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Mariano Artigas
Artículo publicado originalmente en la red
3 de octubre de 2005
Índice
- El sello divino
- El fin de la creación
- La perfección del mundo
creado
- El gobierno divino del mundo
- El argumento teleológico
- El problema del mal
- Ciencia y finalidad
- Nuevas perspectivas
- La búsqueda del sentido
- Notas
Desde la antigüedad, el orden de la naturaleza ha
proporcionado un camino para reconocer el poder y la
sabiduría de Dios, y en la época moderna, este camino
se ha ampliado gracias a los grandes progresos de las ciencias.
La Iglesia enseña que podemos descubrir a Dios
contemplando las cosas creadas. Ésta es la doctrina del
Concilio Vaticano I, que recoge la enseñanza de San Pablo:
«La misma santa Madre Iglesia sostiene y enseña que
Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con
certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de
las cosas creadas; porque lo invisible de Él, se ve,
partiendo de la creación del mundo, entendido por medio de
lo que ha sido hecho (Rom. I, 20)»1.
La doctrina cristiana nos invita a contemplar la grandeza y la
bondad de Dios en sus criaturas. No rebaja a las criaturas para
hacer sitio a Dios; por el contrario, son las perfecciones que Dios
manifiesta a través de la creación lo que lleva a
reconocerle como su Autor. Puede decirse que Dios ha puesto su
firma, de mil maneras, en la creación, y que la naturaleza
está sellada con un sello divino. Gran parte de la vida
cristiana consiste en encontrar a Dios a través de las
huellas que Dios ha dejado en la creación.
La afirmación del mundo creado como revelación de
Dios creador se encuentra en la Sagrada Escritura2, en los Santos Padres y
en las enseñanzas de la Iglesia.
Esta doctrina, que ocupa un lugar importante en el cristianismo,
ha sido presentada de un modo particularmente vivo a través
del mensaje que el Opus Dei difunde por los cinco continentes, ya
que pertenece al núcleo de lo que san Josemaría
Escrivá enseñó a lo largo de su vida.
En efecto, así lo recordaba Don Álvaro del
Portillo en Asia, cuando alguien le dijo que deseaba escuchar de
sus labios una descripción del Opus Dei: El Opus Dei no
es más que un modo de buscar a Dios en las circunstancias
normales de la vida, sin necesidad de huir del mundo, sabiendo que
todas las cosas creadas llevan un sello divino. Me han dicho que
vosotros, en lugar de firmar, muchas veces usáis un sello.
Pues Dios tiene su sello característico, que ha puesto en
todas las cosas. Y este sello hay que saber descubrirlo, viendo la
huella de Dios en los demás hombres y también, aunque
de otro modo, en los árboles, en los pájaros.....
Cada vez que contemplamos la naturaleza, tenemos que percibir ese
sello divino y alabar a Dios, que ha creado cosas tan grandes y tan
buenas..... A esto empuja el Opus Dei: a ser contemplativos en
medio del mundo, es decir, a ser personas que buscan encontrar a
Dios en las circunstancias normales de la vida3.
En otra ocasión, preguntaron a Don Álvaro
cómo enseñar a cumplir la voluntad de Dios. En su
respuesta, aconsejaba aprender a descubrir el sentido divino de
todas las cosas, y se refería a la costumbre japonesa de
utilizar un sello propio en lugar de la firma: Dios nuestro
Señor, como Creador universal, ha dejado el sello suyo en
todas las cosas: en las materiales y en las espirituales. En todo
está impreso el sello divino. La enseñanza de nuestro
Padre es que tenemos que buscar ese sello: de este modo llegamos a
Dios según el espíritu de la Obra, siendo
contemplativos en medio de la calle 4.
El espíritu cristiano lleva a ver la mano de Dios en
todo, comenzando por la naturaleza. El cristiano contempla el
progreso científico y técnico como algo que ayuda a
conocer y amar más a Dios, descubriéndole a
través del sello que El mismo ha dejado en la
naturaleza.
La Iglesia enseña que el mundo ha sido creado para la
gloria de Dios. «Es una verdad fundamental que la Escritura y
la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar:
“El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (Conc.
Vaticano I: DS 3025)... Dios ha creado todas las cosas, explica S.
