificultades no son menores en otras cuestiones: así
sólo tenemos un esbozo sumamente hipotético sobre el
surgimiento de la conciencia humana en general y de la conciencia
humana moderna en particular. No sabemos quiénes fueron los
primeros humanos en hablar, ni cuando empezaron a hacerlo;
además, jamás podremos saber cuáles eran sus
estructuras mentales, es decir: nunca podremos llegar a conocer
cuál era el universo simbólico que fluía por
sus mentes. No sólo no sabemos cómo emergió
(sit venia verbo) nuestro género, sino que tampoco
está claro de dónde surgió nuestra especie
22.
Podríamos seguir enumerando muchas otras cuestiones
importantes que siguen esperando no ya la solución al
enigma, sino, al menos una respuesta satisfactoria
(¿Cuándo surgió el bipedismo y cuál fue
su causa? ¿Quién fue el fabricante de las primeras
herramientas?, etc.).
¿La causa de todo esto? H. Vallois ha sabido exponerla
con meridiana claridad al afirmar que reconstruir la filogenia
humana a partir del registro fósil que tenemos es algo
similar a intentar rehacer el plano de París a base de las
torres sobresalientes de una inundación que lo hubiera
anegado todo. A nosotros nos gustaba utilizar el ejemplo del
puzzle, hasta que, hace tres años, lo encontramos explicado
por Jean Chalin, a quien, por tanto, cedemos gustosamente la
palabra: “Imaginemos -dice el paleontólogo
francés- que nos lanzamos en una operación para
recomponer un puzzle de más de un millón de piezas de
las que tan sólo poseemos entre 150 y 200, y que ignoramos
los detalles del dibujo final para el cual sólo disponemos
de algunos puntos de referencia en la parte alta del puzzle, es
decir, de los datos actuales (...) Ése es el objetivo de los
paleontólogos”23. No hace falta ningún
comentario.
Pese a que la paleontología humana tiene casi un siglo y
medio de existencia fáctica, como ciencia en el sentido
estricto del término es muchísimo más joven.
Sólo desde hace unas pocas décadas ha ido
explicitando los elementos metodológicos que le han
permitido crecer como ciencia empiriométrica en toda regla.
Quizá en esta relativa juventud se halle una de las claves
para entender las incesantes convulsiones que sufre su paradigma
cada año. Es muy llamativo ver como, en esta rama de la
ciencia, casi cada gran descubrimiento obliga a
replanteárselo todo. En paleoantropología parece no
cumplirse el esquema descrito por Thomas S. Khun en su obra: La
estructura de las revoluciones científicas. Aquí,
no ha habido nunca largos periodos de calma en los que el paradigma
ha vivido pacíficamente en el tranquilo regazo de la
comunidad científica, esos períodos a los que Khun
llama: “Ciencia normal”. En esta rama del saber
científico el paradigma siempre ha sido objeto de un vivo y
acalorado debate.
A continuación veremos: dónde, cuándo y
cómo se descubrió a Homo floresiensis: el
último gran hito que obliga a replantearnos la historia de
la evolución humana, tal como la entendíamos hasta
ahora. Después veremos sus características
morfológicas (cómo era); su ecología
(cómo vivía); qué industrias líticas
fabricaba (su tecnología); cuales podían ser sus
capacidades intelectuales; el problema que plantea su origen y
evolución; la polémica en torno a la custodia y el
estudio de sus restos, asi como la interpretación de los
mismos. También deberemos estar muy atentos al resultado de
los estudios genéticos que ya están encargados.
Finalmente, qué otras sorpresas nos puede deparar el futuro
de las investigaciones paleoantropológicas en esa
área geográfica: ¿habrá otras especies
humanas distintas a la nuestra y a floresiensis esperando a
ser descubiertas? Alexander Koyré definía al
Renacimiento como aquella época en la que todo era posible:
mutatis mutandis, parece que, a partir del descubrimiento de
Homo floresiensis, podemos decir lo mismo de la
evolución humana. O por lo menos hemos de reconocer que este
descubrimiento nos ha de abrir el espíritu y ha de
mentalizarnos, de que lo más probable es que aún
queden muchas sorpresas por ser descubiertas en
paleontología humana, algunas de las cuales estarán
ligadas, sin duda, a Homo floresiensis.
1.-Ubicación de la Isla de Flores.
Flores es una pequeña isla tropical situada en el
archipiélago de Indonesia. Al oeste tiene, entre otras, las
islas de Java y Bali; al noroeste Borneo; al norte las
Célebes (Sulawesi); al sureste Timor y al sur Australia.
Su longitud aproximada ronda los 360 Km. Su anchura oscila entre
un máximo de 60 Km (en su parte occidental) y menos de 20 Km
en zonas de la parte oriental. Con sus 14.000 km2 Flores
tiene casi el triple del tamaño de las islas Baleares.
Al oeste de Flores se encuentra la isla de Comodo, famosa porque
en ella viven los reptiles más grandes del mundo: el
Dragón de Cómodo; que, al parecer, formaba parte de
la dieta de Homo floresiensis.
2.- El descubrimiento y su publicación.
En octubre del 2004 Flores saltó a la fama mundial al
anunciarse que en ella se había descubierto el esqueleto de
un ser humano que medía poco más de un metro. Se
trataba de los restos de una mujer que había muerto siendo
adulta, habiendo fallecido hace unos 18.000 años (18 Kyr).
Lo sorprendente es que su tamaño y sus rasgos físicos
parecían justificar el asignarla a una especie humana nueva
hasta entonces desconocida: Homo floresiensis. Para mayor
sorpresa, resultaba que su cerebro no excedía el del
tamaño de un chimpancé; además sus restos
habían aparecido en el mismo estrato en el que se
encontraron miles de herramientas líticas, con un nivel de
desarrollo similar al que habían alcanzado entre otros
humanos, como los neandertales o los sapiens.
Cada uno de los elementos mencionados presenta, por sí
solo, todo un reto para la investigación científica.
Así, pues, el impacto mediático universal estaba
más que justificado. Realmente, desde el punto de vista
científico, la noticia resultaba increíble. Si un 28
de diciembre un paleoantropólogo le hubiese querido gastar
una broma a un colega, sencillamente, no habría colado;
nadie se hubiera creído algo así.
Pero no era ninguna broma. El anuncio de un descubrimiento tan
fabuloso como éste se hacía en la prestigiosa revista
Nature. Los artículos concernientes al descubrimiento
habían pasado la criba de un riguroso comité de
expertos y contaban con el nihil obstat del prestigioso
arqueólogo Christopher Stringer. Una revista que se juega su
reputación, semana tras semana, no puede arriesgarse a
publicar fruslerías especulativas. El hallazgo de la
existencia de una especie humana nueva que había sido
contemporánea nuestra y que se había extinguido
recientemente iba en serio.
El descubrimiento se había realizado en septiembre del
2003, cuando un equipo de investigación liderado por: Mike
Morwood y Peter Brown (ambos de la Universidad de Nueva Inglaterra,
en Armidale, Australia) encontró en el sector VII de la
cueva de Liang Bua el cráneo y parte del esqueleto
postcraneal de un individuo perteneciente a una nueva especie
humana.
3.- Ubicación del descubrimiento.
