Emergencia y
reducción en las teorías
morfogenéticas
Mariano Artigas
Lima, 1989
Texto inédito.
El origen del universo y del
hombre son los casos límite de la
cosmovisión evolutiva, cuya principal tarea
consiste en la formulación de teorías
morfogenéticas que expliquen cómo emergen
nuevos niveles a partir de otros más
básicos. En este contexto, los problemas acerca de
la emergencia y la reducción ocupan un lugar
central.
Las reflexiones siguientes
aluden, en primer lugar, a las dificultades de los
análisis clásicos del reduccionismo y
sugieren que el problema de la reducción encuentra
su lugar apropiado dentro del análisis de las
relaciones entre niveles. Estas consideraciones se
aplican, en segundo lugar, al examen de algunas
teorías morfogenéticas. Y se aplican
también, por fin, al problema de la emergencia
ontológica, incluyendo la valoración de
algunas propuestas acerca del origen del universo y del
hombre.
1. Las posibilidades de la
reducción
Suele admitirse en la
actualidad que los análisis clásicos acerca
de la reducción de teorías tienen un valor
limitado. Esto se debe, por una parte, a su dependencia
respecto al modelo deductivo de la explicación
científica, que ha sido corregido por
imágenes de la ciencia que ponen de relieve la
importancia de los aspectos conceptuales, y por otra, a
su falta de adecuación con el desarrollo de la
actividad científica real.
El reduccionismo ocupaba un
lugar central en el programa neopositivista, que propuso
unificar la ciencia mediante la reducción de sus
diferentes ramas a un lenguaje fisicalista. Aunque ese
ideal fue abandonado, la reducción continuó
tratándose como deducción
lógica de leyes o teorías
pertenecientes a la ciencia reducida o
secundaria a partir de las de la ciencia
reductora o primaria. En esa línea
se distinguían dos tipos de reducción: la
homogénea o no problemática, cuando
todos los términos de la ciencia secundaria se
encuentran también en la primaria, y la
discontinua o problemática, en el caso
contrario; en este segundo caso, el nexo entre las dos
ciencias podría establecerse mediante una
conexión lógica entre los significados,
postulando definiciones de coordinación, o
formulando hipótesis factuales (Nagel [1961], pp.
336-397).
En las discusiones posteriores
se introdujeron matizaciones que significaban un
creciente escepticismo frente a las posibilidades de la
reducción deductiva. Respecto a las teorías
homogéneas, se afirmó como un dato
de hecho que las reducciones por derivación
lógica estricta son muy pocas, e incluso que son
prácticamente imposibles debido a que, cuando una
o varias leyes resultan subsumidas en una nueva
teoría, suele darse un cambio de significado en
los términos básicos. Se reconocía
la posibilidad de una reducción
débil o instrumentalista,
consistente en una mera coincidencia parcial y aproximada
de resultados. Entre teorías
heterogéneas se podría dar,
además, una reducción fuerte en la
cual la teoría reducida se conserva e incluso
queda mejor corroborada; esto sucedería cuando se
descubren empíricamente leyes correlacionales, o
cuando se identifican dos clases de entidades de las dos
teorías. Se concluía que sería
preferible sustituir el término
reducción por el de
cuasi-reducción o explicación
parcial, para resaltar las dificultades del reduccionismo
total. (Sklar [1967]; Friedman [1982]).
Que estas conclusiones son
generalmente aceptadas en la actualidad se pudo comprobar
en la XIII Conferencia Internacional sobre la Unidad de
las Ciencias, dedicada a los problemas de la
reducción y la emergencia en las principales
disciplinas científicas. Allí se puso de
relieve que, si se tiene en cuenta debidamente la
actividad científica real, la reducción se
limita al intento de establecer nexos parciales entre
diferentes niveles epistemológicos,
advirtiéndose, al mismo tiempo, que esos nexos
pueden revestir modalidades muy diversas (Radnitzky
[1988]).
