Seducidos por la muerte
Herbert Hendin. Seducidos por la muerte. Médicos y pacientes ante el suicidio asistido y la
eutanasia. Barcelona: Planeta, febrero de 2009. 350
pp. Título original: Seduced by Death.
Traducción: Margarita Gesta.
El debate sobre la eutanasia suele girar en torno a casos
límite. Pero la ley se hace para la generalidad, y por eso
es necesario atender a los resultados de los pocos países
que la han legalizado. Así lo hizo el Dr. Herbert Hendin, al
estudiar sobre el terreno la experiencia de Holanda, y donde
habló con sus principales promotores. Hendin es
catedrático de Psiquiatría en el New York Medical
College y una autoridad en la prevención del suicidio.
Ofrecemos una selección de párrafos de su libro
Seducidos por la muerte, que acaba de traducir la editorial
Planeta.
Mi experiencia con enfermos graves con tendencias suicidas me
hacía temer que éstos se convertirían en
víctimas en una situación en la que el suicidio
asistido y la eutanasia fueran legales. Éste era mi temor
cuando empecé a estudiar la eutanasia, y lo que vi en
Holanda me confirmó que este temor estaba justificado.
Sin embargo, pensé que, como en Holanda la asistencia
sanitaria está garantizada para todos, la eutanasia se
situaba allí en un contexto en el que los pacientes
tendrían como alternativa unos cuidados paliativos mejores
que los que tenemos en Estados Unidos. Pero me di cuenta de que
esto no era cierto, y de que además la aceptación de
la eutanasia estaba llevando precisamente a que se descuidara el
desarrollo de los cuidados paliativos. La eutanasia, que se
había propuesto como solución necesaria para unos
pocos casos extremos, se había convertido en una manera casi
rutinaria de tratar la ansiedad, la depresión y el dolor en
pacientes graves o terminales. Lo que he visto después en
Holanda y Estados Unidos me ha convencido de que hay que evitar la
legalización de la eutanasia porque los cuidados paliativos
se descuidarían y empeorarían.
Esto puede parecer sorprendente, pero igualmente sorprende que
la eutanasia, al contrario de lo que esperan sus promotores,
incremente el poder de los médicos, no el de los pacientes.
Esto ocurre porque los médicos pueden proponer la eutanasia
(lo cual tiene una gran influencia en la decisión del
paciente), pueden ignorar la ambivalencia del paciente, pueden
dejar de proponer alternativas y pueden matar a pacientes que no lo
habían pedido.
Imposible de regular
Para mí fue igualmente importante darme cuenta de que es
imposible regular la eutanasia. Saqué esta conclusión
de los informes del gobierno holandés, de hablar con los
investigadores que los hicieron, y de los casos que me presentaron.
El hecho de que el reconocimiento legal crea un clima cultural que
favorece la desobediencia a cualquier normativa es algo que queda
bien reflejado en que el 25 por ciento de los médicos
reconocen haber dado medicinas para acortar la vida sin el
consentimiento de los pacientes. El asesoramiento ha quedado en un
mero formalismo. A los pacientes no se les ofrecen alternativas. Y
como en la mayor parte de los casos no se informa a las
autoridades, la regulación es imposible.
(...) Es sorprendente la desinformación que hay sobre
estos temas, incluso entre médicos. Los defensores de la
eutanasia han enturbiado las aguas de tal manera que varios
doctores me dijeron que habían practicado la eutanasia,
cuando en realidad lo que habían hecho es acceder a retirar
un tratamiento a un paciente que se estaba muriendo.
Además, pocos médicos saben que es posible
eliminar todos los dolores con cuidados paliativos adecuados, si se
incluye la sedación en los casos necesarios. Cuando se dan
cuenta de esto, la mayoría de los médicos prefieren
esos métodos (...).
Los que se mantienen más firmes en su opinión son
las personas, incluso médicos, que han tenido la experiencia
traumática de la muerte con dolor de un familiar o de un ser
querido; han quedado convencidos de que la legalización de
la eutanasia es la única manera de prevenir el sufrimiento
que vieron.
