Darwin y el diseño inteligente
Reseña de la obra de Francisco J. Ayala Darwin y el
diseño inteligente. Creacionismo, cristianismo y
evolucionismo Alianza Editorial: Madrid, 2007. 231
págs.
Carlos A. Marmelada
carlosalbertomarmelada@yahoo.es
(Los números entre paréntesis indican la
numeración de las páginas del libro.)
Francisco Ayala es uno de los científicos
españoles con mayor prestigio internacional. Actualmente es
profesor del Departamento de Ecología y Biología
Evolutiva de la Universidad de Irvine, USA. También es
miembro de la Academia Nacional de las Ciencias de
Norteamérica. Entre los méritos y las distinciones
que le han sido otorgados al Profesor Ayala destacan el hecho de
haber recibido la Medalla Nacional de las Ciencias de Estados
Unidos. Gracias a su gran prestigio profesional fue elegido como
uno de los miembros del comité de asesores del expresidente
Bill Clinton. También fue pres i dente de la American
Association for the Advancement of Science (AAAS). Es autor de
varios libros, entre los que destacan: Origen y evolución
del hombre (Alianza Editorial, 1980); La teoría de la
evolución. De Darwin a los últimos avances de la
genética (Temas de Hoy, 1994); Senderos de la
evolución humana (Alianza Editorial, 2001); La piedra
que se volvió palabra (Alianza Editorial, 2005); estos
dos últimos libros en colaboración con Camilo
José Cela Conde. En el año 2000 fue investido Doctor
Honoris Causa por la Unviersitat de València;
institución que publicó en 2006 un libro, titulado:
La evolución de un evolucionista, en el que se
publicaban, entre otras cosas, varios artículos suyos.
Aparte de ser autor de varios artículos especializados ha
impartido numerosas conferencias sobre genética,
evolución humana y otros temas relacionados con la
biología.
En Darwin y el diseño inteligente Ayala aborda con
firmeza y valentía un buen número de cuestiones
fronterizas entre la ciencia y la religión. El libro tiene
como telón de fondo la compatibilidad entre la teoría
científica de la evolución y los contenidos
fundamentales de la fe cristiana en particular y de la
religión en general, contenidos que afirman la existencia de
un Dios personal, creador y providente.
Las primeras palabras del libro, las que iniciaron el
prólogo, son bien elocuentes, puesto que plasman con nitidez
la tesis que defenderá Ayala a lo largo de toda la obra. Tal
como manifiesta el autor: “El mensaje central de este libro
es que no hay contradicción necesaria entre la ciencia y las
creencias religiosas” (15) 1.
Hay creyentes que ven a la ciencia con recelo porque piensan
que, de suyo, es materialista y, por lo tanto, se convierte en un
instrumento, muy prestigioso por cierto, del ateísmo. Pero
quienes ven así la ciencia se equivocan, puesto que su
materialismo metodológico no significa, ni mucho menos, que
la ciencia haya demostrado que todo lo que existe sea material y
que, por tanto, no existan realidades espirituales como Dios o el
alma humana. Una negación de este tipo no es fruto de
ninguna ciencia, sino una proposición filosófica.
Por otra parte están los que ven con malos ojos a la
religión por considerar que ésta supone un freno para
el desarrollo de la ciencia. Pero también ellos se equivocan
al valorar así a la religión. El cristianismo, como
tal, no sólo no se ha opuesto a la ciencia, sino que durante
siglos la ha fomentado. George Mendel, padre de la genética,
era un monje cristiano; Georges Lemaître, primer
científico en proponer el modelo cosmológico
actualmente imperante y conocido, posteriormente, como
teoría del big bang, era un sacerdote católico. A lo
largo de la historia ha habido muchos religiosos que han cultivado
la ciencia, del mismo modo que también ha habido muchos
científicos de renombre que han profesado una fe sincera sin
problema alguno de compatibilidad entre sus creencias religiosas y
sus investigaciones científicas. De ahí que Ayala
afirme que “propiamente entendidas, la ciencia y la fe
religiosa no están en contradicción, ni pueden
estarlo, puesto que tratan de asuntos diferentes que no se
superponen” (15) 2.