Liang Bua es una cueva cárstica situada en el centro de
la parte occidental de la isla, a unos 14 Km al noroeste de Ruteng,
la capital del departamento de Manggarai; y a unos 25 Km de la
costa septentrional, bañada por el Mar de Flores. Se
encuentra a 500 metros sobre el nivel del mar, y su
formación se debe a la acción del río Wae
Racong, que ahora está a unos 200 metros de distancia de la
cueva y a 30 metros por debajo del nivel de la misma.
El sector VII es el lugar en el que se han encontrado los restos
óseos de Hobbit (apodo cariñoso con el que sus
descubridores han decidido nombrar a esta hembra de Homo
floresiensis, debido a su corta estatura24). Se trata de una pequeña
superficie de 4 m2 situada muy cerca de la pared
oriental. El esqueleto se encontró a casi seis metros de
profundidad (5,9 m.), en una superficie muy pequeña:
aproximadamente unos 500 cm2 (20x30 cm). En el mismo
nivel se hallaron restos de animales y útiles de piedra.
Datadas por el método del carbono 14, las capas superiores
de este nivel ofrecen una antigüedad comprendida entre 11 y 13
Kyr.
En un principio, sus descubridores, pensaron que se
habían topado con el esqueleto de un niño. Pero al
analizarlo los dientes pudieron comprobar que su desgaste
coincidía con una longevidad propia de un adulto. A juzgar
por la forma de la pelvis parece ser que se trataba de una mujer
que, tal vez, murió con una edad de 30 años.
Si no era un niño, entonces ¿podría
tratarse de un tipo de pigmeo de nuestra especie? Los autores del
descubrimiento descartan esta hipótesis alegando que la
escasa estatura de los pigmeos se debe a que detiene su crecimiento
corporal justo al llegar al principio de la adolescencia, pero el
cerebro ya ha terminado su ritmo de crecimiento normal, con lo que
entonces ya tiene el tamaño que tendrá cuando el
individuo sea adulto. Es decir: un pigmeo sapiens tiene una
estatura muy baja pero un cerebro con el volumen medio de la
nuestra especie y, por tanto, con un índice de
encefalización mucho mayor que el de
floresiensis.
Tampoco estamos ante una mujer que tuviera anomalías en
el crecimiento, ya que se han encontrado restos aislados de otros
individuos que apuntan en la misma dirección: un
tamaño reducido como característica específica
y no como signo de una anomalía en el crecimiento.
Pese a su diminuto tamaño cazaban animales como elefantes
enanos ya extintos (Stegodon), principalmente las crías;
lagartos gigantes, el afamado Dragón de Comodo, (aún
existente), serpientes, tortugas, ranas, roedores y
murciélagos. Dado que los huesos de algunos de estos
animales han aparecido carbonizados se cree que floresiensis
debía de dominar el fuego.
En Liang Bua también se han encontrado miles de
herramientas líticas que servían para despellejar,
descuartizar, curtir o perforar. Muchas de estas herramientas
aparecen en sedimentos que tienen 78 Kyr. Sabemos que
sapiens no llegó a Flores hasta hace unos 12 Kyr.
Luego no debió ser él el fabricante de esas
herramientas. ¿Quién es el autor de estas
herramientas de Flores, tan parecidas a las que fabricaban por esas
fechas los neandertales en Europa y los sapiens en
África? Aún no lo sabemos con total seguridad.
Poco después de morir, el cuerpo de esta mujer fue
cubierto por una fina capa de sedimentos. Se han utilizado
métodos de datación por radiocarbono y luminiscencia
para determinar la antigüedad de estos sedimentos y así
poder inferir la datación exacta de los restos de este
homínido. Dos muestras del esqueleto fueron datadas por
carbono 14 y ambas arrojaron un resultado similar: 18 Kyr.
En el sector IV se encontró un premolar con las mismas
características morfológicas que los que se hallan en
la mandíbula completa del homínido del sector VII
(Hobbit), por lo que se ha asignado a la misma especie;
atribuyéndosele, también, una antigüedad de 18
Kyr. Por debajo de este premolar se ha encontrado un molar
perteneciente a un individuo joven de Stegodon que, datado
por termoluminiscencia, arroja una antigüedad aproximada de 74
Kyr.
Todavía son más vetustos los restos óseos
de un homínido que podría tener unos 95 Kyr. En
cualquier caso no menos de 74 Kyr. Los restos incluyen un radio de
un individuo adulto que debió de medir, también,
alrededor de un metro. Esta estatura es lo que ha hecho que se
asignen provisionalmente a Homo floresiensis, en espera de
la realización de estudios que puedan precisar más, o
confirmar, su asignación específica.
¿fCuáles eran las capacidades intelectuales de
Hobbit? Después de una viva polémica, a la que
aludiremos posteriormente, sus descubridores, en
colaboración con la paleoantropóloga Dean Falk y el
radiólogo Charles Hildebolt, han realizado un estudio del
cráneo LB1 y que fue publicado a principios de marzo25. Cuando en octubre de
2004 se presentó en sociedad a Hobbit, se le
estimó un volumen cerebral de 380 cc.; volumen
idéntico al del promedio de los actuales chimpancés,
y muy lejos del de los 1350 cc. de los humanos de hoy en
día. El nuevo volumen que se le atribuye ahora al cerebro de
floresiensis es de 417 cc.26, dato que le incluye dentro de los
parámetros característicos de los
Australopithecus gráciles, tipo Lucy, de hace 3
millones de años. Sin embargo lo que más le ha
llamado la atención a Falk ha sido, no tanto el volumen,
como la estructura del cerebro: un tamaño craneal propio de
un australopiteco pero con una estructuración cerebral
claramente humana. Y... ¿esto cómo lo podemos saber?
El cerebro no fosiliza, pero deja unas marcas inequívocas en
la pared interna del cráneo (el endocráneo). El
estudio del endocráneo del homínido de Liang Bua ha
revelado que: a.- tenía muy desarrollados los lóbulos
temporales (zonas que en nuestro género están
asociadas a la comprensión del lenguaje, en ellas se hallan
el área de Wernicke y el área de Broca), y el
área cerebral que controla el oído y b.-
también está muy desarrollado el lóbulo
frontal (zona asociada al control de las habilidades racionales y
al de la planificación del futuro). Estos datos permiten
especular con la posibilidad, pues se trata
sólo de una hipótesis, de que Homo
floresiensis fuera capaz de planificar acciones futuras
complejas, así como de dominar alguna forma de lenguaje
hablado.
Desde el mismo momento de la presentación de esta nueva
especie humana la polémica en torno a ella ha sido muy viva.
En primer lugar hay investigadores (Collin Groves) que creen que
Homo floresiensis podría haber evolucionado a partir
de Homo habilis, o de alguna otra especie humana, anterior a
Homo erectus, aún no descubierta27(posibilidad también
considerada por Falk28, Morwood, Brown29y otros30). Desde luego, si esto es así, se
tendría que rescribir por entero la historia de la
evolución de todo el género humano en los dos
últimos millones de años. Otros (Teuko Jacob, por un
lado, y Maciej Henenberg junto con Alan Thorn, por otro) creen que
en realidad estamos ante un sapiens que tuvo problemas en el
crecimiento. La respuesta de los descubridores de Hobbit es
contundente: “Tenemos siete individuos con un cuerpo similar,
con dientes y con proporciones faciales como las del
espécimen de Liang Bua. ¿Cuál es la
posibilidad de qué representen la forma de los humanos
modernos? Ninguna”31. Gigantes de la paleontología
humana, como Tim D. White y Chris Stringer también discrepan
de la interpretación de Jacob. La controversia ha llegado a
alcanzar a cuestiones tales como la custodia y el acceso a los
fósiles. Hasta ahora habían estado en manos de Jacob
(decano de la paleoantropología en Indonesia y que no
pertenecía al equipo investigador) sin que sus descubridores
tuvieran acceso a ellos; sin embargo, muchos de los fósiles,
afortunadamente, vuelven a estar a su disposición para su
estudio. Desde luego, Homo floresiensis va a dar mucho de
qué hablar en un futuro inmediato, pues sus restos
semifosilizados se han convertido, por diversas razones, en unos
auténticos “huesos de la discordia”, tal como
podremos comprobar un poco más adelante.
