Galieo después de la Comisión Pontificia (1)
Mariano Artigas
Publicado en: Scripta Theologica, 32 (2000), pp.
877-896
Actualizado e ilustrado: enero de 2006
Índice
- Las críticas a la Comisión y a
los discursos finales
- Clarificaciones preliminares
- 10 de noviembre de 1979: La
manifestación de un deseo
- Mayo-julio de 1981: Creación de la
Comisión
- El trabajo de la Comisión
- ¿Existían documentos
secretos?
- Hacia la conclusión de los
trabajos
- ¿Cómo concluir?
- 31 de octubre de 1992: La conclusión
del trabajo de la Comisión
- Valoración final
- Notas
“Sólo hubo un proceso a Galileo y, sin
embargo, parece que hubo un millar: la represión de la
ciencia por parte de la religión, la defensa del
individualismo contra la autoridad, el choque entre lo
revolucionario y lo establecido, el desafío de los
descubrimientos radicalmente nuevos frente a las antiguas
creencias, la batalla de la libertad de conciencia y de
expresión contra la intolerancia. Ningún otro proceso
en los anales de la justicia ordinaria o canónica ha
resonado a lo largo de la historia con más significados,
más consecuencias, más conjeturas y más
lamentos”. 1
Dava Sobel, La hija de Galileo (Madrid: Debate,
1999), p. 223. (2)
A casi 400 años de distancia, el proceso a Galileo sigue
siendo tema de debate, lo cual muestra que se trata de un asunto
muy complejo 2. No
es difícil comprender por qué. Cuando se
celebró el proceso en 1633, Galileo todavía no
había publicado la obra que le convirtió en el padre
de la ciencia moderna (los Discursos sobre dos nuevas
ciencias, publicada en 1638). Casi nadie, por supuesto tampoco
los jueces de Galileo, sabía que estaba naciendo una nueva
ciencia. El proceso se basó en hechos sucedidos en 1616 de
los que, excepto Galileo, no quedaban testigos. Siguen existiendo
dudas sobre puntos importantes, tales como el documento de 1616 que
se utilizó como base del proceso de 1633, sobre la larga y
compleja negociación de Galileo para conseguir el permiso
para publicar su Diálogo, sobre su verdadera
intención al poner el argumento favorito del Papa en boca de
un personaje ridículo, y sobre cómo se valoraban en
el siglo XVII las posibles consecuencias que el copernicanismo
podía tener para la doctrina católica. La lista de
problemas podría aumentarse. Estas circunstancias convierten
el proceso de Galileo en un auténtico culebrón,
imposible de resumir en cuatro palabras. (3)
El caso Galileo ha sido utilizado abundantemente para argumentar
que la Iglesia es enemiga del progreso científico, y que
ciencia y religión son realidades opuestas e incluso
irreconciliables. Se comprende que Juan Pablo II, poco
después de ser elegido Papa, se propusiera poner punto final
a esa desagradable situación. En 1979 manifestó su
deseo de que el caso fuera investigado a fondo para disipar
cualquier malentendido, en 1981 creó una Comisión
para realizar ese deseo, y en 1992 dio por concluidos los trabajos
de esa Comisión. (4)
¿Consiguió la Comisión el objetivo
previsto? Si se considera el impacto en la opinión
pública, la respuesta sería más bien positiva.
Parece que la Iglesia ha reconocido los errores cometidos con
Galileo y que de algún modo le ha rehabilitado (aunque
“rehabilitación”, como veremos, no sería
el término adecuado, porque no era eso lo que se
pretendía). Sin embargo, en los últimos años
algunos especialistas han criticado el trabajo de la
Comisión. Me propongo analizar la trayectoria de la
Comisión a la luz de las críticas que se han vertido
contra ella, y la situación en que nos encontramos en la
actualidad. No me detendré en las publicaciones promovidas
por la Comisión, que se encuentran reseñadas en otros
lugares y no son el objeto principal de esas críticas
3. Expondré
en primer lugar las críticas, para profundizar mejor, a
continuación, en el análisis del trabajo de la
Comisión. Al hablar del trabajo de la Comisión
incluyo también los antecedentes previos a su
creación en 1981, así como su solemne
conclusión el 31 de octubre de 1992. Mi interés
principal es aportar elementos que permitan valorar en qué
situación se encuentra el estudio del caso Galileo en la
actualidad, especialmente en los aspectos que afectan a la Iglesia.
(5)
Las críticas que se han formulado se refieren en algunos
casos a aspectos particulares del trabajo de la Comisión, a
veces se centran en los discursos pronunciados en el acto de
clausura de 1992, y en otros casos son una auténtica
enmienda a la totalidad. Algunas provienen de autores hostiles a la
Iglesia, y otras de católicos que no se encuentran
satisfechos con el desarrollo de los trabajos de la
Comisión, con su conclusión, o con ambas cosas. Mi
análisis se centra en la discusión de los argumentos.
En ningún momento pretendo criticar a los autores que
menciono, que, por lo general, han dedicado serios esfuerzos a
profundizar en el caso Galileo.
En la introducción a su importante monografía
sobre los acontecimientos de 1616, Massimo Bucciantini ha afirmado
que los trabajos de documentación sobre las fuentes,
promovidos por la Comisión, tienen gran importancia para el
desarrollo de los estudios galileanos en la actualidad, pero
añade que las interpretaciones generales son a menudo
débiles y, en algunos casos, carecen de la serenidad y
objetividad que se deseaba, porque se limitan a reconocer los
errores cometidos, cosa sobradamente conocida desde tiempo
atrás, o bien proponen de nuevo antiguas tesis
apologéticas de escaso o nulo valor. Admite que la
rehabilitación de Galileo realizada por Juan Pablo II el 31
de octubre de 1992, al concluir los diez años de trabajo de
la Comisión, fue “un acto políticamente
importante”, y opina que “sería grotesco, como
mínimo, exigir hoy día actos reparatorios
públicos y solemnes como respuesta a una abjuración
conminada hace más de 350 años”, pero advierte
que el reconocimiento de los errores cometidos con Galileo es un
dato adquirido desde hace tiempo y aceptado en el interior de la
cultura católica 4. (6)
Por su parte, Annibale Fantoli, autor de una monografía
sobre el caso Galileo que tiene un notable rigor histórico y
documental, ha criticado especialmente los dos discursos
pronunciados por el cardenal Poupard y el Papa Juan Pablo II en el
acto de conclusión de los trabajos de la Comisión, el
31 de octubre de 1992. Según Fantoli, “sin duda, estos
dos discursos y especialmente el del papa, han querido ofrecer el
juicio final sobre la cuestión galileana por parte de la
Iglesia católica”, pero contienen inexactitudes
históricas y deforman la posición de los
protagonistas del caso, especialmente por la crítica de
Galileo y la defensa de Belarmino. Fantoli critica especialmente
que, en la conclusión de los trabajos de la Comisión,
no se haya incluido un reconocimiento de las responsabilidades
“en el vértice”, que competían, en el
caso Galileo, a las Congregaciones del Santo Oficio y del
Índice, y a los Papas Pablo V y Urbano VIII. Y concluye que
la causa del mito creado en torno a Galileo, que Juan Pablo II se
proponía deshacer, se encuentra en la indebida
intervención de las autoridades de la Iglesia, y que ese
“mito” persistirá mientras no se reconozca su
causa 5. A pesar
de todo, reconoce que el discurso del Papa comporta un
reconocimiento oficial, por parte de la Iglesia católica, de
los errores cometidos en 1616 y 1633, y que eso es una novedad
importante 6. (7)
(8)
La referencia al cardenal Roberto Belarmino merece especial
atención. Para defender a Belarmino se dice, en ocasiones,
que su posición era no solamente más razonable, sino
más científica que la del propio Galileo. Belarmino
aconsejaba a Galileo que presentara el copernicanismo como una
hipótesis porque no poseía pruebas demostrativas de
su verdad. Así lo había hecho Osiander en su famoso
prólogo a la obra de Copérnico, y lo mismo
pedía el Papa Urbano VIII. A principios del siglo XX el
físico francés Pierre Duhem afirmó que la
reflexión moderna sobre el método científico
muestra que Osiander, Belarmino y Urbano VIII tenían
razón frente a Galileo. Así concluía una de
sus obras: “A pesar de Kepler y Galileo, nosotros creemos hoy
día, con Osiander y Belarmino, que las hipótesis de
la Física sólo son artificios matemáticos
destinados a salvar los fenómenos ; pero, gracias a
Kepler y Galileo, les exigimos que salven a la vez todos los
fenómenos del Universo inanimado” 7. Walter Brandmüller, muy
relacionado con la Comisión galileana, ha aceptado la tesis
de Duhem y ha propuesto lo que podría llamarse la
“tesis del error mutuo”, que expresa del siguiente
modo: “Todo esto conduce al paradójico resultado de
que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los
eclesiásticos en la teología, mientras que
éstos acertaron en los terrenos científicos y el
astrónomo en la exégesis” 8. (9)
Fantoli cree advertir una influencia de esas ideas en los
discursos del 31 de octubre de 1992, y hace notar que la tesis del
error mutuo es muy frágil, porque no tiene en cuenta que
“ni Osiander, ni Belarmino, ni Urbano VIII tenían la
menor idea de lo que era el método experimental. Esto hace
todavía más sorprendente que el juicio de Duhem pueda
haber influido —así lo parece— en las afirmaciones de
los discursos del cardenal Poupard y del Papa”. No se trataba
de ignorancia por parte de Belarmino ni de Urbano VIII, porque
“la mayor parte de los teólogos de la época no
tenían ninguna conciencia de que existiera una ‘nueva
ciencia’. Y menos aún conocían ‘sus
métodos’ ni se sentían obligados a reconocerle
la ‘libertad de investigación’ que menciona el
discurso papal” 9. (10)
Michael Segre también ha concentrado su atención
en los discursos del 31 de octubre de 1992. Su crítica
principal es que lo que estaba en juego era el derecho de libre
pensamiento, investigación y expresión: el Papa
debería pronunciarse sobre la conculcación de ese
derecho en el proceso a Galileo y, dado que el Papa repite en la
actualidad que Galileo se equivocó, parece seguir pensando
que la Iglesia tiene derecho a decir a los científicos lo
que es verdadero y lo que es falso. Además, critica que el
discurso del Papa diluyera las responsabilidades porque no las
concretó, pone en duda que el heliocentrismo realmente no
causara daño a la Iglesia, y se pregunta por las causas de
que la Comisión no lograra cumplir los deseos manifestados
por Juan Pablo II en 1979 10. (11) (12)
Las críticas de Antonio Beltrán constituyen una
enmienda a la totalidad 11. Por ejemplo, cuando Juan Pablo II afirma
que “las clarificaciones aportadas por los recientes estudios
históricos nos permiten afirmar que este doloroso
malentendido pertenece al pasado”, Beltrán comenta:
“La desfachatez intelectual que encierra esta comedia es de
tal envergadura que casi consigue disimular su bajeza moral. Pero
está claro que no iba dirigida a los estudiosos de
Galileo” 12
. En esta línea, la crítica de Beltrán se
extiende a toda la historia de las intervenciones
eclesiásticas en torno al caso Galileo desde el siglo XVII
hasta la actualidad. (13) (14)
En el contexto de una biografía de Galileo, James Reston
también ha criticado el trabajo de la Comisión en su
conjunto, afirmando que la Iglesia no puede solucionar el problema
provocado por el caso Galileo 13. Su posición se puede sintetizar
con sus propias palabras: “En el verano de 1991 se
quería simplemente zanjar el asunto. La Iglesia lo
había estudiado serenamente y quería echar tierra
sobre el asunto, que estaba a punto de ser enterrado vivo por otros
cuatrocientos años. La Iglesia había topado con una
cuestión que, pese a toda su sabiduría, no
podía solucionar: ¿Cómo debe confesar sus
errores una institución divina?” (15) (16)
En 1964, con ocasión del cuarto centenario del nacimiento
de Galileo, Ernan McMullin organizó en la Universidad de
Notre Dame (Indiana, USA) un congreso, centrado en Galileo como
científico, que dio lugar a una importante
publicación. 14 En abril de 2002, Ernan McMullin
organizó otro gran congreso, centrado esta vez en el caso
Galileo. Tuvieron parte destacada en la organización
Annibale Fantoli y el padre jesuita George Coyne, que había
sido miembro de la Comisión Pontificia. En la obra colectiva
que recoge trabajos presentados al congreso y otros
añadidos, (17) el último es un artículo en el
que Coyne critica los discursos del cardenal Poupard y de Juan
Pablo II en la sesión de clausura de la Comisión en
1992, atribuyendo sus insuficiencias a la historia de los trabajos
de la Comisión. Desde el principio Coyne subraya que su
análisis se dirige hacia el futuro, preguntándose si
el mito de Galileo no será “un caso
auténtico de un contraste continuo y real entre una
estructura eclesial de autoridad y la libertad de buscar la verdad
en cualquier empresa humana, en este caso en las ciencias
naturales” 15.
