El debate en
torno al estatus de homo floresiensis.
Carlos A. Marmelada.
carlosalbertomarmelda@yahoo.es
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El anuncio de una noticia
sorprendente.
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Los primeros hallazgos de
Morwood.
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El descubrimiento del Hombre de
la isla de Flores.
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¿Por qué era tan
pequeño Homo floresiensis?
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Las primeras
críticas.
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Microcefalia y
enanismo.
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Tecnología
demasiado avanzada.
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Los huesos de la discordia.
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El análisis de
tomografía computerizada (TC) del cráneo de LB 1.
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Críticas y contra
críticas al artículo de Falk y colegas.
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La réplica de Falk et.
al..
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Las nuevas
críticas.
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La replica de Falk y
colaboradores.
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Los nuevos
descubrimientos.
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La industria lítica de
Mata Menge.
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Las críticas más
recientes.
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Nuevos datos sobre el
cráneo de LB 1.
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La forma del cerebro en
humanos microcefálicos y en Homo floresiensis.
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El estudio de la industria
lítica del Sudeste asiático.
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La estructura del hombro de
Homo floresiensis.
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La estructura de la
muñeca de Homo floresiensis.
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La incertidumbre del origen de
Homo floresiensis.
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Notas
El 28 de octubre del año 2004 saltaba a los medios de
comunicación del mundo entero una de aquellas noticias que
conmocionaban el mundo de la ciencia. En efecto, ese día la
prestigiosa revista Nature publicaba dos artículos 1 que dejaron
atónitos a muchos especialistas en evolución humana. En
estos artículos Peter Brown y Michael J. Morwood (ambos de la
Universidad de Nueva Inglaterra en Armidale, Australia, y codirectores de
un equipo mixto de investigación formado por científicos
australianos e indonesios) anunciaron que habían descubierto en
una cueva de la isla Indonesia de Flores 2 el esqueleto parcial de una hembra
humana adulta que había muerto hace 18.000 años, y que
medía tan sólo poco más de un metro de altura y
tenía un cerebro de 380 cc., un volumen cerebral ligeramente
inferior al de los homínidos de hace más de tres millones
de años, como los Australopithecus afarensis, y similar al
de los chimpancés (380 cc.). Según los descubridores se
correspondía a un individuo sano que, por consiguiente, asignaban
a una especie humana nueva: Homo floresiensis 3.
Desde luego la noticia era tan sorprendente que parecía hasta una
broma. De ella llegó a decir Juan Luís Arsuaga en ABC.es
que: “Hasta el día de ayer 4 pensaba que para gastarle una broma a
un colega paleoantropólogo le daría la noticia de que ha
aparecido un australopiteco en un Lugar de la Mancha, cuyo nombre a
partir de ese momento sería recordado en todo el mundo. Lo que se
cuenta en la revista Nature es mucho más increíble; y, sin
embargo, tenemos que aceptar que es verdad. Al menos de momento”
5.
La coletilla final es, precisamente, el quid de la cuestión. Sobre
ella vamos a desarrollar este trabajo. El anuncio del descubrimiento es
tan increíble que pronto se levantaron muchas voces
escépticas. Sin embargo, tanto sus descubridores como un buen
número de científicos han rebatido una por una todas las
críticas que se han hecho a la tesis de que Homo
floresiensis es una especie humana distinta a nosotros y a cualquier
otra, con la peculiaridad de tener una estatura
pequeñísima, un metro escaso (repetimos que se trata de
individuos sanos y adultos), y un cerebro diminuto que rondaba los 400
cc.; y, sin embargo, con la inteligencia suficiente para fabricar
herramientas de piedra tan complejas como las que hacían nuestros
antepasados directos los Homo sapiens de hace 20.000 años;
y más cosas muy importantes, tal como veremos a
continuación.
Lo que vamos a analizar es, precisamente, el desarrollo histórico
de esta polémica. Es decir, la crónica analítica del
debate. Empezaremos, como es lógico, viendo qué es lo que
afirmaron Brown y Morwood en los dos artículos citados. Luego
veremos las primeras críticas que les hicieron, posteriormente
analizaremos las primeras réplicas, y así sucesivamente
hasta llegar a los últimos trabajos que se han publicado este
mismo año. Pero antes veremos cuáles fueron los resultados
de los primeros trabajos de Morwood en Flores.
Mike Morwood, uno de los codirectores del equipo que descubrió a
Homo floresiensis, llevaba varios años trabajando en la
isla de Flores. De hecho, en 1998 anunció el descubrimiento de
industria lítica con una antigüedad próxima a los
800.000 años 6. Aunque resultaba admirable la existencia de
herramientas de piedra con esa antigüedad en esa zona lo realmente
sorprendente de este descubrimiento no era ninguna de las dos cosas,
pues, de hecho, ya se habían encontrado muestras de industria
lítica con una antigüedad similar, y superior, en el
archipiélago indonesio. ¿Dónde radicaba, entonces,
lo admirable de este descubrimiento? Pues, ni más ni menos que en
el lugar exacto en el que se había producido: la isla de Flores.
¿fPor qué? Por la sencilla razón de que Flores
jamás ha estado unida al continente. Es decir, siempre ha
conservado su estatus de insularidad independientemente de las
fluctuaciones climáticas del planeta, que tenían como
consecuencia que el agua se concentrara en los polos cuando las
temperaturas eran bajas, con la consiguiente regresión de los
mares y el aumento de la masa de la plataforma continental emergida, algo
que posibilitaba que muchas de las islas actuales que hay en el mundo y
están cercanas a la costa estuvieran unidas a ella por un brazo de
tierra. Éste no fue nunca el caso de Flores; sin embargo ha habido
épocas en las que gran parte del archipiélago indonesio
(toda su parte central y occidental: Java, Sumatra, Bali, etc…)
estaba unido a la actual Península de Malaca (o Malasia); y, en
general, a todo el sudeste asiático (Malasia, Tailandia, Vietnam,
Camboya o Kamphuchea y Laos), formado la unidad geográfica
conocida como Península de Sunda o Sonda. Flores siempre estuvo
separada de esta península por una manga de agua, el denominado
Estrecho de Komodo.
¿fQué significa todo esto? Algo bien evidente: que los
fabricantes de estas herramientas de piedra tuvieron que llegar
necesariamente por mar hasta Flores. Lo que supone algo realmente
excepcional y totalmente inesperado.
Hasta 1998 se creía que las pruebas más antiguas de
navegación tenían 60.000 años (60 kyr.)
7 y se
correspondían al primer doblamiento de Australia septentrional por
parte de miembros de nuestra especie, Homo sapiens, que llegaron
a la zona por mar.
Actualmente el espacio que separa Flores de Java está jalonado por
una serie de islas, entre las que destacan: Bali, Lombok, Sumbawa y otras
más pequeñas, entre las que se cuenta Comodo, que
está justo en el margen occidental de Flores. De todas estas islas
las que estaban más al oeste formaban parte de la citada
Península de Sonda. Las más orientales no. Pero
podían jugar un papel importante al permitir “saltos de
rana”, lo que facilitaría la navegación hasta Flores.
En cualquier caso la presencia humana en esa isla hace más de
800.000 años da mucho que pensar.
Sin embargo, en un principio, no todo el mundo estuvo de acuerdo en
admitir que el origen de dichas herramientas fuera antrópico. El
escepticismo provenía, principalmente, del hecho de que Flores no
había estado nunca unida al continente; lo que significaba que
aquellos humanos debieron de llegar hasta Flores navegando a
través del peligroso Estrecho de Cómodo. Si eso era
así, entonces los erectus deberían ser considerados
los primeros navegantes en la historia de la humanidad. Honor que hasta
entonces se concedía a los sapiens que, casi setecientos
mil años después, habrían llegado hasta Australia
desde alguna isla de Indonesia. Realmente era algo demasiado impactante
para ser aceptado sin más.
Sin embargo la controversia se zanjó en el verano de 2006, con la
publicación por parte de Morwood y colaboradores, de un trabajo en
el que anunciaban haber descubierto 507 nuevas herramientas con una
antigüedad comprendida entre los 840 kyr. y los 700 kyr. Pero de
ellas hablaremos más adelante porque juegan un papel importante en
relación a Homo floresiensis.