4.- ¿Cómo surgió Homo
floresiensis?.
Uno de los grandes enigmas en torno a este homínido
consiste en saber cómo surgió su especie. De momento,
sus descubridores suponen que debió de hacerlo a partir de
Homo erectus. No en vano esta especie humana fue descubierta
en Java a finales del siglo XIX por el médico
holandés Eugen Dubois.
En 1887 partió hacia Indonesia para encontrar pruebas
fósiles que dieran la razón a Darwin. Éste
había publicado en 1859 su célebre obra: el origen
de las especies, en donde afirmaba que los seres vivientes
actuales procedían por evolución de otros anteriores
y estos de otros hasta remontarse a un primer ser vivo del cual
descendían todas las formas vivientes que habían
existido. El mecanismo por el cual se producía este
fenómeno, el motor de la evolución, era la
selección natural de las mutaciones que, surgidas al azar,
favorecían la adaptación al medio y, por ello, la
supervivencia. Dubois nació un año antes de la
publicación de la obra de Darwin y creció en medio de
toda la polémica que levantaron sus tesis, especialmente
cuando se aplicaron a nuestra especie, tras publicarse en 1883:
El origen del hombre. En esta obra Darwin sostenía
que no éramos ninguna excepción en la naturaleza; es
decir, que el hombre también procedía por
evolución biológica a partir de otras formas animales
y por los mismos mecanismos (selección natural de las
mutaciones genéticas surgidas al azar). Todas las cualidades
que definían al hombre como tal habían ido surgiendo,
progresivamente, a partir de su evolución puramente
biológica. El entonces afamado biólogo alemán
Ernst Haeckel, fervoroso partidario de la tesis de Darwin, dedujo
que debía de existir una forma intermedia entre el hombre
actual y los primates y que, sin duda sería el
eslabón perdido postulado por Darwin. Haeckel llamó
Pithecanthropus alalus (“Hombre-mono sin habla”)
a esta forma intermedia.
Como ya hemos dicho, Dubois viajó en 1887 a Indonesia
para hallar este eslabón perdido32. Después de varios
años de trabajo la fortuna acabó sonriéndole
en 1891. En una terraza del río Solo, cercana a la localidad
de Trinil acabó encontrando una calota (la bóveda
craneal), un fémur y una muela. Los signos
inequívocos que mostraba el fémur para la marcha
bípeda llevaron a Dubois a asignarlos a una especie nueva:
Homo erectus. Hay abierta una controversia en torno a la
antigüedad de estos fósiles. Originalmente se
pensó que, aproximadamente, tendrían un millón
doscientos mil años; incluso podrían llegar hasta un
millón cuatrocientos mil. Pero en la década de los
noventa del siglo pasado, los geocronólogos Carl Shiwsher y
Garniss Curtis les han asignado edades mucho más antiguas de
lo que hasta entonces se venía suponiendo. Estos
investigadores afirman que los restos de Trinil podrían
tener perfectamente 1,8 millones de años de antigüedad,
algo realmente sorprendente. Pero muchos científicos son
escépticos con esta última fecha y alegan que tal vez
haya habido una contaminación estratigráfica en los
sedimentos. Más controvertidas son las fechas de su
extinción; que, según Shiwsher llegarían hasta
los 30 mil años. Si fueran ciertas convertirían a los
erectus de Java en coetáneos de los sapiens y
los floresiensis.
En principio, lo más razonable es suponer que Homo
floresiensis procede de Homo erectus. La
suposición se basa en una serie de rasgos compartidos, pero
también en el hecho de que erectus es la única
especie ancestral que tenemos documentada en el registro
fósil de esa zona.
Por otra parte hay quienes afirman verle más parecido con
Homo habilis. De hecho, Homo floresiensis presenta
rasgos de una evolución en mosaico: junto a caracteres
derivados conserva otros compartidos; entre sus rasgos
anatómicos alguno hay que, efectivamente, evoca a H.
habilis (por ejemplo la estatura) o incluso a Homo
georgicus (una especie humana nombrada a partir de los restos
encontrados en Dmanisi, Georgia). Tal es el parecer de Juan Luis
Arsuaga, uno de los tres afamados codirectores de los populares
yacimientos paleoantropológicos de Atapuerca, en Burgos.
Pero también es el parecer de Colin Groves, de la
Universidad Nacional de Australia en Canberra33. Incluso Morwood y Brown,
en su réplica a Groves admiten que ellos barajan la
posibilidad de que floresiensis pudiera derivar de una forma
humana anterior a erectus; tal vez Homo habilis;
incluso alguna especie humana, aún no encontrada, y que ya
había reducido su tamaño en estado de aislamiento en
otras islas pequeñas. Ambas opciones son tremendamente
revolucionarias y en ausencia de pruebas concluyentes lo mejor es
optar por una postura conservadora: Homo erectus estaba
presente en Java hace 1,8 Ma., de modo que tuvo tiempo más
que suficiente para llegar hasta Flores, de una forma u otra, y
evolucionar allí hacia la especie humana que estamos
comentando.
¿fQué pasaría si Homo
floresiensis descendiera de Homo habilis o de
Homo georgicus? Simple y llanamente: que
debería rescribirse gran parte de la historia de la
evolución humana, cambiando muchos conceptos del paradigma
clásico, por ejemplo: que Homo habilis no
había salido nunca de África. Esta idea empieza a
cuestionarse desde el momento en que se reconoce que los restos de
Dmanisi son más parecidos a habilis, aunque no
idénticos, que a Homo ergaster o erectus; por
lo que se ha decidido asignarlos a una especie nueva: Homo
georgicus. Hemos de detenernos a tratar, aunque sea muy
brevemente, el caso de los fósiles de Dmanisi, ya que no
está totalmente descartado que puedan guardar cierta
relación con los de Flores.
En 1991 el equipo de Leo Gabunia, Abesalom Vekua y David
Lordkipanidze encontró casualmente una serie de restos
humanos en la localidad georgiana de Dmanisi. Se calculó que
su antigüedad podía ser de 1,8 Ma., algo realmente
espectacular y que fue recibido con gran escepticismo en aquella
época, ya que entonces se suponía que los primeros
humanos que habían abandonado África lo habían
hecho mucho más tarde. El yacimiento de Tel Ubeidiya
(Israel) arroja unas fechas máximas cercanas al
millón cuatrocientos mil años de antigüedad, la
misma datación que se atribuía entonces a los
yacimientos indonesios de Modjokerto, Trinil y Solo.