Un ejemplo de esto es la doctora Marcia Angell, defensora de la
eutanasia y editora del New England Journal of Medicine, que
publicó la historia de la muerte de su padre como argumento
para la legalización del suicidio asistido. (...)
Los familiares suelen sentirse culpables después de un
suicidio. Echar la culpa a la sociedad, por no permitir el suicidio
asistido, es una manera de tratar ese sentimiento.
El cambio social que podría ayudar a personas en la
situación del padre de Angell sería que los
médicos y familiares hablaran más abiertamente con
los que se están muriendo. Es notable que, cuando esto
ocurre, los pacientes dejan de tener prisa por morirse, se sienten
agradecidos por el tiempo que les queda y no sienten que mueren
solos y abandonados.
Aún más firmes suelen mostrarse los que han
llegado a ayudar en el suicidio de un amigo, familiar o paciente.
Muchos tienen la necesidad de justificar lo que hicieron
proclamando no sólo que aquello estuvo bien hecho, sino que
la sociedad entera debería reconocerlo legalizando el
suicidio asistido. (...)
Otras opciones
La aceptación de la eutanasia ha llevado
a que se descuide el desarrollo de los cuidados
paliativos
Sin embargo, la mayor parte de la gente es más flexible.
Cuando dicen que están a favor del suicidio asistido, lo que
quieren decir es que quieren que el médico haga todo lo
posible para eliminar el sufrimiento. Y cuando comprenden que hay
otras opciones, aparte de sufrir o ir a una muerte rápida,
cambian de opinión. Cuando se dan cuenta de lo que pasa
cuando el suicidio asistido y la eutanasia se ponen en
práctica, quedan todavía más convencidos.
Pero la gente está muy desinformada, a causa de los
defensores de la eutanasia. Por ejemplo, se propone el suicidio
asistido como alternativa a la eutanasia practicada directamente
por el médico, ya que la opinión pública es
más reticente en aceptar esta última. Pero tanto los
defensores como los detractores de la eutanasia están de
acuerdo en que, una vez admitido el suicidio asistido para los que
pueden suicidarse, será imposible (legal, médica y
moralmente) evitar que se llegue a la eutanasia realizada
directamente por el médico.
Los problemas médicos y legales a los que se enfrentan
médicos y pacientes en Oregón, donde la ley permite
el suicidio asistido, son enormes. Los médicos no saben
qué medicinas usar, o si van a ser efectivas, o qué
efectos secundarios tendrán. La dosis letal de
barbitúricos (que, basada en la experiencia holandesa, es
recomendada por la Sociedad Hemlock) en el 25 por ciento de los
casos no produce la muerte incluso tres o cuatro horas
después de haber sido administrada. Los que trabajamos con
personas que han intentado suicidarse vemos casos en los que, tras
ingerir una cantidad mayor incluso que la dosis letal, el paciente
entra en coma durante varios días. Algunos mueren, y otros
viven con resultados impredecibles.
En Holanda, cuando se produce un estado de coma prolongado tras
un intento de suicidio asistido, el médico administra una
inyección letal. En Estados Unidos los familiares y amigos
no pueden soportar la incertidumbre de un estado de coma prolongado
y se sienten obligados a ahogar al paciente con una bolsa de
plástico. Esto es lo que le ocurrió a Jane, el
único paciente descrito en el segundo libro de Timothy Quill
al que se le administró una dosis letal de fármacos.
Los amigos de Jane le dijeron a Quill, algunos meses
después, que tuvieron que usar una bolsa de plástico
para acabar con su vida. Lo mismo le ocurrió a George
Delury, que reconoció que tuvo que usar una bolsa de
plástico porque su mujer no murió con la dosis letal
que le había preparado. Por supuesto, si hay un
médico presente, probablemente use la inyección
letal; en cualquiera de esos casos uno empieza con un suicidio
asistido y termina con la eutanasia.