Retrocedamos nuevamente hasta el año 1999. En aquel momento
Morwood decidió emprender nuevas excavaciones en otros lugares, a
fin de confirmar que los humanos habían llegado a Flores en fechas
muy tempranas. Para ello se dirigieron a la cueva de Liang Bua. En la
campaña del verano de 2003 los investigadores se toparon con una
gran sorpresa. En efecto, cuando estaban trabajando en el sector VII, se
desenterraron varios restos humanos que incluían un cráneo
diminuto: todos los restos eran pertenecientes a un mismo individuo y se
hallaban en un nivel que tenía 18.000 años de
antigüedad. Por la forma de la pelvis concluyeron que se trataba de
una hembra y por el desgaste de los dientes dedujeron que había
muerto cuando tenía unos 30 años. Su pequeña
estatura, en torno a un metro, hizo pensar en un primer instante que
sería una niña de corta edad. Pero al observar el desgaste
dental y la presencia de la muela del juicio no quedó otra
alternativa que aceptar un hecho auténticamente sorprendente:
¡se trataba de un individuo adulto! Con todas las implicaciones que
ello conllevaba. Su corta estatura no era, pues, una cuestión
relacionada con su edad de muerte, sino una característica
específica.
El hecho de que tuviera una altura similar a la de los
Australopithecus y los primeros humanos (Homo habilis y
Homo rudolfensis) y un cerebro similar al de los
chimpancés, pero con una aptitud excelente para fabricar
herramientas muy complejas, así como la posesión de otros
rasgos antropológicos arcaicos, llevó a sus descubridores a
englobar estos especimenes en una nueva especie humana: Homo
floresiensis.
Cabría la posibilidad de pensar que podrían haberse topado
con un individuo de nuestra especie pero excepcionalmente bajo debido a
alguna anomalía en su crecimiento. Sin embargo esta
hipótesis les pareció descartable, pues el equipo
investigador había encontrado anteriormente, en otro yacimiento de
la isla, un fragmento de brazo, de otro individuo de la misma especie,
pero con una antigüedad de 38 kyr., que sugería que el
individuo al que pertenecía también medía alrededor
de un metro. Sus descubridores descartaron que pertenecieron a nuestra
especie pero que se trate de un pigmeo, puesto que el desarrollo corporal
de estos sapiens se detiene al final de la adolescencia, pero
entonces su cerebro ha alcanzado un tamaño tan grande como el de
cualquier otro sapiens, mientras que “Hobbit”
9
murió siendo una mujer adulta.
En este sentido y de un modo un tanto anecdótico podemos recordar
que Henry Gee, director de la revista Nature, advierte que este
descubrimiento debe llevarnos a replantear el grado de veracidad
atribuible a las leyendas que explicaban los nativos de la isla a los
navegantes holandeses que tomaban tierra allí; historias que
hacían referencia a la existencia de unos misteriosos humanos (los
ebu gogo) que medían alrededor de un metro y habitaban en
el interior del bosque.
Una forma que tienen las especie herbívoras de defenderse de sus
predadores es recurrir a la megadoncia, es decir: desarrollar un
crecimiento desmesurado de su organismo para evitar o dificultar que los
carnívoros pueda comérselos. Sin embargo en ausencia de
predadores cuando una población de herbívoros de gran
tamaño queda aislada geográficamente en un área
pequeña donde escasean los recursos alimenticios la única
forma que tiene de sobrevivir es reducir su tamaño (así,
por ejemplo, en la isla de Sicilia los elefantes llegaron a reducir su
tamaño a tan sólo 250 kg.), de forma que al cabo de un
tiempo esta población evoluciona dando lugar a una especie nueva
que, aunque heredera o descendiente, ya resulta distinta de la especie
madre.
Inicialmente Brown pensó que este mecanismo evolutivo era el que
debió haber permitido el surgimiento de Homo floresiensis.
Una población ancestral de Homo erectus pudo haber llegado
navegando (algo de por sí ya admirable) hasta la isla de Flores;
allí quedaría aislada y evolucionaría hasta dar
lugar a estos humanos diminutos. Si esto fue así,
significaría, según Brown, que los homínidos y, por
consiguiente, los humanos estarían sujetos a las mismas fuerzas
evolutivas que los restantes mamíferos. Esta apreciación no
solamente es razonable, sino que, incluso, resulta obvia: pues se trata
de algo lógico desde un punto de vista biológico, del mismo
modo que desde un punto de vista físico el hombre está
regido por las leyes de la gravedad, como cualquier otro cuerpo. El
problema científico y filosófico consiste en determinar
hasta qué punto puede reducir el cerebro su tamaño
conservando todas las aptitudes intelectuales propias de los humanos. Al
final del artículo abordaremos el tema de las hipótesis
existentes sobre el origen de H. floresiensis.
Hay que tener en cuenta que, pese a su diminuto tamaño, cazaban
animales como elefantes enanos ya extintos (Stegodon), principalmente las
crías; lagartos gigantes, el afamado Dragón de Comodo,
aún existente, y otros animales tales como: serpientes, tortugas,
ranas, roedores (también gigantes) y murciélagos. Dado que
los huesos de algunos de estos animales han aparecido carbonizados se
cree que floresiensis debía de dominar el fuego.
En Liang Bua también se han encontrado miles de herramientas
líticas que servían para despellejar, descuartizar, curtir
o perforar. Muchas de estas herramientas aparecen en sedimentos que
tienen 78 kyr. Sabemos que H. sapiens no llegó a Flores
hasta hace unos 12 kyr. luego no debió ser él el fabricante
de esas herramientas. Pero entonces… ¿quién es el
autor de estas herramientas de Flores, tan parecidas a las que fabricaban
por esas fechas los neandertales en Europa y los sapiens en
África y otros lugares del mundo? En un principio no había
una total certeza, porque no se podía descartar que los humanos
anatómicamente modernos hubieran llegado a la isla mucho antes de
lo que indican los testimonios fósiles que nos han llegado. Pero
en el verano de 2007 el asunto pareció encarrilarse con la
publicación de los trabajos sobre las herramientas de Mata Menge
antes citadas, y de las que hablaremos con más detalle más
adelante.
Es lógico que ante un descubrimiento tan sorprendente y
revolucionario como éste se alzaran voces críticas que
intentaron dar una explicación más convencional. Así
Maciej Henneberg (del Departament of Anatomical Sciences, Medical School,
University of Adelaida, Adelaida 5005, Australia; la misma Universidad,
pues, en la que trabajan Morwood y Brown) y Alan Thorne (del Research
School of Pacific and Asian Studies, Australia National University,
Canberra, ACT 0200 Australia) insistieron desde un principio que, en su
opinión lo que se había encontrado en realidad eran
individuos que pertenecían a nuestra misma especie pero que
presentaban patologías. De modo que Homo floresiensis era,
en realidad, un Homo sapiens con anomalías en el
crecimiento, tal como anunciaban en una pequeña
comunicación titulada precisamente: Flores human may be
pathological Homo sapiens 10. Según estos científicos la
explicación más plausible para el reducido tamaño
del cerebro sería la microcefalia. De modo que estaríamos
ante miembros de nuestra especie que habrían sufrido algún
tipo de patología del crecimiento. De hecho los dos
científicos citan uno de los hallazgos del equipo investigador de
Liang Bua como un dato a su favor. Se trata de un radio, un hueso del
antebrazo, encontrado en la cueva y que tiene una longitud de 210 mm, lo
que según Henneberg y Thorne equivaldría a un individuo de
entre 1,51 y 1, 62 metros de estatura; parámetros que entran
dentro del rango de variabilidad de Homo sapiens. Tal como
refuerza el hecho de que en otra cueva de la isla de Flores, Liang Toge,
fuera hallado otro esqueleto de un Homo sapiens que vivió
hace 3.500 años y que medía 1,48 metros de estatura, eso
sí, su capacidad cerebral era de 1204 cc 11.
El texto en el que estos dos científicos expresan su
crítica acaba apelando a la prudencia y advirtiendo que hasta que
no aparezcan nuevos cráneos razonablemente completos no se puede
descartar que la hipótesis que sostiene que una patología
relativamente común, como es el caso de la microcefalia, pudiera
ser la causante de la morfología descubierta en Liang Bua.
La réplica de Brown y Morwood fue contundente, quizás
demasiado, pues llega incluso a la argumentación ad hominem.
Lo que sí resultaba demoledor era el contenido de la
contracrítica. En efecto, los codirectores de los trabajos de
Liang Bua afirmaban poseer entonteces restos humanos correspondientes a
siete individuos distintos, todos ellos procedentes de la misma cueva y
todos con las mismas proporciones corporales, dentales y faciales que el
espécimen LB 1. Los autores de la réplica se preguntan, muy
sensatamente, si existe alguna posibilidad de que todos estos individuos
sean un conjunto de tipos enfermizos. La respuesta es que resulta algo
muy improbable, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un
número mínimo de individuos que corresponde a un rango
cronológico que abarca varias decenas de miles de años.