En un principio los restos de Dmanisi se atribuyeron a Homo
ergaster o a Homo erectus. Pero en 1999 se descubrieron
dos nuevos cráneos que obligaron a replantear la
cuestión. El pequeño volumen de los mismos,
así como otros rasgos arcaicos, sugerían que estos
restos humanos no perteneciesen a ergaster ni a
erectus, sino que recordaban más a habilis,
aunque no eran totalmente idénticos, pues mostraban algunos
rasgos más modernos y no detectados en habilis. Por
ello, el equipo de científicos georgianos optó por
incluirlo en una nueva especie humana: Homo georgicus.
No tiene por qué ser imposible que habilis
abandonara África y durante el trayecto evolucionara hacia
georgicus; de hecho se trata de adelantar el esquema que
proponía que ergaster había sido el primer
humano en salir de África, dando lugar al clado
erectus durante su migración por Oriente
Próximo. Esto ya sería mucho, pero suponer que
Habilis o georgicus llegaron hasta Java y allí
evolucionaron hacia floresiensis, o que navegaron hasta
Flores para dar lugar en esa isla a aquélla especie, resulta
ser algo para lo cual aún no estamos mentalmente preparados,
y mucho menos para aceptar que fueran los Australopithecus
quienes hicieran un viaje así, tal como sugiere Kate Wong
aludiendo a Milford Wolpoff34. Dejemos de lado, de momento, esta
hipótesis, aunque, por lo que estamos viendo, en
evolución humana no podemos cerrar nuestro espíritu a
nada que tenga lógica.
Centrémonos en la hipótesis que, por el momento,
parece más plausible. Atribuyamos una edad arbitraria de 20
años a cada generación y supongamos que una
generación se desplaza un promedio de 20 Km. Esto nos
daría un ritmo de desplazamiento de un kilómetro al
año para estos grupos humanos. Lo que significa que en menos
de 40,000 años, unos ergaster que hubieran iniciado
un movimiento migratorio desde Kenya o Etiopía
podrían haber llegado a cualquier parte del sudeste
asiático o de la costa China, tras salir de África
por el corredor de Palestina y bordear el Mar Rojo y el Golfo
Pérsico por la costa de la Península de Arabia, para
seguir por el litoral del Índico hasta el sudeste
asiático y Java; que, en determinados periodos, ha estado
unida a Indochina y Malasia formando la Península de Sonda
(o Sunda).
Así, pues, es perfectamente plausible que Homo
ergaster abandonara África hace 1,8 Ma. Y poco
después, desde el punto de vista del tiempo
geológico, ya estuviera en la actual Indonesia occidental.
Si las dataciones de Carl Shiwsher son correctas, esta
hipótesis se vería corroborada por un dato
empírico. En cualquier caso, hace más de un
millón de años que Homo erectus ya estaba en
la actual Java.
¿fColonizó Homo erectus la isla de Flores?
Si fue así, ¿cuándo lo hizo? En 1999 el equipo
de Morwood y Brown dio a conocer al mundo el descubrimiento de unas
herramientas de piedra que podían tener 840,000 años
de antigüedad. Los autores sostienen que son de origen
antrópico, lo que significa que los humanos ya podían
habitar esas tierras en esa fecha. Hay especialistas que aconsejan
prudencia antes de poder descartar totalmente que su origen se deba
a causas puramente naturales, es decir: a la acción de los
agentes meteorológicos y no a la manipulación humana
intencionada.
Supongamos que realmente son piedras talladas por humanos.
¿Quiénes las hicieron? Hasta ahora se suponía
que habrían sido los erectus; pero, visto lo visto,
no se puede cerrar la puerta a nuevas sorpresas relacionadas con
esas fechas. Sin embargo, la autoría de la morfología
de esas piedras no es lo único admirable en este caso. Si
los humanos fueron los causantes de la talla de esos artefactos,
¿cómo fueron capaces de llegar hasta Flores hace 840
Kyr si, al parecer, la isla nuca estuvo unida por un brazo de
tierra al continente?
Cuando el clima de la Tierra se enfría el agua tiende a
congelarse concentrándose en los polos. Entonces el nivel
del mar baja y muchas tierras de la plataforma continental emergen.
Algunas islas se unen al continente por brazos de Tierra. Aunque la
configuración morfológica de los continentes no ha
cambiado esencialmente en los últimos cien mil años,
el espacio de tierra potencialmente habitable por los humanos
sí lo ha hecho; muchas regiones hoy cubiertas por las aguas
desde el final de la última glaciación, han estado
emergidas durante milenios. Lo mismo sucedía hace casi un
millón de años. En ocasiones, el nivel del mar
llegaba a bajar hasta cien metros por debajo del nivel actual. Hay
numerosos casos llamativos de este fenómeno: gran parte de
las islas que hoy forman el archipiélago de Indonesia han
estado unidas al continente asiático formando la
Península de Sunda; Australia, Nueva Guinea y Tasmania han
estado unidas formando un solo continente: Sahul; y Alaska y
Siberia estaban unidas por un brazo de tierra denominado Beringia,
justo donde hoy está el estrecho de Bering. Pero, al
parecer, Flores nunca ha estado unida a la península de
Sunda. Es más, permanecía más allá del
horizonte visual.
El gran naturalista Alfred Russell Wallace, co-descubridor junto
con Darwin de la teoría de la evolución por la
selección natural de los caracteres adquiridos al azar, se
pasó varios años en las Indias Orientales, entonces
bajo el control político de Holanda, estudiando el
límite entre dos de las tres grandes zonas en que se dividen
geográficamente las faunas de los vertebrados terrestres.
Estos dos reinos son: la Arctogea (que incluye Eurasia,
África y Nortemérica) y la Notogea (con Australia,
Nueva Guinea y Tasmania). El tercer reino es la Neogea y comprende:
Sudamérica y Centroamérica. En 1863 Wallace
trazó la frontera natural entre la Arctogea y la Notogea
haciéndola pasar al este de las islas de Mindanao (en
Filipinas), Borneo y Bali. Así, Sulawesi (o Célebes),
la Molucas, las islas menores de la Sonda y Timor quedaban del lado
de la Notogea. Thomas Henry Huxley, famoso, entre otras cosas, por
ser el gran apologista de Darwin, nombró en su honor a esta
divisoria biogeográfica: la “Línea de
Wallace”. Sin embargo, estudiosos posteriores llevaron la
línea cada vez más hacia el este. No existen barreras
geográficas impenetrables, de modo que, los límites
entre las diversas regiones biogeográficas siempre son
difusos y suelen solaparse. Al oeste de la Línea de Wallace
queda la plataforma de la Sonda, y al este la plataforma del Sahul.
Cruzar la línea de Wallace sólo es posible de dos
manera: volando o navegando, ya sea de forma casual o
intencionadamente. Las preguntas claves son, pues,
¿quiénes fueron los primeros humanos en llegar a
Flores? Y ¿cuándo lo hicieron?
Sigamos suponiendo que las piedras halladas por el equipo de
Morwood y Brown son herramientas líticas talladas por
hombres que vivían en Flores hace 840,000 años (como
no están asociadas a restos óseos no podemos
atribuirlas a ninguna especie en concreto, aunque, de momento, el
mejor candidato es Homo erectus), esto significaría,
obviamente, que la isla ya estaba poblada entonces. La pregunta,
por tanto, sería ahora, ¿Cómo lograron llegar
hasta allí?