Coyne centra sus críticas a los discursos en cuatro
valoraciones que juzga inadecuadas: que Galileo no entendió
que el copernicanismo era sólo una hipótesis y
traicionó el método de la ciencia que él mismo
fundó; que los teólogos no supieron entender
correctamente las Escrituras; que el Cardenal Belarmino
comprendió lo que realmente estaba en juego; y que, cuando
se produjeron pruebas a favor del copernicanismo, la Iglesia se
apresuró a aceptarlo y a admitir que se había
equivocado. Después, basado en su conocimiento de los
archivos y su participación en la Comisión, critica
severamente diversos aspectos de su funcionamiento. (18) (19)
En definitiva, las críticas principales se refieren a los
puntos siguientes:
- La raíz de los errores es el
“autoritarismo”; no se reconoce, y sigue siendo
actual;
- Los dos discursos del 31 de octubre de 1992 contienen
inexactitudes;
- Mal funcionamiento de la Comisión;
- El error consistió en juzgar una cuestión
científica; no se reconoce, y se puede repetir;
- La Iglesia no puede admitir errores;
- El diálogo ciencia-religión es imposible.
(20)
No voy a valorar ahora estas críticas. Voy a analizar a
continuación el trabajo de la Comisión, y
expondré después mis conclusiones. Parece oportuno,
de todos modos, introducir algunas clarificaciones previas.
Una primera cuestión que no debería perderse de
vista es que no todo han sido críticas, ni mucho menos. Ha
habido muchas reacciones positivas y, como acabamos de ver, incluso
quienes formulan críticas valoran otros aspectos del trabajo
de la Comisión y de los discursos finales.
¿Qué pretendía el Papa Juan Pablo II al
estimular un nuevo estudio del caso Galileo? Parece claro que
pretendía superar prejuicios que podrían impedir o
limitar el diálogo y la cooperación entre ciencia y
religión. Algunos quizás esperaban algo más;
por ejemplo, una petición pública de perdón,
de modo solemne, tal como sucedió unos años
más tarde. El 12 de marzo de 2000, en un acto solemne, Juan
Pablo II, junto con un grupo de cardenales, celebró en la
Basílica de San Pedro una “Jornada del
perdón”. En la homilía de la Santa Misa, el
Papa se refirió a un documento aprobado poco antes por la
Comisión Teológica Internacional y por el Cardenal
Ratzinger, titulado “Memoria y reconciliación: la
Iglesia y las culpas del pasado”. Decía el Papa:
“Reconocer los errores del pasado sirve para
despertar nuestras conciencias frente a los compromisos del
presente, abriendo a cada uno el camino de la conversión...
Pedimos perdón por las divisiones que se han producido entre
cristianos, por el uso de la violencia en el servicio de la verdad
que algunos han realizado, y por las actitudes de desconfianza y de
hostilidad adoptadas en ocasiones en relación con los
seguidores de otras religiones. Confesamos, con mayor motivo,
nuestras responsabilidades de cristianos por los males de hoy.
Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al
secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del
derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de muchos
países, tenemos que preguntarnos cuáles son nuestras
responsabilidades” 16.
El documento de la Comisión Teológica
Internacional mencionado por el Papa es una larga reflexión
que, en su sección 4ª, examina cómo se puede
juzgar teológicamente la historia, y en la sección
5ª examina varios motivos para pedir perdón, entre los
que se encuentra “El uso de la violencia al servicio de la
verdad”. Ahí se habla de “las formas de
violencia ejercidas en la represión y corrección de
los errores” 17.
Ciertamente, ahí no se mencionó a Galileo. Pero se
hizo algo más: se reconoció y se pidió
perdón por haber ejercido en diversas ocasiones (no
sólo en el caso Galileo) la violencia en casos de ese tipo,
y se subrayó que al pedir perdón por los errores
pasados hay que interrogarse, con mayor motivo, por las
responsabilidades en los males presentes. La Iglesia manifestaba
claramente su desaprobación por el uso de la violencia en el
pasado y su deseo de evitar el uso de la violencia en la actualidad
y en el futuro, y parece claro que esas manifestaciones son
sinceras.
A pesar de todo, algunos estiman que esto es insuficiente y
desearían que se concretaran responsabilidades en organismos
y personas concretos. Esto no se hizo el 31 de octubre de 1992, al
concluir el trabajo de la Comisión galileana, ni el 12 de
marzo de 2000 en la Jornada del perdón. Me parece que este
modo de actuar es el correcto. Emprender juicios contra personas
difuntas no parece aconsejable (incluso se reprocha a la
Inquisición haberlo hecho en algunas ocasiones), y es
innecesario para extraer enseñanzas para el presente y el
futuro. En esa línea, como veremos, desde el primer momento
se excluyó que la Comisión galileana emprendiera una
revisión del proceso o una rehabilitación de Galileo.
No debería considerarse un fracaso, por tanto, que no se
hayan detallado las responsabilidades “en el
vértice”. Por lo demás, es sobradamente
conocido qué personas tomaron las diferentes decisiones.
El sábado 10 de noviembre de 1979, Juan Pablo II
sorprendió a la comunidad científica y a la
opinión pública con un discurso en el que sacaba a
relucir, por iniciativa propia, el caso Galileo. La ocasión
fue una reunión de la Academia Pontificia de Ciencias, que
celebraba el centenario del nacimiento de Albert Einstein. (23) El
marco era especialmente solemne: la Sala Regia del Vaticano, en
presencia de los miembros de la Academia, de unos 50 Cardenales,
numerosos obispos, y el Cuerpo Diplomático acreditado anta
la Santa Sede. El Papa escuchó los discursos del Presidente
de la Academia, Carlos Chagas, y de dos ilustres miembros de la
misma: Paul Dirac, premio Nobel de 1933 y uno de los físicos
más importantes del siglo XX, y Victor Weisskopf, otro
ilustre físico. Después, el Papa pronunció su
discurso, cuya intención quedaba muy clara: eliminar los
obstáculos que se oponen a la colaboración
fructífera entre ciencia y religión. Se
refirió a la ciencia como búsqueda de la verdad y a
su legítima autonomía, y citó las siguientes
palabras del Concilio Vaticano II:
“Son, a este respecto, de deplorar ciertas
actitudes que, por no comprender bien el sentido de la
legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas
veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de
agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una
oposición entre la ciencia y la fe” 18.
El Papa hizo notar que ese texto, en nota a pie de
página, cita la vida de Galileo escrita por monseñor
Pio Paschini y editada por la Academia Pontificia de Ciencias, y a
continuación dio un paso adelante:
“Para ir más allá de esta toma de
posición del Concilio, deseo que teólogos,
científicos e historiadores, animados por un espíritu
de sincera colaboración, profundicen en el examen del caso
Galileo y, reconociendo lealmente las equivocaciones, vengan de
donde vengan, hagan desaparecer la desconfianza que ese caso
todavía suscita en muchos espíritus para conseguir
una fructífera concordia entre ciencia y fe, Iglesia y
mundo. Doy todo mi apoyo a esa tarea, que podrá honrar a la
verdad de la fe y de la ciencia, y abrir la puerta a futuras
colaboraciones” 19. (24)
Juan Pablo II señaló que Galileo tuvo que sufrir
mucho por parte de hombres y organismos de la Iglesia, que el
conflicto fue áspero y doloroso, y que se ha prolongado a lo
largo de los siglos siguientes. Pero comentó tres puntos que
le parecían importantes para situar en su verdadera luz el
caso Galileo, en el cual, decía, las concordancias entre
religión y ciencia son más numerosas e importantes
que las incomprensiones. En primer lugar, Galileo afirmó
explícitamente que las verdades de la fe y de la ciencia
proceden ambas de Dios y no pueden contradecirse. Galileo
también reconoció la iluminación divina que
actúa sobre el científico que busca la verdad. Por
fin, Galileo formuló importantes normas
epistemológicas para poner de acuerdo la Escritura Santa y
la ciencia. Juan Pablo II mostró el paralelismo entre esas
afirmaciones de Galileo y las enseñanzas de la Iglesia en
nuestra época, y concluyó que esas concordancias
contribuyen a crear un punto de partida favorable para la
solución honorable, honesta y leal del caso Galileo y de las
viejas oposiciones que ese caso implica 20. (25)
Sin embargo, por el momento todo quedó en la
manifestación de un deseo que no fue unido a ninguna otra
acción concreta. Las palabras del Papa no se referían
a ninguna ulterior acción oficial por parte de la Iglesia.