Para reforzar su posición, Brown y Morwood citan una de las
mandíbulas halladas y recuerdan que carece de mentón
12, un
rasgo distintivo de los Homo sapiens, pues se trata de una
característica morfológica exclusiva de nuestra especie. En
efecto, ninguna otra especie humana tiene barbilla. Así, pues, el
individuo al que correspondía dicha mandíbula debían
acumular dos anormalidades: carecer de mentón y padecer enanismo;
del mismo modo que la hembra de Liang Bua también tenía dos
patologías: la microcefalia y el enanismo. En fin, demasiadas
casualidades juntas. Demasiado improbable que cada vez que encontraban un
individuo en Liang Bua fuera un tipo enfermo que había ido a parar
allí, teniendo en cuenta, además, que les separaban miles
de años.
Marta Mirazón Lahr y Robert Foley, del Leverhulme Center for
Evolutionary Studies, Department of Biological Anthropology, Cambridge,
también opinan que es imposible que Homo floresiensis sea
un Homo sapiens pigmeo. Según estos investigadores, si
comparamos el cráneo de LB 1 con el de un humano actual a escala
(es decir, a un tercio de su tamaño normal) resulta que ambos
difieren en la forma, la robustez y toda una serie de
características claves de la base del cráneo. En fin, que
no guardan una similitud específica 13.
En cuanto al radio mencionado por Henneberg y Thorne, Morwood y colegas
sostienen que pertenecería a un individuo que no mediría
más de un metro y es por eso que lo asignan, provisionalmente, a
Homo floresiensis; pero reconocen que al carecer de brazos los
restos postcraneales asignados a LB 1 no pueden hacer una
comparación directa entre ambos 14, algo que se subsanaría
más adelante, como tendremos ocasión de comprobar.
Otra de las críticas recibidas es la relativa a la
afirmación de los directores de Liang Bua de que la industria
lítica allí encontrada y asociada a un premolar de Homo
floresiensis así como a restos de Stegodon, fue
fabricada por esta especie; lo que demostraría que, pese al
reducido tamaño de su cerebro (recordemos que cuando se
anunció el descubrimiento se estimó en 380 cc. su capacidad
endocraneal) eran muy inteligentes y sumamente hábiles en la
fabricación de herramientas complejas, tanto como los propios
Homo sapiens. No obstante, entre los restos arqueológicos
no hay nada comparable a piezas que puedan interpretarse como objetos de
arte.
Tim Reynolds fue uno de los primeros en expresar sus dudas respecto a la
atribución de dicha tecnología a Homo floresiensis a
falta de testimonios más evidentes. Pues bien, para este
investigador la morfología de la industria lítica de Liang
Bua es similar a la hallada en otros lugares de ese mismo área
geográfica y asociada a Homo sapiens; de modo que, si
H. floresiensis fuera el autor de las herramientas de Liang Bua
habría que postular una evolución en paralelo del
desarrollo de la tecnología en esa zona, algo muy improbable, por
lo que resulta más convincente y conservador pensar que los
artefactos de Liang Bua fueron fabricados por miembros de nuestra especie
15.
La réplica de Morwood y Brown es bien simple. Los autores empiezan
reconociendo que, efectivamente, no se ha encontrado una
asociación inequívoca de una rica acumulación de
industria lítica junto a un buen número de restos
fósiles de Homo floresiensis, sino que la
asociación es en ese sentido débil, tal como ya se
señaló más arriba. Cierto, pero hay un dato
interesante: Muchas de estas herramientas aparecen en sedimentos que
tienen 78 kyr. de antigüedad. Sabemos que los restos más
antiguos de H. sapiens encontrados hasta la fecha en Flores tienen
unos 12 kyr. luego no debió ser él el fabricante de esas
herramientas. ¿Quién fue, entonces, el autor de las mismas,
una herramientas tan parecidas a las que fabricaban por esas fechas los
neandertales en Europa y los sapiens en África? En aquel
momento no había forma de poder asegurarlo.
Sin embargo la argumentación de Reynolds finaliza con unas
palabras muy interesantes que hemos querido destacar al margen de lo
dicho en el párrafo anterior. En efecto, Reynolds recuerda que las
herramientas más antiguas halladas en Flores son las que ya
citamos con anterioridad y que proceden de Mata Menge, con una
antigüedad comprendida entre los 880.000 y los 800.000 años;
según Reynolds esas herramientas no guardan parecido con los
patrones morfológicos identificados en Liang Bua y hay un enorme
lapso de tiempo entre unas y otras.
Esto es precisamente lo que el equipo que Morwood ha podido aclarar desde
Mata Menge. En efecto, allí Mark Moore, de la Universidad de Nueva
Inglaterra, y Adam Brumm, de la Universidad Nacional de Australia, han
encontrado unas herramientas que tienen 840.000 años y guardan un
gran parecido (junto a ciertas diferencias) con las halladas en Liang
Bua. La complejidad de estas herramientas tan antiguas demuestra que
Homo floresiensis, mucho más moderno que los autores de
aquellas piezas, bien pudieron ser los fabricantes de las encontradas en
Liang Bua. Si hace 800.000 años unos humanos que habitaron Flores
(desconocemos quienes, aunque se supone que serían alguna
población de Homo erectus) pudieron fabricar herramientas
tan parecidas a las halladas en Liang Bua con una antigüedad
mínima de entre 78 kys. y 18 kys. ¿por qué no pudo
ser Homo floresiensis el fabricante de estas últimas?
Alegar que el motivo es porque resultan de un aspecto demasiado moderno
ya no es una razón suficiente para descartar a los H.
floresiensis como posibles autores. Una argumentación de este
tipo no dejaría de ser una forma de etnocentrismo.
Dejando, de momento, las críticas al margen, en torno a los
fósiles hallados en Liang Bua se desató una
auténtica batalla legal por su posesión. En un principio se
hizo cargo de ellos para un análisis inicial Teuko Jacob del
Laboratorio de Bioantropología y Paleoantropología de la
Universidad Gadjah Mada de Indonesia. Se los quedó a primeros de
noviembre gracias a la colaboración de su amigo Radien P. Soejono
(del Centro Arqueológico de Indonesia en Yakarta y que
también había formado parte del equipo que trabajaba en
Liang Bua) aunque con la condición de que debía devolverlos
el 1 de enero de 2005. Pero se demoró en los plazos de entrega al
equipo liderado por los investigadores australianos, de modo que
empezó a cundir el nerviosismo y la sospecha de que Jacob
podía acabar no dejando que los analizaran sus descubridores
alegando que eran propiedad del gobierno indonesio y que su
conservación y preservación exigía no darles
demasiado trasiego. En fin, que se desató una dura lucha por el
derecho a estudiar los fósiles originales descubiertos en Liang
Bua 16;
que, además, se recrudeció a partir del momento en que
Teuko Jacob comenzó a decir públicamente que los restos de
Liang Bua eran pigmeos de nuestra misma especie, opinión
compartida por Soejono, Henneberg, Thorne y Eckhardt 17.
A finales de Marzo Jacob devolvió parte de los fósiles al
equipo de Morwood y Brown. Pero entonces pudo contemplarse una
desagradable sorpresa. Algunas de las piezas retornadas volvían en
muy mal estado, tal como puede comprobarse en algunas fotos publicadas el
22 de marzo de 2005 por el periódico USA Today 18. En ellas puede
apreciarse el estado de la pelvis y la mandíbula antes de ir al
laboratorio de Jacob y a su retorno a la custodia de Morwood y Brown. El
deterioro es bien visible en ambos casos, aunque en el de la pelvis la
degradación es clamorosa, ya que se devolvió partida. La
mandíbula no salió mucho mejor parada: en el maxilar
faltaba un incisivo; el maxilar inferior se había fragmentado por
varias partes (la reconstrucción ha cambiado, forzosamente, la
fisonomía de esta zona maxilar); en la parte superior trasera del
maxilar superior falta un fragmento de hueso; además se ha creado
un espacio vacío, anteriormente inexistente, entre el canino y el
premolar. En fin, algo incomprensible tratándose de unos
fósiles de un valor científico tan grande 19.
En medio de toda esta polémica ese mismo mes (marzo de 2007)
apareció un artículo de Dean Falk (del Departamento de
Antropología de la Universidad del Estado de Florida) y otros
20 en el
que exponían las conclusiones de su estudio sobre el cráneo
de LB 1. El equipo dirigido por Falk había analizado el
cráneo de la hembra “Hobbit” utilizando la
tomografía computerizada. Las conclusiones a las que llegaban era
que el análisis tridimensional del cráneo de LB1 ha
revelado que no tiene la estructura endocraneal de un
microencefálico, sino que manifiesta una estructura endocraneal
normal, sólo que con dimensiones muy diminutas.