Buenaventura, “no para aumentar su gloria, sino para
manifestarla y comunicarla” (sent. 2, 1, 2, 2, 1). Porque
Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad:
“Abierta su mano con la llave del amor surgieron las
criaturas” (Sto. Tomás de Aquino, sent. 2, prol). Y el
Concilio Vaticano I explica: “En su bondad y por su fuerza
todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir
su perfección, sino para manifestarla por los bienes que
otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su
libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó
de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la
corporal” (DS 3002)» 5.
La gloria de Dios y la perfección de las criaturas
están estrechamente relacionadas. Dios crea para manifestar
su perfección y su bondad; por tanto, quiere la
perfección y la bondad de las criaturas: «El fin
último de la creación es que Dios, “Creador de
todos los seres, se hace por fin ‘todo en todas las
cosas’ (I Co., XV, 28), procurando al mismo tiempo su gloria
y nuestra felicidad” (Conc. Vaticano II, decr. Ad gentes,
2)» 6.
Dios crea libremente por sabiduría y amor. No
tenía necesidad de la creación, y ha creado para
participar su perfección a las criaturas, especialmente a la
criatura inteligente y libre, que es capaz de alcanzar la
felicidad. «Creemos que Dios creó el mundo
según su sabiduría (cfr. Sap. IX, 9). Este no es
producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del
azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha
querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su
sabiduría y de su bondad... “¡Cuán
numerosas son tus obras, Señor! Todas las has hecho con
sabiduría” (Ps. CIV, 24)» 7.
El mundo refleja la perfección de su Creador.
«Toda criatura posee su bondad y su perfección
propias. Para cada una de las obras de los “seis
días” se dice: “Y vio Dios que era bueno”.
“Por la condición misma de la creación, todas
las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias
y de un orden” (Conc. Vaticano II, const. past. Gaudium et
Spes, 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio,
reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de
la bondad infinitas de Dios» 8.
Dios ha creado un mundo ordenado y bueno. «Porque Dios
crea con sabiduría, la creación está ordenada:
“Tú todo lo dispusiste con medida, número y
peso” (Sap. XI, 20). Creada en y por el Verbo eterno... la
creación está destinada, dirigida al hombre, imagen
de Dios (cfr. Gen, I, 26), llamado a una relación personal
con Dios. Nuestra inteligencia, participando de la luz del
Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su
creación (cfr. Ps. XIX, 2-5), ciertamente no sin gran
esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el
Creador y su obra (cfr. Jb, XLII, 3). Salida de la bondad divina,
la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que
era bueno...muy bueno”: Gen., I, 4.10.12.18.21.31). Porque la
creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre,
como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha
debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la
creación, comprendida la del mundo material (cfr. DS 286;
455-463; 800; 1333; 3002)» 9.
El mundo está constituido por seres que poseen modos de
ser muy diferentes. Existen en el mundo diferentes tipos de
cooperatividad entre las criaturas, porque unas necesitan de otras:
la interdependencia de las criaturas es querida por Dios 10. Y se puede hablar de
una jerarquía de las criaturas 11 : «El hombre es la cumbre de
la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa
distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las
otras criaturas (cf Gn 1, 26)» 12
El universo posee una belleza que consiste en orden y
armonía: «La belleza del universo, el orden y la
armonía del mundo creado derivan de la diversidad de los
seres y de las relaciones que entre ellos existen. El hombre las
descubre progresivamente como leyes de la naturaleza que causan la
admiración de los sabios. La belleza de la creación
refleja la infinita belleza del creador» 13.
La Iglesia enseña que Dios gobierna el mundo con su
providencia 14.
Por una parte, porque las criaturas siempre necesitan de Dios:
«Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a
ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la
mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su
término» 15. Además, Dios quiere que la
creación atraviese por diversas fases, de modo que las
criaturas cooperen para llegar hacia un estado final de
perfección: «La creación tiene su bondad y su
perfección propias, pero no salió plenamente acabada
de las manos del creador. Fue creada “en estado de
vía” (in statu viae) hacia una
perfección última todavía por alcanzar»
16.
Dios no necesita de las criaturas; puede producir cualquier
efecto prescindiendo de sus causas naturales. Pero ordinariamente
cuenta con esas causas, y se sirve de ellas para la
realización de sus designios. «Dios es el Señor
soberano de su designio. Pero para su realización se sirve
también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo
de debilidad» 17 : por el contrario, muestra la bondad de
un Dios que otorga a sus criaturas la capacidad de colaborar en sus
planes y perfeccionarse mediante esa colaboración.