En definitiva, puede afirmarse
que elreduccionismo derivacional respondía
a un ideal filosófico poco acorde con el
desarrollo real de las ciencias y prácticamente
irrealizable. Las construcciones teóricas se
formulan para resolver problemas concretos en
áreas específicas de la ciencia, y se
construyen de acuerdo con los recursos conceptuales e
instrumentales disponibles en cada momento; por tanto,
parece conveniente sustituir el problema tradicional de
la reducción entre teorías por el
problema de establecer relaciones entre campos o
áreas de investigación. El
análisis epistemológico se centrará
en torno a las relaciones concretas, muy variadas, entre
problemas y soluciones que se solapan en el curso de la
investigación (Darden - Maull [1977]; Artigas
[1989], pp. 5-110).
2. Las teorías
morfogenéticas
Si se admite que una
teoría morfogenética relaciona diferentes
niveles, su posibilidad se apoya en la existencia de
niveles ordenados. De modo global y casi
intuitivo, esos niveles vienen representados por la
física, la química, la biología y
las ciencias humanas, y el problema que se plantea es el
de establecer relaciones entre los niveles superiores y
los inferiores. Esas relaciones pueden ser consideradas
desde un punto de vista dinámico o
estático, según se consideren o no
las relaciones de origen entre los niveles; ambas
perspectivas se iluminan y complementan mutuamente.
Las dificultades aparecen ya
cuando se intenta establecer relaciones
jerárquicas en los dos primeros niveles, los de la
física y la química. Esa tarea exige, como
punto de partida, definir cómo se conciben la
estructura de las teorías y las relaciones entre
ellas. Además, cada disciplina e incluso cada
teoría se centran en torno a tipos
específicos de problemas y utiliza recursos
propios, tanto intelectuales como instrumentales. Los
avances en la línea de la unificación no
suprimen totalmente la diversidad, que se encuentra
condicionada por la limitación del conocimiento y
por la consiguiente necesidad de adoptar perspectivas
parciales en función de las posibilidades
cognoscitivas. Esta situación se expresa diciendo
que existen diferentes niveles
epistemológicos (Kanitscheider [1988]), e
incluso una pluralidad de ontologías,
implicadas por las diferentes teorías, que por lo
general no son reemplazadas totalmente cuando se
consiguen teorías más profundas (Rohrlich
[1988]). Estas consideraciones, que son aplicables al
análisis de la unidad de las teorías de la
física, lo son también, con mayor motivo,
al estudio de la posible reducción de la
química a la física (Primas [1988]).
Las dificultades aumentan
notablemente cuando se consideran las relaciones entre el
ámbito físico-químico y el
biológico. Se han conseguido resultados de gran
interés, tales como la determinación de la
estructura del ADN y sus conexiones con la
genética, la explicación de algunas
funciones de la hemoglobina sobre la base de la secuencia
de aminoácidos que determina las estructuras de la
molécula, y las posibilidades que las
técnicas del ADN recombinante han abierto para
descifrar la composición de los genes y las
estructuras de las proteinas.
Estos logros parecen apoyar la
reducción de la biología a la
físico-química. Sin duda, lo que ponen de
manifiesto es la amplia aplicación de las leyes
físicas y químicas en el ámbito de
los seres vivos. Así como la mecánica
mostró que los astros siguen las mismas leyes
físicas que los cuerpos terrestres, la
bioquímica y la biología molecular muestran
que los vivientes están inmersos en la misma
física y química que los demás
cuerpos. Sin embargo, esto no significa que la
biología se haya reducido a las ciencias
físicas. Estudia problemas que exigen la
utilización de conceptos y técnicas
específicas. Las explicaciones que se obtienen
mediante las ciencias físicas no eliminan ni hacen
superfluos los niveles epistemológicos de la
biología (Kitcher [1982] y [1984]; Rosenberg
[1985], pp. 69-120).