Ciencia y religión se mueven en planos distintos y
estudian diferentes aspectos de la realidad. La ciencia estudia
algunos de los aspectos cuantificables de la realidad material, de
ahí que aplique (y por cierto, de un modo lícito y
muy exitoso) el reduccionismo propio del materialismo
metodológico; pero esto no significa que la ciencia afirme
que sólo existe la realidad material; de tal suerte que Dios
y el alma humana, por ejemplo, no sean, respectivamente, más
que una ilusión trascendental inevitable y un paralogismo de
la razón pura, como dirían los más cultos; o
simplemente un mero invento de la mente, como diría el
materialismo más burdo. Esos dos planos distintos en los que
se mueven ciencia y religión son, por un lado el
“descubrir y explicar los procesos de la naturaleza”
(15 y 164) y, por otro, la búsqueda del “significado y
propósito del universo y de la vida” (15),
también la relación entre Dios y el hombre,
así como el valor y el alcance de las normas morales que
surgen de esa relación, así como su influencia en la
vida humana concreta. A este respecto: “la ciencia no tiene
nada que decir sobre estas materias, ni es asunto de la
religión proveer explicaciones científicas para los
fenómenos naturales” (15) 3.
Dado que “los conocimientos científicos parecen
contradecir la narrativa bíblica de la creación del
mundo y de los primeros humanos” (15) ha habido
científicos (como Richard Dawkins, por ejemplo) y
filósofos (como Daniel Dennett, aunque éste no es
citado por Ayala) que han insistido en la idea de que el hombre es
un producto de la evolución material. Es lo que
podríamos denominar el “ultradarwinismo”.
Hablando de Dawkins y del historiador de la ciencia William
Provine, Ayala dice que: “podemos conceder a estos autores su
derecho a pensar como quieran, pero no tienen ninguna autoridad
para basar su filosofía materialista en los logros de la
ciencia” (179). Y es que, como muy bien dice Ayala, “la
ciencia no implica el materialismo metafísico”
(178).
Frente a los que fuerzan a la teoría científica de
la evolución a ir más allá de sus
límites metodológicos y le obligan a realizar
afirmaciones que nada tienen de científicas y que son, sensu
estricto, filosóficas, se levantan con un radicalismo
exagerado los autodenominados: creacionistas científicos, un
grupo intelectual que ha emergido en el seno de núcleos
radicales del protestantismo estadounidense. Después de
varios fracasos judiciales en su intento de abolir legalmente la
enseñanza de la teoría científica de la
evolución en las escuelas públicas, los creacionistas
han cambiado de táctica. Desde hace unas décadas su
litigio va por la línea de intentar conseguir que los
estados promulguen leyes que obliguen a dedicar el mismo tiempo a
la enseñanza de dicha teoría que a la del contenido
literal de la creación según se recoge en los dos
primeros capítulos del Génesis bíblico.
En consonancia con el espíritu que anima el creacionismo
científico en las últimas décadas ha surgido
en Estados Unidos un nuevo movimiento partidario de lo que
denominan: el diseño inteligente (DI). Según estos
autores en la naturaleza existirían estructuras complejas
que serían irreductibles; o lo que es lo mismo, no
podrían haber surgido por evolución biológica
de otras estructuras anteriores que paulatinamente se han ido
transformando hasta dar lugar a una estructura compleja actual. Si
estas estructuras irreductibles no han podido surgir de un proceso
de evolución biológica entonces ¿cuál
es la causa de su existencia? Según los partidarios del DI
dichas estructuras habrían sido diseñadas por un
Diseñador Universal Inteligente. Según Ayala:
“sorprenderá a muchos de mis lectores, tanto creyentes
como científicos, que el tema central de este libro lleve a
la conclusión de que la ciencia, y en particular la
teoría de la evolución, es compatible con la fe
cristiana, mientras que el diseño inteligente no lo
es” (16).
En el extremo opuesto al de los creacionistas
científicos, cuyo rostro más reciente es el del
diseño inteligente, se encuentran los ya citados
ultradarwinistas que afirman que la ciencia ha
“demostrado” que todo lo que existe en el universo,
incluido el ser humano, es material y fruto del azar. Aparentemente
se trata de dos posturas antitéticas e irreconciliables, de
tal manera que parecería que los primeros brindarían
un soporte científico a la teología y los segundos
lograrían otorgar un fundamento científico al
ateísmo. En este libro Ayala analiza estas dos posturas
desmontando las falacias sobre las que se asientan estos dos grupos
igualmente ideológicos.