Es importante subrayar que «la divina providencia no
excluye otras causas, sino que, más bien, las ordena para
que se realice el orden establecido: y así las causas
segundas no se oponen a la providencia, puesto que realizan el
efecto de la providencia» 18.
El orden del mundo, que se manifiesta en las leyes, los ritmos y
ciclos de la naturaleza, en la interconexión de todo lo
creado, y en la jerarquía de las criaturas que culmina en el
hombre, muestra que la naturaleza responde a un plan y remite al
gobierno divino. Existe finalidad en la naturaleza, porque existe
perfección, racionalidad, medios que tienden hacia fines; y
la finalidad supone una inteligencia responsable del plan racional.
Como se trata de un orden que se extiende a toda la naturaleza y
afecta al modo de ser de las criaturas, esa inteligencia debe
pertenecer al Autor de la naturaleza, o sea, a Dios.
Esta prueba de la existencia de Dios se denomina argumento
teleológico (del griego: télos, fin). Ha sido
formulada por muchos autores desde la antigüedad, y es el
argumento más popular para llegar racionalmente a Dios. En
la Sagrada Escritura y en la Tradición se encuentran muchas
alusiones al orden de la naturaleza que remite a su Creador.
Santo Tomás de Aquino expuso este argumento en diferentes
pasajes de sus obras, siendo especialmente importante, por su
precisión y elegancia, la formulación conocida como
la quinta vía para probar la existencia de Dios: «La
quinta vía se toma del gobierno del mundo. Vemos, en efecto,
que algunas cosas que carecen de conocimiento, concretamente los
cuerpos naturales, obran por un fin: lo cual se pone de manifiesto
porque siempre o muy frecuentemente obran de la misma manera para
conseguir lo mejor; de donde es patente que llegan al fin no por
azar, sino intencionadamente. Pero los seres que no tienen
conocimiento no tienden al fin sino dirigidos por algún ser
cognoscente e inteligente, como la flecha es dirigida por el
arquero. Luego existe un ser inteligente por el cual todas las
cosas naturales se ordenan al fin: y a este ser le llamamos
Dios» 19
.
Al igual que los demás argumentos para probar la
existencia de Dios, no se trata de una demostración, por
así decirlo, automática o impersonal, que
necesariamente deba convencer a cualquiera. Es un argumento
racional y válido, que de hecho ayuda a muchas personas a
admitir la existencia de un Dios personal creador, pero en este
terreno que tiene tantas y tan importantes consecuencias que
comprometen la propia vida, la rectitud moral del sujeto
desempeña un papel importante.
El argumento teleológico lleva a Dios como ser
inteligente y, por tanto, personal; en efecto, destaca la
existencia de un plan (la providencia), lo cual es propio de los
seres inteligentes: precisamente muestra que el comportamiento de
los seres que carecen de inteligencia exige un plan inteligente. Y
conduce hasta el Dios creador, porque lleva hasta Dios como autor
de la naturaleza y de las tendencias de los seres naturales. Por
tanto, el argumento subraya también la trascendencia divina:
Dios es distinto del mundo, aunque a la vez actúa en el
interior de todas las criaturas.
Este argumento subraya la existencia de fines que son bienes:
afirma que los cuerpos naturales actúan de modo que
consiguen lo óptimo, lo mejor. Por tanto, el argumento
sólo tiene sentido si tenemos una idea de lo que es bueno en
la naturaleza, y esto no siempre es fácil. Sin embargo, las
dificultades desaparecen cuando se reconoce que el hombre se
encuentra en el centro de la naturaleza: entonces se advierte que
la vida humana tiene sentido por sí misma y todo lo
demás tiene sentido en función de la existencia
humana. Esto no significa que cada suceso de la naturaleza deba ser
beneficioso para las personas humanas, sino que los demás
ámbitos de la naturaleza encuentran su sentido como
condiciones de posibilidad de la vida humana, aunque muchas de sus
manifestaciones no tengan una relación directa con
nosotros.
Cualquier prueba de la existencia de Dios debe afrontar el
problema del mal, pero esto es especialmente cierto en el caso del
argumento teleológico, basado en el orden y la
perfección del universo: ¿cómo se puede
compaginar la perfección de un Dios todopoderoso con la
existencia del mal?
El problema es real. Más aún: es uno de los
problemas más profundos que se nos plantean, y afecta a la
vida de todas las personas, a veces de modo dramático. El
primer paso para afrontarlo seriamente consiste en advertir su
gravedad. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
«A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa
como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto
de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta (...)
No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una
respuesta a la cuestión del mal» 20.
