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Enrique Moros
Reseña de la obra: Francisco José
Soler Gil (ed.), Dios y las cosmologías modernas,
BAC, Madrid 2005, ISBN: 84-7914-795-4. XXXIX + 371pp.
Publicada en Scripta Theologica 38 - 3 (2006),
1103-1108.
Este libro ofrece lo que enuncia su
título. Sin embargo es menester advertir que lo decisivo es
la conjunción copulativa: no trata sin más de Dios ni
estamos ante un libro especializado de física
contemporánea, sino que en estas páginas se
profundiza en la articulación entre el Ser Supremo y los
últimos desarrollos de la cosmología física.
Por eso la conjunción copulativa hay que entenderla no como
mera yuxtaposición entre realidades diferentes sino como una
investigación en profundidad sobre los caminos que se dan o
pueden construirse entre ellas. Pertenece, en consecuencia, por
derecho propio al ámbito de la teología natural
clásica y su inspiración surge del ejercicio
más acabado de la filosofía de la naturaleza y de la
metafísica que los cristianos supieron desarrollar a partir
de su florecimiento en la Grecia clásica y de su propia
experiencia personal. Hay, sin embargo, un detalle del
título que se podría mejorar y es el adjetivo
‘modernas’ que califica a las cosmologías,
porque de lo que se habla es propiamente de las cosmologías
contemporáneas.
El editor ha escrito una larga y esclarecedora
introducción al conjunto de artículos que recoge en
el libro. Significativamente su primer apartado alude al muro de
separación entre ciencia y teología que se ha ido
levantado en los últimos siglos, un muro que es tanto un
fracaso de la inteligencia humana como una vergüenza para el
pensamiento creativo de los creyentes. El autor propone demorarse
en la intersección entre ciencia y teología,
detenerse en ese terreno fronterizo en el que ambos saberes se
solapan, porque se accede a ellos desde diferentes rutas, y en el
que puede florecer el comercio entre ambos territorios del saber
humano y con él su enriquecimiento mutuo y, en definitiva,
del mismo ser humano. Ese saber de límites y fronteras, que
mira a lo infinito porque está inmensamente interesado en lo
finito es el que desde Aristóteles se ha llamado
metafísica.
Ante el abandono de esta intersección que
padecemos en la cultura española –aunque no se trate
de una característica peculiar nuestra, sino que por
desgracia la compartimos con el resto del pensamiento europeo
continental- la necesidad y la oportunidad de estas páginas
no requiere mayores explicaciones. Por eso el editor ha vuelto su
mirada al ámbito filosófico de lengua inglesa y,
aparte de su propia aportación, recoge una cantidad
significativa de los mejores resultados que, en nuestra estricta
contemporaneidad, están teniendo lugar ahora mismo.
Todavía es preciso mencionar la excelente labor de
traducción que ha llevado a cabo: el resultado es un
castellano terso y liso que permite una lectura incluso agradable
por momentos a pesar de la ineludible aridez de otros lugares.
El editor es bien consciente de los
límites de esta obra, pero también del balance que se
obtiene: "Este libro no constituye una obra unitaria, sino que los
diversos autores persiguen objetivos diferentes. Pueden, no
obstante, extraerse de él varias tesis y conclusiones que
apuntan todas en una misma dirección, a saber, la de la
superioridad del planteamiento teísta sobre el naturalismo a
la hora de dar cuenta de los modelos y los datos de la
cosmología física contemporánea" (XXXII)
Hay aún otro aspecto que merece
destacarse: la audacia de los propósitos del editor. Esta
valentía queda perfectamente expresada al final de su
introducción: "Yo confío en que los argumentos
expuestos a lo largo del libro contribuyan a mostrar que, en la
difícil cuestión del origen y el modo de ser del
universo, el planteamiento teísta constituye esa
tradición humana mejor y más difícil de
rebatir. Y espero que este resultado pueda mover al lector a
embarcarse en el teísmo y arriesgarse a realizar en
él la travesía de la vida. Vale la pena" (XXXIV) En
estas palabras se desvela el temperamento de un pensador de raza,
fiado de la razón y que confía con alma grande en sus
posibilidades para guiar la vida humana.
William E. Carroll desarrolla una
investigación sobre las relaciones entre Santo Tomás
de Aquino y la cosmología contemporánea. Se trata de
unas páginas que insisten en la distinción de saberes
frente a especulaciones diversas sobre todo por parte de algunos
científicos. "Tomás de Aquino no tendría
dificultad para aceptar la cosmología actual, incluso con
todas su variaciones recientes, afirmando a la vez la doctrina de
la creación desde la nada. Y distinguiría, por
supuesto, entre los avances en las ciencias naturales y las
reflexiones filosóficas y teológicas en torno a
dichos avances" (18)
Robin Collins aporta un artículo titulado
"La evidencia del ajuste fino". En él se ofrece una
elaborada formulación de lo que se entiende por ajuste fino,
que resulta muy importante de cara al argumento del diseño.