A lo largo de Darwin y el diseño inteligente
Francisco Ayala demuestra que es perfectamente posible ser
partidario de la teoría científica de la
evolución de las especies y creer en la existencia de un
Dios creador, personal y providente. Dicho de otro modo, el
concepto científico de evolución biológica, no
niega la noción metafísica y teológica de
creación a partir de la nada, y viceversa.
Naturalmente, la ideología del materialismo
ontológico de los ultradarwinistas, sí es
incompatible con la cosmovisión del cristianismo. Pero Ayala
va más allá y demuestra, también, que las
tesis del creacionismo científico, incluida su
versión pseudocientífica del diseño
inteligente, son incompatibles con la teología cristiana
canónica, así como con un Dios perfectamente sabio,
poderoso y bueno.
Para fundamentar sus tesis Ayala analiza en el libro el
creacionismo científico, la teoría del DI, los
fundamentos científicos de la teoría de la
evolución, algunas nociones básicas de
teología natural y revelada, las inconsistencias del
cientificismo naturalista que pasa de un modo totalmente
acrítico e injustificado del naturalismo
metodológico, lícito y consustancial a la ciencia, a
un naturalismo ontológico que es acientífico y, en
rigor, propio de ideologías filosóficas que nada
tienen que ver con los resultados de las ciencias.
Como es natural, para poder afirmar que ni los ultradarwinistas
ni los partidarios del DI defienden tesis científicas, el
autor ha de explicar qué es ciencia y qué no lo es.
Es decir, el libro ha de tratar también sobre la naturaleza
de la ciencia y sobre el criterio de demarcación de una
proposición para poder establecer cuáles son
científicas y cuáles no lo son. Esto lleva a otro
tema que también es desarrollado en este libro, a saber: los
límites de la ciencia.
El primer capítulo trata sobre el argumento que expuso
William Paley con el que pretendía probar la existencia de
Dios a partir del orden que se puede apreciar en la naturaleza. Es
lo que se conoce como argumento del diseño. Respecto a
él Ayala declara que: “me llena de asombro y respeto
el amplio y profundo conocimiento biológico de Paley”
(37). Las pruebas de Paley “a favor del diseño eran
convincentes y, de hecho definitivas sobre la base del conocimiento
científico disponible en la primera mitad del siglo XIX. No
obstante sus argumentos se derrumbaron tras el descubrimiento de la
selección natural por parte de Charles Darwin”
(24).
Como es natural, el segundo capítulo aborda el tema del
descubrimiento de la selección natural por parte de Darwin,
con el justo reconocimiento a Wallace, quien de un modo totalmente
independiente llegó a la misma idea que Darwin sobre el
papel de la selección natural en la evolución
biológica. Según Ayala Darwin habría
completado la revolución copernicana al realizar su
descubrimiento más importante: que la naturaleza exhibe un
diseño sin diseñador. “A consecuencia de la
selección natural, los organismos exhiben diseño
-afirma Ayala-. Pero el diseño de los organismos tal como
éstos existen en la naturaleza no es «diseño
inteligente», impuesto por Dios como Supremo Ingeniero o por
los humanos; más bien, es el resultado de un proceso natural
de selección, que fomenta la adaptación de los
organismos a sus entornos” (51). El autor sostiene que
“los organismos exhiben un diseño complejo, pero no es
una «complejidad irreductible», surgida toda de golpe
en su elaboración actual” (52). Según Darwin la
apariencia de diseño habría surgido de forma gradual
y acumulativa. “Darwin aceptaba que los organismos
están «diseñados» para ciertos cometidos,
es decir, están organizados desde un punto de vista
funcional... Pero Darwin paró a proporcionar una
explicación natural del diseño. Los aspectos
aparentemente diseñados de los seres vivos ahora se
podían explicar, al igual que los fenómenos del mundo
inanimado, por medio de los métodos de la ciencia, como el
resultado de leyes naturales manifestadas en los procesos
naturales” (56-57). Es cierto que la naturaleza, en cuanto
tal, no puede perseguir diseño alguno, pues no es un agente
racional, de modo que, desde un punto de vista puramente
naturalista, y ese es el que ha de adoptar la ciencia por razones
metodológicas, es lógico afirmar que la naturaleza no
diseña una finalidad en los seres vivos y que la apariencia
de diseño es el fruto de la acción de las leyes
naturales que, de suyo son ciegas, pero la pregunta fundamental es:
¿quién ha diseñado esas leyes naturales?