Existen dos hipótesis: navegación de fortuna y
navegación intencionada. Aunque no se sabe cuál es el
origen exacto de los primates del Nuevo Mundo hay
paleontólogos que opinan que debieron surgir a partir de
congéneres africanos que cruzaron el Atlántico
durante el Oligoceno gracias a la navegación de fortuna.
Aunque entonces Sudamérica y África estaban separados
por 3,000 Km, existen restos fosilizados de roedores a uno y otro
lado del océano que guardan una similitud tal que los
investigadores no dudan en emparentarlos, afirmando que lograron
cruzar esa gran distancia casualmente, cubriendo, tal vez, el
trayecto a través de islas.
Pero si ya resulta admirable que los primeros colonizadores de
Australia llegasen hasta allí navegando hace, como
máximo 60,000 años, mucho más espectacular es
suponer que navegaron hasta Flores los autores de aquellas
herramientas hace ¡840,000!
Si la navegación fue intencionada se debería
dominar un mínimo de técnicas de construcción
naval y de navegación, por muy rudimentarias que fueran. Que
los erectus, o cualquier otra especie humana de esos
tiempos, tuviese los conocimientos suficientes para la
construcción de algún tipo de embarcación, por
elemental que fuera, y de la mínima técnica para
navegar con una intencionalidad tras un objetivo deliberado,
resulta algo tan excepcional que es casi increíble; ni
siquiera en el caso de que en dicha colonización se haya
utilizado la técnica de los “saltos de rana”, es
decir: avanzar de islote en islote y de isla en isla, hasta llegar
a Flores desde Java. Entre Bali, que sí estaba unida a la
península de Sonda y Flores hay dos Islas relativamente
grandes: Lombok y Sumbawa, y otras más pequeñas,
entre las que destaca: Comodo. Aunque las distancias de unas a
otras no son muy grandes, muchas están más
allá del campo visual. Por esto mismo, aún suponiendo
que erectus fuese capaz de navegar, ¿cómo
podía saber que yendo mar adentro encontraría tierra?
Se nos ocurren dos razones por las cuales podría sospechar
que no muy lejos del punto máximo al que lograba llegar su
vista podía haber tierra firme:
- El vuelo migratorio de las aves. Aunque hoy sabemos que son capaces de
volar durante centenares de kilómetros sin reposar, los
primeros humanos que supuestamente navegaron cruzando la
Línea de Wallace pudieron tomar una decisión muy
arriesgada con un final afortunado sin ser plenamente conscientes
de los peligros que conllevaba.
- Otra opción que podría haberles despertado el
convencimiento de que existía tierra firma más
allá del horizonte tal vez pudo haber surgido a partir de la
observación de las columnas de humo que se alzaban a
raíz de algún incendio espectacular. Hace pocos
años fue tristemente famoso en indonesia un incendio
devastador que alzó inmensas columnas de humo, visibles a
centenares de kilómetros.
Sea por fortuna o más o menos deliberadamente, resulta
admirable que hace poco más de 800,000 años ya
hubiera humanos en la isla de Flores. Al no haberse encontrado
restos fósiles humanos de esa antigüedad, la prueba
indirecta de que la isla ya estaba habitada por miembros de nuestro
género nos la brinda la industria lítica a la que
hacíamos referencia anteriormente. Supongamos que,
efectivamente, son piedras talladas por humanos: ¿qué
sucedió entonces con la población que quedó
recluida en la isla? ¿Cuál fue su evolución a
lo largo de los centenares de miles de años que
transcurrieron desde esta supuesta fecha de llegada hasta la
extinción de los Homo floresiensis hace 12,000
años?35
¿La especie humana que llegó a Flores y,
supuestamente, dio lugar, con el tiempo, a los Homo
floresiensis, ocupó otras islas en las que
también evolucionó hacia esta misma morfología
humana? ¿Quizás lo hicieron hacia otras formas?
¿fPor qué la complexión física de
Homo floresiensis es tan reducida? Flores es una isla
relativamente pequeña, en ella escasean los recursos
alimenticios, de modo que resulta prácticamente imposible
mantener una población de grandes depredadores. En
consecuencia los grandes herbívoros ya no necesitan cuerpos
muy voluminosos como mecanismo de defensa, pues su alto coste
energético haría inviable la supervivencia en
hábitats de escasos recursos. De esta suerte la
selección natural favorece la supervivencia de aquellos
herbívoros que reducen su volumen corporal, con lo que la
especie puede hacer una mejor gestión de los recursos
alimenticios gracias a un mayor aprovechamiento de los mismos,
posibilitando así su viabilidad.
Se conocen casos espectaculares de reducción del volumen
corporal en situaciones de aislamiento geográfico en islas
pequeñas. En Sicilia, por ejemplo, los elefantes adultos
llegaron a tener un peso medio de tan sólo 250 Kg. En Chipre
y en Malta se han encontrado restos fosilizados de
hipopótamos que pesaban 400 Kg. En otras islas del
Mediterráneo se han hallado fósiles de ciervos que
tenían el tamaño de un perro.
Sin embargo, explicar la reducción del volumen cerebral
que ha experimentado Hobbit es algo mucho más
complejo y está menos documentado en el registro
fósil. El paleontólogo Salvador Moyá, del
Institut Miquel Crusafont de Sabadell en Barcelona, encontró
en las Baleares restos fosilizados de Myotragos, una especie
de buey que había reducido el tamaño de su cerebro a
la mitad36.
Explicar la reducción del volumen cerebral en los humanos es
algo sumamente complejo, ya que se trata de un depredador (aunque
es posible que los leones y las hienas, que también son
depredadores, hayan reducido el volumen de su cerebro un tercio en
el último millón de años). La causa exacta de
esa reducción permanece todavía por desvelarse:
¿Fue, simplemente, debido al aislamiento geográfico?
¿Hay algún otro motivo que, de momento, se nos
escapa? Según sus descubridores las dos hipótesis
más plausibles son: Por un lado que floresiensis sean
los descendientes de una población de erectus que
quedara recluida en la isla y que redujera drásticamente su
tamaño para poder sobrevivir. Pero, por otra parte, va
cobrando fuerza la idea de que floresiensis sea el
descendiente de una población de pre-erectus
(¿habilis, georgicus, o -tal vez- otra especie
aún por descubrir?) que llegó a Flores hace mucho
más tiempo del imaginado hasta ahora y, por lo tanto,
llegaron ya con un tamaño corporal y cerebral
pequeño, sin un proceso de reducción demasiado
significativo. Hay que recordar que Homo habilis
medía poco más de un metro y su cerebro se mueve en
torno a los 600 cm3. Respecto a estos parámetros
los de floresiensis ya no son especialmente distantes.
Naturalmente si le comparamos con los 1000 cm3 de
capacidad endocraneal de erectus la reducción de su
cerebro es espectacular. ¿Cuál de las dos
hipótesis es la correcta? El tiempo lo dirá.
¿Hay una tercera alternativa? Ya lo veremos.
5.- Los huesos de la discordia.