Cuando la ley no se respeta
(...) Se tiene la impresión de que en el suicidio
asistido por médico el paciente está protegido porque
su participación es activa. Pero (...) el suicidio asistido
también tiene sus peligros e inconvenientes. A diferencia de
la eutanasia, se suele usar con gente que todavía no
está próxima a morir. También es más
probable que sean pacientes que están sufriendo una
depresión como consecuencia de una enfermedad y que, si
ésta se tratara adecuadamente, querrían vivir.
Los defensores de la eutanasia han exagerado el número de
médicos que la practican, y dicen que hay que legalizarla
para así poder regularla. El argumento no parece muy
convincente: ¿hay que cambiar la ley simplemente porque no
se respeta?, y ¿qué nos hace pensar que los que ahora
no cumplen la ley después van a respetar las normas que
entonces se propongan? La experiencia de Holanda nos indica
más bien que la legalización crea un clima favorable
a la desobediencia a las normas. En cualquier caso, la ley nunca
permitirá que los médicos acaben con la vida de un
paciente sin su consentimiento, pero los médicos que ya lo
hacen ahora se sentirán aún más libres de
hacerlo cuando se permita la eutanasia.
No es una oposición solo religiosa
Parte de la desinformación creada es hacer creer que la
oposición a la eutanasia es cosa de la Iglesia
católica o de la derecha religiosa. A los votantes de
Oregón se les decía: ¿vais a permitir que la
Iglesia católica dicte el modo en que tenéis que
morir?
Se ignora que la Asociación Médica Estadounidense
(AMA, en sus siglas en inglés) es probablemente la
organización que de modo más importante se opone a la
legalización. De hecho, el informe de la AMA en contra de la
legalización (suscrito también por la
Asociación Estadounidense de Enfermería, la
Asociación Estadounidense de Psiquiatría y otras
muchas asociaciones médicas) fue el documento más
citado por el Tribunal Supremo en su reciente decisión sobre
el suicidio asistido y la eutanasia. Otras muchas asociaciones y
grupos presentaron informes al Tribunal Supremo oponiéndose
a la legalización del suicidio asistido.
(...) Entre los médicos, los más opuestos a la
legalización son los especialistas de cuidados paliativos,
los que cuidan a pacientes mayores y los psiquiatras con
experiencia de pacientes suicidas. Es decir, los médicos con
mayor conocimiento y experiencia en el cuidado de pacientes que
piden el suicidio asistido son precisamente los que, en general,
más se oponen a su legalización: saben que la
legalización es una respuesta desinformada al reto de ayudar
a esos pacientes.
Los que apoyan la legalización dicen que también
ellos están a favor de los cuidados paliativos, pero parecen
estar mucho más a favor del suicidio asistido y de la
eutanasia. Su afirmación, recogida en su informe al Tribunal
Supremo, de que retirar el tratamiento es algo equiparable al
suicidio asistido, sólo sirve para confundir a los
médicos y familiares, creando dudas cuando un paciente pide
que se le retire un tratamiento. Igual de dañino resulta su
comentario de que la sedación requerida a veces al final de
la vida es como una tortura. Afortunadamente, el Tribunal Supremo
rechazó ambos argumentos. Los médicos que se oponen
al suicidio asistido y a la eutanasia son los que están
haciendo que los cuidados paliativos avancen. Saben que el suicidio
asistido y la eutanasia son mala medicina. Mala para los
médicos, mala para los pacientes y mala para la
sociedad.
Eutanasia sin consentimiento
La práctica de la eutanasia en Holanda ha pasado
de los enfermos terminales a los crónicos, de las
enfermedades físicas a las psíquicas y de la
eutanasia voluntaria a la involuntaria
El estudio Remmelink [un estudio oficial de 1990 sobre la
práctica de la eutanasia en Holanda] utiliza una
expresión aún más cruda,
«terminación del paciente sin su petición
explícita», para referirse a la eutanasia realizada
sin el consentimiento del paciente tanto si es éste
competente para decidir como si es sólo parcialmente
competente o simplemente incompetente.