Se trataba de relaciones entre ciencia y religión, y eso
más bien se podía interpretar como una tarea en la
que podrían colaborar eclesiásticos junto con
científicos. No hay base para pensar que, en aquel momento,
el Papa pensara en otra cosa. En cambio, el fin que proponía
estaba muy claro: disipar malentendidos que falsamente oponen
ciencia y religión, en vistas a conseguir una
colaboración fructífera en el futuro. El Papa
proporcionaba, además, pistas para enfocar el problema de
modo satisfactorio: descartaba la falsa idea de que Galileo
combatía la religión, y subrayaba que Galileo era un
católico convencido de la armonía entre ciencia y fe,
y que, además, formuló principios básicos para
conseguir esa armonía. (26) (27) (28) (29)
El discurso del Papa fue acogido con enorme interés por
la comunidad científica mundial, porque era la primera vez
que se producía una intervención de este tipo por
parte de la suprema autoridad eclesiástica, y porque la
actitud positiva que manifestaba hacia la ciencia representaba para
muchos una novedad inesperada. Ese interés se
manifestó en artículos publicados en todo el mundo,
así como mediante cartas enviadas a la Santa Sede. Para
responder a las expectativas que el discurso había
suscitado, en febrero de 1981 el Papa encargó al padre
Enrico di Rovasenda, Canciller de la Academia Pontificia de
Ciencias, que presentara una propuesta para el estudio de la
cuestión galileana. El 11 de marzo, Rovasenda entregó
su propuesta. El 1 de mayo, el cardenal Agostino Casaroli,
Secretario de Estado, comunicó al cardenal Gabriel-Marie
Garrone la aprobación de ese proyecto, que preveía la
creación de cuatro secciones o grupos de estudio, y le
encargó su coordinación. El 9 de octubre tuvo lugar
la primera reunión de la Comisión 21.
Los cuatro grupos de trabajo abarcaban las principales facetas
del problema. De la sección exegética se encargaba
mons. Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán y ex-Rector
del Pontificio Instituto Bíblico. De la sección
cultural, mons. Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio
para la Cultura. De la sección de cuestiones
científicas y epistemológicas, el prof. Carlos
Chagas, Presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, y el
padre George Coyne, Director del Observatorio Vaticano. Y de la
sección de cuestiones históricas y jurídicas,
mons. Michele Maccarrone, Presidente de la Comisión
Pontificia de Ciencias Históricas, y el padre Edmond Lamalle
(sustituido, por motivos de salud, por el prof. Mario
d’Addio, catedrático de Historia en la Universidad
La Sapienza de Roma). Rovasenda ayudaba al cardenal Garrone
para coordinar los trabajos. (31)
Todos los datos indican que la ayuda prometida por el Papa se
limitaba a un apoyo moral. La Comisión no contaba con
ningún medio propio, sino solamente con los que ya
existían. Sus miembros no quedaban liberados de otros
trabajos, ni se les proporcionaban medios especiales para realizar
su tarea, ni se contaba con ayudantes dedicados a ese fin. Los
miembros de la Comisión se veían, ciertamente,
alentados por el interés del Sumo Pontífice, y
contaban con esa fuerza moral para solicitar la ayuda de otras
personas. Pero nunca existieron grupos de trabajo con una
dedicación exclusiva a los objetivos marcados. Como es
lógico, este factor condicionaba en buena medida el
desarrollo del trabajo. El caso Galileo es enormemente complejo, y
examinarlo a fondo exige una dedicación seria, tiempo, y
medios (la bibliografía es inmensa). Seguramente se
pensó, con razón, que los miembros de la
Comisión, teniendo en cuenta los cargos que ocupaban,
disponían de medios para realizar su trabajo. Pero
tenían que hacer compatible la nueva tarea con sus
ocupaciones habituales, y esto, en la práctica, podía
fácilmente ser un impedimento para realizar un trabajo
exigente a fondo.
A riesgo de equivocarme me atrevería a decir que una vez
más, los asuntos relacionados con Galileo, a pesar de las
mejores intenciones, iban a ocupar un lugar secundario. Esto ya le
sucedió al propio Galileo, y probablemente fue uno de los
motivos de su desgracia (y de la desgracia de la Iglesia). En 1624
Galileo fue a Roma con ánimo de explorar las posibilidades
de publicar sus ideas copernicanas, una vez que su gran amigo y
admirador Maffeo Barberini había sido elegido Papa. A pesar
de que el Papa le recibió seis veces, no encontró
demasiadas facilidades (en contra de lo que suele afirmarse) para
que su problema se estudiara en serio. Para saber qué
opinaba el Papa sobre el copernicanismo tuvo que recurrir al
cardenal Zollern. El 15 de mayo de 1624 escribía a su gran
amigo Federico Cesi, y le contaba que había hablado dos
veces ampliamente con el cardenal Zollern, el cual le
aseguró (como así lo hizo) que sondearía el
pensamiento del Papa Urbano VIII cuando fuera a verle al cabo de
pocos días. Galileo comentó en una carta a su gran
amigo el príncipe Federico Cesi:
“Pero en definitiva, la cantidad de asuntos que
se juzgan infinitamente más importantes que éstos,
absorben y aniquilan el prestar atención a semejantes
materias” 22.
En mi opinión, la tarea que se encomendaba a la
Comisión Galileana era extraordinariamente difícil.
Exigía la colaboración de auténticos expertos
en diferentes áreas, y no suele ser fácil poner de
acuerdo a los expertos cuando se encuentran en juego temas tan
complejos como los que se dan cita en este caso. Incluso entre los
expertos en Galileo existen serias discrepancias que afectan, a
veces, a problemas importantes. Llegar a conclusiones generalmente
aceptadas requeriría la colaboración en un trabajo
serio y difícil. Además, se encuentran implicadas
diversas perspectivas (histórica, científica,
bíblica, cultural, epistemológica), como lo pone de
manifiesto la creación de las cuatro secciones de la
Comisión; por tanto, sería necesaria la
colaboración de especialistas en Galileo, en física,
en filosofía de la ciencia, en historia de la ciencia, en
teología, etc.
Sin duda, los miembros de la Comisión eran personas muy
cualificadas, y pidieron la colaboración de expertos. En mi
opinión, sin embargo, las limitaciones de algunos de los
resultados manifiestan que, para lograr los objetivos propuestos,
hubiera sido deseable, e incluso imprescindible, una mayor
dedicación de personas y medios.
A este problema se unía otro no menos grave, que se
refería a los objetivos propuestos. En la carta del cardenal
Casaroli al cardenal Garrone del 1 de mayo de 1981 definía
los objetivos y, según me parece, es fácil advertir
las dificultades que la consecución de tales objetivos
implicaba. El objetivo de los grupos de trabajo era:
“volver a reflexionar sobre toda la
cuestión galileana, con fidelidad plena a los hechos
documentados históricamente y en conformidad con las
doctrinas y la cultura de aquella época, reconociendo
lealmente, en el clima del Concilio Ecuménico Vaticano II y
del citado discurso de Juan Pablo II, las equivocaciones y las
razones, vengan de donde vengan. No se trata de revisión de
un proceso ni de rehabilitación, sino de una
reflexión serena, fundamentada objetivamente, realizada en
la época histórico-cultural actual” 23. (32)
Quizá se puedan calificar estos objetivos como concretos
o muy precisos, pero también sería un objetivo muy
preciso colocar una nave espacial fuera de nuestra galaxia. Baste
señalar unas cuantas dificultades que salen a relucir una
vez y otra cuando se habla de las implicaciones del caso Galileo, y
cuya solución no es nada sencilla, tampoco en la
actualidad:
- En sentido
instrumentalista, una “hipótesis” es
sólo un recurso útil para calcular o para predecir
fenómenos, sin ninguna pretensión de que sea
verdadera. En sentido realista, se trata de una
teoría que, por el momento, no podemos demostrar, pero
pretendemos que refleje la realidad y esperamos que más
adelante se pueda confirmar. Cuando los eclesiásticos
decían a Galileo que se limitase a tratar el copernicanismo
como una hipótesis, utilizaban el término en un
sentido instrumentalista (Urbano VIII), o al menos en un sentido
ambiguo, mezcla de los dos (Belarmino). Galileo atribuía al
copernicanismo un sentido realista. Es muy difícil valorar
en el contexto actual la actitud de Belarmino y de Urbano VIII, y
qué es lo que les movía a no admitir en absoluto
(Urbano VIII), o sólo muy difícilmente (Belarmino),
que el copernicanismo pudiera tener un sentido realista;
- Es difícil
valorar el papel, sin duda importante, que desempeñaron los
caracteres de algunos de los protagonistas, especialmente de Pablo
V, Urbano VIII, y el propio Galileo, así como episodios como
el del argumento favorito del Papa Urbano VIII puesto en boca del
ridículo Simplicio, y el aparente doble juego tanto de
Galileo como de Niccolò Riccardi, el Maestro del Sagrado
Palacio encargado de autorizar la publicación del
Diálogo. El proceso se desencadenó, en buena
parte, debido a la ira de Urbano VIII que se sintió
ridiculizado (al ver su argumento favorito puesto en boca de
Simplicio), y engañado por Galileo y por monseñor
Giovanni Ciampoli, gran amigo de Galileo y estrecho colaborador del
Papa;
- Es muy
difícil precisar con seguridad el valor del documento del
Santo Oficio de 1616 sobre el mandato a Galileo de no defender el
copernicanismo, y ese documento fue utilizado como prueba casi
única en el proceso de 1633;
- La
asociación del geocentrismo con la doctrina católica
desempeñó, sin duda, un papel importante en la
condenación del copernicanismo en 1616 y de Galileo en 1633.