Tras la publicación del espectacular descubrimiento se
desató una desagradable polémica. Teuko Jacob, la
máxima autoridad indonesia en materia de evolución
humana, estaba al margen de la investigación, pero a
través de un colega que sí formaba parte del equipo
que trabajaba en Liang Bua pudo acceder al esqueleto de
Hobbit. En un principio debía de ser por un tiempo
limitado, pero el nerviosismo y las sospechas empezaron a cundir
cuando incumplió los sucesivos plazos de entrega a los que
se iba comprometiendo. Las protestas del equipo de Morwood y Brown
aumentaban porque ni siquiera ellos podía acceder a la
investigación de los restos que habían descubierto.
El cruce de reproches fue realmente grave37. Jacob llegó a ser acusado de
haber secuestrado los restos de Hobbit. Además,
éste no dejaba de sostener que la hembra de
floresiensis hallada no era otra cosa más que un
miembro de nuestra especie que sufría una anomalía
del crecimiento, explicándose el diminuto tamaño del
cerebro a causa de una microcefalia, algo que Morwood y Brown
rechazaban, con buen criterio, de plano.
Por fin, a principios de marzo del 2005, Jacob devolvió
los restos de Hobbit a sus descubridores. Pero la sorpresa
de estos fue mayúscula al comprobar que sus peores sospechas
se habían cumplido: la manipulación de los restos
semifosilizados de la hembra floresiensis por parte del
equipo de Teuko habían sufrido un gran deterioro38: la pelvis se ha
partido; en la mandíbula falta un incisivo; la parte
inferior de la mandíbula se ha fragmentado por varias partes
(la reconstrucción ha cambiado, forzosamente, la
fisonomía de esta zona maxilar); en la parte superior
trasera de la mandíbula falta un fragmento de hueso; se ha
creado un espacio vacío, anteriormente inexistente, entre el
canino y el premolar. ¡En fin! Algo increíble y
decepcionante. Realmente una situación muy lamentable.
6.- El futuro de Homo
floresiensis.
El futuro de Homo floresiensis es muy prometedor. A
finales de marzo el equipo de investigación reiniciaba las
excavaciones en Liang Bua. Esta campaña se va a trabajar en
niveles que tienen unos 50,000 años de antigüedad, con
el convencimiento de que aparecerán nuevos restos de esta
especie que zanjarán toda posible polémica sobre su
auténtico estatus.
Ciertamente, lo que vamos a decir ahora, es, por el momento,
pura especulación, pero resulta una idea muy tentadora como
para dejarla pasar por alto: ¿hay más hobbits
en las islas cercanas a Flores? ¿Únicamente fue
ahí donde se produjo este extraño experimento de la
evolución humana? ¿En las islas que rodean Flores
evolucionaron los humanos hacia especies nuevas que aún nos
son desconocidas? Para intentar dar una respuesta a estas
cuestiones M. Morwood se trasladó a finales de marzo hasta
la vecina isla de Lombok, al oeste de la línea de Wallace,
para encontrar posibles lugares de interés en los
cuáles poder iniciar excavaciones futuras39.
Sin embargo hay otras cuestiones más próximas que
todavía siguen en pie: ¿Por qué se
extinguió Homo floresiensis? ¿Fuimos nosotros
los causantes de su desaparición? ¿Nuestros
antepasados interactuaron con ellos? ¿Qué diferencia
existe entre su acervo genético y el nuestro? Hoy son
interrogantes para los que todavía no tenemos soluciones. Lo
que sí es seguro es que, tal como afirman Boyd y Silk:
“la evolución de los homínidos es más
compleja de lo que habíamos imaginado”40.
Decíamos al principio que en evolución humana los
grandes descubrimientos siempre generan más preguntas que
respuestas y el “caso floresiensis” no es una
excepción. La buena noticia es que, en esta ocasión,
no deberemos esperar mucho tiempo para empezar a tener
explicaciones razonables a las cuestiones aquí expuestas. De
todos modos, debemos ser prudentes y no olvidar las palabras
pronunciadas por el filósofo presocrático
Heráclito de Éfeso cuando decía que: “la
Naturaleza ama ocultarse”. A la verdad parece
sucederle lo mismo, por eso hemos de admitir que tal vez nunca
logremos desentrañ todos los enigmas que rodean nuestra
historia evolutiva, incluidas algunas de las cuestiones más
importantes que afectan al admirable Homo floresiensis: ese
pequeño gran misterio de la evolución humana.
Notas
(1) Ayala y Cela Conde
reconocen este hecho, pero lo atribuyen a errores de base:
“Cada descubrimiento de una forma fósil anteriormente
ignorada suele resolver alguna de las dudas previas, pero al precio
de plantear otras nuevas que, a menudo, producen la
sensación de que el panorama de nuestros orígenes es
algo muy confuso sobre lo que se carece de conocimientos fiables
(...) En realidad los problemas provocados por los nuevos hallazgos
son, en muchos casos, el resultado de haber sostenido con
anterioridad hipótesis excesivamente especulativas y
falsas” (Camilo José Cela Conde y Francisco Ayala:
Senderos de la evolución humana ; Alianza Editorial,
Madrid, 2001, p. 86). Aunque parece que acaban apostando por la
prudencia: “No se dispone todavía de los suficientes
indicios para poder dar un retrato exacto de la filogenia de los
homínidos en el Plioceno. Se reclaman, pues, más
fósiles que sirvan para resolver las dudas. Pero los que
continúan apareciendo, si es que aclaran algún
dilema, lo hacen por lo general al precio de llevarnos hacia varios
más” (ibidem; p. 284). Lee R. Berger se expresa con
meridiana rotundidad: “Cada nuevo descubrimiento plantea
tantas preguntas acerca de la naturaleza de los homínidos
primitivos y sus relaciones como respuestas aporta” (Lee R.
Berger: Tras las huellas de Eva ; B.S.A., Barcelona, 2001,
p. 42). Idea a la que José María Bermúdez de
Castro parece dar su conformidad cuando afirma que: “Cada
hallazgo viene a dar respuesta a una o más preguntas, pero
siempre plantea nuevos interrogantes” (J.M. Bermúdez:
El chico de la Gran Dolina ; Ed. Crítica, Madrid,
2002, p. 27). Tampoco Jaume Bertranpetit Busquets parece ser ajeno
a esta línea de pensamiento, al menos esto es lo que se
percibe cuando sostiene que: “Cuanto más sabemos, con
más detalle queremos analizar los procesos del cambio y, por
tanto, aparecen nuevos vacíos en el conocimiento” (J.
Bertranpetit: Viaje a los orígenes ; Ed.
Península, Barcelona, 2000, p. 109). Por esto dice Luigi
Luca Cavalli-Sforza que: “el científico dedica gran
parte de sus esfuerzos a sembrar dudas” (L.L. Cavalli-Sforza:
¿Quiénes somos? ; Ed. Crítica,
Barcelona, 1994, p. 85). Y en otro lugar se manifiesta en los
siguientes términos: “A modo de reflexión
final, la impresión que uno tiene cuando asiste a un debate
científico como éste es que hay muchas preguntas sin
respuesta, y esto es normal, porque cuanto más sabemos
más preguntas nos hacemos. Yo las dividiría en dos
subgrupos: unas pocas preguntas recurrentes que siguen sin
respuesta, y multitud de preguntas nuevas que hace apenas unos
años ni siquiera nos planteábamos, fruto de nuevos
hallazgos y nuevas interpretaciones” (VV.AA.: Antes de
Lucy ; Tusquets Editores, Barcelona, 2000, p.286).