En último término, el único mal propiamente
dicho es el mal moral, o sea, el pecado; y el pecado es fruto del
mal uso de la libertad, que Dios nos ha dado para que podamos
colaborar en la realización de nuestro fin 21. El mal físico es
sólo un mal relativo, porque se puede convertir en bien
espiritual. Por otra parte, la doctrina cristiana nos enseña
que Dios colocó al hombre en un estado privilegiado en el
que no existían esos males, y que el hombre perdió
ese estado por su culpa. A todo ello se añade que Dios
permite el mal en vistas a bienes mayores, o sea, para salvaguardar
bienes mayores o porque incluso del mal puede sacar bienes: Todo
coopera al bien de los que aman a Dios 22.
La existencia del mal físico se comprende, porque
«en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso
libremente crear un mundo “en estado de vía”
hacia su perfección última. Este devenir trae consigo
en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos
seres, la desaparición de otros; junto con lo más
perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la
naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien
físico existe también el mal físico,
mientras la creación no haya alcanzado su perfección
(cfr S. Tomás de Aquino, Suma contra gentiles,
III,71)» 23
.
No podemos pretender un conocimiento perfecto de los planes de
Dios: «Creemos firmemente que Dios es el Señor del
mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son
con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin
nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a
cara” (I Cor. XIII, 12), nos serán plenamente
conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de
los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su
creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr. Gen II,
2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la
tierra» 24
. Sin embargo, podemos comprender que la existencia del mal no se
opone a la providencia divina, sino que desempeña en ella
una importante función.
A veces se afirma que las ciencias naturales no utilizan el
concepto de finalidad, y que las explicaciones científicas
harían innecesario recurrir a Dios para explicar el orden de
la naturaleza.
Puede decirse, sin embargo, que el progreso científico
amplía la base del argumento teleológico, porque pone
de manifiesto muchos aspectos del orden natural que antes eran
desconocidos y muestra el carácter altamente sofisticado de
la naturaleza. Por ejemplo, si pudiésemos contemplar los
procesos que se realizan continuamente en los vivientes a nivel
molecular, quedaríamos asombrados ante su complejidad,
cooperatividad y organización. La información
genética, que se encuentra en los núcleos de todas
las células, contiene instrucciones que guían el
desarrollo y el funcionamiento de cualquier organismo: se trata de
un plan que abarca una compleja coordinación de fines y
medios, y ese plan se encuentra materializado en estructuras
físicas.
Una de las principales objeciones que se plantean al argumento
teleológico en nombre de la ciencia es la que proviene de la
evolución. Se dice que el orden de la naturaleza ha
aparecido como resultado de un largo proceso de evolución,
en el que se han producido accidentalmente muchos resultados y
sólo han sobrevivido los mejor adaptados: así se
explicaría que la naturaleza parezca funcionar como si
existiese finalidad, aunque en realidad no existiría
finalidad alguna y todo habría sido producido por fuerzas
ciegas. Se añade que, de hecho, la mayoría de los
vivientes han desaparecido, y los que existen ahora no son el
resultado de un plan sino de adaptaciones oportunistas. Y,
además, se subraya que el origen de los cambios evolutivos
se encuentra en variaciones que suceden al azar y son
impredecibles: por tanto, se concluye, la evolución no tiene
una dirección definida ni responde a un plan.
Sin embargo, aunque se admita la existencia de la
evolución y de los mecanismos mencionados (variaciones al
azar y selección natural), esos procesos sólo
serían incompatibles con la existencia de un plan divino si
se piensa que ese plan debería conducir a resultados
perfectos, siempre progresivos, sin dejar lugar al azar ni a la
imperfección. Pero nada obliga a pensar que el plan divino
proceda de ese modo; por el contrario, es razonable pensar que, si
Dios quiere que las criaturas colaboren en la realización de
sus designios, existirán imperfecciones, oportunismos y
extinciones.
Por otra parte, para Dios no existe el azar, porque todo
está sometido a su poder y conoce perfectamente todos los
procesos y sus efectos. Pero esto no significa que el plan divino
imponga un mismo tipo de necesidad a todo lo creado. El mundo es
contingente, porque Dios podía no haberlo creado o haber
creado otro mundo diferente, y también porque muchos
procesos no responden a una ley necesaria: pueden producirse o no
producirse en función de circunstancias cambiantes.