Sin embargo, es muy difícil valorar esta dimensión
del problema, porque existen pocas referencias explícitas a
estos temas. Esto constituye una dificultad enorme para comprender
el verdadero significado del caso Galileo y, en general, de la
polémica copernicana;
- No es fácil
comprender por qué no se atendió a la propuesta de
Galileo, avalada por citas de las autoridades tradicionales, de
interpretar en sentido menos literal los pasajes de la Escritura
que parecían referirse a cuestiones naturales.
Sería interesante saber
qué veredicto merecerían estos problemas si se
reunieran expertos en Galileo, de diversas tendencias, para
discutirlos seriamente, utilizando todos los medios y el tiempo
deseable. Algo así es lo que podría suponerse que
realizaría la Comisión, pero la verdad es que no
disponía de los medios para hacerlo: el planteamiento, como
se ha visto, era diferente. Una clara desproporción entre el
objetivo deseado y los medios disponibles parece encontrarse, pues,
como un factor que condicionó desde el principio los
trabajos de la Comisión. Aunque el resultado de los trabajos
de la Comisión fue muy valioso, estuvo condicionado desde el
principio por serias limitaciones. Probablemente, la singularidad
del tema dificultó que se tomara conciencia de esos
condicionamientos y de los riesgos que implicaban. En el curso de
su trabajo, los miembros de la Comisión tuvieron que
plantearse los problemas mencionados, aunque no es fácil
saber hasta qué punto advirtieron su complejidad. Gracias a
su trabajo, ahora nos encontramos en mejores condiciones. Ellos
debían afrontar una problemática extraordinariamente
difícil. (33)
En cualquier caso, una cosa estaba muy clara desde el principio,
cuando el cardenal Secretario de Estado indicaba en la carta del 1
de mayo de 1981: “no se trata de revisión de un
proceso ni de rehabilitación, sino de una reflexión
serena, fundamentada objetivamente, realizada en la época
histórico-cultural actual”. Una
“revisión” del proceso significaría
someterlo de nuevo a examen para corregirlo: esto quedaba excluido,
y se trataba, en cambio, de repensar toda la cuestión y de
reconocer errores, vinieran de donde vinieran. Una
“rehabilitación” de Galileo significaría
reintegrarle el honor o los derechos de que fue privado; esto era
en parte imposible, y en parte ya estaba hecho desde mucho tiempo
atrás, también por parte de los Papas. (34)
Sin un presupuesto de tiempo, de dinero ni de dedicación,
alentada moralmente pero, en la práctica, abandonada a las
circunstancias, no puede sorprender que el trabajo de la
Comisión fuese muy irregular. En los primeros tres
años (1981-1983), la Comisión se reunió 7
veces, y la reunión del 22 de noviembre de 1983 fue la
última: ya no se celebraron más reuniones. Esto no
significa que se dejara de trabajar. Refleja el carácter
poco orgánico de los trabajos:
“Según el testimonio personal del Cardenal
Poupard, en la primera reunión quedó claro que la
Comisión daría a cada uno de los cuatro grupos de
trabajo total libertad. De hecho, no todos sostuvieron igual ritmo
de trabajo, ni todos tenían tareas igualmente definidas. Las
reuniones plenarias de la Comisión servían
únicamente para coordinar los trabajos e informar de los
progresos que cada una de las subcomisiones realizaba con gran
autonomía. Dentro de cada subcomisión, además,
la mayor parte del trabajo la realizó individualmente cada
uno de sus componentes, y sólo ocasionalmente en
grupo” 24.
Que la Comisión estaba abandonada a las circunstancias es
más que una frase. Fue una realidad que condicionó
seriamente el desarrollo de su trabajo. Al cabo de pocos
años, tres de sus miembros abandonaron el trabajo por
motivos de edad (el padre Rovasenda, jubilado en 1986, y el
profesor Chagas, jubilado en 1988: eran Canciller y Presidente,
respectivamente, de la Academia Pontificia de Ciencias), o por
enfermedad (el cardenal Garrone, coordinador general).
Monseñor Martini estaba muy ocupado con su trabajo como
arzobispo de Milán y, desde 1983, como cardenal, lo cual le
impidió incluso participar en varias de las reuniones que se
celebraron. Con estos datos se comprende que a partir de 1985,
aunque se siguieron realizando diversos trabajos, faltaba un empuje
unitario, y se creó una situación de
estancamiento.
Tampoco era fácil desarrollar un trabajo amplio en todos
los sectores. Por ejemplo, en la Sección exegética,
en un principio podría parecer que se podía realizar
un amplio trabajo, pero al cabo de varios años solamente se
había publicado una obra bastante breve sobre la
situación de la hermeneutica bíblica en la
época de Galileo, y seguramente no se veía qué
más se podía hacer.
En los primeros meses de 1989 se produjo un giro que
cambiaría el curso de los acontecimientos hasta conducir a
la recta final:
“En 1989, tras el relevo en la Presidencia y la
Cancillería de la Academia de las Ciencias, se reanudaron
los contactos entre algunos miembros de la Comisión con el
objeto de desbloquear la situación. Estos contactos
condujeron al nombramiento del Cardenal Poupard como coordinador de
la Comisión, en sustitución del Cardenal Garrone,
impedido por enfermedad, con vistas a la conclusión de los
trabajos de la misma” 25. (36)
En esas circunstancias, correspondía al cardenal Poupard
hacer un balance del trabajo realizado por la Comisión, y
encaminarla hacia su conclusión. Se puso en contacto con los
miembros de la Comisión, y les pidió una
evaluación del trabajo realizado y sugerencias acerca de lo
que quedaba por hacer. El 13 de julio de 1990, en la carta que el
cardenal Poupard escribió al cardenal Secretario de Estado,
decía que la Comisión había alcanzado el
objetivo para el que había sido creada, y
añadía una reflexión muy importante en la que
distinguía dos problemas diferentes. Uno, el objetivo de la
Comisión, que daba por cumplido, y otro más
difícil que, teniendo en cuenta los factores culturales e
ideológicos, se encontraba más allá de las
posibilidades de la Comisión:
“En realidad, se trataría de conseguir
separar eficazmente y de modo persuasivo el problema
histórico como tal del otro, que se podría llamar
eterno, filosófico-científico-teológico, y
frecuentemente ideológico. Tal proceso exige
maduración y tiempo, más allá de las
posibilidades efectivas de una Comisión, cualquiera que sea.
Los hechos culturales, radicados en la historia, no se cambian por
decreto o con una Comisión. Sólo se puede ayudar a su
evolución histórica, con iniciativas oportunas, como
sin duda se ha hecho mediante los trabajos desarrollados por
iniciativa de la Comisión instituida por el Santo Padre
durante este fructuoso decenio” 26. (37)
Esta reflexión del cardenal Poupard es muy objetiva y
realista. Muestra claramente que no se hacía ilusiones sobre
un cambio radical en el mundo cultural como consecuencia de los
trabajos de la Comisión. En el trasfondo se advierte la
enorme dificultad de los objetivos propuestos inicialmente a la
Comisión, si se piensa en disipar definitivamente los
recelos que en algunos todavía suscita el caso Galileo.
Poupard encamina a la Comisión hacia el final de sus
trabajos con la clara conciencia de que los resultados logrados,
aun siendo importantes, son limitados, y no bastan para el objetivo
ideal de “pasar página” definitivamente en el
caso Galileo.
El cardenal Poupard sugería una conclusión formal
de los trabajos, y proponía que se realizara en el curso de
una audiencia del Papa a la Pontificia Academia de Ciencias y al
Consejo Pontificio para la Cultura. Finalmente se estableció
como fecha para celebrar la sesión de clausura el 31 de
octubre de 1992 27. (38)
Al programar una sesión pública de clausura de los
trabajos, se quería evitar la impresión de que las
autoridades bloqueaban los trabajos de la Comisión, cosa que
era totalmente falsa. De hecho, las solicitudes de la
Comisión para que se permitiera el acceso a todos los
archivos necesarios fueron atendidas sin ninguna dificultad.
Hasta el siglo XIX no se conocían los documentos del
proceso de Galileo. Una primera publicación, que luego
resultó ser parcial en todos los sentidos, tuvo lugar hacia
mitad de siglo. En las décadas siguientes se publicaron
ediciones más completas, y en la edición nacional de
las obras de Galileo (1890-1909), Antonio Favaro pudo incluir el
dossier completo del proceso, habiendo recibido el permiso
necesario del Vaticano. Desde finales del siglo XIX hasta comienzos
del siglo XXI se han sucedido diferentes interpretaciones basadas
en los mismos datos. El trabajo de la Comisión tuvo un
primer efecto extraordinariamente importante: poner de manifiesto
que en el Vaticano no había constancia de documentos
desconocidos. Hasta entonces, algunos todavía manejaban la
hipótesis de posibles fraudes, documentos secretos, etc.
Ahora este asunto parecía definitivamente despejado, y
aunque sólo se hubiera producido este resultado hubiera
valido la pena la creación de la Comisión.
Además, en varias reuniones de la Comisión se
decidió solicitar que los archivos de las Congregaciones del
Santo Oficio y del Índice de libros prohibidos se abrieran
para los investigadores; la Comisión insistió en
varias ocasiones, y finalmente los archivos se abrieron en 1998.
Era otro logro que también hubiera justificado, por
sí sólo, la existencia de la Comisión.
En realidad, no es rigurosamente cierto que la Comisión
comprobase que no existían más documentos. Yo mismo
descubrí en 1999, en el archivo del Santo Oficio, un nuevo
documento del siglo XVII que podría tener cierta importancia
en relación con el caso Galileo. Está relacionado con
otro documento descubierto en ese mismo archivo por el historiador
italiano Pietro Redondi, quien publicó en 1983 un libro
titulado Galileo hereje 28, en el que proponía una nueva
interpretación del caso Galileo. Redondi llamó a su
documento G3, porque en la parte superior del documento, no sabemos
por qué, está escrito G3. Yo llamé a mi
documento EE 291, porque se encuentra en el folio 291 del volumen
EE (existen otras numeraciones, pero por motivos que no son del
caso aquí, prefiero 291).