En cuanto al volumen endocraneal hubo también novedades. En
efecto, tal como ya mencionamos más arriba, cuando en octubre de
2004 se presentó en sociedad a “Hobbit”, se le
estimó un volumen cerebral de 380 cc.; un volumen idéntico
al del promedio de los actuales chimpancés, y muy lejos de los
1350 cc. de media de los humanos de hoy en día. El nuevo volumen
que se le atribuía el equipo de Falk en ese trabajo era de 417 cc.
21. Esta
capacidad cerebral le incluye dentro de los parámetros
característicos de los Australopithecus gráciles de
hace 3 millones de años, como es el caso de Lucy.
Empero lo que más llamó la atención al equipo de
Falk fue la estructura del cerebro. Según ellos lo que
tenían entre manos era un espécimen que con un
tamaño craneal propio de un australopiteco pero con una
estructuración cerebral claramente humana.
La forma de determinar la estructura cerebral del cráneo LB1 fue a
partir de las marcas que deja el cerebro en la cara interna del
cráneo. Aunque el cerebro, como es lógico, no fosiliza lo
que sí hace es dejar las marcas de su estructura externa en las
paredes del endocráneo.
El estudio del endocráneo del homínido de Liang Bua ha
puesto de manifiesto varias cosas muy importantes. Por un lado ha
permitido saber que tenía muy desarrollados los lóbulos
temporales; o sea, las zonas que en nuestro género están
asociadas a la comprensión del lenguaje y en las que se encuentran
el área de Wernicke y el área de Broca, ambas estrechamente
vinculadas a las capacidades lingüísticas. En los
lóbulos temporales también se halla el área cerebral
que controla el oído.
Por otra parte, los investigadores también pudieron constatar que
estaba muy desarrollado el lóbulo frontal, donde se encuentra el
área 10 de Brodmann, que es la zona asociada al control de las
habilidades racionales y a las de la planificación del futuro;
esta última característica parece estar esencialmente
asociada de una forma exclusiva al género humano.
Estos datos permitieron especular a Falk y colegas con la posibilidad de
que Homo floresiensis fuera capaz de planificar acciones futuras
complejas, así como de dominar alguna forma de lenguaje hablado.
Dicho estudio dio lugar a un fuego cruzado entre varios equipos de
investigación que se prolongó a lo largo del otoño
de ese año y comienzos del 2006. En efecto, Las primeras
críticas vinieron de parte de Jochen Weber (del Departamento de
Neurocirugía del Hospital Leopoldina de la localidad de
Schweinfurt, Alemania), Alfred Czarnetzki (del Departamento de
Paleoantropología y Osteología de la Universidad de
Tubinga, Alemania) y Castren M. Pusch (del Instituto de
Antropología y Genética Humana también de la
Universidad de Tubinga) cuando publicaron un artículo
22 en
octubre de 2005, justo al año del anuncio del descubrimiento de
estos humanos tan extraños, en el que negaban que los H.
floresiensis fueran miembros de una especie distinta a la nuestra.
Según estos investigadores, tras analizar a 19
microcefálicos de nuestra misma especie comprobaron que el
promedio del volumen craneal de los mismos era de 404 cc., de modo que
los 417 cc. asignados a LB 1 por el equipo de Falk entraba dentro del
rango de variabilidad propia de los microcefálicos de nuestra
especie. Entre los 19 especímenes analizados por Weber et al.
había uno que les llamó especialmente la atención y
sobre el que concentraron gran parte de su atención pues
tenía un volumen endocraneal de 415 cc.; muy similar, pues, al de
LB 1. Tras estudiar seis características definitorias del mismo
observaron que eran similares a las presentes en el cráneo de LB
1. La conclusión a la que llegan es que tanto el cráneo
como la morfología cerebral de los 19 microcefálicos
estudiados es muy similar a la forma del cráneo y a la estructura
del cerebro de Homo floresiensis, por lo que rechazaron que se
tratara de una especie humana distinta a nosotros y se decantaron por la
hipótesis que afirma que eran individuos patológicos de
nuestra especie.
Respecto al comentario de las expectativas que producía el dibujo
del área 10 en el endocráneo de LB 1, Weber et al.
negaron que pudiera resultar algo significativo sobre las especulaciones
que se hacían en torno a las supuestas habilidades cognitivas
avanzadas de los H. floresiensis. Según Weber y sus
colegas un individuo barón microcefálico estudiado por
ellos tenían un volumen endocraneal de 485 cc. y contaba con un
área 10 bien desarrollada; sin embargo, aunque era capaz de
caminar no conseguía articular palabra. De lo que concluyen que
extrapolar habilidades cognitivas avanzadas a LB 1 a partir del aceptable
tamaño de su área 10 era dar un salto en el vacío.
Para empezar el equipo de Falk señaló que Weber y colegas
se equivocaron a la hora de hacer los cálculos relativos a las
seis características que estudiaron en un cerebro
microcefálico de tamaño similar al de LB 1, de modo que sus
cálculos son inválidos para establecer extrapolaciones o
comparaciones con el citado cráneo de la hembra de Liang Bua.
También observan que las imágenes que aportan Weber y
colegas en su artículo no son suficientemente esclarecedoras e
incluso puede que pertenezcan a individuos diferentes. Tampoco
están conformes con las reflexiones hechas en torno al área
10 de Bordmann. En definitiva, encuentran que faltan datos importantes en
el informe de Weber y colegas, de modo que no son concluyentes sus tesis
en torno a la invalidez de la hipótesis que afirma que Homo
floresiensis es una especie distinta a la nuestra.
7 meses después de la aparición de estos dos
artículos en Nature, la prestigiosa revista Science publicaba una
nueva crítica al estudio que había hecho el equipo de Falk
al cráneo de LB 1. Ahora bien, hay que puntualizar que el
artículo había sido recibido por la revista el día
11 de octubre de 2005, es decir, poco antes de la aparición del
artículo de Weber et al. en Nature así como la
réplica de Dean Falk et al. en la misma revista. Esta
matización es importante porque al mismo tiempo que se estaba
produciendo todo este cruce declaraciones M. Morwood y sus colaboradores
publicaron un artículo en el que daban a conocer nuevos
descubrimientos, con lo que la publicación por parte de Science
del comentario de Martin quedaba un poco obsoleta a la luz de los nuevos
hallazgos. Pero no adelantemos acontecimientos. Primero veremos la
argumentación de Martin y colaboradores, así como la debida
réplica del equipo de Falk y luego pasaremos al estudio de los
nuevos descubrimientos.
La crítica de Robert Martin y sus colaboradores 24 volvía a
insistir en la idea de que las reducidas dimensiones del cerebro de la
hembra de Liang Bua no eran debidas a una tendencia al enanismo sufrida
por una población de Homo erectus en condiciones de
insularidad dando lugar a una especie humana nueva, sino a una
encefalopatía de unos miembros de nuestra propia especie.
En fin, la consabida tesis que afirma que los especimenes de Liang Bua
eran Homo sapiens enfermos, concretamente afectados de
microcefalia. Enfermedad a la que, recuérdese, hay que
añadir la del enanismo y la anomalía craneofacial de la
carencia de barbilla. En resumidas cuentas: demasiadas patologías
en un mismo individuo y una misma muestra de fósiles.
Martin y colaboradores advierten que el ejemplar de
“microcefálico europeo” 25 usado en el estudio del equipo de
Falk es en realidad un molde de yeso de un cráneo y no el
fósil original; añadiendo que la calota no encajaba bien
con el resto del molde por estar éste barnizado. De hecho,
según Martin y colaboradores, el estudio espectrométrico
confirmó que la calota pertenecía a una hornada de yeso
distinta a la de la estructura craneofacial.
Martin y sus colegas también informan que Falk y colaboradores
sólo tienen presente un tipo de microcefalia y no las
múltiples variaciones que presenta esta enfermedad, más de
400, lo que hace que los cráneos disponibles de
microcefálicos presenten una gran variabilidad, siempre asociadas
a malformaciones genéticas. Según Martin y colaboradores,
dado que existe más de una docena de enfermedades asociadas a
síndromes de retraso del crecimiento y microcefalia, LB 1
podría ser perfectamente un individuo nacido de humanos de
tamaño normal.
