¿Ha acabado la
revolución científica?
Mariano Artigas
Universidad de Navarra. Reuniones Filosóficas,
1989
Texto inédito.
Indice
1. El sentido de la
revolución científica
2. Tres imágenes de la naturaleza
3. Organicismo y mecanicismo
4. La perspectiva sistémica
5. La verdad científica
6. El alcance de la perspectiva científica
1. El sentido de la
revolución científica
Cuando se habla acerca de la
revolución científica, habitualmente se
piensa en el fenómeno histórico que
cristalizó en el siglo XVII, o sea, el proceso que
desembocó en el nacimiento de la ciencia moderna.
Se trata de un hecho inconfundible. En la ciencia
experimental del siglo XVII, por vez primera en la
historia, se combinaron las matemáticas y la
experimentación, consiguiendo un conocimiento de
la naturaleza que puede somerterse a control y sirve como
base para las aplicaciones tecnológicas. Esa
revolución, preparada durante siglos mediante
trabajos que se remontan a la antigüedad,
tomó cuerpo gracias a genios tales como
Copérnico, Kepler y, de modo especial, Galileo, y
alcanzó su madurez con la formulación de la
mecánica de Newton.
En este sentido, la
revolución científica equivale al
nacimiento sistemático de la ciencia experimental
moderna, y supone un logro definitivo en la historia de
la humanidad. Las revoluciones científicas
posteriores, gracias a las cuales se consolidaron, junto
a la física, otras ciencias como la química
y la biología, y se formularon nuevas
teorías en cada una de ellas, como las
teorías cuántica y relativista en la
física, aparecen como desarrollos particulares de
un paradigma global que básicamente quedó
establecido en el siglo XVII con la formulación de
la física clásica. En la vida normal, al
nacimiento sigue el crecimiento. De modo semejante, a la
ciencia clásica se han añadido nuevas ramas
y nuevas disciplinas, y el proceso continúa; pero
se trata de desarrollos de un mismo fenómeno
básico, de modo semejante a como el estado adulto
de una misma persona está en continuidad con su
juventud.
Vistas las cosas bajo esta
perspectiva, la pregunta: ¿ha acabado la
revolución científica? tiene una respuesta
clara: sí, acabó hace 300 años. La
física de Newton fue ya ciencia moderna en el
sentido más pleno.
Sin embargo, esta respuesta,
aun siendo verdadera, es demasiado superficial. El
nacimiento de la ciencia moderna representó la
culminación de un período y el comienzo de
otro. Pocos hechos tienen tanta trascendencia a la hora
de dividir en etapas la historia de la humanidad. Parece
lógico, por tanto, preguntarse por el significado
de un hecho de tanta trascendencia.
No se trata sólo de las
repercusiones exteriores de un hecho que, de por
sí, sería neutral. Desde luego, los
fundadores de la ciencia moderna no la veían como
neutral. Por el contrario, la nueva ciencia
aparecía ante sus ojos cargada de implicaciones
filosóficas, teológicas y
sociológicas. El nacimiento de la ciencia
experimental fue acompañado de una clara
conciencia de que estaba sucediendo algo trascendental en
la historia de la humanidad.
Ciertamente, esa conciencia
adquirió manifestaciones diferentes de acuerdo con
el genio de los científicos y con las
preocupaciones de los filósofos y teólogos.
En este sentido cabría cuestionar si se trata
propiamente de la revolución científica o
más bien de las interpretaciones que suelen
acompañar a todo hecho social relevante.
Mi propósito es
argumentar que la revolución científica
tiene por sí misma unas implicaciones de muy largo
alcance que condicionan en buena parte importantes
problemas actuales que no están resueltos de modo
satisfactorio. En este sentido, a la pregunta: ¿ha
acabado la revolución científica?, mi
respuesta es: no. Además de no haber acabado,
todavía no se han manifestado completamente sus
implicaciones. Y pienso que aquí se encuentra una
clave decisiva para comprender aspectos especialmente
críticos de nuestra civilización.
Uno de ellos es la idea acerca
de lo objetivo y lo subjetivo, con sus múltiples
implicaciones en el ámbito de la
especulación teórica, de la conducta
práctica y de la organización social. La
ciencia experimental se presenta como un saber riguroso
centrado en el estudio de las relaciones entre los
fenómenos y en la determinación de los
mecanismos causales, excluyendo de su ámbito la
consideración de las causas finales y, en general,
de todo lo relacionado con la metafísica y la
trascendencia. El ámbito metafísico queda
relegado a un mundo aparte; en el mejor de los casos, se
trataría de un tipo de reflexiones que, si bien
podría considerarse legítimo,
carecería de la validez intersubjetiva
característica de la ciencia experimental y
remitiría, por principio, a la conciencia y vida
privadas de cada persona. La educación y, en
general, toda la vida social, deberían estar
regidas por una visión aséptica, plural y
no comprometida, de acuerdo con las exigencias de la
objetividad propia del conocimiento público, en el
que no parece haber lugar para fines. Y el paradigma de
la objetividad y del conocimiento público
vendría dado por la ciencia experimental.
La dicotomía entre lo
científico-objetivo y lo
metafísico-subjetivo es una de las
características básicas de nuestra cultura,
y parece ser una consecuencia inevitable de la
revolución científica. Sin embargo, una vez
superado el sarampión del positivismo, que puede
ser considerado como una enfermedad infantil que ha
acompañado al progreso científico y
técnico en una época ya pasada, esa
dicotomía se muestra insatisfactoria. Persiste el
convencimiento de que debe existir una unidad en el
saber, de modo que sea posible obtener una imagen del
mundo y del hombre que satisfaga, al mismo tiempo, las
exigencias del rigor científico y de la
búsqueda de sentido propia de la
metafísica. Tampoco parece lógico admitir
que cualquier perspectiva filosófica tenga la
misma validez. Se siente además la necesidad de
contar con una base metafísica mínima que
pueda servir de fundamento para solventar las graves
cuestiones éticas que se plantean a la humanidad y
que, en buena parte, se deben precisamente a los
resultados de la ciencia y de la tecnología.