La nueva interpretación del caso Galileo que propuso
Redondi no ha convencido a muchos, pero contiene aspectos
interesantes y ha cobrado nuevo interés con el
descubrimiento más reciente de EE 291, que fue descubierto
de modo independiente por tres personas en torno a las mismas
fechas: por el historiador italiano Ugo Baldini y colaboradores,
durante su trabajo sistemático, hecho por encargo oficial,
en el archivo del Santo Oficio de Roma 29 ; por Thomas Cerbu, de la Universidad de
Georgia (Athens, USA) 30 ; y por Mariano Artigas, de la Universidad
de Navarra (Pamplona, España), quien ha trabajado sobre este
documento en colaboración con William Shea, de la
Universidad Louis Pasteur (Strasbourg, Francia) y Rafael
Martínez, de la Pontificia Università della Santa
Croce (Roma) 31.
La coincidencia no es extraña, teniendo en cuenta que el
Archivo del Santo Oficio de Roma se abrió para los
investigadores el 1998. El triple descubrimiento muestra que la
libertad de investigación produce frutos inmediatos.
G3 fue descubierto porque Redondi andaba tras un informe al que
aludía una carta a Galileo escrita desde Roma en 1625, a
propósito de una denuncia contra Galileo ante el Vaticano.
Los archivos del Santo Oficio y del Índice de libros
prohibidos siempre habían estado inaccesibles. Redondi
preguntó allí si existía algún
documento relacionado con su tema, y le dijeron que existía
uno. Pidió permiso para consultarlo, y se lo concedieron,
pero sólo pudo consultar, en el grueso volumen donde se
encuentra encuadernado, las tres páginas del documento G3.
Era una denuncia contra el atomismo de Galileo, o mejor, en
relación con el atomismo y una de sus consecuencias: Galileo
negaba que las cualidades sensibles (olor, color, sabor, etc.)
fueran reales y las reducía a simples sensaciones que
sólo existen en el sujeto que las experimenta. Se le
acusó de que esa doctrina dejaba sin sentido la doctrina
católica sobre la Eucaristía, según la cual
después de la consagración ya no hay pan y vino, sino
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, permaneciendo, sin embargo, las
apariencias (las “especies, en la terminología del
Magisterio; los “accidentes”, según los
escolásticos) del pan y del vino. Este problema
provocó bastantes discusiones en el siglo XVII, ya que
Galileo, y otros científicos y filósofos, negaban la
realidad de las cualidades sensibles. Según Redondi,
éste era el problema de fondo contra Galileo, pero su amigo
el Papa Urbano VIII consiguió que “sólo”
se le procesara por afirmar el movimiento de la Tierra.
G3 permaneció ignorado en los archivos durante varios
siglos, y ni siquiera los especialistas en Galileo conocían
su existencia. Poco después de que en 1998 se abriera para
los investigadores el archivo, y trabajando sobre G 3, en 1999,
Artigas descubrió EE 291, que es un informe a
propósito de la denuncia contenida en G3. Ambos documentos
son anónimos y no tienen fecha, pero Rafael Martínez
ha conseguido demostrar más allá de toda duda que EE
291 fue escrito por el jesuita Melchior Inchofer, que
trabajó para la Congregación del Índice. Es
prácticamente seguro que fue redactado en torno al proceso
de Galileo. Resulta tentador pensar que formó parte, junto
con G3, de las acusaciones que seguramente se presentaron al Papa
Urbano VIII contra Galileo cuando éste publicó su
Diálogo en 1632, acusaciones que le llevaron al
proceso y a la condena. Éste es otro punto importante sobre
el que se sabe muy poco, aunque es prácticamente seguro que
esas acusaciones existieron, e influyeron notablemente en el
desarrollo de los acontecimientos. Finalmente, la acusación
de G3 no prosperó, sin duda porque era poco
sólida.
Ugo Baldini ha descubierto varios documentos más
relacionados con Galileo, aunque ninguno tiene la importancia de EE
291 32. Todo
esto muestra que la sospecha de que podían existir
documentos desconocidos en los archivos del Vaticano no
carecía completamente de fundamento, aunque ello no se
debiera a un intento de ocultar ningún documento en
particular. Actualmente parece que estamos en condiciones de
afirmar que no existen otros documentos sobre Galileo en los
archivos del Santo Oficio y del Índice. No estará de
más añadir que no puede excluirse que existan otros
documentos sobre Galileo en otros lugares. Sin embargo, y esto es
lo más importante, los aspectos fundamentales del caso
Galileo no cambiarían aunque pudiéramos conocer datos
que ahora nos son inaccesibles, incluso sobre las intenciones de
los protagonistas. Se conoce demasiado, y demasiado bien, para que
pueda cambiar lo esencial.
La Comisión había realizado un trabajo que, en
cierto modo, era sólo preliminar, pero no parecía que
pudiera hacer mucho más. En el caso Galileo, todo
seguía siendo tan sobradamente conocido, y al mismo tiempo
tan completamente misterioso y complicado, como antes. Ya se ha
señalado que ello se debe a que existen puntos importantes
que no se pueden decidir. Era posible proponer conjeturas
razonables, pero ¿era ése el objetivo de la
Comisión? Ya existían muchas conjeturas,
¿qué se ganaba añadiendo otras? Además,
la Comisión llevaba varios años estancada, y
podía dar la impresión de que se la dejaba morir por
falta de interés, o incluso porque se deseaba ocultar algo.
Parecía conveniente sacar a la Comisión del punto
muerto.
Sin embargo, quedaba un aspecto que, en cierto modo,
constituía el objetivo principal de Juan Pablo II en su
discurso de 1979 y después: el futuro.
Nos podemos preguntar: después del planteamiento del
cardenal Poupard para encaminar los trabajos de la Comisión
hacia su final, ¿qué quedaba de los objetivos
iniciales marcados a la Comisión? La distinción de
los dos problemas implicados en el caso Galileo, ¿no
significa que, en realidad, se renunciaba a abordar con mayor
profundidad los problemas de fondo, al calificarlo como
“eterno” y “a menudo
ideológico”?
Lo más sencillo es admitir que las posibilidades de esa
Comisión, y de cualquier otra Comisión que se pudiera
crear, eran bastante limitadas. Se podían hacer más
accesibles los documentos, comprobar que no existían
sorpresas, estudiar la época y el contexto, analizar los
hechos: se podía avanzar, pero en una línea que,
básicamente, ya está fijada. No cabía esperar
grandes sorpresas, a finales del siglo XX, en el caso Galileo. Se
podían esperar durante el siglo XIX, hasta que se publicaron
los documentos del proceso, pero después ya no. Los datos
esenciales ya estaban establecidos. Pueden aparecer documentos que
tengan cierto interés, e incluso eventualmente pueden
arrojar nuevas luces sobre algún aspecto importante del
caso: de hecho, hemos visto que eso ha sucedido. Pero las
líneas esenciales de los hechos históricos
están fijadas y no se pueden cambiar. Las extensas
informaciones del embajador de Toscana se encuentran en el Archivo
de Estado de Florencia, muchas cartas de Galileo o dirigidas a
él están en la Biblioteca Nacional de Florencia o en
otras colecciones, el volumen del proceso está en el Archivo
Secreto Vaticano y, a estas alturas, ya hace tiempo que ha sido
examinado utilizando incluso procedimientos químicos. En ese
volumen se encuentran las decisiones principales de las
Congregaciones romanas y de los Papas, todas las declaraciones de
Galileo en el proceso, los informes de los censores de su libro.
Toda esta amplísima documentación puede contener
algunas inexactitudes o elementos dudosos, pero en lo esencial es
tan fiable como puede serlo cualquier documento histórico
bien comprobado. En estas condiciones, ¿qué
podría hacer una Comisión, sin adentrarse en
opiniones e interpretaciones que serían siempre
discutibles?
La ya mencionada carta del cardenal Poupard muestra
explícitamente que admitía que la conclusión
de los trabajos de la Comisión no equivalía a dar por
resueltas todas las discusiones en torno al caso Galileo.
¿Significa esto que el objetivo inicial de la
Comisión era demasiado alto, y quizás inalcanzable?
No tendría nada de extraño, porque es lo que suele
suceder a lo largo de cualquier trabajo de investigación. El
ámbito del trabajo suele reducirse a medida que la
investigación avanza, y los resultados suelen ser más
modestos de lo que inicialmente se pensaba. Pero, a la vez, son
más realistas y, probablemente, más interesantes.
De hecho, el impacto de la Comisión no se limitó a
las obras publicadas hasta 1990. Después de esa fecha, y en
parte gracias al impulso dado por el Papa y la Comisión, se
han publicado importantes obras de documentación y de
síntesis. Después de 1990 se han publicado los
documentos referentes al caso Settele, que de algún modo
significaron dar luz verde al copernicanismo por parte de la
Iglesia de modo oficial y definitivo 33, y los referentes a las vicisitudes de
los libros copernicanos en relación con la
Congregación del Índice de libros prohibidos 34, y lo mismo sucede
con el excelente libro de Annibale Fantoli sobre el caso Galileo en
su conjunto, probablemente el mejor que se ha escrito hasta el
momento 35.
El libro de Fantoli responde a la intención inicial de
Juan Pablo II. El título mismo lo muestra: “Galileo
por el copernicanismo y por la Iglesia”. Es un título
muy significativo. Galileo era, a la vez, copernicano y
católico, luchó para que la Iglesia no condenara el
copernicanismo, y su derrota fue sólo momentánea.
Oponer Galileo a la Iglesia no tiene sentido, porque Galileo era
Iglesia, aunque sufriera por parte de algunos organismos oficiales
de la Iglesia. Galileo fue condenado por un tribunal de la Iglesia,
y en su condena en 1633 desempeñó un papel importante
el Papa Urbano VIII, así como el Papa Pablo V había
desempeñado, junto con el cardenal Belarmino, un papel
importante en la condena del copernicanismo en 1616. El libro de
Fantoli deja todo esto muy claro, ateniéndose con
escrupuloso rigor a los hechos históricos, y a la vez, con
el mismo rigor, presenta la figura del Galileo católico que
desea evitar que las autoridades de la Iglesia tomen una
decisión que más adelante deba lamentarse. Un buen
ejemplo de lo que deseaba Juan Pablo II. El libro de Fantoli se
publicó en la colección de los Estudios Galileanos,
destinada a las publicaciones promovidas por la Comisión, y
puede ser considerado como uno de los frutos más maduros del
impulso promovido por la Comisión.