El estudio revela que en más de mil casos el
médico admitió haber causado o acelerado la muerte
del paciente sin que éste lo pidiera. En un 30 por ciento de
esos casos, la razón aducida fue la imposibilidad de tratar
el dolor de manera efectiva. En el 70 por ciento restante, las
razones aportadas fueron variadas, desde un «le faltaba
calidad de vida» hasta un «se le retiró el
tratamiento, pero el paciente no moría». La
Comisión Remmelink no consideró que esto supusiese un
problema desde el punto de vista moral, pues el sufrimiento de esos
pacientes era «insoportable» y, en cualquier caso,
habrían muerto normalmente pronto. El 27 por ciento de los
médicos indicaron que habían terminado la vida de
algún paciente sin petición alguna; otro 32 por
ciento dijo que, llegado el caso, así lo harían.
(...) Yo tenía curiosidad por saber cómo
reaccionaría Eugene Sutorius [célebre abogado
defensor de médicos en casos de eutanasia] al decirle que
miles de pacientes lúcidos y no lúcidos eran llevados
a la muerte sin su consentimiento. Cuando se lo comenté me
dijo que había momentos en los que los médicos
sentían que tenían que actuar porque los pacientes o
las familias no podían hacerlo. Sabía de un caso en
que un doctor había puesto fin a la vida de una monja unos
días antes de que hubiera fallecido por muerte natural
porque tenía muchos dolores y el médico sabía
que las convicciones religiosas de la monja no le permitían
pedir la eutanasia. Sutorius no encontró ningún
argumento, sin embargo, cuando le pregunté por qué no
se le había permitido a la monja morir de la forma en que
quería. (...)
«El médico decide»
En el caso de un paciente que no puede decidir por sí
mismo, ¿quién debe decidir si debe vivir o morir? El
profesor Joost Schudel, director del subcomité de la KNMG
[Real Sociedad Holandesa de Medicina] sobre decisiones
médicas para la terminación de la vida, que se
encarga de las decisiones de poner fin a la vida de pacientes que
no son mentalmente competentes, declaró sin ambigüedad:
«El médico decide».
El profesor Schudel me explicó que el criterio rector que
el médico debe seguir con esos pacientes es el de
preguntarse a sí mismo si él aceptaría vivir
si estuviera en su lugar. Le pregunté si los familiares
podrían decidir que el paciente siguiera con vida y Schudel
repitió que no, que «el médico decide»,
añadiendo que Holanda no es Estados Unidos, donde los
pacientes tienen más importancia en las decisiones
médicas. Parece que en el contexto holandés la
relación entre el paciente y su médico está
alcanzando una nueva dimensión en la que los deseos del
doctor se suponen idénticos a los del paciente.
En pacientes dementes
(...) En cierta forma, los holandeses están como
atrapados en lo que se refiere a los pacientes con demencia.
Según su definición, la eutanasia sólo es
posible en pacientes lúcidos, así que no pueden
aprobarla para personas dementes. Los pacientes que sienten los
primeros síntomas de alzheimer pero que temen que su
enfermedad empeore pueden, mientras estén todavía
lúcidos, pedir la eutanasia y recibirla. Pero no pueden
dejar pedido que se les aplique cuando pierdan su lucidez. Esos
pacientes deberán, pues, terminar su vida meses o
años antes de lo que hubieran deseado. Un psiquiatra
holandés que temía la carga que su propia demencia
pudiera suponer un día para su familia me dijo que eso era
precisamente lo que pensaba hacer.
La KNMG ha modificado algo esa posición declarando que si
una seria demencia viene acompañada de fuertes dolores
físicos, y si el paciente ha pedido de antemano la muerte en
caso de quedar demente, entonces sí puede darse cumplimiento
a su deseo.
(...) Como la mayoría de los médicos, Herbert
Cohen estaba en contra de la nueva legislación que requiere
que se informe de todos los casos en los que se haya puesto fin a
una vida sin petición del paciente. Le parecía que
era una idea tonta, teniendo en cuenta que se trataba de una
práctica ilegal. «No puedes esperar que alguien se
entregue después de haber cometido un crimen».
También dijo que «el doctor tiene influencia en la
muerte en casi todos los casos no traumáticos. La muerte es
un suceso orquestado».
(Párrafos reproducidos con autorización.)
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