(2) Este sentimiento
fatalista queda muy bien recogido por Berger, para quien siempre
estamos condenados a ver como: “en algún lugar, de
algún modo, aparecerá otro fósil que
obligará a revisar las teorías predominantes”
(op. cit.; p. 64).
(3) M. Brunet, D.
Pilbeam, Y. Coppens, L. De Bonis, Marcia Ponce De Leon, Christopher
Zollikofer, et al.: A new hominid from the Upper Miocen of Chad,
Central Africa ; Nature, 418, pp. 145-151, 11.VII.2002. Cf.
también, Patrick Vignaud et al.: Geology and paleontology
of the Upper Miocene Toros-Menalla hominid locality, Chad.
Nature, 418, pp. 152-155, 11.VII.2002. Y Cf. Henry Gee:
Toumaï, face of the deep ; Nature, Vol. 18, 11.VI.2002.
Así como Bernard Wood: Paleoanthropology: Hominid
reveletion from Chad ; Nature, Vol. 418, pp. 133-135,
11.VII.2002.
(4) Brigitte Senut,
Martin Pickford, Yves Coppens et al.: First hominid from the
Miocene (Lukeino Formation, Kenya) ; Comptes Rendus de
l’Académie des Sciences, Paris, serie IIa, Sciences de
la Terre et des Planètes, nº 322, pp. 137-144,
2001.
(5) Cf. Tim D. White,
Gen Suwa & Berhane Asfaw: Australopithecus ramidus, a new
species of hominid from Aramis, Ethiopia ; Nature, Vol. 371,
pp. 306-312, 1994.
(6) Y. Haile-Selassie:
Late Miocene hominids from the Middle Awash, Ethiopia ;
Nature, Vol. 412, pp. 178-181, 2001.
(7) Cf. M. Leakey, F.
Spoor et al.: New hominin genus from eastern Africa shows
diverse middle Pliocene linages ; Nature, vol. 410, pp.
433-440, 22.III.2001. Para un análisis del impacto que han
tenido todos estos descubrimientos en las distintas propuestas
filogenéticas ver Leslie C. Aiello & Mark Collard:
Our newest oldest ancestor? ; Nature, Vol. 410, pp. 526-527,
29.III.2001. Cf. también Daniel E. Lieberman: Another
face in our family tree ; Nature, Vol. 410, pp. 419-420,
22.III. 2001, quien califica a Kenyanthropus como un
“aguafiestas” por haber complicado el árbol
genealógico de los homínidos, demostrando que la
variabilidad y la diversidad del mismo es mucho mayor de la
supuesta hasta la fecha. Cf. también Ron Clarke: Nuevos
géneros de fósiles ; Mundo Científico,
nº 228, pp. 24-28 y Claudine Cohen: Nuestros ancestros en
los árboles ; Mundo Científico, nº 228, pp.
28-33.
(8) Cf. M.G. Leakey,
A.C. Walker, C.S. Feibel & I. McDougall: New
four-million-year-old hominid species from Kanapoi and Allia Bay,
Kenya ; Nature, Vol. 376, pp. 565-571, 1995. Cf. también
M.G. Leakey, A.C. Walker, C.S. Feibel, I. McDougall & C. Mark:
New specimens andconfirmation of an early age for
Australopithecus anamensis ; Nature, Vol. 393, pp. 62-66, 1998.
Cf. También M.G. Leakey & A.C. Walker: Antiguos
fósiles de homínidos en África
;Investigación y Ciencia, agosto de 1997, pp. 70-75. Para un
conocimiento más detallado de la morfología de
anamensis ver M.G. Leakey, A.C. Walker & C.V. Ward:
Morphology of Australopithecus anamensis from Kanapoi and Allia
Bay, Kenya ; Journal of Human Evolution 41, 235-368, 2001.
(9) Cf. M. Brunet et
al.: The first australopithecine 2,500 kilometres west of the
Rift Valley (Chad) ; Nature, Vol. 378, pp. 233-240; 1995. Cf.
También M. Brunet et al.: Australopithecus bahrelghazali,
une nouvelle espèce d’Hominidé ancien de la
région de Koro Toro (Tchad). C. R. Acad. Sci. Paris ,
Ser. IIa 322, 907-913, 1996.
(10) B. Asfaw , t.
White, O. Lovejoy, G. Suwa et al.: Australopithecus garhi: A new
species of early hominid from Ethiopia. Science 284, 629-635,
1999.
(11) Leo Gabunia,
Marie Antoine de Lumley, Abesalom Vekua, David Lordkipanidze, Henry
de Lumley: Discovery of a new hominid at Dmanisi (Transcaucasia,
Georgia) ; Comtes Rendus Paleov, septiembre de 2002, vol. 1,
nº 4, pp. 243-253.
(12) Francesco
Mallegni, et. al.: Homo cepranensis, sp. Nov. And the
evolution of African-European Middle Pleistocene hominids ;
Comtes Rendus Palevo, 2003, vol. 2, nº 2, pp. 153-159.
(13) J.M.
Bermúdez de Castro, J.L. Arsuaga, E. Carbonell, et. al.:
A hominid from the Lower Pleistocene of Atapuerca, Spain:
Posible ancestor to neandertals and modern humans ; Science
276, 30 de mayo de 1977, pp. 1392-1395.
(14) M.J. Morwood,
R.G. Roberts, et. al.: Archeology and age of a new
hominin from Flores in eastern Indonesia ; Nature 431, 28 de
octubre de 2005, pp. 1087-1091. P. Brown, M.J. Morwood, et. al.:
A new small-bodied hominin from thelate pleistocene of Flores, Indonesia ; Nature, 431, 28 de octubre de 2004,
pp. 1055-1061. Cf. también Marta Mirazón y Robert
Foley: Human evolution writ small ; Nature 431, 28 de
octubre de 2004, pp. 1043-1044.
(15) Tim D. White,
Berhane Asfaw, et. al.: Pleistocene Homo sapiens from Middle
Awash, Ethiopia ; Nature 423, 12 de Junio 2003, pp. 742-746.
Cf. también, J. Desmond Clark, et. al.: Stratigraphic,
chronological and behavioural contexts of Pleistocene Homo sapiens
from Middle Awash, Ethiopia , Nature 423, 12 de Junio 2003, pp.
747-752. Chris Stringer: Out of Ethiopia ; Nature, Vol 423,
pp. 692-695, 12 de junio de 2003; Ann Gibbons: Oldest member of
Homo sapiens discovered in Africa ; Science, vol. 300, p. 141,
13 de junio de 2003; Sarah Graham: Skulls of Homo sapiens
recovered ; Scientific American Digital (http://www.sciam.com). En la
web oficial de la Universidad de Berkeley (http://www.berkeley.edu/news/media/releases) se pueden ver videos grabados in situ, fotos, entrevistas a Tim
D. White, artículos en los que se exponen detalles
científicos y anécdotas relacionadas con los
hallazgos.
(16) El
descubrimiento fue dado a conocer en rueda de prensa el 4 de marzo
del 2005. Todavía se han de publicar los estudios de estos
restos. Nature se hizo eco de la noticia en una breve nota firmada
por Rex Dalton: Anthropologists walk tall after unearthing
hominid ; Nature 434, 10 de marzo de 2005, p. 126. Algo similar
puede verse en Science; cf. Ann Gibbons: Skeleton of upright
human ancestro discovered in Ethiopia ; Science 307, 11 de
marzo de 2005.