Como ya se ha advertido, existía un motivo adicional para
concluir los trabajos de la Comisión. Ésta llevaba
casi 10 años de funcionamiento, y en los últimos
años había entrado en una fase de estancamiento. Se
podía pensar que las autoridades de la Iglesia
impedían el progreso de los trabajos porque existían
datos que no deseaban manifestar al público, o que se
preparaba una retractación solemne que, sin duda,
caía fuera de los planes del Papa y de la Comisión.
Parecía conveniente que los trabajos de la Comisión
fueran clausurados de modo oficial y público.
Una vez aceptado este planteamiento, el único problema
que quedaba era cómo concluir los trabajos de la
Comisión.
A lo largo de varios años, la Comisión
había realizado un trabajo muy valioso y había
conseguido resultados apreciables. Luego vino una época de
estancamiento. Ahora llegaba el momento más difícil.
La principal dificultad se debía a la decisión de
clausurar el trabajo de la Comisión con un discurso
pontificio. A primera vista podía parecer sencillo,
bastaría con decir algo sobre cada uno de los tres temas
mencionados. La realidad resultó más compleja. A la
hora de la verdad, en el discurso pontificio se trataron temas
difíciles.
Es posible que la decisión de clausurar el trabajo de la
Comisión con un discurso pontificio fuera motivada por el
deseo de celebrar un acto que tuviera resonancia pública.
Eso se consiguió con creces, y la opinión
pública, a nivel mundial, reaccionó de modo bastante
favorable. Lo que contaba, más que el contenido de los
discursos, era el gesto. A nadie le quedó la menor duda de
que la Comisión y el Papa reconocían los errores del
caso Galileo y proponían una colaboración positiva
con la ciencia.
Sin embargo, hubiera sido más sencillo concluir de otro
modo. Por ejemplo, que el Papa escribiera una carta agradeciendo
los trabajos de la Comisión. Así se podría
evitar la dificultad que lleva consigo el abordar temas delicados
de un modo breve. Pero, una vez elegido el acto público y
solemne, parecía inevitable que el discurso debiera trazar,
rápidamente, un panorama de los problemas abordados y de los
resultados conseguidos. Lo cual era una tarea enormemente
difícil porque el caso Galileo es muy largo y complejo, y
siguen existiendo puntos importantes abiertos a discusión.
Esbozar en pocas palabras un juicio sobre el caso Galileo era una
tarea muy arriesgada. (39)
Por fin, el sábado 31 de octubre de 1992 tuvo lugar el
acto solemne que concluía oficialmente el trabajo de la
Comisión. El Vaticano se vistió de sus mejores galas
para el acontecimiento. Tendría lugar en la Sala Regia (lo
mismo que el discurso del 10 de noviembre de 1979), que v iene a
ser como un atrio gigantesco de entrada a la Capilla Sixtina. Se
accede a ella a través de la Escala Regia, obra de Bernini.
Se llama Regia porque era la Sala destinada a acoger a los reyes o
a sus embajadores. También se celebraban en ella
acontecimientos especialmente solemnes, tales como canonizaciones,
o cónclaves para la elección de un nuevo papa. Fue
construida por deseo del papa Paulo III (1534-1549), que
pertenecía a la nobleza romana (familia de los Farnese). De
ahí los lirios que se encuentran en la decoración del
artesonado del techo y en el friso. Paulo III confió a
Antonio da Sangallo la remodelación de la zona de los
Palacios Vaticanos en que se halla la Sala Regia. El resultado, en
palabras de Vasari (autor de algunos de los frescos de la sala),
fue “la Sala más hermosa y rica que entonces
existía en el mundo”.
La decoración refleja acontecimientos importantes de las
relaciones del papado con el poder temporal. En la
construcción y decoración de la Sala Regia se
emplearon casi treinta años, hasta que el papa Gregorio XIII
pudo inaugurarla finalmente el 21 de mayo de 1573. Galileo
tenía entonces 9 años. Muchas de las maravillas que
admiramos hoy en Roma fueron hechas en vida de Galileo, y se
relacionan de algún modo con su fortuna. Se puede descubrir
la huella de Galileo en muchos lugares de Roma. Ahora,
también en la Sala Regia, porque el acontecimiento del 31 de
octubre de 1992 señaló una fecha importante en la
historia del caso Galileo. (41) (42) (43)
La Sala Regia, la más rica y solemne Sala de Audiencias
del Palacio Apostólico, fue escogida como marco para la
solemne sesión de clausura de la Comisión
precisamente por su significado como lugar de encuentro entre la
Iglesia y los pueblos de la Tierra. Alguien podría pensar
que se trataba de un sutil intento desesperado de reafirmar la
supremacía de lo espiritual sobre lo temporal, pero no era
esa la intención de Juan Pablo II. Si los frescos que
servían de telón de fondo a los discursos sobre
Galileo representan la victoria del papado ante el poder secular,
los discursos, al reconocer ante los representantes de las naciones
los errores cometidos por los jueces de Galileo, constituyen un
elocuente ejemplo de la situación exactamente inversa.
Estuvieron presentes los miembros de la Academia Pontificia de
Ciencias, que celebraban ese día su sesión plenaria.
Se encontraban allí, además, los jefes del cuerpo
diplomático acreditado ante la Santa Sede, así como
numerosas personalidades eclesiásticas, incluyendo al
Secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano. En suma, una
cualificada representación de los mundos
eclesiástico, científico y político. (44)
(45)
La prensa de todo el mundo se hizo eco del acontecimiento, no
sólo con crónicas, sino también con
artículos de opinión dedicados a comentar su
significado. El día siguiente, domingo 1 de noviembre de
1992, la primera página del diario del Vaticano,
L’Osservatore Romano, destacaba con un gran titular
la noticia principal del día: “Pertenece al pasado el
doloroso malentendido sobre la presunta oposición
constitutiva entre ciencia y fe” 36. (46) El mensaje era inequívoco.
Para eso se había constituido once años antes la
Comisión especial que se ocupó del caso Galileo. Lo
que el Papa Juan Pablo II esperaba de esa Comisión era poder
proclamar a los cuatro vientos, de modo definitivo, lo que ese
día decía el diario vaticano. De todos modos, en el
subtítulo del diario se leía: “La
trágica incomprensión sobre el «caso
Galileo» enseña que los teólogos deben
mantenerse informados sobre las adquisiciones de la ciencia”
37. Era una
llamada de atención a los hombres de Iglesia para que no se
volviera a repetir el caso Galileo.
La información de L’Osservatore Romano era
muy amplia. El artículo de la primera página, que
incluía una fotografía del acto, continuaba en las
páginas 6, 7, 8 y 9, donde se encontraban más
fotografías, el texto íntegro del discurso del Papa
en francés y su traducción italiana, y los discursos
del padre George Coyne y del cardenal Paul Poupard.
La reacción de la prensa fue bastante positiva, aunque no
faltaron comentarios irónicos. Un periódico
francés decía que afirmar que la Tierra gira
alrededor del Sol ya no es un sacrilegio. Otro decía que era
escandaloso que una Comisión hubiera empleado trece
años para concluir que Galileo tenía razón
38.
Después de un discurso del padre Coyne en nombre de la
Academia de Ciencias, el cardenal Poupard pronunció un
discurso en el que presentó al Juan Pablo II los trabajos de
la Comisión. El Papa respondió con otro discurso.
En cuanto al trabajo de la Comisión, no parece que se
pueda hacer ningún reproche de negligencia o
desinterés, y puede excluirse que existiera ningún
tipo de intereses misteriosos que hubieran impedido su
funcionamiento. Se podría pensar, en todo caso, que los
objetivos propuestos a la Comisión eran más
difíciles de lo que se pensaba inicialmente. Los buenos
deseos condujeron a unas expectativas que, a la hora de la verdad,
se mostraron demasiado optimistas. Aunque siempre se alentó
y facilitó su trabajo, no se dotó a la
Comisión de unos medios que seguramente hubiera necesitado,
quizás porque no se llegó a tomar conciencia plena de
la dificultad de la tarea que se le encomendaba, o de su
importancia, o de ambas cosas.
A pesar de las limitaciones de medios, la Comisión
realizó un trabajo muy apreciable en su conjunto.
Realizó comprobaciones y otros trabajos importantes en los
archivos, y contribuyó a la posterior apertura del archivo
del Santo Oficio y del Índice, haciendo posible que se hayan
encontrado otros documentos relacionados con Galileo y que se hayan
disipado las dudas sobre la existencia de otros documentos.
Impulsó varias publicaciones de notable valor
histórico y documental, y gracias a ese impulso se han
producido más tarde otras publicaciones de gran valor. (48)
(49) (50) (51) (52) (53) (54) (55) (56) (57) (58) (59) (60) (61)
(62)
La carta del cardenal Poupard del 13 de julio de 1990, que ha
sido citada anteriormente, muestra sin lugar a dudas que el trabajo
de la Comisión no venía considerado como un punto
final absoluto. Lo más lógico sería
considerarlo como una etapa de investigación documental e
histórica que ha permitido asentar nuevas bases para la
continuación de los estudios del complejo caso Galileo en
sus dimensiones científica, filosófica y
teológica, y todo parece indicar que esa idea estuvo
presente en quienes dirigían esos trabajos. Una
valoración negativa del trabajo de la Comisión en su
conjunto, o de las intenciones que se encontraban detrás de
la promoción de su trabajo, sería una injusticia
histórica.
Las circunstancias personales de los miembros de la
Comisión, así como la dificultad de la tarea que se
les había confiado y la ausencia de medios proporcionados
para realizarla, fueron la causa de que su trabajo, después
de unos años iniciales de gran actividad, después
languideciera. La conciencia de las dificultades para seguir
adelante, y la convicción de que ya había cumplido la
misión para la que fue creada, así como el temor a
las suspicacias y falsas expectativas que podía provocar la
situación de estancamiento, fueron los motivos que llevaron
a proyectar la conclusión de su trabajo.
Se optó por una conclusión formal de ese trabajo
y, dentro de esa línea, se optó por un acto solemne
con un discurso del Papa. Hubiera sido posible una
conclusión menos solemne, pero se prefirió la
solemnidad, seguramente buscando un eco amplio en la opinión
pública. Ese eco se consiguió con creces y, en
general, ha sido positivo. Se ha considerado, con razón, que
las autoridades de la Iglesia han reconocido los errores cometidos
y han mostrado su deseo de colaborar positivamente con el mundo
científico.