Estas aspiraciones, junto con
el desarrollo de nuevas perspectivas científicas
que tienen un carácter abiertamente
interdisciplinar y que ofrecen puntos de conexión
entre enfoques que hasta tiempos recientes eran
considerados como excluyentes, han dado lugar a intentos
que pueden considerarse característicos de nuestra
época, mediante los cuales se pretende tender un
puente entre la perspectiva científica y la
filosófica. En este contexto, la revolución
científica del siglo XVII podría
considerarse como un punto de partida que solamente
tendría una validez parcial, y que vendría
completado por otras perspectivas científicas que
son el fruto de los avances posteriores. En otras
palabras, la revolución científica no
habría acabado ni siquiera en el ámbito
propiamente científico. La revolución del
siglo XVII no sería un paradigma general en el que
se englobarían las revoluciones posteriores, sino
solamente la puesta en marcha de la ciencia moderna,
condicionada por puntos de vista parciales que ahora, con
perspectivas más amplias, deberían ser
completados. En particular, sería posible alcanzar
una perspectiva en la cual se integrasen el rigor
científico y las cuestiones profundas acerca de la
vida humana.
Pueden mencionarse diversos
intentos de ese tipo. Su variedad muestra que ocupan un
lugar importante en la cultura científica actual.
Unos se sitúan en el ámbito de las
disciplinas particulares y abordan problemas
fundamentales, como por ejemplo el origen y el fin del
universo en la cosmología, y los condicionamientos
de la libertad humana en la biología. En otros
casos se llega a plantear una nueva filosofía
natural basada sobre logros científicos tales como
la mecánica cuántica y la
termodinámica de los procesos irreversibles, que
tendrían implicaciones profundas respecto a
conceptos tales como la causalidad, el tiempo, y la
auto-organización de la materia. Otros intentos
formulan perspectivas interdisciplinares que pretenden
extenderse tanto a las ciencias naturales como a las
humanas; tal es el caso de la teoría de sistemas,
de la sinergética y, recientemente, de los
estudios sobre la existencia de pautas en
fenómenos complejos que vienen etiquetados bajo el
título del caos.
Además de esos
intentos, que se plantean en el terreno
científico, en el ámbito de la
filosofía de la ciencia se proponen perspectivas
que giran alrededor de los mismos problemas
básicos. Baste mencionar las discusiones acerca de
la racionalidad científica y de la racionalidad
humana en general, que en las últimas
décadas se han multiplicado hasta alcanzar
proporciones notables.
Si la variedad de intentos
unificadores revela que el problema es percibido con
intensidad en nuestra época, también
manifiesta que no existe unanimidad en el modo de
enfocarlo. Existe una conciencia generalizada de que nos
encontramos en una nueva época, diferente de la
cultura antigua pre-científica pero que
también se distancia cada vez más de la
cultura científica de la modernidad. Sin embargo,
no existe una base común, generalmente compartida,
en la que se unifiquen el enfoque antiguo, finalista y
metafísico, y el enfoque moderno, mecanicista y
científico, o que, cuando menos, integre los
aspectos válidos de ambos enfoques en una nueva
síntesis.
Cuando existen diferencias
notables en torno a un problema, hay motivos para pensar
que una revisión de su planteamiento puede
resultar fructífera. En nuestro caso, existen
varias cosmovisiones típicas que han
acompañado al progreso científico o se han
presentado como sus interpretaciones legítimas.
Por tanto, parece conveniente recurrir a algunas
reflexiones históricas en busca de ayuda para
situar el problema en sus dimensiones reales.
2. Tres imágenes de
la naturaleza
La costumbre de dividir la
historia en grandes períodos, a los que
corresponden diferentes concepciones sobre un mismo
problema, ha llegado a ser un lugar común en la
historiografía y en la filosofía. En
relación con el problema que nos ocupa, se han
propuesto diversas clasificaciones de ese tipo.
Aludiré a continuación a cinco de
ellas.
Robin George Collingwood
propuso una división tripartita a la que
corresponderían las ideas griega, renacentista y
moderna acerca de la naturaleza1. En la idea
griega, la naturaleza vendría concebida al modo de
un organismo, una especie de animal racional con una
mente propia que impone el orden. Según la idea
renacentista, la naturaleza sería como una
máquina que funciona de acuerdo con unas leyes
dictadas por el creador divino, quien ha creado la
maquinaria, la ha puesto en marcha comunicándole
el movimiento inicial, y la gobierna a través de
las leyes establecidas por su sabiduría. En la
visión moderna la naturaleza ya no sería
concebida como un conjunto de substancias sino como un
despliegue de procesos evolutivos sometidos a un
desarrollo histórico progresivo que estaría
orientado en sentido finalista. Collingwood situó
su propia perspectiva en la línea de esta tercera
visión, que tiene matices idealistas, atribuyendo
su formulación a Hegel, y su desarrollo a Henri
Bergson, Samuel Alexander y Alfred North Whitehead.
Una concepción
semejante de los dos primeros períodos ha sido
expuesta por Stanley Jaki2, quien ha centrado su
atención en Aristóteles como representante
principal de la idea organicista de la naturaleza, y ha
ilustrado con detalle el nacimiento de la
concepción mecanicista en el siglo XIV y su
desarrollo en el siglo XVII. A diferencia de Collingwood,
Jaki concibe el tercer período como un
resurgimiento de las ideas pitagóricas,
caracterizando la perspectiva moderna como un
pan-matematismo en la línea de la física
cuántica, que se centra en las formulaciones
matemáticas y prescinde de las representaciones
imaginativas.