El artículo de Martin acaba afirmando que las herramientas
halladas en Liang Bua presentan una morfología más bien
asociable a las producciones de Homo sapiens que a las de Homo
erectus.
Para empezar el equipo de Falk rechaza que los dos cráneos de
microcefálicos que posee el equipo de Martin y que ellos afirman
ser muy parecidos a LB 1 lo sean en realidad. Según Falk hay una
serie de características importantes en las que no coinciden.
Asimismo advierten que faltan muchos datos (tales como medidas
comparativas, fotografías reales –en el artículos de
Martin lo que hay son dibujos-, y bocetos identificativos de las
características más importantes) para poder extraer
conclusiones significativas del estudio de Martin y colaboradores.
Falk también niega que ellos no tengan presente la gran variedad
de síndromes genéticos asociados con la microcefalia
primaria, contrastando la opinión del equipo de Martin
según el cual la patología típica es la herencia
autosomal recesiva, algo que Falk dice estar en conflicto con lo que
ellos han encontrado en la literatura especializada.
Falk insiste en que las afirmaciones de Martin relativas a dos
endocráneos que serían similares al de Liang Bua carecen de
datos cruciales para poder determinar el auténtico grado de
similitud y por ello no pueden ser tenidos en cuenta a la hora de aceptar
o refutar una de las hipótesis relativas al estatus de Homo
floresiensis.
En cuanto a la afirmación del equipo de Martin relativa a las
herramientas de Liang Bua los trabajos de Moore y Brumm sobre las
herramientas descubiertas en Mata Menge dejan, tal como veremos
más adelante, sin validez esa argumentación.
Al mismo tiempo que se estaba produciendo toda esta serie de
declaraciones cruzadas en octubre de 2005, si bien algunas fueron
publicadas en mayo de 2006, el equipo de Mike Morwood anunciaba que
había encontrado más restos de Homo floresiensis,
publicando un trabajo sobre el estudio de algunos fósiles que
aún permanecían inéditos 27.
El nuevo material descrito comprende fósiles que
correspondía a un niño de tres años de edad que
medía unos 50 cm., y a un adulto que aún era más
bajo que en el espécimen 1 de Liang Bua. Entre estos
fósiles se halla una nueva mandíbula perteneciente a un
individuo adulto, y restos postrcraneales correspondientes a varios
especímenes, así como los huesos de los brazos de LB1, que
no fueron hallados originalmente en 2003, y que, por consiguiente,
permiten hacer comparaciones con otros huesos del brazo pertenecientes a
otros individuos. De hecho Morwood declara que el nuevo material ya
pueden reconstruir las proporciones corporales de H. floresiensis
con un alto índice de certidumbre, de forma que se puede confirmar
que la morfología de estos especimenes era una
característica específica y no una forma aberrante fruto de
algún tipo de patología de carácter individual.
Sus descubridores consideraron que los fósiles hallados
tenían una antigüedad que abarcaba un rango
cronológico que iba de los doce mil años (fecha calculada
para su extinción antes de que llegaran los primeros humanos de
nuestra especie a la isla, por lo menos esto es lo que se supone de
momento) y los noventa mil años para los especímenes
más antiguos.
Las conclusiones que sacaron Morwood y Brown a partir de los nuevos
hallazgos fueron rotundas. Las pruebas se iban acumulando a favor de la
tesis de que estamos ante una nueva especie humana que logró
sobrevivir hasta hace apenas 12.000 años. Los hombres de Flores
eran humanos que no pertenecían a nuestra especie. El hecho de que
todos los huesos encontrados tengan dimensiones proporcionalmente
pequeñas demostraría que el esqueleto parcial de una mujer
hallado en Liang Bua no era una mujer enana, sino que estaríamos
ante una especie humana realmente distinta a la nuestra; y que presenta,
como característica morfológica más relevante, una
estatura diminuta.
Como es lógico, la duplicación de huesos fósiles
refuerza la idea de que H. floresiensis se corresponde a una
población de humanos diminutos específicamente distinta de
cualquier otro tipo humano; descartándose así la
posibilidad de que el esqueleto de LB1 representara a un individuo
afectado por una patología (o varias a la vez, como requiere la
tesis contraria) o que fuera alguna forma anatómicamente aberrante
de sapiens.
Entre los nuevos descubrimientos anunciados se encuentra una tibia cuyo
tamaño sugiere que el individuo al que pertenecía no
medía más de 106 cm., que, de momento, sería el
espécimen de Homo floresiensis más alto
encontrado.
El artículo concluye dejando constancia que el origen de Homo
floresiensis continúa siendo incierto, pero que ya no se puede
decir que fue una simple versión alométrica de Homo
erectus; es decir, que los H. floresiensis no descienden de
una población de H. erectus que llegó a la isla y
fueron reduciendo su tamaño.
Nos hemos referido en varias ocasiones a la publicación de un
trabajo sobre el hallazgo de unas herramientas de piedra en el yacimiento
de Mata Menge, a unos 50 km. de Liang Bua, con una antigüedad
máxima comprendida entre 800.000 y 880.000 años. La
colección comprende poco más de 500 piezas pequeñas
y comparándolas con las halladas en Liang Bua, y cuya
antigüedad comprende un rango cronológico comprendido entre
los 95.000 y los 12.000 años, se pude observar una asombrosa
similitud morfológica y funcional en la mayoría de ellas.
Uno de los argumentos que se venía sosteniendo para negar que
Homo floresiensis fuera el autor de la industria lítica
encontrada en la cueva de Liang Bua era que su aspecto resultaba
demasiado moderno, de modo que aparentaba ser más bien el producto
de los Homo sapiens que no el resultado de una fabricación
por parte de unos humanos diminutos que tenían un cerebro del
tamaño de un pomelo.
Los defensores de que era Homo floresiensis quien había
fabricado esas herramientas tenían en contra el hecho de que tan
apenas aparecían fósiles de esta especie junto a la
industria lítica. Pero los que afirmaban que la autoría era
de Homo sapiens tampoco aportaban razonamientos más
convincentes, ya que los restos de humanos anatómicamente modernos
más antiguos encontrados en Flores tienen menos de 12 kyr. de
antigüedad mientras que hay herramientas morfológicamente
moderna en Liang Bua que fueron talladas hace 95 kyr.
El hecho de haber descubierto en Mata Menge una colección de
herramientas fabricadas hace más de 800 kyr. con un aspecto tan
moderno como la mayoría de las descubiertas en Liang Bua,
significa que ya no se puede descartar que Homo floresiensis fuera
el autor de estas últimas. Ahora bien, esto no significa
automáticamente que lo fuera, sino simplemente que ya no se puede
decir que era imposible que las hiciera porque su aspecto es demasiado
moderno y sólo Homo sapiens puede tallar herramientas con
una morfología tan compleja. Hace 800.000 no es que Homo
sapiens no hubiera llegado a Flores, es que ni siquiera
existía como especie. Ahora bien, al no haber restos humanos
asociados a la colección de Mata Menge tampoco se puede afirmar
quién fue su fabricante, no obstante el mejor candidato es Homo
erectus por ser el único taxón conocido en la zona por
esas fechas. Pero, tal como veremos más adelante, no se pueden
descartar otros posibles autores aún no descubiertos.
Brumm y Moore concluyen su artículo recordando que Homo
floresiensis desapareció hace 12 kyr. mientras que los
enterramientos de Homo sapiens más antiguos hallados en
Flores tienen 10.500 años y presentan un cambio conductual radical
respecto a todo lo anterior incluido el registro arqueológico
relativo a la industria lítica. Finalmente, y en ausencia de
evidencias que indiquen lo contrario Brumm y Moore sostienen que la
interpretación más lógica estriba en suponer que el
conjunto de herramientas halladas en Mata Menge y Liang Bua representan
una continuidad tecnológica realizada por un mismo linaje
homínido. Afirmar que Homo floresiensis carecía del
tamaño cerebral para fabricar dichas herramientas se
basaría más en prejuicios que en evidencias reales.
Cuando el verano de 2006 estaba llegando a su fin aparecieron nuevas
críticas respecto al estatus de Homo floresiensis entendido
como una especie humana con entidad propia. Teuko Jacob, Radien P.
Soejono, Maciej Henneberg, Allan Thorne, R. B. Eckhardt et al.
eran los que firmaban un artículo 29 en el que volvían a defender
que los restos humanos hallados en Liang Bua eran de unos Homo
sapiens que habían sufrido varias patologías.
Según estos autores los ejemplares hallados en Liang Bua
procederían de una población de Homo sapiens pigmeos
antecesores de los Rampasasa que habitan actualmente en la región.