En los discursos finales se encuentran aspectos discutibles.
Esto resultó casi inevitable desde el momento en que se
decidió una clausura solemne con dos discursos, uno para
presentar las conclusiones de la Comisión, y otro, el del
Papa, para agradecerlas y comentarlas. La Comisión
realizó un amplio trabajo pero no llegó a
conclusiones propiamente dichas, porque nunca se realizó una
labor de síntesis que, por otra parte, hubiera sido muy
difícil. Da la impresión de que, en los discursos
finales, se intentó suplir esa carencia. Quizás no se
advirtió que esa opción comportaba importantes
riesgos, dada la enorme complejidad y dificultad de los problemas
implicados, algunos de ellos no resueltos. (63) Más en
concreto:
- Se podía haber subrayado más la
distinción de los dos niveles de problemas en el caso
Galileo: uno, el de documentación archivística e
histórica, en el que se centró la Comisión, y
otro de valoración, que seguía y seguirá
abierto. Quizás el deseo de manifestar que se habían
cumplido las expectativas iniciales llevaron a dar a los discursos
finales un tono que podía llevar a atribuir al trabajo de la
Comisión un alcance mayor del que realmente
tenía;
- Desde el primer momento se había indicado a la
Comisión que no se trataba de revisar el proceso ni de
rehabilitar a Galileo, quizás porque ambas pretensiones
podrían parecer ridículas después de tanto
tiempo, y porque se excluía juzgar a personas que no pueden
defenderse y que, por regla general, actuaron con buena fe, de
acuerdo con las circunstancias de la época. Quizás
hubiera sido oportuna una alusión en los discursos finales,
para mostrar que en ningún momento se había dado
marcha atrás con respecto al proyecto inicial;
- El modo de presentar y valorar el trabajo de la
Comisión en los discursos finales podía dar pie a
pensar que se trataba de unas tomas de posición oficial
cuidadosamente planificadas. Esta impresión no sería
del todo exacta, porque en ningún momento se trabajó
con conclusiones de la Comisión, que nunca existieron. Se
podían haber incluido fácilmente comentarios
aclaratorios, y los aspectos más polémicos
también se podían haber evitado;
- Se ha prestado demasiado poca atención al
párrafo final del discurso del cardenal Poupard. Está
colocado al final de su discurso, escrito en cursiva en las
versiones impresas, evidentemente de modo intencionado, de tal modo
que provoca la sensación, que corresponde a la realidad, de
que es como un breve resumen del mensaje que se quiere transmitir.
Ese párrafo es una síntesis muy objetiva y acertada
de la valoración que puede merecer el caso Galileo en la
actualidad, y muestra, además, que la Iglesia es capaz de
reconocer abiertamente errores. En concreto dice así:
“En esa coyuntura histórico-cultural, muy
alejada de nuestro tiempo, los jueces de Galileo, incapaces de
disociar la fe y una cosmología milenaria, creyeron, muy
equivocadamente, que la adopción de la revolución
copernicana, que por lo demás no estaba probada
definitivamente, era de una naturaleza tal que quebrantaría
la tradición católica, y que era su deber prohibir su
enseñanza. Este error subjetivo de juicio, tan claro para
nosotros en la actualidad, les condujo a una medida disciplinar por
la cual Galileo «debió sufrir mucho». Hay que
reconocer lealmente estas equivocaciones, tal como Vos, Santidad,
lo habéis pedido” 39. (64)
- Tanto en sus discursos como en otras ocasiones, las
autoridades de la Iglesia han reconocido claramente que se
cometieron errores con Galileo. Las declaraciones oficiales no
descienden a responsabilidades concretas, seguramente porque no lo
consideran necesario (es evidente quiénes eran las personas
y organismos implicados), ni tampoco conveniente (supondría
juicios innecesarios y extemporáneos sobre personas e
intenciones);
- Algunos juicios históricos contenidos en los discursos
finales se basan en datos que podían precisarse mejor.
Posteriormente, bajo el impulso del cardenal Poupard, responsable
de la Sección cultural, se han realizado ulteriores
trabajos, poniendo a disposición de los investigadores datos
bastante complejos que anteriormente no estaban disponibles 40.
¿fPuede decirse que el error principal en el caso Galileo
fue una actuación demasiado autoritaria por parte de las
autoridades de la Iglesia? Quienes formulan esta crítica
parecen pensar que, si no se señalan con el dedo personas
concretas y se “denuncia” su actuación
autoritaria, no se llega al meollo del problema, y no se evitan
posibles errores del mismo tipo en el presente o en el futuro. Sin
embargo, el cardenal Poupard probablemente acierta cuando, en su
discurso, sostiene que los actores del caso Galileo tienen derecho
al beneficio de la buena fe, si no hay pruebas en contrario: y, de
hecho, hay pocos indicios que permitan sospechar la existencia de
intenciones menos torcidas. Seguramente el modo de ser de los dos
Papas que intervinieron, así como la envidia de algunos
expertos que pudieron aconsejar en 1632, pudieron desempeñar
un papel en el caso; pero no parece aceptable atribuirles un papel
decisivo. También el carácter de Galileo, de
Riccardi, de Ciampoli, desempeñaron un papel en el caso. Aun
a riesgo de repetir la idea, me parece importante subrayar una vez
más que el caso Galileo es enormemente largo y complejo.
Intentar reducirlo a algún factor concreto en exclusiva, u
otorgar demasiada importancia al autoritarismo, a los personajes o
a cualquier otra circunstancia, probablemente llevaría a
simplificaciones poco acordes con la realidad histórica.
Algo semejante puede decirse cuando se presenta el caso como el
choque entre la estructura autoritaria de la Iglesia y la libertad
de investigación, o la libertad en general. La existencia de
autoridad en la Iglesia es algo que acompaña a su
naturaleza, y el choque con Galileo se pudo haber evitado: no fue
algo que sucediera necesariamente, sino que está lleno, por
el contrario, de factores contingentes. Tampoco es cierto que,
debido a que no se reconocen las causas del error, sigamos
expuestos a otros errores semejantes; parece bastante claro, por
ejemplo, que la experiencia del caso Galileo ha sido uno de los
factores que ha contribuido a evitar la condena del evolucionismo
(que sería el caso más semejante al de Galileo, por
tratarse de una teoría de la ciencia natural). Nunca ha
existido una condena oficial del evolucionismo por parte de las
autoridades romanas, a pesar de que las circunstancias a veces
presionaran en esa dirección, y de que existieran inicios de
actuaciones en esa línea; y no parece arriesgado aventurar
que la experiencia del caso Galileo ha ayudado a evitarla. (65)
Desde hace tiempo, se conocen bastante bien los aspectos
esenciales del caso Galileo, aunque siga habiendo lagunas. Al crear
la Comisión pontificia, Juan Pablo II pretendió
clarificar la mitificación de ese caso, que sigue estando
presente en la actualidad, a veces de manera llamativamente
anti-histórica 41, y facilitar la colaboración entre
ciencia y religión, tan necesaria en nuestra época.
Las reflexiones anteriormente expuestas, junto con los datos de
archivo que han sido publicados hasta ahora, permiten concluir,
según me parece, que las limitaciones de esa empresa se ven
sobradamente compensadas por sus logros, que han supuesto una
contribución positiva para los estudios galileanos
(también en beneficio de quienes han criticado el trabajo de
la Comisión), y para el mejor entendimiento entre ciencia y
religión. Sin duda, la Comisión no significa un final
absoluto, pero es que nadie pretendió que lo fuese. Ha sido
una etapa importante en la desmitificación del caso, que en
la actualidad se suele considerar cada vez con más
objetividad.
(1) Dava Sobel, La
hija de Galileo (Madrid: Debate, 1999), p. 223.
(2) Se encuentra una
primera aproximación que contiene los datos más
indispensables en: M. Artigas, “Lo que deberíamos
saber sobre Galileo”, Scripta Theologica, 32 (2000),
pp. 877-896. Y una narración detallada, que utiliza las
fuentes originales, en: W. R. Shea - M. Artigas, Galileo en
Roma. Crónica de 500 días (Madrid: Encuentro,
2003).
(3) Pueden verse, por
ejemplo, en: Melchor Sánchez de Toca, “Un doble
aniversario: XX aniversario de la creación de la
Comisión de Estudio del Caso Galileo y X de su
clausura”, Ecclesia, 16 (2002), pp. 141-168. En este
trabajo se encuentra una exposición sobre la creación
y trabajo de la Comisión, basada en los documentos del
archivo del Consejo Pontificio para la Cultura (PCC). He tomado de
ese artículo los datos de archivo que cito. En las citas,
APCC, QG, I, significa que el documento citado se encuentra en la
caja primera de la sección dedicada a la Cuestión
Galileana (QG) en el Archivo del Pontificio Consejo para la Cultura
(APCC).
(4) Massimo
Bucciantini, Contro Galileo. Alle origini dell’affaire
(Firenze: Olschki, 1995), pp. 13-18.
(5) Annibale Fantoli,
“Galileo e la Chiesa cattolica. Considerazione critiche sulla
‘chiusura’ della questione galileiana”, en:
José Montesinos y Carlos Solís, editores, Largo
campo di filosofare (La Orotava, Tenerife: Fundación
Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, 2001), pp. 733-750;
publicado en inglés como número 4.1 de la serie
Studi Galileiani: Galileo and the Catholic Church: A
Critique of the “Closure” of the Galileo
Commission’s Work (Vatican City: Vatican Observatory
Publications, 2002). Fantoli también aborda la
“cuestión galileana”, incluyendo referencias a
la Comisión, en la última parte de su importante
libro: Galileo per il Copernicanesimo e per la Chiesa,
2ª ed. (Città del Vaticano: Specola Vaticana, 1997),
pp. 458-475, y, con mayor detalle, en la edición francesa de
ese mismo libro: Galilée. Pour Copernic et pour
l’Eglise (Città del Vaticano: Vatican Observatory
Foundation, 2001), pp. 337-357. También en el libro
posterior: Il caso Galileo. Dalla condanna alla
“riabilitazione”. Una questione chiusa? (Milano:
Rizzoli, 2003), donde dedica a la crítica de la
Comisión gran parte del último capítulo (pp.
236-254).
(6) Fantoli,
Galilée. Pour Copernic et pour l’Eglise, cit.,
pp. 356-357.