Gerald Whitrow ha propuesto
también una división tripartita3,
que coincide con las anteriores en lo referente a los dos
primeros períodos y difiere respecto al tercero.
Los tres períodos son caracterizados mediante las
analogías del organismo, la máquina y la
sociedad. La imagen organicista correspondería al
universo teleológico aristotélico, donde lo
temporal está subordinado a lo permanente en una
alternancia cíclica y las explicaciones
fundamentales están en función de las
tendencias naturales finalistas. La imagen de la
máquina sería la del universo newtoniano,
que viene concebido como un reloj mecánico, creado
y dirigido por la inteligencia divina, donde las
tendencias y formas aristotélicas vienen
sustituídas por hipótesis y leyes
expresadas de modo matemático que permiten
calcular el desarrollo de los procesos en el tiempo. Por
fin, el universo evolucionista de la ciencia moderna es
representado a semejanza de una sociedad en la que se dan
procesos con una historia, de tal modo que la
caracterización del tiempo como una variable
independiente, neutral con respecto a los procesos, da
paso a una nueva idea del tiempo que se relaciona con el
carácter irreversible de los procesos reales y con
la historia del universo.
Una perspectiva análoga
ha sido expuesta por W.W. Spradlin y P. Porterfield4, quienes introducen un cambio
importante. En efecto, centran su atención en la
búsqueda de la certeza como hilo conductor de las
tres grandes ideas acerca de la naturaleza. Afirman que
la imagen antigua, que presentan en estrecha
conexión con el cristianismo, ofrecía
explicaciones puramente verbales de los hechos y
obedecía a tendencias antropomórficas que
llevaban a introducir seres espirituales como agentes
causales. La imagen moderna viene descrita, al igual que
en los autores antes mencionados, como una
combinación de máquinas y números.
La imagen actual sería la del mundo de los
procesos, en el cual, como consecuencia de la
incertidumbre inherente a los fenómenos
microfísicos, ya no podría darse ninguna
certeza.
Nicolai Hartmann
presentó una panorámica que, si bien tiene
puntos de contacto con las anteriores, difiere en cuanto
a su sentido y alcance filosófico5. Hartmann
distinguió en la historia de la filosofía
natural cuatro períodos seguidos de un interregno.
El primer período abarca desde la filosofía
platónica hasta finales del siglo XVI, y
está centrado en la teleología natural
aristotélica y escolástica. El segundo,
anunciado en el siglo XIV y madurado en el XVII, es el de
la física clásica de Galileo y Newton, en
el que se formuló una cosmología fundada en
leyes exactas, prescindiendo de las causas finales. El
tercero, que corona el período anterior,
está representado por Kant, y de modo especial por
sus obras sobre la historia general de la naturaleza, los
principios metafísicos de la ciencia natural y la
teleología; Hartmann afirma que la crítica
kantiana supuso el final de la vieja teleología, y
la califica como hazaña que acabó con la
filosofía natural aristotélica y
planteó la filosofía de lo orgánico.
El cuarto es la metafísica idealista de la
naturaleza de Schelling y Hegel; fue un retroceso hacia
las ideas teleológicas, pero supuso tan
sólo un breve intermedio que fue pronto superado
por el desarrollo de las ciencias. La época
posterior, marcada por el dominio exclusivo de las
ciencias positivas y la dispersión en
métodos especializados, es la época
positivista, y equivale a un interregno en el que se
prestó atención sólo a los problemas
metodológicos, sin llegar a abordar los
propiamente filosóficos. La etapa actual
vendría representada por la filosofía
natural del propio Hartmann, centrada en el estudio de
las categorías cognoscitivas y marcada por una
dependencia esencial respecto al estado de las ciencias
en cada momento concreto.
Estas perspectivas
históricas sugieren que las tres imágenes
de la naturaleza se han dado en épocas sucesivas.
Parece existir un acuerdo básico respecto a las
dos primeras, la organicista y la mecanicista, y el punto
de referencia para establecer una ruptura entre ambas
suele situarse en la revolución científica
del siglo XVII. El desacuerdo respecto a la tercera
imagen es, sin embargo, notable. ¿Por
qué?
Ese desacuerdo se debe,
probablemente, a la complejidad de los problemas
implicados, que tienen aspectos históricos y
sistemáticos bastante complejos. Desde el punto de
vista epistemológico, la naturaleza de la ciencia
experimental sigue siendo objeto de interpretaciones
diversas. Desde luego, mientras no se clarifique esta
cuestión, que está en la base de los cinco
esquemas mencionados y de otros semejantes, no puede
esperarse una comprensión adecuada de las
implicaciones filosóficas de la ciencia. Desde el
punto de vista histórico, no está claro que
la ruptura entre las imágenes organicista y
mecanicista fuese total, ni tampoco en qué medida
esa ruptura fue una consecuencia necesaria de la
física nueva o, más bien, se debió a
interpretaciones que han sido superadas por el desarrollo
posterior de la ciencia. Hay, además, datos que no
encajan bien con la idea de una sucesión temporal
de esas dos imágenes; por ejemplo, el mecanicismo
y el organicismo coexistieron en la Grecia antigua, y el
organicismo ha reaparecido en la época
contemporánea en perspectivas tales como las
filosofías de Bergson y Whitehead, que pretenden
tener en cuenta el progreso científico moderno. En
esas condiciones, no puede maravillar que existan
desacuerdos cuando se trata de valorar la
situación actual y de sugerir nuevas
síntesis.