Los individuos hallados en la citada cueva de Flores mostrarían,
según estos investigadores, signos individuales propios de un
desarrollo anormal, incluida la microcefalia.
Podría aducirse que se trataría de algo improbable puesto
que implicaría que estos individuos deberían de haber sido
unos pigmeos enanos y microcefálicos, lo que significaría
que habían padecido demasiadas patologías juntas. Sin
embargo los autores replican que la microcefalia va acompañada,
comúnmente, por otra serie de anormalidades 30.
Más arriba dijimos que la mandíbula de LB 1 carecía
de mentón 31, algo que contrastaba con la morfología
propia de Homo sapiens. Sin embargo Teuko y colegas sostienen que
el 93,4% de los pigmeos Rampasasa actuales tienen un mentón neutro
o negativo, es decir: o es muy leve o carecen directamente de él y
la mandíbula se muestra huidiza (o sea, con un ligero plano
inclinado hacia atrás) en esa zona.
Ese mismo mes de septiembre aparecía otro artículo sobre
Homo floresiensis en el Journal of Human Evolution 32. En él sus
autores sostenían que el cráneo de LB 1 no era el propio de
un microcefálico, sino que se correspondían a un individuo
sano de talla diminuta. Con lo que se manifestaba a favor de quienes
consideran a Homo floresiensis como una especie humana distinta a
la nuestra. Los autores llegan a esta conclusión después de
haber estudiado el cráneo de LB 1 y haberlo comparado con el de
los primeros humanos, dos cráneos de microcefálicos, un
cráneo de un pigmeo extraído de otra cueva de Flores,
varios cráneos de Homo sapiens (que incluían los de
algunos pigmeos africanos y los de individuos de las islas Andamán
–en el Océano Índico, frente a la costa tailandesa)
Australopithecus y Paranthropus, concluyendo que es muy
improbable que LB 1 sea un humano microcerfálico, ni tampoco
atribuible a ninguna otra especie conocida, por lo que es razonable
asignarlo a una especie humana nueva: Homo floresiensis. El
artículo acaba tratando el tema del origen de estos humanos tan
asombrosos, cuestión que nosotros abordaremos más adelante.
El año 2007 ha visto como aparecían nuevos trabajos sobre
Homo floresiensis. En febrero el equipo de Falk publicaba un
artículo en Procedings of the National Academy of Sciences (PNAS)
33 en el
que reiteran a partir de nuevos estudios que el espécimen nº
1 de Liang Bua no podía ser un Homo sapiens
microcefálico. Para ello han reconstruidos en tres dimensiones,
utilizando la tomografía computerizada, los endocráneos de
9 microcefálicos y 10 humanos normales. Estas reconstrucciones
virtuales recogen las marcas que deja el cerebro en las paredes internas
del endocráneo, de modo que se refleja la morfología
externa del cerebro; también permite calcular la capacidad
craneal.
Dado que la capacidad craneana de Homo floresiensis es, tan
sólo, de 417 cc., algunos investigadores han sugerido que se trata
de un Homo sapiens microcefálico más bien que de un
individuo de una nueva especie humana. Esta hipótesis es
difícil de valorar sin una clara comprensión de cómo
es la forma del cerebro de los microcefálicos en
comparación con los humanos normales. El equipo liderado por Dean
Falk y Mike Morwood, utilizando la tomografía computerizada, ha
hecho la reconstrucción en tres dimensiones de tres
endocráneos.
A partir de las observaciones realizadas en estos moldes los
investigadores han podido identificar dos variables que permiten
clasificar el cerebro en normal y microcefálico con un 100% de
garantías de acierto. A partir de estos datos el equipo de Falk y
sus colegas han podido concluir que el parecido de LB1 se asemeja
más al de un cerebro normal que al de un microcefálico.
Según estos autores, las investigaciones que han llevado a cabo no
sólo permiten clasificar el cerebro de LB1 como normal, en vez de
microcefálico, sino que aportan datos sobre el sustrato
genético de la evolución del cerebro humano y pueden
prestar un gran servicio a la hora de hacer diagnósticos
clínicos.
Ahora bien, a pesar de que el cerebro de LB1 muestra
características que lo asemejan a un humano normal más que
a un microcefálico hay, también, una serie de
características, tales como su pequeño tamaño
cerebral que, son consistentes con el hecho de atribuirlo a una especie
humana propia, es decir: distinta a la nuestra.
La microcefalia, o sea: la posesión de un cerebro enfermizamente
pequeño, es una condición en función de la cual los
adultos alcanzan masas cerebrales en torno a los 400-500 g; lo que
ocasiona unos retrasos mentales que pueden ser moderados o severos. Se
han divulgado trabajos de investigación de casos de individuos
microcefálicos de todo el mundo. Generalmente se trata de una
enfermedad fruto de uniones consanguíneas.
Debido a la polémica surgida en torno al estatus de LB 1 los
autores de la investigación han decidido estudiar el
endocráneo de una mujer microcefálica con un volumen
craneal similar a la diminuta hembra de la isla de Flores. También
han estudiado el cráneo de otra mujer microcefálica adulta
que, además, media aproximadamente lo mismo que la hembra de
Flores.
Los endocráneos virtuales fueron medidos electrónicamente
para obtener las capacidades craneales que se utilizan tradicionalmente
para expresar la masa del cerebro. La diferencia del tamaño entre
el cerebro de los microcefálicos inmaduros y los humanos normales
resultó ser inferior al de los valores asignados a
microcefálicos maduros. Esto es así porque en estos
individuos patológicos su máximo deasarrollo cerebral se
alcanza antes que en los humanos normales. A partir de este punto el
cerebro de los microcefálicos disminuye su tamaño.
La conclusión del estudio es que el cráneo de LB 1 muestra
un mayor número de características similares a las de una
persona normal (exceptuando su tamaño) que a las de un
microcefálico.
En otro trabajo Mark Moore y Adam Brumm reexaminan la actual
compresión de las colecciones de artefactos líticos del
Pleistoceno en el Sudeste asiático 34. Naturalmente, pese a un
título tan aséptico, este trabajo hay que encuadrarlo
dentro del polémico debate que surgió en torno al estatus
homínido de Homo floresiensis. El ya citado descubrimiento
en Mata Menge de unas herramientas de piedra con más de 800 kyr.
de antigüedad y con una morfología similar a la que tiene la
industria lítica asociada a H. floresiensis, echa por
tierra la idea preconcebida de que sólo humanos de nuestra especie
pueden ser los autores de instrumentos líticos de tipología
tan avanzada. En este nuevo artículo Moore y Brumm profundizan en
los temas tratados en el artículo publicado en Nature en junio de
2006.
Según los autores se viene haciendo desde hace mucho tiempo una
diferencia entre las colecciones de industria lítica de gran
tamaño (núcleos de herramientas) e industria de
pequeño tamaño (lascas). Las primeras suelen asociarse con
H. erectus, mientras que las segundas se asignan a H.
sapiens. Los autores sostienen que esta forma tradicional de
interpretar el registro arqueológico del Sudeste asiático
en relación con la industria lítica asume que los
artefactos recuperados en un yacimiento reflejan una secuencia
tecnológica completa. Tras el análisis de las colecciones
de artefactos del Pleistoceno hallados en Flores, los autores sostienen
la tesis de que los largos núcleos de guijarros y las
pequeñas lascas son aspectos de una única secuencia
reducida.
Moore y Brumm proponen aplicar el modelo observado en Flores al estudio
de los artefactos pleistocénicos de otras islas de esa área
geográfica. El artículo acaba debatiendo las implicaciones
que tiene esta forma de analizar el registro arqueológico del
sudeste asiático con establecer asociaciones entre colecciones de
artefactos líticos y especies humanas en las islas de esa zona.
Por el momento, el último de los artículos principales que
se ha publicado acerca de Homo floresiensis, es uno del equipo de
Susan G. Larson relativo a la estructura de su hombro 35 y que
apareció en agosto.