Se entiende que un parámetro de la física está
ajustado finamente como la afirmación de que el conjunto de
valores r de dicho parámetro que permite la vida es
muy pequeño en comparación con algún conjunto
R no arbitrariamente elegido de valores
‘posibles’ en la teoría" (22). El ajuste fino
admite grados y, además, puede darse en un solo sentido o en
los dos (aumento o disminución del parámetro en
cuestión). Ofrece a continuación seis ejemplos de
ajuste fino y, finalmente, discute algunos ejemplos equivocados que
se ofrecen en la literatura especializada.
William Lane Craig titula su artículo
"Naturalismo y cosmología", y ha sido extraído de su
discusión con J.P. Moreland sobre el naturalismo. En
él se pasa revista a las diferentes especulaciones en torno
a la cosmología contemporánea para terminar
ofreciendo un argumento cosmológico para demostrar la
existencia de Dios, basado en el necesario origen temporal del
universo: "Todo lo que comienza a existir posee una causa de su
existencia. El universo comenzó a existir. Luego el universo
posee una causa de su existencia… Si el universo posee una
causa de su existencia, entonces existe un Creador del universo,
que es personal y no causado, y que, al margen del universo, existe
sin principio, sin cambio, inmaterial, sin tiempo, sin espacio, y
enormemente poderoso… En consecuencia, existe un Creador del
universo… Y a éste, como subrayó
lacónicamente Tomás de Aquino, es al que todo el
mundo denomina ‘Dios’" (93). Este es el argumento sobre
el que el editor presenta más dudas, tanto en la
introducción como en el epílogo, que ha escrito sobre
los argumentos teístas frente a un nuevo modelo
cosmológico, es decir, sobre cómo influirían
en los argumentos presentados un nuevo modelo
cosmológico.
A William Demski se debe el siguiente
artículo: "El azar de los huecos". Constituye toda una
discusión sobre el significado de la probabilidad para poder
formular el argumento del diseño. La imagen de Arthur
Rubinstein como pianista consumado o como impostor afortunado
resulta muy aclaradora. La conclusión del mismo es: "La
limitación de los recursos probabilísticos enriquece
nuestro conocimiento del mundo al permitirnos detectar
diseño donde, de otro modo, se nos escaparía. Al
mismo tiempo, la limitación de los recursos
probabílísticos nos protege de la injustificada
confianza en las causas naturales que parecen generar
invariablemente los recursos probabilísticos ilimitados. En
una palabra: los resultados probabilísticos limitados
eliminan el azar de los huecos" (127).
Los dos siguientes artículos se deben a
Michael Heller. El primero se titula: "Singularidad
cosmológica y la creación del universo". El aliento
que mueve sus reflexiones se expresa oportunamente al comienzo: "Se
debe profundizar un poco más hacia una definición
matemática de la singularidad inicial –la
contrapartida geométrica de la Gran Explosión- y las
condiciones de su existencia, pues sólo entonces puede uno
descifrar correctamente su contenido físico y su importancia
filosófica (o teológica)" (131). Subraya la
diferencia y la conjunción entre cosmología y
filosofía, sus continuidades y a la vez sus
discontinuidades. Termina reivindicando una imagen atemporal de
Dios frente a las reflexiones whiteheadianas.
El segundo se titula: "Caos, probabilidad, y la
comprensibilidad del mundo", y conviene transcribir su
conclusión: "Desarrollos modernos en la ciencia han
descubierto dos clases de elementos (en el sentido griego de la
palabra) configurando la estructura del universo. Los elementos
cósmicos (integrabilidad, analiticidad, calculabilidad,
predicibilidiad) y lo elementos caóticos (probabilidad,
aleatoriedad, impredicibilidad, y diversas propiedades
estocásticas). Pienso que en este capítulo he
argumentado convincentemente a favor de la tesis de que los
elementos caóticos son de hecho tan
‘matemáticos’ como los cósmicos, y si los
elementos cósmicos provocan la cuestión de por
qué el mundo es matemático, lo mismo es cierto por lo
que concierne a los elementos caóticos. En esta
visión, cosmos y caos no son fuerza antagonistas sino,
más bien, dos componentes del mismo Logos inmanente a la
estructura del universo. La pregunta de Einstein,
‘¿por qué es el mundo tan comprensible?’
es una profunda, y aún no bien comprendida, cuestión
teológica" (174)
A Ted Peters debemos el siguiente
artículo titulado "Dios como el futuro de la creatividad
cósmica". En estas páginas la articulación
entre ciencia y Dios se inclina hacia Dios en busca de qué
cualidades debe estar dotado en vista de los nuevos resultados
científicos. Propone entender a Dios como fuente de la
creatividad cósmica a partir de cinco tesis o ideas como la
totalidad integradora, la emergencia de la novedad, la
creación desde el futuro, la creación como
integración en la totalidad, y la comprensión de la
fidelidad de Dios expresada a través de las leyes. Estas
páginas son las que más perplejidades me han
suscitado. En primer lugar, no se advierte con facilidad su
conexión con los temas y el estilo de los demás
artículos del libro. En segundo lugar, su punto de partida
resulta confuso, no está claro si habla a partir de lo que
debe ser Dios teológicamente o de lo que debe ser si tenemos
en cuenta los últimos desarrollos científicos. En
tercer lugar, no se separan con suficiente claridad los planos
creaturales y teológicos de sus apreciaciones. En
consecuencia, el resultado es estas páginas resulta
confuso.