3. Organicismo y
mecanicismo
Consideremos más de
cerca las dos primeras imágenes. Desde la
antigüedad hasta nuestros días, uno de los
problemas centrales de la filosofía ha consistido
en el enfrentamiento de las concepciones mecanicista y
finalista. Ambas fueron formuladas en la filosofía
griega, y su itinerario se prolonga a lo largo de toda la
historia del pensamiento occidental. La concepción
finalista de Sócrates, Platón y
Aristóteles se impuso al mecanicismo de
Demócrito, Epicuro y Lucrecio, y
proporcionó durante dos milenios el esquema
básico al que se referían, en último
término, las explicaciones acerca de la
naturaleza. Pero la revolución científica
del siglo XVII invirtió los términos. El
anti-finalismo de Francis Bacon, el mecanicismo de
René Descartes y la física
matemática de Isaac Newton supusieron el triunfo
de una imagen mecánica que prontó
contó con el respaldo de éxitos
científicos y tecnológicos de primera
magnitud. El paradigma mecanicista fue canonizado en la
filosofía de Immanuel Kant como condición
necesaria del conocimiento científico de la
naturaleza, mientras que el finalismo venía
reducido a una idea regulativa, útil para la
investigación biológica, pero carente de
objetividad.
Poco después, la
revolución de Charles Darwin pareció
liquidar el reducto biológico que servía
aún de justificación para el finalismo,
proponiendo una explicación de la aparente
finalidad natural en términos de procesos
mecánicos combinados por azar. El resultado de
este largo proceso fue una imagen de la naturaleza que se
presentaba como el triunfo definitivo de una ciencia
objetiva de los mecanismos causales en donde no quedaba
ningún lugar para la finalidad. Tal parecía
ser el resultado de la revolución
científica.
El finalismo suele asociarse a
una perspectiva metafísica en la que la naturaleza
viene concebida como una jerarquía de entidades
que remiten a una causa trascendente. En este aspecto, el
caso del mecanicismo es más complejo, puesto que
se ha utilizado para apoyar tanto las perspectivas
metafísicas como las materialistas; de hecho,
durante los siglos XVII y XVIII la cosmovisión
mecánica fue ampliamente utilizada como punto de
apoyo para la teología natural, y desde finales
del XVIII se asoció cada vez más con las
ideas materialistas y naturalistas. En el siglo XIX, el
progreso de la ciencia venía identificado con el
éxito de las explicaciones mecanicistas y
fácilmente era considerado como una prueba en
favor de las ideas materialistas.
Las revoluciones
científicas del siglo XX supusieron cambios en las
apreciaciones anteriores. La física
cuántica mostró las limitaciones de la
perspectiva mecanicista en el ámbito
microfísico. El progreso de la biología, al
mismo tiempo que permitía el conocimiento de los
mecanismos más profundos de los fenómenos
vitales, los relacionó con las ideas de
auto-regulación e información, en las que
pueden descubrirse matices organicistas y finalistas. En
este contexto, han aparecido perspectivas
científicas que, aun admitiendo el valor de las
explicaciones mecánicas, rechazan el mecanicismo
como cosmovisión general y admiten la validez de
las ideas finalistas. Por ejemplo, la teoría
general de sistemas ha formulado modelos explicativos que
permiten conjuntar diversos aspectos del mecanicismo y
del finalismo; la termodinámica de los procesos
irreversibles y los estudios sobre el caos proporcionan
las bases para comprender cómo surgen patrones
naturales de comportamiento a partir de fenómenos
desordenados, superando la rigidez de los modelos
físicos clásicos y explicando el nacimiento
de distintos tipos de orden; la sinergética
explica cómo la cooperación de componentes
produce efectos que no podrían preverse si
sólo se tuviera en cuenta la mera suma de los
efectos parciales.
En todos estos casos, parece
superarse la antigua dicotomía entre mecanicismo y
finalismo, en una nueva síntesis que se formula en
el plano puramente científico. Si esa
síntesis es viable, la revolución
científica aparecería bajo una nueva luz.
En efecto, podría afirmarse que el predominio de
la concepción mecanicista fue solamente un primer
paso que, si bien ayudó a conseguir logros
parciales, no agotaba todas las posibilidades de la
ciencia experimental. Y también que la
revolución científica no ha sido
suficientemente comprendida hasta que, gracias al
desarrollo de nuevas teorías, disciplinas y
enfoques, se han obtenido perspectivas que, según
parece, serían aplicables incluso a los problemas
de las ciencias humanas y sociales.
4. La perspectiva
sistémica
En las perspectivas holistas,
se afirma que las totalidades organizadas se encuentran
en un nivel que supera a la mera suma de los componentes.
Este enfoque es característico de las perspectivas
mencionadas, y ha sido desarrollado sobre todo en la
teoría general de sistemas, que pretende
proporcionar un nuevo paradigma científico, e
incluso una entera filosofía, donde se supere las
perspectiva analítica, típica de la ciencia
clásica6.
En este paradigma ocupan un
lugar central nociones tales como orden,
organización, forma, interacción,
coordinación, teleología, y otras
similares, que se refieren a estructuras y
comportamientos globales7. Por supuesto, se
considera a los sistemas como compuestos de elementos,
pero con un matiz peculiar: que se tiene siempre en
cuenta la interdependencia de los elementos en el todo.
Un sistema viene concebido como un conjunto de elementos
relacionados entre sí funcionalmente, de modo que
cada elemento es función de algún otro, y
no se dan elementos aislados. Por eso, el sistema no
resulta de la suma de los elementos como simples partes,
pues cada elemento tiene una función que
está coordinada con las funciones de los otros. Y,
en consecuencia, la organización desempeña
una función esencial. El sistema es una entidad
holística.
Estas características
permiten obtener una síntesis entre la perspectiva
mecanicista, de tipo analítico, centrada en los
elementos componentes y en su agregación, y la
perspectiva finalista, de tipo sintético, en la
que las propiedades de conjunto desempeñan una
función decisiva. La noción de sistema es,
en sí misma, neutral respecto a las perspectivas
atomista y globalista, y parece que integra a ambas.