(7) Pierre Duhem,
Sozein ta fainomena. Essai sur la notion de théorie
physique de Platon à Galilée (Paris: Vrin, 1990),
p. 140 (el original es de 1908).
(8) Walter
Brandmüller, Galileo y la Iglesia (Madrid: Rialp,
1987), pp. 177-178 (el original es de 1982).
(9) Fantoli,
“Galileo e la Chiesa cattolica”, cit., pp. 746-747.
(10) Michael Segre,
“Light on the Galileo Case?”, Isis, 88 (1997),
pp. 484-504.
(11) Antonio
Beltrán, Galileo, ciencia y religión
(Barcelona: Paidós, 2001), pp. 203-248.
(12) Antonio
Beltrán, “Introducción” a: Galileo
Galilei, Diálogo sobre los dos máximos sistemas
del mundo (Madrid: Alianza, 1995), p. LXXII.
(13) James Reston,
Galileo. El genio y el hombre (Barcelona: Ediciones B,
1996), pp. 193-198 y 383-387.
(14) Ernan McMullin
(editor), Galileo: Man of Science (New York: Basic Books,
1967)
(15) George Coyne,
“The Church’s Most Recent Attempt to Dispel the Galileo
Myth”, en: Ernan McMullin (editor), The Church and
Galileo (Notre Dame, In.: University of Notre Dame Press, 2005),
pp. 340-341.
(16) Juan Pablo II,
Homilía, Jornada del perdón, 12 de marzo de
2000, nn. 3 y 4: en Jornada del perdón (Madrid:
Palabra, 2000), p. 16.
(17) Comisión
Teológica Internacional, Memoria y reconciliación:
La Iglesia y las culpas del pasado, 7 marzo 2000,
sección 5.3: en Jornada del perdón, cit., p.
117.
(18) Concilio
Vaticano II, constitución Gaudium et Spes, nº
36.
(19) Acta
Apostolicae Saedis, 71 (1979), pp. 1464-1465.
(20) Ibid.,
pp. 1465-1466.
(21) Cfr. Doble
aniversario, pp. 147-148. El 13 de mayo de 1981 tuvo lugar el
atentado contra el Papa que, como se advierte por las fechas,
apenas retrasó la creación de la Comisión.
(22) Carta de Galileo
a Federico Cesi, 15 de mayo de 1624, en: Galileo Galilei,
Opere, ed. Nazionale a cura di A. Favaro (Barbèra:
Firenze, 1890-1909), vol. XIII, nº 1633.
(23) Carta del
cardenal Casaroli al cardenal Garrone, 1 de mayo de 1981: archivo
APCC, QG, I. Citado por: Sánchez de Toca, o.c., p.
146.
(24) Sánchez
de Toca, o.c.., pp. 147-148.
(25) Ibid., p.
157.
(26) Carta del
cardenal Poupard al cardenal Secretario de Estado, 13 de julio de
1990: APCC, QC, 1. Citada por Sánchez de Toca, o.c.,
p. 158.
(27) Cfr.
Sánchez de Toca, o.c., pp. 158-159.
(28) Pietro Redondi,
Galileo Eretico (Torino: Einaudi, 1983).
(29) Ugo Baldini y
Leen Spruit, “Nuovi documenti galileiani degli Archivi del
Sant’Ufficio e dell’Indice”, Rivista di storia
della filosofia, 56 (2001), pp. 661-699.
(30) Thomas Cerbu,
“Melchior Inchofer, ‘un homme fin &
rusé’”, en: José Montesinos y Carlos
Solís, editores, Largo campo di filosofare, cit., pp.
587-611.
(31) Mariano Artigas,
“Un nuovo documento sul caso Galileo: EE 291”, Acta
Philosophica, 10 (2001), pp. 199-214; Rafael Martínez,
“Il Manoscrito ACDF, Index, Protocolli, vol.
EE, f. 291 r -v ”, ibid., pp. 215-242;
Lucas F. Mateo-Seco, “Galileo e l’Eucaristia. La
questione teologica dell’ACDF, Index,
Protocolli, EE, f. 291 r -v ”,
ibid., pp. 243-256; William R. Shea, “Galileo e
l’atomismo”, ibid., pp. 257-272; Mariano
Artigas, Rafael Martínez y William R. Shea, “Nueva luz
en el caso Galileo”, Anuario de Historia de la Iglesia
, 12 (2003), pp. 159-179. Después de la publicación
de esos artículos, Shea ha sido llamado a ocupar la
Cátedra Galileo de la Universidad de Padua.
(32) Se encuentran en
el artículo ya citado de Baldini y Spruit “Nuovi
documenti galileiani degli Archivi del Sant’Ufficio e
dell’Indice”.
(33) Walter
Brandmüller y Johannes Grepl, Copernico, Galilei e la
Chiesa: fine della controversia (1820), gli atti del
Sant’Uffizio (Firenze: Olschki, 1992).
(34) Pierre-Noël
Mayaud, La condamnation des livres coperniciens et sa
révocation à la lumière des documents
inédits des Congregations de l’Index et de
l’Inquisition (Roma: Pontificia Università
Gregoriana, 1997).
(35) Annibale
Fantoli, Galileo per il Copernicanesimo e per la Chiesa,
cit.
(36)
L’Osservatore Romano, 1 de noviembre de 1992,
página 1.
(37) Ibid
.
(38) Se encuentra un
resumen comentado de las reacciones de la prensa en: Michael Paul
Gallagher, “Note in margine al caso Galileo”, La
Civiltà Cattolica, 144 (1993), pp. 424-436.
(39) P. Poupard,
“Compte rendu des travaux de la commission pontificale
d’études de la controverse
ptoléméo-copernicienne aux XVIe
-XVIIe siècles”, Discurso del 31 de
octubre de 1992, en: P. Poupard (editor), Après
Galilée. Science et foi: nouveau dialogue (Paris:
Desclée de Brower, 1994), p. 96.
(40) Véase la
obra ya citada: Pierre-Noël Mayaud, La condamnation des
livres coperniciens et sa révocation à la
lumière des documents inédits des Congregations de
l’Index et de l’Inquisition.
(41) Por ejemplo, la
Vida de Galileo de Bertolt Brecht se continúa
representando con éxito. Dejando aparte sus méritos
artísticos y emotivos, desde el punto de vista
histórico contiene deformaciones muy serias; es un claro
exponente de la vitalidad de que goza el mito galileano y
contribuye a mantenerla.
Índice de
diapositivas
-
Título
-
Comentario Dava Sobel
-
El caso Galileo es muy complejo
-
Tres fases de la Comisión creada por Juan Pablo II para estudiar el caso Galileo
-
¿Consiguió la Comisión sus objetivos?
-
Massimo Bucciantini
-
Annibale Fantoli, portada del libro
-
Annibale Fantoli, comentarios
-
La tesis del error mutuo (Duhem)
-
La tesis del error mutuo (Brandmüller)
-
Michael Segre. Isis, 1997, derecho al libre pensamiento
-
Michael Segre, comentarios
-
Antonio Beltrán Marí, una enmienda a la totalidad
-
Antonio Beltrán, comentarios
-
James Reston, portada del libro
-
James Reston, comentarios
-
Universidad de Notre Dame (USA). Simposio abril 2002
-
George Coyne, miembro y crítico de la Comisión
-
George Coyne, comentarios
-
Resumen de las críticas
-
Algunas clarificaciones
-
10 de noviembre de 1979: el Papa manifiesta un deseo
-
El discurso de 1979 en primera página de l'Osservatore romano
-
Deseo de que se profundice en el caso Galileo
-
Concordancias entre ciencia y religión en Galileo
-
El marco del discurso de 1979
-
Frescos de la Sala Regia
-
Paz de Venecia, 1177
-
Batalla de Lepanto (1571), pintado por Vasari, en 1572
-
Creación de la Comisión: mayo-julio de 1981
-
Las 4 Secciones de la Comisión
-
Objetivo de la Comisión (fijado en carta del Secretario de Estado, 1 de mayo de 1981)
-
Dificultades para conseguir el objetivo
-
Ni revisión ni rehabilitación
-
Panorama del trabajo de la Comisión
-
1989: hacia la conclusión
-
Poupard, carta del 13 de julio de 1990 al Secretario de Estado: dos problemas diferentes
-
Hacia la conclusión
-
Una conclusión sin conclusiones
-
31 de octubre de 1992: de nuevo en la Sala Regia
-
La donación de Carlomagno
-
El Rey Pedro II de Aragón ofrece su reino al Papa Inocencio III
-
El Papa Gregorio XI vuelve de Aviñón a Roma
-
31 de octubre de 1992: la Sala Regia
-
31 octubre 1992: durante un discurso
-
El mensaje del 31 de octubre de 1992
-
Valoración final de la Comisión
-
Publicaciones impulsadas por la Comisión
-
Rinaldo Fabris. Sección exegética: estudio sobre la exégesis de la Biblia en la época de Galileo
-
Paul Poupard, editor. Sección cultural: obra colectiva sobre el caso Galileo desde el proceso hasta ahora
-
Olaf Pedersen. Monografía sobre la exégesis de la Biblia y el Concilio de Trento en la época de Galileo
-
Ugo Baldini y George Coyne. Belarmino: clases de Lovaina, y su certificado a Galileo
-
Simposio en Cracovia sobre el caso Galileo (1984), editado por George Coyne, Michael Heller y Jozef Zycinski
-
Jozef Zycinski. Monografía sobre la epistemología de Galileo
-
Richard Westfall. Ensayos sobre al proceso a Galileo
-
Mario d'Addio. Libro histórico documental sobre el caso Galileo
-
Sergio Pagano, editor. Nueva edición de los documentos vaticanos del proceso a Galileo
-
Cardenal Paul Poupard, editor. Obra colectiva sobre relaciones entre ciencia y fe en la actualidad
-
Walter Brandmüller y Egon Greipl. Estudio y documentación sobre el caso Galileo en el siglo XIX
-
Pierre-Noël Mayaud. Estudio sobre la condena del copernicanismo en los archivos del Vaticano
-
Annibale Fantoli. Monografía amplia y documentada sobre el caso Galileo
-
Annibale Fantoli. Análisis de la clausura de la Comisión Pontificia
-
Valoración de los discursos finales
-
Final del discurso del Cardenal Poupard
-
Hacia el futuro
Presentación completa
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