A título de ejemplo,
pueden enumerarse cuatro tipos de relaciones entre el
nivel de la biología y el de las ciencias
físicas: la relación parte-todo, tal
como la prueba de que las unidades genéticas son
una parte de los cromosomas; la explicación de la
naturaleza física de una entidad o proceso:
por ejemplo, la explicación bioquímica del
represor postulado en la teoría del operón;
la relación entre la estructura de
entidades o procesos y las funciones que
desempeñan: así, el conocimiento que
proporciona la química física acerca de la
estructura de moléculas permite comprender sus
funciones bioquímicas; y la
relacióncausa-efecto que se da, por
ejemplo, en las explicaciones que proporciona la
teoría de la regulación alostérica
(Darden - Maull [1977]). Ninguna de estas relaciones
equivale a una reducción en sentido estricto.
Las reflexiones anteriores se
refieren a las relaciones entre teorías de un
mismo nivel o de niveles contiguos. Mayores aún
son las dificultades cuando se utilizan los resultados de
un nivel para explicar problemas de otros niveles
distantes. Pueden mencionarse en este contexto algunas
teorías que suelen ser calificadas como
morfogenéticas en un sentido especial: la
termodinámica de procesos irreversibles, la
sinergética, la teoría de
catástrofes y las teorías sobre el
caos.
La termodinámica de
procesos irreversibles muestra que, en principio, los
procesos biológicos son compatibles con la segunda
ley de la termodinámica: en sistemas abiertos,
lejos del equilibrio, se podrían desarrolla
estructuras biológicas mediante la
amplificación de fluctuaciones que conducen a un
nuevo estado en el que se mantienen estructuras
disipativas. El interés de la teoría en el
ámbito morfogenético es indudable, ya que
sugiere que un estado caracterizado por un cierto grado
de organización puede ser generado a partir de un
estado menos estructurado. Sin embargo, es claro que
tampoco en este caso tiene lugar una reducción
lógica ni se eliminan los niveles propios de la
biología (Friedman [1982], pp. 28-39).
La sinergética, la
teoría de catástrofes y las teorías
del caos pueden ser consideradas también como
teorías morfogenéticas, ya que proprocionan
explicaciones acerca de la génesis de nuevas
estructuras; además se proponen relacionar niveles
que no sólo son diferentes sino que, en ocasiones,
se encuentran muy alejados entre sí. Por este
motivo resulta muy difícil establecer de modo
riguroso la validez general de los modelos que proponen.
El interés principal de estas teorías, bajo
la perspectiva morfogenética, es
heurístico, en cuanto que proporcionan
analogías que sugieren la existencia de pautas o
modos de comportamiento que tienen ciertas semejanzas y
que se realizan en diferentes niveles.
Finalmente, las teorías
morfogenéticas por excelencia son las que se
refieren a los procesos evolutivos. Esas teorías
tienen un estatuto epistemológico peculiar. Por
una parte, existen argumentos en favor de la realidad de
las transformaciones evolutivas. Pero por otra, es
difícil establecer con seguridad sus mecanismos
concretos. Esto se debe no sólo a las limitaciones
del conocimiento, sino también al carácter
único de los procesos que se intenta describir. No
puede sorprender, por tanto, que existan diferencias,
incluso profundas, entre las explicaciones que se
proponen. En este contexto, la conciencia de las
dificultades viene a ser una garantía del
progreso; en efecto, si las explicaciones parciales se
presentan como si fueran completas, se obstaculiza el
descubrimiento de explicaciones mejores.
3. La emergencia
ontológica
El carácter parcial de
las reducciones epistemológicas establece
límites al reduccionismo ontológico. La
explicación completa de los niveles
ontológicos sobre la única base de los
niveles inferiores no puede justificarse desde la
perspectiva científica. Sin embargo, la
búsqueda de la unidad de la ciencia es un
estímulo para el estudio de las relaciones entre
diferentes niveles y, en este sentido, encuentra su
justificación un reduccionismo
metodológico parcial. En la misma línea
actúa la convicción acerca de la unidad
de la naturaleza, que puede ser considerada como uno
de los supuestos de la actividad científica.