La perspectiva
sistémica puede situarse en el nivel
metodológico, si se utiliza solamente como un
modelo explicativo, y en el ontológico, si
además se refiere a la articulación de la
realidad. Además, se trata de una perspectiva con
posibilidades interdisciplinares, ya que sus nociones
pueden aplicarse a muy diversos tipos de entidades
organizadas, independientemente de su naturaleza
física, biológica o sociológica.
Viene a ser un metalenguaje integrador con capacidad de
ser aplicado a las matemáticos, a la
física, a la cibernética, a la
biología y a la sociología. Y, si la
teoría general de sistemas se proyecta en forma de
filosofía de sistemas, se obtendría una
nueva filosofía de la naturaleza capaz de
solventar las disputas entre las concepciones
mecanicistas y finalistas, llegando a una imagen del
mundo como una gran organización en la cual, sin
embargo, no sería forzoso admitir las
imágenes antropocéntricas que solían
acompañar al antiguo organicismo.
Por estos motivos, la
perspectiva sistémica se ha presentado como un
esfuerzo para reunir los conocimientos fragmentarios
especializados en un cuadro unitario coherente, haciendo
posible al mismo tiempo la tan deseable unidad entre las
ciencias y la filosofía. ¿Sirve realmente
para cumplir esos ambiciosos objetivos?
Una piedra de toque para
valorarlo es el caso de la antropología, que
obviamente tiene una especial relevancia en el contexto
de las relaciones entre las ciencias y la
filosofía. Ludwig von Bertalanffy afirmó
que, desde el punto de vista de la biología, el
carácter tan específico del lugar que el
hombre ocupa en el universo se debe al hecho de que el
hombre crea un mundo de símbolos para vivir en
él; esto sería una condición
necesaria y suficiente para demarcar el lenguaje, la
conducta, la historia y la cultura humanos frente a la
conducta puramente biológica. Por ese motivo, von
Bertalanffy concluyó que, como biólogo, se
oponía a una concepción biologista del
hombre, o sea, a la reducción de lo humano a
simples factores biológicos, porque de ese modo no
pueden explicarse la cultura, el arte, la ética ni
la religión8.
En este contexto, el problema
clásico mente-cuerpo vendría contemplado
desde un nuevo ángulo; en efecto, no se
plantearía como el enigma de la interacción
psico-física entre mente y materia, puesto que la
propia física habría prescindido de la
noción clásica de materia. Según von
Bertalanffy, en la física moderna, la materia se
resuelve en dinámica, en relaciones formales que
además se expresan mediante leyes
estadísticas, de tal modo que no tendría
sentido afirmar que la realidad última está
constituída por unidades materiales y leyes
físico-químicas9.
Sin embargo, la perspectiva
sistémica ha sido utilizada también como
instrumento en la formulación de ideas
filosóficas de tipo materialista10. No
está claro, por tanto, que por sí misma sea
suficiente para dilucidar los problemas
filosóficos implicados en la
antropología.
Von Bertalanffy rechazó
como obsoleta la idea de que el conocimiento humano
conduce progresivamente a la verdad o a la realidad. El
conocimiento sería sólo una herramienta que
permitiría al hombre, o a cualquier otro animal,
desenvolverse en el mundo y sobrevivir, utilizando
esquemas que, si bien son útiles, no reflejan el
universo tal como es11. De este modo, se
plantea explícitamente la pregunta acerca del
valor de la ciencia y del conocimiento en general, que
antes quedó apuntada y que ahora reaparece en el
marco de la perspectiva sistémica. Si el
conocimiento tiene un valor meramente instrumental,
¿cabe siquiera formular interrogantes propiamente
filosóficos acerca de la realidad en sí y
del valor de nuestro conocimiento, o de la validez de las
explicaciones mecanicistas y finalistas?
Por tanto, para delimitar el
valor de la perspectiva sistémica como puente
entre las ciencias y la filosofía, es preciso
afrontar el problema epistemológico desde su base.
Esto no puede sorprender. Por el contrario, no es
difícil apreciar que, tras los problemas
relacionados con la objetividad, se encuentran
principalmente interrogantes de tipo
epistemológico.
5. La verdad
científica
He dedicado mi último
libro a la filosofía de la ciencia experimental, y
allí se encuentra un análisis de los
objetivos, métodos y construcciones de las
ciencias, junto con reflexiones acerca de la objetividad
y la verdad12. Me referiré ahora
solamente a algunas ideas que pueden representar una
ayuda para situar el problema que aquí nos
ocupa.
En la actividad
científica se busca el conocimiento de la
naturaleza, y para ello se recurre a construcciones
teóricas que no son meras traducciones de la
realidad. Esas construcciones, y los métodos
utilizados para comprobar experimentalmente su valor, se
apoyan en supuestos convencionales. ¿Qué
puede decirse, en esas condiciones, acerca de la verdad
de los enunciados de la ciencia experimental?
Podemos distinguir dos
sentidos de la objetividad científica: uno
débil, que se identifica con la intersubjetividad,
y otro fuerte, que se refiere a la verdad. En el primer
sentido, la intersubjetividad se alcanza gracias a la
objetivación, porque el objeto científico
se construye de modo que exista una correspondencia entre
las construcciones teóricas y la
experimentación. Cualquier disciplina se apoya
sobre unos predicados básicos que delimitan el
tipo de objetos que se estudian, y requiere la
formulación de criterios de protocolaridad,
mediante los cuales se establece qué enunciados
experimentales se consideran válidos. Para
formular unos y otros, es necesario recurrir a acuerdos o
estipulaciones convencionales. Todo ello define una
objetivación concreta.
La existencia de supuestos
convencionales no sólo no impide la
intersubjetividad, sino que es una condición que
la hace posible. Una vez establecidas las bases de una
objetivación rigurosa, se obtienen demostraciones
intersubjetivas válidas, si bien se trata siempre,
en ese ámbito, de demostraciones contextuales, ya
que su validez se refiere al contexto teórico y
práctico de cada objetivación
particular.