El capítulo se cierra con unas reflexiones sobre la
selección natural, en las que se reconoce la importancia de
Wallace. También se hace una referencia a las repercusiones
de la teoría de Darwin y su aplicación a la
sociobiología por parte del filósofo británico
Herbert Spencer, dando lugar a lo que se ha llamado darwinismo
social, o lo que es lo mismo: la aplicación de las
teorías de Darwin a las sociedades humanas, algo que
desagradó al propio Darwin, y tras él a tantos otros
biólogos. Y no es de extrañar, la noción de
supervivencia del más apto aplicada a las relaciones entre
pueblos, junto a la idea nietzscheana del Superhombre formaron
parte del sustrato ideológico del nazismo.
El capítulo tercero trata sobre la selección
natural. Primero se explica el concepto, para luego ver las
dificultades que tenía que afrontar Darwin en su
época y que se referían, especialmente a la falta de
una teoría de la herencia genética que fuera adecuada
que explicase la conservación de las variaciones sobre las
que se supone que actúa la selección natural a
través de las generaciones. Por ello el autor destina un
epígrafe al estudio de las mutaciones y el ADN.
El capítulo cuarto trata sobre las pruebas a favor de la
evolución. Es un lugar común oír decir que la
evolución es un hecho y que el debate surge en torno al
establecimiento de los mecanismos que la hacen funcionar. Se
analiza el registro fósil, tanto el disponible en la
época de Darwin como el presente. Se repasan algunas
similitudes anatómicas. Lo mismo con el desarrollo
embrionario. Y también se hecha un vistazo a la
biogeografía.
El siguiente capítulo aborda el registro fósil
humano. En él se estudian muy brevemente los
homínidos que precedieron a la aparición del
género humano así como a las diversas especies que
conforman este género. Naturalmente se habla del origen de
los humanos anatómicamente modernos, es decir, de nosotros.
Llegados a este punto el autor se pregunta si tiene sentido hablar
actualmente de razas desde un punto de vista científico.
Pero el epígrafe realmente interesante es el que viene a
continuación y cuyo título es: La
transformación de simio a humano. En él Ayala
advierte que la biología humana del siglo XXI se enfrenta a
dos grandes retos. Por un lado explicar cómo se pasó
de simio a humano y por otro como el cerebro da lugar a la mente.
Naturalmente aquí se habla de las similitudes y de las
diferencias entre el genoma humano y el del chimpancé A este
respecto hace una observación muy importante: “en las
regiones del genoma que comparten los humanos y los
chimpancés, las dos especies son un 99 por ciento
idénticas. Las diferencias pueden parecer muy
pequeñas o bastante grandes, dependiendo del modo en que uno
elija mirarlas” (116). En cuanto a nuestro cerebro, la
cuestión no es que sea “mucho más grande que el
de los chimpancés o los gorilas, sino [que] también
[es] mucho más complejo” (116). La conclusión a
la que llega Ayala es que “lo que hasta ahora sabemos avanza
muy poco nuestra comprensión acerca de qué cambios
genéticos nos hacen distintivamente humanos” (117).
Ayala precisa que aducir que la diferencia radica en que nosotros
poseemos un alma humana es algo irrelevante desde un punto de vista
científico, puesto que con alma o sin ella “existen
correlativos biológicos que explican la diferencia entre
simio y humano” (212). Sea como fuere, lo que sí
sabemos es que “los rasgos distintivos que nos hacen humanos
comienzan al principio de la gestación, mucho antes del
nacimiento” (117-118). Naturalmente, este hecho plantea el
dilema de la justificación moral del aborto humano
voluntario. No cabe duda, pues, de que “a medida que la
comprensión biológica avance, sin duda habrá
muchos elementos para la reflexión filosófica,
así como un gran número de cuestiones de gran
significado teológico” (118). En cuanto al enigma del
paso del cerebro a la mente Ayala reconoce que: “las cosas
que más cuentan siguen envueltas en el misterio”
(121). Afirmación que puede considerarse descorazonadora,
pero que, posiblemente, “a lo largo del próximo medio
siglo más o menos, muchos de estos enigmas serán
resueltos” (121).