John Polkinghorne desarrolla el tema
"Física y metafísica desde una perspectiva
trinitaria". No es necesario señalar el prestigio como
físico del autor, por eso tienen más valor sus
conclusiones: "yo encuentro un grado satisfactorio de consonancia
entre mi conocimiento científico y las ideas de mi fe
cristiana; una armonía entre mis experiencias como
físico y mis experiencia como clérigo anglicano.
Desde mi punto de vista, la religión y la cultura
científica pueden vivir en una relación amistosa y
complementaria. La metafísica trinitaria es nuestro mejor
candidato para una Teoría del Todo" (220-1). Lo que no estoy
seguro es de la adecuación filosófica de sus
argumentos y del mismo concepto de ‘Teoría del
Todo’.
El editor ha escrito el siguiente
artículo y lo ha titulado: "La cosmología
física como soporte de la teología natural". En
esencia consiste en la formulación de un argumento
cosmológico para demostrar la existencia de Dios, que recibe
el nombre de ‘vía gregoriana’ en honor de San
Gregorio Nacianceno. El núcleo de la argumentación
reside en que la cosmología contemporánea supone que
el universo es un objeto, "no una entidad autosuficiente, sino que
remite a otra, independiente de él, y que constituye su
causa eficiente" (230). De este modo el mismo desarrollo de la
cosmología desmiente las objeciones habituales desde Hume y
Kant a los argumentos cosmológicos.
William R. Stoeger escribe sobre "lo que la
cosmología contemporánea y la teología tienen
que decirse la una a la otra". Hay muchas cosas que
merecerían destacarse de estas páginas, pero nos
limitaremos a resumir las razones por las que teología y
cosmología deben dialogar. "Una primera razón,
y de las más importantes, es simplemente que una
autoconciencia más profunda de cada disciplina con respecto
a sus propias áreas de potencia y debilidad, su propia
esfera de competencia, y sus propios límites, sólo se
desarrolla con el (y frente al) crecimiento de las competencias de
las otras disciplinas… Una segunda razón es
... que son independientes, en cuanto disciplinas, no han
sido producidas en un vacío, sino dentro de una cultura
común… Una tercera razón…
[es] que la mayor parte de la gente tratamos continuamente de
integrar los diferentes aspectos y perspectivas de nuestra vida en
un todo inteligible… Una cuarta razón…
es que tanto la filosofía como la teología son
radicalmente interdisciplinares… Finalmente, una
quinta razón… es que la cosmología y
las otras ciencias plantean cuestiones importantes de naturaleza
filosófica y/o teológica, a las que ellas no pueden
responder" (274-9).
El siguiente artículo se debe a Richard
Swinburne y se titula "El argumento de la existencia de Dios a
partir del ajuste fino reconsiderado". Su conclusión es "que
mientras que es significativamente probable que haya un universo
ajustado finamente para que se den cuerpos humano o ‘cuerpos
partículas’ si hayan Dios, no es de ningún modo
probable que haya un universo tal si no hay un Dios. Por tanto, el
‘ajuste fino’ contribuye significativamente a una
prueba acumulativa de la existencia de Dios" (306).
El último artículo se titula
"¿Creó Dios el universo a partir de la nada?" y
está firmado por Mark William Worthing. Todas sus
páginas son un alegato acerca de la necesidad de distinguir
la creación de la nada que le interesa a la teología
de la cuestión de los orígenes que es el tema
principal de la cosmología científica. En sí
mismo supone un aviso sobre la tendencia a una traducción
aproximativa y no suficientemente precisa de los conceptos de un
ámbito del saber a otro, al estilo, por ejemplo, de lo que
hace Ted Peters y que ya se ha comentado.
Finalmente vale la pena transcribir el balance
que el editor obtiene del recorrido completo de estas
páginas, porque es suficiente claro y explicito,
además, por supuesto, de su entera justicia. "Algunos de los
principales resultados… son: el intento naturalista de
ofrecer un modelo del universo que contenga una explicación
‘cerrada’ y meramente física de su propia
existencia no funciona ni puede seguramente funcionar… El
intento naturalista de interpretar como una mera apariencia el
orden y diseño del cosmos mediante la hipótesis del
multiverso no logra poner en cuestión la racionalidad
matemática del universo que requiere una explicación.
Tampoco logra eliminar el indicio de propósito que conlleva
el que nos encontremos en un mundo capaz de contener seres capaces
de acción moral… ni tampoco puede eliminar la
objetualidad el universo (o del multiverso) y, con ella, la
legitimidad de la pregunta por su causa. La racionalidad
matemática del universo, y el hecho de que el cosmos posea
las características adecuadas para la existencia en
él de seres inteligentes y capaces de acción
moral… resulta coherente con la idea un Dios personal
creador y estructurador del mundo. Y este Dios podría dar
cuenta no sólo de las característica y la
racionalidad del cosmos, sino, antes que nada, de la propia
existencia del universo" (XXXIII)
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