Sobre esa base puede
delimitarse la validez de la objetividad en sentido
fuerte, o sea, de la correspondencia de las
construcciones científicas con la realidad. En
efecto, la demostrabilidad contextual implica la
demostrabilidad referencial, ya que la demostrabilidad
contextual de un enunciado implica que los significados y
referencias de los términos están bien
establecidos, y que lo mismo sucede con los
métodos de operación teórica y
experimental. Por tanto, una demostración
contextual proporciona automáticamente el
significado y la referencia de lo que se demuestra. En
definitiva, si las demostraciones científicas son
rigurosas y están libres de interpretaciones que
sobrepasan los métodos utilizados, podemos afirmar
que los enunciados científicos se refieren a la
realidad en el sentido preciso que viene dado por las
demostraciones contextuales.
Como consecuencia, si la
verdad de cualquier enunciado debe ser valorada con
referencia al contexto de la objetivación y
estipulaciones adoptadas, es obvio que siempre
será posible obtener nuevas verdades mediante el
progreso en las objetivaciones y estipulaciones. O sea:
debido a que la verdad científica es contextual,
es también parcial. Una objetivación
concreta no agota la realidad. De este modo, la verdad de
los enunciados es simultáneamente auténtica
y parcial: los enunciados bien fundamentados se refieren
a la realidad, pero contemplándola bajo el punto
de vista implicado por la objetivación respectiva,
y por tanto dejando campo abierto para ulteriores
modificaciones de la objetivación.
Por otra parte, cuando las
demostraciones contextuales están bien
establecidas, o sea, cuando se consigue relacionarlas con
la experimentación, entonces puede afirmarse su
verdad pragmática, puesto que es posible
aplicarlas a la explicación y control de problemas
fácticos. Puede verse ahora con más
claridad por qué hemos afirmado que la
demostrabilidad contextual garantiza
automáticamente la demostrabilidad referencial. En
efecto, una vez que establecemos la verdad contextual y
pragmática, queda fijada la correspondencia con la
realidad. Los enunciados se refieren al modelo ideal
definido en la objetivación respectiva, y ese
modelo se refiere a la realidad a través de un
conjunto de criterios operativos. Por tanto, los
enunciados que son válidos en el contexto de las
condiciones teóricas y prácticas
establecidas, se corresponden con la realidad dentro de
esos límites.
En definitiva, alcanzamos
conocimientos auténticos que al mismo tiempo son
parciales, aproximativos y perfectibles. Parciales,
porque sólo se refieren a los aspectos de la
realidad que son accesibles a la objetivación
correspondiente. Aproximativos, porque las construcciones
teóricas se corresponden con la realidad dentro de
un margen impuesto por las posibilidades teóricas
y experimentales disponibles. Y por consiguiente son
perfectibles, ya que podemos conseguir objetivaciones
más profundas y exactas. Además, reflejan
la realidad mediante signos que requieren
interpretación, o sea, a través del
lenguaje de cada teoría.
La equivalencia entre
demostrabilidad contextual y referencial no suprime todas
las dificultades, pero señala el camino a seguir
para afrontarlas. Evidentemente, para clarificar la
significación de las construcciones
científicas, debe recurrirse a conceptos cuyo
estudio temático es propio de la filosofía.
Se tratará de explicitar de modo riguroso, con la
ayuda de los conceptos filosóficos pertinentes, lo
que en el plano científico está solamente
implícito.
El camino para explicar la
verdad científica puede parecer paradójico.
Consiste en reconocer desde el primer momento los
aspectos convencionales que intervienen en la
construcción del objeto científico y en las
demostraciones, delimitando después en qué
sentido se refieren a la realidad las construcciones
teóricas. La paradoja reside en que el punto de
partida para fundamentar un concepto de verdad no
convencional es precisamente el reconocimiento de los
factores convencionales de la ciencia. Pero este es el
método que se emplea en la actividad
científica real, y así es como se consiguen
resultados verdaderos, en el sentido de la verdad
contextual y parcial que hemos examinado. Por el
contrario, si se parte de una imagen de la ciencia
centrada en demostraciones lógicas estrictas y se
pretende introducir en ese contexto el concepto de
verdad, se tropieza con un obstáculo insalvable:
la existencia de los factores convencionales que han sido
pasados por alto pero que, siendo reales, aparecen en el
último momento, impidiendo que pueda explicarse la
verdad de las construcciones teóricas.
6. El alcance de la
perspectiva científica
Las reflexiones anteriores
acerca de la objetividad y la verdad científicas
permiten situar el alcance auténtico de la
perspectiva científica. Ese alcance está
determinado por el tipo de objetivación que se
utilice en cada caso.
Cualquier disciplina
experimental se basa sobre un requisito mínimo, a
saber: que esté formulada mediante una
objetivación en la cual se encuentren bien
definidos los predicados básicos y los criterios
de protocolaridad en relación con experimentos
repetibles. Se trata del requisito del control
experimental. Esta exigencia no podrá cumplirse si
se estudian aspectos de la realidad respecto a los cuales
no es posible, en línea de principio, realizar
experimentos repetibles; tal es el caso, por ejemplo, de
la libertad humana y cualquier problema en el que
intervengan dimensiones espirituales. Tales dimensiones
sólo podrán ser objeto de la ciencia
experimental en la medida en que estén
relacionados de modo entitativo o causal con los aspectos
controlables.
En este sentido, la
revolución científica del siglo XVII fue
definitiva, puesto que supuso el establecimiento
sistemático, por primera vez en la historia, de
una ciencia basada en objetivaciones experimentales.
Puede discutirse en qué momento se logró
definitivamente ese planteamiento, aunque parece claro
que, en sus líneas maestras, quedó
formulado ya en la mecánica newtoniana.