Llegamos así al capítulo sexto, en el que se
estudia la evolución molecular. Para el autor: “la
unidad de la vida revela la continuidad genética y la
ascendencia común de todos los organismos. No hay otra forma
racional de explicar su uniformidad molecular” (125). En este
capítulo Ayala explica la importancia de las diferencias
genéticas para poder establecer los momentos de las
divergencias entre especies o entre géneros. Esas
diferencias constituyen datos de primer orden para poder estudiar
la evolución de los linajes y la diversificación de
las especies. Este capítulo es, naturalmente el lugar para
hablar de Mendel y, por qué no, de Dolly. El capítulo
acaba con una reflexión fundamental: “Se han efectuado
muchos miles de exámenes -dice Ayala- (y miles más se
publican cada año); ninguno ha dado alguna prueba contraria
a la evolución. Probablemente no exista otro concepto en
ningún campo de la ciencia que haya sido examinado y
corroborado de forma tan extensa y minuciosa como el origen
evolutivo de los organismos vivos” (137). El capítulo
se cierra explicando el concepto de reloj molecular.
El siguiente capítulo trata sobre los problemas del
creacionismo. Según Ayala, cuando los creacionistas y los
partidarios del diseño inteligente insisten en que la
teoría de la evolución solamente es una teoría
y no el reflejo conceptual de un hecho, pues nadie ha podido
observar la evolución directamente, lo hacen a partir de
“una concepción errónea acerca de la naturaleza
de la ciencia y cómo se prueban y validan las teorías
científicas” (144). ¿Cómo compatibilizar
que la ciencia es una forma de conocimiento basada en la
observación y la experimentación con el hecho de que
nadie ha observado, y mucho menos experimentado, la
evolución? Resumiendo la postura del autor es que algunas
conclusiones de esta teoría están bien establecidas,
muchos asuntos son menos ciertos, otros poco más que
conjeturas, y otros siguen siendo en gran parte desconocidos,
“pero la incertidumbre sobre estas cuestiones no arroja dudas
acerca del hecho de la evolución” (146), del mismo
modo que el hecho de no conocer todos los detalles acerca del
universo no nos hace dudar de la existencia de las galaxias.
Pero incluso suponiendo que la teoría de la
evolución no describiera, más o menos acertadamente,
un hecho esto no significaría que la propuesta del
creacionismo o del diseño inteligente fuera correcta. Hay
que tener en cuenta aquí lo que Ayala llama la
falacia de las explicaciones alternativas. En
efecto, si una hipótesis no es correcta eso no hace que su
antagónica se convierta en cierta automáticamente. A
cada hipótesis le corresponde buscar, independientemente de
las otras, sus pruebas a favor.
El debate pasa a centrarse, ahora, en torno a la noción
de complejidad irreductible. Naturalmente el
ejemplo paradigmático, y recurrente, es el del ojo. Para los
partidarios del DI éste sería una estructura
irreductible, para los darwinistas no. El concepto y el por
qué se explican en un epígrafe. Lo mismo para el caso
del flagelo bacteriano. Sigue una crítica de las
afirmaciones de Michael Behe, quizás el más famoso de
los partidarios del DI. Behe afirmó en 1996 que: “no
existe ninguna publicación en la literatura
científica que describa cómo ocurrió la
evolución molecular de cualquier sistema real (...) la
literatura científica no tiene respuestas al origen del
sistema inmunitario” (155). En la resolución judicial
dictada el 20 de diciembre de 2005, el juez John E. Jones
dictaminó que las palabras de Behe estaban equivocadas,
puesto que en el juicio se habían presentado 58
publicaciones de nivel académico, nueve libros y varios
capítulos de libros de texto de inmunología en los
que se explicaba la evolución del sistema
inmunológico. La conclusión del juez fue que:
“hallamos que la declaración del profesor Behe a favor
de la complejidad irreductible ha sido refutada en artículos
de investigación académica y ha sido rechazada por la
comunidad científica en general” (155-156).