Los autores del estudio sugieren que la articulación del hombro
del Homo floresiensis no tenía una estructura similar a la
de los humanos anatómicamente modernos; es decir, nosotros. En su
opinión la clavícula es relativamente corta en
comparación con la nuestra (teniendo ya en cuenta su menor
tamaño absoluto) y la escápula era más prolongada,
lo que haría que los movimientos fueran más anteriores que
laterales. En su conjunto la morfología del hombro se asemeja
más a la del Niño de Nariokotome, o Turkana Boy, un
ejemplar de Homo ergaster u Homo erectus africano, conocido
técnicamente como KNM-WT 15000, hallado por el equipo de Richard
Leakey y Allan Walker en Kenia en 1984. Tras comparar los huesos
homólogos de LB 1 con la clavícula derecha del Niño
de Nariokotome (KNM-WT 15000 D), la escápula (KNM-WT 15000 E) y el
húmero (KNM-WT 15000 F) los autores del estudio concluyen que la
configuración del hombro de Homo floresiensis podría
suponer una transición entre la mostrada por el morfo representado
por el Turkana Boy y Homo sapiens, de tal suerte que, mientras
que nuestro hombro es más susceptible de movimiento laterales el
de los H. floresiensis estaría más adaptado a
movimiento frontales que laterales
Pese a las diferencias evidentes entre la fisonomía de los Homo
erectus representados por el Niño de Nariokotome y la de los
H. floresiensis, mostrada por el esqueleto parcial de Liang Bua,
hay que reconocer que el conjunto formado por los huesos que configuran
el hombro guardan una estrecha relación (clavícula
relativamente corta, índice de torsión Huaraz bajo,
etc…). Por ello Susan G. Larson y colegas estiman que estas
semejanzas no se corresponden a coincidencias morfológicas
casuales, sino que son parte de la expresión de un complejo
funcional que había caracterizado al Homo erectus temprano
y que fue conservado por Homo floresiensis. Se trataría,
pues, de un desarrollo evolutivo que había permanecido hasta ahora
desconocido. Finalmente los autores vuelven su mirada hacia Dmanisi
(República de Georgia) y advierten que los nuevos descubrimientos
de restos postcraneales realizados en el yacimiento caucasiano (que,
curiosamente, ellos no asignan a Homo georgicus, sino a un
Homo erectus temprano del Cáucaso) podrían aportar
luz al respecto.
Un mes después de la aparición del artículo sobre el
hombro de Homo floresiensis, la revista Science publicó un
nuevo estudio sobre otro elemento del esqueleto postcraneal de esta
especie humana. En esta ocasión era un trabajo de
investigación sobre la muñeca del esqueleto LB 1 realizado
por el equipo liderado por Matthew W. Tocheri (del Departamento de
Antropología del Museo Nacional de Historia Natural del
Smithsonian Institut de Washington) 36.
Las conclusiones a las que llega el estudio son muy similares a las que
se establecieron tras analizar el hombro de este mismo esqueleto y
compararlo con el del Niño de Nariokotome. La morfología
arcaica de los tres huesos d ela muñeca analizados confirma que no
son, en absoluto, similares a los de la nuestra, sino más bien
parecen representar una morfología que se remontaría a
más de 800.000, lo que significa que la anatomía de la
muñeca de Homo floresiensis no está presente ni en
Homo sapiens, ni en Homo neanderthalensis ni, tan
siquiera, en el último antepasado común ambos.
La morfología de la muñeca de los H. sapiens y los
neandertales presentan unos caracteres derivados que no están en
la de LB 1. A partir de estos estudios los autores concluyen que Homo
floresiensis no es un Homo sapiens patológico, sino una
especie humana propia, distinta a todo lo que pueda haber en el registro
fósil del género humano. Según Tochieri y sus
colegas, Homo floresiensis se ramificó constituyendo su
propio itinerario evolutivo antes de que se produjera el linaje que
condujo a los sapiens y los neandertales a partir de su
último antepasado común.
Los autores, reconocen, no obstante, que se necesitan más
fósiles, sobre todo de Homo erectus en sentido lato, es
decir: de ejemplares africanos de entre 1,8 y 1 Ma. Principalmente echan
en falta huesos carpianos 37 de ese clado. Si se pudieran encontrar
ayudarían notoriamente a validar o refutar la hipótesis que
plantean los autores.
¿Cuál es el origen de Homo floresiensis? El tema
está muy abierto, pues envuelve muchas incertidumbres. En un
principio sus descubridores eran firmes partidarios de que los H.
floresiensis eran descendientes de los Homo erectus, que
habrían llegado a lo que hoy es Java y Sumatra hace 1,8 millones
de años (tal como indican los hallazgos de Modjokerto, Trinil o
Solo, y según las dataciones del geocronólogo Carl
Shiwcher). Ya hemos dicho que Flores nunca estuvo unida al continente
porque siempre se mantuvo aislada por un brazo de mar que actuaba
(relativamente) como barrera biológica. Dicha separación se
conoce como “Línea de Wallace”. La presencia humana en
Flores se remonta, al menos, a más de 800.000 años,
según aduce Morwood, alegando que eso es lo que indica el hecho de
haberse hallado herramientas líticas en la isla con esa
antigüedad. No obstante hay quienes cuestionan esto argumentando que
su morfología no es de origen antrópico, sino fruto de la
acción de agentes naturales. Aunque lo cierto es que la mayor
parte de la comunidad científica tiende a dar crédito al
testimonio de Morwood y Brown. La pregunta sería entonces:
¿Cómo fue posible que unos humanos lograran navegar por
aguas tan peligrosas hace 800.000 años? ¿Acaso fueron a
parar a Flores por navegación de fortuna? En cualquier caso este
dato forma parte de uno de los muchos enigmas que quedan por resolver en
relación a la presencia humana en Flores.
Actualmente se barajan tres grandes hipótesis para explicar el
origen de Homo floresiensis. Por un lado cabe la posibilidad de
que sean los descendientes de unos supuestos erectus que
habrían llegado a Flores hace, al menos, unos 800.000 años
(siendo así los posibles autores de las herramientas halladas en
la depresión de Soa), y que habrían reducido sus
dimensiones corporales como un medio de adaptación a los escasos
recursos de la isla. Esta era la hipótesis por la que se
decantaban hasta ahora los autores del descubrimiento. Otra posibilidad
es que los H. floresiensis ya llegaran a la isla con un
tamaño significativamente diminuto, quizás fruto de un
proceso de enanismo emprendido en otras islas. Actualmente es la
hipótesis que consideran más plausible los directores del
equipo que lleva a cabo los trabajos en Liang Bua. Aunque, en este caso,
sigue en pie el interrogante sobre cuál sería la especie a
partir de la cual habrían evolucionado los H. floresiensis.
Sin embargo, no se puede descartar que estos humanos ya llegaran con
unas dimensiones corporales extremadamente diminutas al sudeste
asiático antes de ocupar isla alguna. En tal caso la posibilidad
de que descendieran directamente de Homo habilis, o de Homo
georgicus, cobra visos de plausibilidad. No en vano desde los
hallazgos de Dmanisi, en el Cáucaso, se ha podido demostrar que
los primeros humanos en abandonar África no fueron los Homo
ergaster (es decir: los llamados Homo erectus africanos; o,
para ser más precisos, los antepasados africanos del Homo
erectus asiático) sino una especie humana más arcaica y
posiblemente derivada de Homo habilis: los Homo georgicus
38.
Más sorprendente es la propuesta de Milford Wolpof, que sugiere
que los H. floresiensis podrían descender de los
Australopithecus y que incluso estos podrían haber
abandonado África, siendo los artífices de un éxodo
temprano hacia el sudeste asiático. Una propuesta tan arriesgada
como ésta debería de basarse en pruebas empíricas
mínimamente sólida (algunos fósiles que pudieran
sugerir algo así) para poder tener un cierto margen de
credibilidad. Sin embargo, no se ha hallado nada por el estilo, aunque
Wolpof sostiene que sí ha sucedido, sólo que no sabemos
verlo, de modo que fósiles hasta ahora adscritos primero a
Meganthropus y luego a H. erectus deberían de ser
reexaminados a la luz de los nuevos hallazgos para ver si era posible
adscribirlos a Australopithecus. Una propuesta demasiado
heterodoxa y que antes de adquirir cierta credibilidad ha de ver como se
agotan las posibilidades de hipótesis más plausibles y
menos revolucionarias.
Sea como fuere, lo cierto es que el misterio del origen del H.
floresiensis sigue en pie.
(1) Cf. P. Brown, M.J.
Morwood, et. al.: A new small-bodied hominin from the late
Pleistocene of Flores, Indonesia; Nature, 431, 28 de octubre de
2004, pp. 1055-1061; y M.J. Morwood, R.G. Roberts, et. al.:
Archaeology and age of a new hominin from Flores in eastern
Indonesia; Nature 431, 28 de octubre de 2005, pp. 1087-1091.
(2) Una diminuta isla
del archipiélago indonesio situada entre Java (al oeste) y Timor
(al este), con Australia al sur y las Célebes y las malucas al
norte.