Un problema diferente es la
conciencia que de ello se ha tenido. En efecto, hasta
nuestra época no se ha conseguido un enfoque
satisfactorio acerca de la naturaleza del método
experimental. Esto no debería sorprender. Durante
tres siglos, la ciencia experimental ha avanzado mediante
el establecimiento de ramas y disciplinas muy diversas,
de modo que no ha sido fácil distinguir los rasgos
fundamentales de su método hasta que no se ha
dispuesto de un panorama suficientemente desarrollado de
enfoques diferentes. Además, el estudio
sistemático de la epistemología se ha
consolidado en las últimas décadas, y
sólo recientemente se han superado los
condicionamientos positivistas que le dieron un impulso
definitivo. Para conseguir un planteamiento equilibrado
de la filosofía de la ciencia se ha debido esperar
a que la ciencia experimental y la propia
epistemología hubieran madurado suficientemente.
En definitiva, la revolución científica, en
sus aspectos básicos, puede identificarse con el
desarrollo sistemático de la ciencia experimental
en el siglo XVII y, en este caso, deberá afirmarse
que terminó en aquella época. Sin embargo,
su comprensión cabal sólo se ha conseguido
en una época muy reciente.
Por otra parte, las
objetivaciones de la ciencia experimental se han
enriquecido notablemente a lo largo de tres siglos. En
este sentido, puede hablarse de transformaciones
profundas que, de algún modo, permiten considerar
la revolución científica como un abanico
cuyas posibilidades se abren de modo progresivo. Durante
dos siglos, el paradigma científico básico
fue la física clásica, y, por este motivo,
la ciencia experimental apareció asociada a ideas
de tipo mecanicista. Las revoluciones de la física
en el siglo XX no afectaron a la naturaleza de la ciencia
en lo esencial, pero introdujeron profundas alteraciones
en muchos conceptos básicos y ayudaron a
distinguir los aspectos fundamentales del método
científico respecto a otros más
particulares, propios de disciplinas y teorías
específicas. El gran desarrollo de la
biología en nuestra época ha ayudado a
profundizar más aún en esa
distinción, manifestando el valor parcial de
modelos explicativos que antes eran considerados como
rasgos necesarios de la ciencia.
En esta línea se
sitúan los factores que han sido puestos en primer
plano por la teoría de sistemas. Consideremos,
como ejemplo ilustrativo que tiene especial relevancia
para el argumento que venimos tratando, qué ha
sucedido con la noción de finalidad. Como hemos
visto, en ocasiones se afirma que uno de los rasgos
principales, e incluso el principal de todos, de la
revolución científica habría sido la
eliminación de cualquier alusión a la
finalidad. Sin embargo, los progresos de la
cibernética y de la biología muestran que
la finalidad desempeña una función
científica importante, y la teoría de
sistemas ha analizado los diversos sentidos en que ello
sucede.
Por ejemplo, von Bertalanffy
ha distinguido una teleología estática, tal
como la que se da en configuraciones que parecen
útiles para conseguir determinados objetivos, y
una teleología dinámica, o sea, una
direccionalidad en los procesos, tal como el
comportamiento de un sistema que parece condicionado por
el estado final, de modo que se alcanza ese mismo estado
de modos diferentes mediante mecanismos de
retroalimentación13. E incluso puede decirse
que , en el ámbito de la mecánica
clásica, ya existían aspectos relacionados
con la idea de finalidad; por ejemplo, el principio de
mínima acción y, en general, las leyes que
establecen que un sistema, en su evolución,
satisface ciertas condiciones globales. De modo amplio,
cabría relacionar con la finalidad todos los
principios de conservación, que desempeñan
una función de primer orden tanto en la
física clásica como en la actual.
No resulta adecuado, por
tanto, caracterizar la revolución
científica como un cambio de perspectiva que
dejó fuera de lugar toda consideración
teleológica. Sin embargo, debe advertirse que, en
la ciencia experimental, se tratará siempre de
aspectos de la teleología que puedan ser
estudiados de acuerdo con el tipo de objetivación
característico del método experimental.
Esto significa que, si bien la cibernética, la
biología y la teoría general de sistemas
han formulado explicaciones que son al mismo tiempo
científicas y teleológicas, los aspectos de
la teleología en los que intervienen
consideraciones de tipo específicamente
metafísico o antropológico continúan
encontrándose fuera de las posibilidades del
método experimental tal como éste se aplica
en las ciencias naturales. Por supuesto, es posible que
se continúe ensanchando el elenco de problemas de
tipo teleológico que llegan a ser susceptibles de
estudio experimental, pero, para ello, necesariamente
habrán de conseguirse objetivaciones que permitan
satisfacer el requisito del control experimental.
Consideraciones semejantes
pueden formularse respecto a las nuevas posibilidades
abiertas por la termodinámica de procesos
irreversibles, la sinergética, y otros puntos de
vista semejantes que poseen una capacidad integradora
interdisciplinar y resultan aptos para tratar muchos
problemas sin restringirse a las limitaciones de los
modelos clásicos. Se trata de perspectivas que
abren, sin duda, nuevos horizontes, ayudan a situar la
validez de los modelos clásicos en su justo punto,
y permiten asimismo examinar bajo nueva luz diversos
problemas de la filosofía natural. Pero, en la
medida en que se trata de enfoques propios de la ciencia
experimental, necesariamente han de satisfacer las
exigencias del control experimental y, por tanto, las de
la objetivación que lo hace posible. Por
consiguiente, los problemas filosóficos que exigen
una perspectiva de totalidad, examinando cuestiones
referentes al sentido, requieren que se adopte una
objetivación que, en parte, es diferente.