El final del capítulo se centra en el análisis de
la compatibilidad entre la existencia de Dios y la del mal en el
mundo. Para ello se destaca que las imperfecciones que se detectan
en el supuesto diseño inteligente de la naturaleza,
cerrándose con la afirmación de que el DI no es
compatible con la noción de un Dios omnipotente, omnisciente
y perfectamente benévolo, puesto que podría haber
diseñado mucho mejor ciertos aspectos de los seres vivos,
como es el caso del canal del parto de las mujeres,
evitándose así miles de muertes de niños
recién nacidos y, por tanto, totalmente inocentes; en
definitiva, que: “para un biólogo moderno el
diseño de los organismos no es compatible con la
acción especial del omnisciente y omnipotente Dios del
judaísmo, el cristianismo y el islam” (161). Darwin,
en cambio, habría hecho un gran regalo a la teología
al mostrar que la explicación de las imperfecciones se
debía a la acción, ciega, de la selección
natural, y no a la de un agente divino, es decir: “la
ironía de que la evolución, que al principio
había parecido eliminar la necesidad de Dios en el mundo,
ahora ha eliminado de forma convincente la necesidad de explicar
las imperfecciones del mundo como resultados del diseño de
Dios (...) así es como ve las cosas un biólogo
preocupado de que Dios no sea calumniado con la imputación
de un diseño incompetente” (161-162).
Ayala deja claro que: “la religión y la ciencia no
están en oposición, porque se ocupan de diferentes
ámbitos de la realidad. Más bien podrían ser
vistas como complementarias. Las preguntas sobre el significado y
el propósito del mundo y de la vida humana sobrepasan a la
ciencia. La religión las responde” (162).
El capítulo octavo trata sobre el fundamentalismo
creacionista de los Estados Unidos. Para empezar Ayala resalta la
idea de que, curiosamente, los defensores del DI coinciden con los
científicos y los filósofos materialistas más
de lo que ellos se imaginan, pues todos ellos comparten la idea,
errónea, de que existe una incompatibilidad entre la
afirmación de la teoría científica de la
evolución y la existencia de un creador divino. A este
respecto Ayala deja bien claro que: “la conclusión que
desearía extraer es que el conocimiento científico y
las creencias religiosas no tienen que estar en
contradicción (...) Únicamente al hacer afirmaciones
que están más allá de sus fronteras
legítimas, es cuando la teoría evolutiva y la
creencia religiosa parecen ser antitéticas” (164).
Creación divina y evolución biológica son
compatibles. En efecto, “la idea de que Dios creó el
mundo ex nihilo, a partir de la nada (...) en sí
misma no niega ni afirma la evolución dela vida. De forma
recíproca, la ciencia no tiene nada que decir sobre la
afirmación de que Dios creó el universo ex
nihilo” (164).
El capítulo prosigue con una breve explicación de
los distintos movimientos creacionistas hasta llegar a los actuales
partidarios del DI. La base de los movimientos creacionistas es el
fundamentalismo bíblico, o sea: la interpretación
literal de los contenidos de los primeros capítulos del
Génesis. Los actuales partidarios del DI no van tanto por
ahí como por una vía más deísta en la
que “Dios interviene de cuando en cuando en el proceso
evolutivo para crear estos rasgos complejos” (167).
El capítulo sigue explicando los procesos judiciales
más importantes en los que ha estado involucrado una u otra
forma de creacionismo, desde el famoso juicio de Scopes hasta la
sentencia de Dover.
Un epígrafe está dedicado a la relación
entre evolución y religión. Cuando se publicó
El origen de las especies parecía que la
noción de evolución se oponía a la idea
tradicional cristiana de la creación por parte de Dios. Pero
bien pronto hubo teólogos, tanto católicos como
protestantes, que “vieron una solución a la aparente
contradicción entre evolución y creación en el
argumento de que Dios actúa a través de causas
intermedias (...), la evolución podía verse como el
proceso natural a través del cual Dios dio existencia a los
seres vivos y los desarrolló de acuerdo a su plan (...) Bien
avanzado el siglo XX, la evolución por selección
natural llegó a ser aceptada por una mayoría de
autores cristianos en Estados Unidos y en todo el mundo”
(172). Siguen referencias a Pío XII y su encíclica
Humani generis, así como a Juan Pablo II y su
célebre discurso a la Academia Pontificia de Ciencias del 22
de octubre de 1996, en el que dijo que la teoría de la
evolución era más que una hipótesis.