Aunque se admita que la evolución no tiene una
dirección necesaria, esto no pone límites al poder de
Dios ni a la realización de sus planes, y tampoco significa
que el argumento teleológico carezca de validez. En efecto,
la evolución supone, en cualquier caso, la
actualización de unas potencialidades que estaban presentes
desde el principio, y de tal manera que, en cada estadio de la
evolución, se producen nuevas potencialidades, se abren
nuevos cauces que permiten la aparición de seres que poseen
una organización cada vez más compleja. El proceso de
la evolución en su conjunto aparece como el despliegue
contingente de una información muy sofisticada que se va
integrando en sucesivos escalones de organización hasta
llegar al organismo humano. En definitiva, quien admita la
evolución debe admitir también las condiciones que la
hacen posible, y estas condiciones son plenamente coherentes con el
argumento teleológico, porque suponen una actividad
inconsciente que conduce a resultados enormemente sofisticados. La
actividad de las criaturas no sustituye a la acción divina;
por el contrario, remite a ella como a su necesario fundamento y
explicación radical.
Cuando la ciencia experimental moderna nació
sistemáticamente en el siglo XVII, se criticó la
finalidad natural, calificándola como un concepto
inútil para la ciencia física; esa crítica
tenía su parte de razón, porque la nueva
física matemática no utilizaba la finalidad, al menos
de modo expreso. En el siglo XIX, pareció que la
crítica se extendía al ámbito de los
vivientes, porque la evolución parecía explicar su
origen por medio de procesos naturales.
En el siglo XX se ha producido una nueva situación. El
gran progreso de las ciencias ha llevado hacia una nueva
cosmovisión. Por vez primera en la historia disponemos de
una cosmovisión científica que es unitaria, completa
y rigurosa: se extiende a todos los ámbitos de la naturaleza
y los relaciona entre sí, aunque, sin duda, nuestro
conocimiento siga siendo muy parcial y tropiece continuamente con
enigmas.
En la nueva cosmovisión ocupan un puesto central algunos
conceptos muy relacionados con el orden y con la finalidad, tales
como los conceptos de pauta, sistema, direccionalidad,
cooperatividad, organización e información. Se
subraya la capacidad de auto-organización, que puede
conducir a la aparición, en diferentes niveles, de
auténticas novedades. La auto-organización supone
cooperatividad, y permite contemplar la naturaleza como el
despliegue de unas virtualidades en niveles de progresiva
complejidad, en cada uno de los cuales se abren nuevas
virtualidades. Se comprende que el orden de la naturaleza sea
contingente y que, al mismo tiempo, muestre la existencia de una
racionalidad todavía más sutil de lo que aparece ante
la experiencia ordinaria.
En esta perspectiva se puede comprender incluso que, si Dios ha
querido que el organismo humano apareciera mediante causas
naturales, es posible que haya debido existir para ello una
evolución cósmica de miles de millones de
años, a lo largo de la cual se ha producido una enorme
cantidad de estrellas y, finalmente, nuestro Sistema Solar con las
características tan especiales de la Tierra, que hacen
posible la vida humana.
Por otra parte, no parece haber razones de principio para negar
la posibilidad de que exista vida en otros lugares del
universo.
En la naturaleza existe finalidad, e incluso quienes la niegan
acaban introduciendo otros términos equivalentes y hablan,
por ejemplo, de teleonomía. Nuestra existencia supone la
existencia de muchas situaciones estables que implican cauces,
direcciones privilegiadas y, por tanto, direccionalidad y
finalidad.
La naturaleza está repleta de tendencias hacia metas
específicas, y de virtualidades que pueden conducir hacia
nuevos resultados. Sin embargo, los tipos básicos de
resultados posibles no son muchos. Es como si existiera en la
naturaleza un lenguaje que permite la construcción de un
enorme número de palabras, frases, párrafos, etc.:
existe un amplio margen de creatividad, pero siempre dentro de las
posibilidades del alfabeto y de las reglas del lenguaje; y la
existencia de un lenguaje de ese tipo remite a un plan
inteligente.
La perspectiva teleológica es un puente entre el
conocimiento científico, por una parte, y la búsqueda
del sentido, por otra. En efecto, se basa en los descubrimientos de
las ciencias, y los integra dentro de las perspectivas más
amplias de la filosofía y la teología.