La reflexión
antropológica y metafísica, en la medida en
que desea ser rigurosa, ha de someterse también a
un proceso de objetivación que resulta
análogo al de la ciencia experimental, ya que ha
de basarse en los datos de experiencia y en el rigor
lógico. Pero se ocupa de cuestiones que afectan a
toda la realidad, en sí misma o desde el punto de
vista de nuestra interpretación de ella; tales
cuestiones constituyen los presupuestos de todo
conocimiento particular, y, por tanto, su estudio supera
las objetivaciones en las que se utilizan modelos
convencionales. En cambio, puede utilizar ampliamente las
metáforas y la analogía, que son
instrumentos de una gran eficacia para abordar los
estratos más profundos de la realidad.
El conocimiento
metafísico implica un cierto compromiso personal,
en el cual la individualidad desempeña una
función insuprimible. Sin embargo, esto no
autoriza a relegarlo a un ámbito subjetivo en el
sentido del relativismo. El progreso científico no
elimina la metafísica; por el contrario, la
validez de la ciencia experimental constituye una
comprobación de ideas ontológicas y
epistemológicas realistas. Y no puede sorprender
que el rigor metafísico sea más
difícil de conseguir que el de la ciencia
experimental: esa dificultad resulta lógica si se
tiene en cuenta el compromiso vital que las ideas
metafísicas implican. La dicotomía entre lo
objetivo-científico y lo
subjetivo-metafísico no está de acuerdo con
los análisis epistemológicos rigurosos; sin
embargo, la profundización en la metafísica
es una tarea exigente que exige, de modo especial, el
cultivo de actitudes éticas.
Si uno de los rasgos
distintivos de la persona humana es la utilización
de símbolos, puede decirse que la ciencia
experimental surgió cuando se aprendió a
crear un lenguaje simbólico particular que
permite, por así decirlo, establecer un
diálogo con la naturaleza. Ese lenguaje se apoya
necesariamente en una actividad, la
experimentación, por la que se interviene
activamente en el curso de los fenómenos
naturales, y esto condiciona las posibles modalidades del
lenguaje científico. El mundo de este lenguaje
quedó definitivamente abierto con la
revolución científica del siglo XVII. Pero
las posteriores revoluciones, si bien son sólo
parciales, continúan abriendo nuevos horizontes
que tienen en ocasiones una fuerte densidad
filosófica. Puede afirmarse que las modernas
revoluciones científicas permiten comprender mejor
la naturaleza misma de la ciencia experimental, la
naturaleza de la reflexión metafísica, y la
armonía que existe entre ambas perspectivas.
He sostenido que la
revolución científica no ha acabado, en
cuanto que, hasta ahora, no se ha conseguido una
interpretación plenamente satisfactoria de lo que
significa la perspectiva de la ciencia experimental. La
dificultad misma del tema explica esta situación.
Sin embargo, nos encontramos en condiciones de completar
esa tarea en sus aspectos esenciales. En la medida en que
lo consigamos, podremos afirmar que la revolución
científica ha acabado.
Notas
(1) R.G. Collingwood, The
Idea of Nature, Clarendon Press, Oxford 1964 (1ª
edición de 1945). La concepción griega es
analizada en las págs. 3-4 y 29-92, la
renacentista en las págs. 4-9 y 92-132, y la
moderna en las págs. 9-27 y 133-177.
(2) S.L. Jaki, The
Relevance of Physics, Chicago University Press,
Chicago 1970 (1ª edición de 1966). La primera
parte del libro está dedicada a los tres grandes
modelos del mundo según la física: el mundo
como un organismo (págs. 3-51), como un mecanismo
(págs. 52-94), y como un diseño
numérico (págs. 95-137).
(3) G.J. Whitrow, The Role
of Time in Cosmology, en: W. Yourgrau - A.D. Breck
(editores), Cosmology, History, and Theology,
Plenum Press, New York 1977, p. 159-177.
(4) W.W. Spradlin - P.
Porterfield, The Search for Certainty, Springer,
New York 1984.
(5) N. Hartmann,
Ontología. IV: Filosofía de la
naturaleza, Fondo de Cultura Económica,
México 1960 (original de 1950), p. 5-13.
(6) Pueden verse, como
referencias básicas: L. von Bertalanffy,General
System Theory, George Braziller, New York 1968; y E.
Laszlo, Introduction to Systems Philosophy, Gordon
and Breach, New York 1971. Una exposición sucinta
se encuentra en: E. Laszlo - L. von Bertalanffy, Hacia
una filosofía de sistemas, Revista Teorema,
Valencia 1981.
(7) Un estudio acerca del
vocabulario de la teoría de sistemas se encuentra
en: S. S. Robbins - T. A. Oliva, The Empirical
Identification of fifty-one Core General Systems Theory
Vocabulary Components, General Systems, 28
(1983-1984), p. 69-76.
(8) L. von Bertalanffy,
Perspectivas en la teoría general de
sistemas, Alianza, Madrid 1986, p. 45.
(9)Ibid., p. 66-67.
(10) En este sentido, Mario
Bunge ha utilizado ampliamente el enfoque de la
teoría de sistemas en la formulación de sus
ideas. Puede verse, de modo especial, su obra Ontology
II: A World of Systems, Reidel, Dordrecht 1979
(volumen IV de su Treatise on Basic
Philosophy).
(11) Cfr. L. von
Bertalanffy, Perspectivas en la teoría general
de sistemas, cit., p. 76.
(12) M. Artigas,
Filosofía de la ciencia experimental,
Eunsa, Pamplona 1989, capítulo VI. Coincido
básicamente con las ideas de Evandro Agazzi y las
he aprovechado en mi estudio; puede verse al respecto: M.
Artigas,Objectivité et fiabilité dans la
science, en la obra colectiva L'objectivité
dans les différentes sciences, editada por E.
Agazzi, Editions Universitaires, Fribourg 1988, p. 41-54,
donde se recogen también las referencias a los
principales trabajos de Agazzi sobre esta
cuestión.
(13) L. von Bertalanffy,
General System Theory, cit., p. 77-80.
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