El capítulo se cierra insistiendo en una de las ideas
centrales del libro: “que no debe haber oposición
entre ciencia y religión, porque se ocupan de distintos
ámbitos de la realidad (...) Pese al éxito de la
ciencia, hay muchos asuntos de gran interés que sobrepasan a
la ciencia. Son los asuntos que conciernen al significado, sentido,
y propósito de la vida y el universo, así como a
cuestiones de valor, no sólo de valor religioso, sino
también estético, moral, y de otros valores”
(176).
El penúltimo capítulo versa sobre el éxito
de la ciencia, pero también sobre sus límites.
¿Excluye el darwinismo alas creencias religiosas? La
respuesta de Ayala es: no. ¿es la ciencia fundamentalmente
materialista? Depende. Desde un punto de vista metodológico
sí, es decir, sólo se preocupa de estudiar realidades
del mundo de la materia, pero esto no significa que la ciencia
afirme que sólo existen las realidades materiales (177). Es
decir: “la ciencia no implica el materialismo
metafísico” (178).
En este capítulo se critica la postura de aquellos que
hacen un uso ideológico de la ciencia. “Resulta
irónico que dichos autores, en realidad, estén
avalando las creencias de los defensores del DI que argumentan que
la ciencia es inherentemente materialista y comparten la idea de
los creacionistas de que la ciencia hace afirmaciones sobre
valores, significados y propósitos” (179). Entre estos
autores se haya el biólogo Richard Dawkins, famoso por usar
el darwinismo para justificar su aversión a la
religión. De ellos dice Ayala que: “podemos conceder a
estos autores su derecho a pensar como quieran, pero no tienen
ninguna autoridad para basar su filosofía materialista en
los logros de la ciencia” (179).
Es cierto que la ciencia tiene una importancia social de primer
orden, a ella se debe, sin lugar a dudas, la mayor parte del
crecimiento económico de los países. Pero, como muy
bien dice Ayala: “la ciencia es una forma de conocimiento
maravillosamente exitosa, pero no la única” (181). Los
últimos epígrafes del capítulo se dedican a:
analizar la naturaleza de la ciencia y del método
científico, a ver la inducción y el empirismo en la
ciencia, a repasar cómo se hacen las comprobaciones de
hipótesis y, finalmente, a echar un vistazo a lo que hay
más allá de la ciencia, pues, intelectualmente
hablando, hay, en efecto, algo más allá de la
ciencia, ya que, como se dijo, ésta no es la única
forma de conocimiento objetivo que tenemos los humanos. Ayala nos
recuerda aquí que “una visión científica
del mundo es desesperadamente incompleta” (193).
El último capítulo trata sobre Darwin en la
historia de las ideas. En él se examina la práctica
científica de Darwin, es decir: cómo procedió
en su investigación. Según Ayala: “existe una
flagrante contradicción entre la metodología de
Darwin y la forma en que él la describió para el
consumo público” (198). “¿Por qué
esta disparidad entre lo que Darwin estaba haciendo y lo que
declaró?” (200)
El libro se cierra con las conclusiones del autor entre las que
destacan la afirmación de que “el descubrimiento
fundamental de Darwin [es] que hay un proceso que es creativo
aunque no sea consciente” (207) y “que la
evolución y la fe religiosa no son incompatibles. Los
creyentes pueden ver la presencia de Dios en el poder creativo del
proceso de selección natural descubierto por Darwin”
(206).
Ayala nos presenta un libro valiente en el que aborda sin
complejos ni temores algunos de los temas más importantes de
las relaciones entre ciencia, filosofía y religión,
en cuanto a lo que a la evolución biológica se
refiere. Su prosa, siempre elegante, lleva al lector a
través de cuestiones complejas pero con un lenguaje
sumamente comprensible y al alcance del lector medio. Así,
pues, se trata de un libro de lectura imprescindible para todos
aquellos que quieran conocer las líneas generales de los
debates ideológicos que se están produciendo
actualmente en torno a la teoría científica de la
evolución biológica.
Notas
(1) Este tema
también se trata en las páginas: 16, 17, 158, 162,
164 y 206.
(2) Tema que
también aborda en las páginas: 21, 162, 164, 176 y
206.
(3) Tema que
también se desarrolla en las páginas: 29, 162, 164,
176, 193 y 194.
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