(17) A veces se
llegan a oír declaraciones tan pesimistas como las que hacen
Boy y Silk cuando afirman que: “Las incertidumbres del
registro fósil homínido nos desaniman
fácilmente y nos hacen dudar de que conozcamos hechos
seguros sobre nuestros antepasados”; (Robert Boyd y Joan B.
Silk: Cómo evolucionaron los humanos ; Ariel,
Barcelona, 2001, p. 328).
(18) De este parecer
son Boyd y Silk cuando afirman que: “el registro fósil
del Mioceno tardío poco nos dice sobre la criatura que
conecta los grandes simios de la selva con los humanos
modernos” (op. cit., p. 290). Ayala y Cela Conde opinan al
respecto que: “Al hablar de la evolución de los
hominoideos durante el Mioceno (...) no es fácil establecer
conexiones evolutivas que se remonten a esa época. Hay que
reconocer que no tenemos evidencia cierta alguna acerca de las
relaciones filogenéticas existentes entre los hominoideos
del Mioceno y tanto los grandes simios como los homínidos
actuales” (F. Ayala y C. J. Cela Conde: op. cit., pp.
169-170). Roger Lewin se manifiesta al respecto en los siguientes
términos: “Establecer relaciones filogenéticas
verticales o en el seno de algún período de tiempo en
particular, se hace por tanto extremadamente arriesgado, sino del
todo imposible, con el parcelado registro fósil actual. Dado
el vacío fósil que precede el registro hominoide
fósil y el hiato aún mayor que antecede a los
modernos grandes simios africanos, cualquier conjetura acerca de la
identidad del antecesor de los hominoides modernos no puede ser
más que, precisamente, una conjetura” (R. Lewin:
Evolución humana ; Ed. Salvat, Barcelona, 1994, p.
167).
(19) La
mayoría de los paleoantropólogos opinan que debe de
tratarse de un australopiteco, sin ponerse de acuerdo en qué
especie concreta. No obstante, voces muy autorizadas (Richard
Leakey, por ejemplo) disienten y afirman que procedemos de alguna
especie de homínido aún desconocida.
(20) Para unos fue
habilis , para otros rudolfensis ; pero hay quienes
opinan (Bernard Wood) que los habilis en realidad son
Australopithecus , mientras que algunos científicos
(Meave Leakey y Allan Walker) sostienen que rudolfensis no
es un humano sino un miembro del género de los
Kenyanthropus. Así, pues, tal como dice Lee R.
Berger, a la pregunta: ¿Cuál fue la primera especie
de Homo? (hay que contestar que) Por el momento no existe
ninguna respuesta definitiva” (op. cit., p. 51).
(21) Con gran
perspicacia observa Arsuaga que: “si hay problemas de
clasificación con las especies vivientes, juzgue el lector
los que se encuentra el paleontólogo cuando trabaja con los
fósiles” (J.L. Arsuaga: La especie elegida ;
Ediciones Temas de Hoy , Madrid, 1999, p. 41).
(22) Con esta
contundencia se expresa al respecto Richard Leakey: “El
asunto importante del origen de los humanos modernos
continúa sin resolverse, a pesar del fárrago de
información que ha sido aportado para su
interpretación” (R. Leakey: El origen de la
humanidad ; Ed. Debate, Barcelona, 2000, p. 137).
(23) Jean Chalin:
Un millón de generaciones ; Ed. Península,
Barcelona, 2002, p. 73.
(24) De hecho, su
nombre técnico es: LB 1; es decir: el espécimen 1 de
Liang Bua.
(25) D. Falk, Ch.
Hildebolt, M. Morwood, P. Brown, et. al.: The brain of LB1, Homo
floresiensis ; Science Express, 3 de marzo de 2005. Cf.
también, Michael Balter: Small but smart? Flores hominid
shows signs of advanced brain ; Science 307, 4 de marzo de
2005, pp. 1386-1389.
(26) Dato calculado a
partir de una reconstrucción virtual del cráneo
usando técnicas de tomografía computerizada (TC).
(27) Opinión
expuesta por Groves en Larry Barham: Some initial informal
reactions to publication of the discovery of Homo floresiensis and
replies from Brown & Morwood ; en Before Farming 2004/4
article 1, p. 2
(28) D. Falk, et.
al.: The brain of LB1, Homo floresiensis ; op. cit.
(29) Réplica
de Morwood y Brown a Groves en Larry Barham: Some initial
informal reactions to publication of the discovery of Homo
floresiensis and reptils from Brown & Morwood ; Before
Farming 2004/4 article 1, p. 5.
(30) Juan Luis
Arsuaga, por ejemplo; incluso José Manuel Bermúdez de
Castro.
(31) En Larry Barham:
op. cit., p. 6.
(32) Es curioso que
Dubois fuese a Indonesia a buscar el eslabón perdido siendo
un darwinista convencido, ya que el biólogo de Down
postulaba que éste debería de encontrarse en
África, pues allí es donde coexistían los
humanos con los grandes antropomorfos actuales que más se
les parecen (gorilas y chimpancés).
(33) En Larry Barham:
op. cit.
(34) “No existe
razón a priori para pensar que losaustralopitecinos (o
incluso H. habilis -¿En cualquier caso no
debería ser al revés? Nota del autor-) no colonizaron
otros continentes. Pero si los Australopithecus salieron de
África ypervivieron en Flores hasta hace poco tiempo,
tendríamos que preguntarnos por qué no aparecen
más fósiles que apoyen esta hipótesis.
Según Wolpoff, puede que éstos ya se hayan
encontrado. En los años cuarenta del siglo pasado se
hallaron en Indonesia un conjunto de restos que han sido
clasificados por diversos autores como Australopithecus ,
Meganthropus y, más recientemente, H. erectus
. Ahora deberían ser reexaminados a la luz de los nuevos
fósiles humanos de Flores” (Kate Wong: El hombre
deFlores ; Investigación y Ciencia, abril de 2005,
nº 342, p. 28).
(35) Desde luego lo
que dice Tattersall de los erectus de Ngandong en Java
sería totalmente valido para los floresiensis. Dado
que: “la antigüedad de los erectus de Ngandong,
en Java, se cifra en 40,000 años, significa que había
que admitir una historia evolutiva propia para los homínidos
de esa región, quizá, durante millones de
años” (Ian Tattersall: Homínidos
contemporáneos ;Investigación y Ciencia, marzo de
2000, nº 282, p. 18)
(36) Meike
Köhler y Salvador Moyá: Reduction of brain and sense
organs in the fossil insular bovid Myotragus. Brain Behav.
Evol. 63, 125-140 (2004).
(37) Rex Dalton:
Fossil finders in tug of war over analysis of hobbit bones ;
Nature 434, 3 de marzo de 2005. Cf. también Elisabeth
Culotta: Battle erupts over the “Hobbit” bones ;
Science 307, 25 de febrero, p. 1179.
(38) Cf. Elisabeth
Culotta: Discoverers Charge Damage to ‘Hobbit’
specimens ; Science 307, 25 de marzo de 2005, 1848.
(39) Rex Dalton:
Looking for theancestors ; Nature 434, 24 de marzo de 2005,
pp. 432-434.
(40) R. Boyd y J.B.
Silk: Cómo evolucionaron los humanos ; op. cit., p.
328.
|