A veces se critica la perspectiva teleológica como
ilegítima; se dice que los seres naturales no son
inteligentes y que, por lo tanto, no pueden actuar con una
finalidad: la atribución de finalidad a la naturaleza
sería un antropomorfismo. Sin embargo, este modo de
argumentar no respeta los hechos: si existe finalidad en la
naturaleza, como de hecho existe, se deberá buscar la
explicación de esa finalidad en una inteligencia que
gobierne la naturaleza.
En otras ocasiones se dice que la finalidad natural es algo
imposible, porque significaría que un futuro que
todavía no existe influye en las acciones presentes. Pero
los nuevos conocimientos científicos permiten comprender
cómo puede existir en la naturaleza una previsión de
futuro: por medio de información almacenada en estructuras
materiales. La información genética que poseen los
vivientes es un caso patente.
La existencia de un plan divino es compatible con la creatividad
de la naturaleza y con la aparición de auténticas
novedades. El plan divino no significa un determinismo
rígido. Como Causa Primera de todo lo que existe y de sus
leyes, Dios puede gobernar el mundo contando con la contingencia y
el azar.
Desde luego, el argumento teleológico no nos permite
conocer el plan divino en todo su detalle: solamente concluye que
ese plan existe. Muchos aspectos del plan divino son
incognoscibles, incluso cuando se cuenta con la luz de la fe. La
fuerza del argumento teleológico quedaría
tergiversada si se pensara que afirmar la existencia del gobierno
divino equivale a conocer cuál es el plan de Dios en cada
caso concreto.
La teleología desempeña un papel importante para
conseguir una perspectiva que armonice las ciencias y las
humanidades, el método analítico que busca el
conocimiento de los detalles y el método sintético
que busca la visión de conjunto. Se trata de uno de los
mayores problemas de nuestra época, marcada fuertemente por
las ciencias.
El progreso científico permite advertir cada vez mejor la
armonía y el orden de la naturaleza, y por tanto, su
racionalidad. La naturaleza aparece como el despliegue de una
especie de inteligencia inconsciente que remite al plan de una
inteligencia consciente y personal: al gobierno divino. Otras
metáforas ilustran diferentes aspectos de la misma
situación. Se puede hablar, por ejemplo, del libro de la
naturaleza, que admite varias lecturas que son diferentes pero
complementarias, según la perspectiva que se adopte. Y la
naturaleza aparece también como una sinfonía
inacabada que, si bien posee un notable grado de perfección,
ha sido encomendada por Dios al hombre para que, con su trabajo y
su solicitud, colabore en una tarea de sucesivo perfeccionamiento
que acabará, de un modo un tanto misterioso pero real, en el
destino que a la naturaleza le espera en la vida futura.
(1) Conc. Vaticano I,
Const. dogm. Dei Filius, cap. 2: DS 3004.
(2) El relato de la
creación nos dice que Dios vio que todo lo que había
creado era bueno (cfr. Gen. I, 4.10.12.18.21.31). El libro de la
Sabiduría reprocha a quienes han conocido las perfecciones
de las criaturas y no han reconocido la grandeza de su creador
(cfr. Sap. XIII, 1-9; el v. 5 dice: “pues de la grandeza y
hermosura de las criaturas, por razonamiento, se llega a conocer a
su Hacedor”). San Pablo escribe algo semejante a los romanos
(cfr. Rom. I, 19-20).
(3) Tertulia en Taipeh
(Taiwan), 7.II.1987.
(4) Tertulia en Ashiya
(Japón), 18.II.1987.
(5) Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 293.
(6) Ibid., n.
294.
(7) Ibid., n.
295.
(8) Ibid., n.
339.
(9) Ibid., n.
299.
(10) Cfr.
ibid., n. 340, donde se subraya que «ninguna criatura
se basta a sí misma» y que las criaturas «no
existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y
servirse mutuamente». También n. 344: «Existe
una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de
que todas tienen el mismo Creador y que todas están
ordenadas a su gloria».
(11) Ibid., n.
342: «La jerarquía de las criaturas está
expresada por el orden de los “seis
días”».
(12) Ibid., n.
343.
(13) Ibid., n.
341.
(14) Cfr. Conc.
Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 1: DS 3003.
(15) Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 301.
(16) Ibid., n.
302.
(17) Ibid., n.
306.
(18) Santo
Tomás de Aquino, Suma contra gentiles, III, 96.
(19) Santo
Tomás de Aquino, Suma teológica, I, 2, 3
c.
(20) Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 309.
(21) Cfr.
ibid., n. 311.
(22) Rom. VIII, 28.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 312:
«Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en
su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las
consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus
criaturas».
(23) Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 310.
(24) Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 314.
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