(3) Hay quien ha
recordado, no sin cierta dosis de humor, que pese a llamarse Homo
floresiensis no hay que olvidar que el holotipo (o ejemplar
paradigmático del clado) es una hembra; técnicamente
conocida como LB 1.
(4) Se refiere al 28
de octubre de 2004.
(5) http://www.portalciencia.net/antroevoflor.html
(6) M.J. Morwood et
al.: Fission-track ages of stone tools and fossils of the east
Indonesian islands of Flores; Nature 392, pp. 173-176, 1998. Y M. J.
Morwood et al.: Archaeological and paleontological research in
central Flores, east Indonesia: results of fieldwork, 1997-98;
Antiquity 73, 273-286 (1999).
(7) Kyr. Significa
kylia years; es decir: miles de años.
(8) Para un
análisis exhaustivo de los aspectos más importantes
relacionados con el descubrimiento de Homo floresiensis ver Carlos A.
Marmelada: Homo floresiensis. El pequeño gran misterio de la
evolución humana; en http://www.unav.es/cryf/homofloresiensis.html,
se trata del texto de una conferencia pronunciada el 19 de abril de
2005 en la Universidad Cardenal Herrera de Valencia; también en el
portal virtual de la Consejería de Educación y Cultura del
Gobierno de la Región Autónoma de Murcia (Portal
Educativo de la Región de Murcia).
Ver también Carlos A. Marmelada: El pequeño gran hombre
de Flores; Aceprensa servicio 144/04, 10-11-2004.
(9) De un modo popular
también se les designa así en homenaje a J.R.R. Tolkien y
su raza de humanos diminutos de la Saga del Señor de los
anillos.
(10)
Artículo incluido en Larry Barham: Some initial informal
reactions to publication of the discovery of Homo floresiensis and
replies from Brown & Morwood; en Before Farming 2004/4 article
1, pp. 2 y 3. La replica de Brown y Morwood está en la p. 6.
(11) Este esqueleto
fue descrito por Teuko Jacob en: Some problems pertaining to the
racial History of the Indonesian Region; Utrecht: Drukkerij,
Neerlandia, 1967.
(12) Volveremos
sobre esto más adelante. Ver más abajo la nota 31.
(13) M.
Mirazón Lahr y R. Foley: Human evolution writ small;
Nature, vol. 431, 28 de octubre de 2004, p. 1043.
(14) M.J. Morwood
et al.: Archaeology and age of a new hominin from Flores in
eastern Indonesia; op. cit., p. 1089.
(15) Opinión
expuesta por Tim Reynolds en Larry Barham: Some initial informal
reactions to publication of the discovery of Homo floresiensis and
replies from Brown & Morwood; en Before Farming 2004/4 article
1, pp. 4 y 5. La replica está en la p. 6.
(16) Para
más información acerca del tema ver Elizabeth Culotta:
Battle erupts over the ’Hobbit’ bones; Science, Vol.
307, 25 de febrero de 2005, p. 1179.
(17) Ver Rex
Dalton: Fossil finders in tug of war over análisis of hobbit
bones; Nature, Vol. 434, 3 de marzo de 2005.
(18) No podemos
dejar de agradecer a M. J. Morwood su gran gentileza al facilitarnos una
copia de las páginas de dicho diario.
(19) Para un
análisis del estado en el que fueron devueltos los fósiles
de H. floresiensis a M. Morwood y colegas puede verse Elizabeth
Culotta: Discoverers charge damage to ’Hobbit’
specimens, Science, 25 de marzo.
(20) Dean Falk,
Charles Hildebolt, Kira Smith, Mike Morwood, Peter Brown, et al.: The
brian of LB1, Homo floresiensis; Science Express, y Science, Vol.
308, pp. 242 y ss. Cf. también, Michael Balter: Small but
smart? Flores hominid shows signs of advanced brain; Science 307, 4
de marzo de 2005, pp. 1386-1389. Y también Carlos A. Marmelada:
El Hombre de Flores asombra a los científicos, Aceprensa,
Servicio 27/05, 09-03-2005. También se puede consultar Rex Dalton:
Looking for the ancestors; Nature, Vol 434, 24 de marzo de 2005,
pp. 432-434.
(21) Dato calculado
a partir de una reconstrucción virtual del cráneo usando
técnicas de tomografía computerizada (TC).
(22) J. Weber, A.
Czarnetzki y C. M. Pusch: Comment on “The brian of
LB 1, Homo floresiensis; Science, Vol 310, 14 de octubre de 2005, p.
236b.
(23) D. Falk et al.:
Response to Comment on “ The Brian of LB 1, Homo floresiensis
”; Nature, Vol. 310, 14 de octubre de 2005, p. 236c.
(24) Robert D.
Martin et al.: Comment on “The Brian of LB
1, Homo floresiensis ”; Science, Vol. 312, 19 de mayo
de 2006, p. 999b.
(25) Conocido
técnicamente como AMNH 2792ª y que se corresponde a un
niño llamado Jacob Moegele, el cual murió a la edad de 10
años en Plattenhardt, Alemania. Su capacidad craneal era realmente
muy diminuta: 272 cc. El acrónimo AMNH significa Museo Americano
de Historia Natural.
(26) Dean Falk et
al.: Response to Comment on “ The Brian of LB 1, Homo floresiensis
”; Science, Vol. 312, 19 de mayo de 2006, p. 999b.
(27) M. J. Morwood
et al.: Further evidence for small-bodied hominins from the
Late Pleistocene of Flores, Indonesia; Nature, Vol. 437, 13 de
octubre de 2005, pp. 1012-1017. Otros artículos relacionados con
esta cuestión que pueden consultarse son Daniel Lieberman:
Further fossils finds from Flores; Nature, Vol 437, 13 de octubre
de 2005, pp. 957-958 y Rex Dalton: More evidence for hobbit unearthed
as diggers are refused access to cave; Nature, Vol. 437, 13 de
octubre de 2005, pp. 934-935; así como Elizabeth Culotta: New
’Hobbits’ bolster species, but origins still a mystery;
Science, Vol. 310, 14 de octubre, pp. 208-209.
(28) Adam Brumm,
Mark Moore, Fachroel Aziz, Michael Morwood, et al.: Early stone
technology on Flores and its implicatios for Homo floresiensis; Nature,
Vol. 441, 1 de junio de 2006, pp. 624-628. Ver también Elizabeth
Culotta: Tools links indonesian ’ Hobbits ’ to earlier Homo
ancestor; Science, Vol. 312, 2 de junio de 2006, p. 1239.También
puede consultarse Michael Hopking: Old tools shed Light on hobbit origins;
Nature, Vol. 441, 1 de junio de 2006, p. 559.
(29) Teuko Jacob,
Rodien P. Soejono, Maciej Henneberg, Allan Thorne, R. B. Eckhardt et
al.: Pygmoid australomelanesian Homo sapiens skeletal
remains from Liang Bua, Flores: Population affinities and pathological
abnormalities; PNAS, Vol. 113, nº 36, 5 de septiembre de 2006,
13421-13426.
(30) Jacob et
al.: Pygmoid australomelanesian Homo sapiens skeletal
remains from Liang Bua, Flores: Population affinities and pathological
abnormalities; op. cit., p. 13.422.
(31) Ver más
arriba la nota 12.
(32) Debbie Argue,
Dense Donlon, Colin Groves, Richard Wright: Homo floresiensis:
Microcephalic, pygmoid, Australopithecus , or Homo ?;
Journal of Human Evolution, 51, 2006, pp. 360-374.
(33) D. Falk, et
al.: Brian shape in human microcephalics and Homo
floresiensis; PNAS, Vol. 107, nº 7, 13 de febrero de 2007, pp.
2513-2518.
(34) M. Moore y A.
Brumm: Stone artefacts and hominins in island Southeast Asia: New
insights from Flores, eastern Indonesia; Journal of Human Evolution,
Vol. 52, 2007, pp. 85-102.
(35) S. G. Larson:
Homo floresiensis and the evolution of hominin shoulder; Journal
of Human Evolution, 2007, pp. 1-14.
(36) Matthew W.
Tocheri, et al.: The Primitive Wrist of Homo floresiensis and
Its Implications for Hominin Evolution; Science, Vol. 317, 21 de
septiembre de 2007, pp. 1743-1745.
(37) Escafoide,
semilunar, trapecio, trapezoide, etc…
(38) Para
más información sobre Homo georgicus cif.: Unos
fósiles hallados en el Cáucaso se asignan a una nueva
especie humana; por Carlos A. Marmelada, en Aceprensa servicio
154/02, 20-11-2002.
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