Desde luego, la primera
condición para que puedan formularse
teorías morfogenéticas es que existan los
niveles que se pretende relacionar. En este contexto
puede señalarse el defecto básico del que
adolecen las explicaciones físicas de una presunta
auto-creación del universo (Atkins [1981]; Davies
[1983]; Smith [1988]). El problema fundamental, en este
caso, no es que la teoría de la gravedad
cuántica todavía espera una
formulación rigurosa, o que sea difícil
admitir el carácter incausado de las fluctuaciones
cuánticas, sino que se atribuye a los conceptos
físicos un alcance que trasciende lo permitido por
el método experimental. En el ámbito de
tales explicaciones, los conceptos científicos no
relacionarían dos niveles epistemológicos u
ontológicos: deberían conectar un solo
nivel con otro inexistente (Craig [1986]; Artigas [1987];
Carroll [1988]). Además, el método de la
física no permite establecer que un determinado
suceso haya sido el comienzo absoluto del universo, aun
suponiendo que realmente lo hubiese sido [Jaki [1982], p.
260). El problema delorigen absoluto del universo
ha de ser formulado en un contexto metafísico.
Si el origen absoluto del
universo sobrepasa las posibilidades del método
experimental debido a que falta el nivel básico
donde ese método ha de apoyarse, la
explicación completa del hombre
también lo desborda porque, en este caso, el nivel
específicamente humano es una condición
imprescindible para la existencia misma de la ciencia. En
otras palabras: la ciencia experimental no puede negar la
peculiaridad del hombre sin negarse a sí misma. La
capacidad de plantear problemas sobre la validez del
conocimiento es indispensable para que la
argumentación crítica tenga sentido, y esa
capacidad sólo se da en el contexto de una
subjetividad que, si bien se encuentra realizada a
través de condiciones físicas, no se reduce
a ellas.
El reduccionismo
ontológico, cuando toma la forma de un naturalismo
cientificista o de un monismo materialista, ha de
recurrir al argumento del nada más que.
Pero ese tipo de argumentación conduce a
callejones sin salida. Si se afirma que el universo o el
hombre no son nada más que materia, hay que
determinar qué se entiende por materia, lo cual es
una tarea llena de dificultades. En realidad, la pura
materialidad no existe, ya que todo lo material se
encuentra organizado e informado. Y el naturalismo no
encuentra base en la ciencia ni en la
epistemología, a menos que se niegue la realidad
de todo lo que no pueda ser estudiado mediante los
métodos de la ciencia experimental; pero esa
negación, además se ser contradictoria,
bloquea el estudio de los supuestos
epistemológicos y ontológicos que resultan
indispensables para explicar la posibilidad y la validez
de la ciencia experimental.
En ocasiones, se utiliza la
cosmovisión evolutiva para sostener la tesis de un
monismo substantivo, según el cual todos los
objetos son en último análisis diferentes
formas y manifestaciones de las entidades originalmente
presentes (Rohrlich [1988], pp. 297-299). Pero esta tesis
es propiamente filosófica y no puede justificarse
mediante argumentos científicos o
epistemológicos.
La cosmovisión
evolutiva plantea problemas que pueden agruparse bajo el
problema de la emergencia. La novedad es real. Desde
luego, se explica en parte mediante los mecanismos que se
encuentran en su base. Pero su comprensión
trasciende las explicaciones propias del método
experimental. Para advertirlo basta considerar que
cualquier explicación científica remite, en
último término, a la existencia de leyes
que atraviesan la naturaleza en todos sus niveles. La
naturaleza, considerada en su sentido clásico como
principio interno de actividad, es un supuesto
básico de la ciencia. Mediante la ciencia
experimental se consigue un conocimiento y un control
cada vez más profundos de sus estructuras y
procesos; sin embargo, la existencia de la actividad de
la naturaleza constituye un problema cuyas dimensiones
filosóficas no se agotan en las explicaciones
científicas.
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