Ciencia y religión
Luis Alonso
Publicado en "Mente y cerebro", 12/2005, pp. 93-95.
Nature, Human Nature, and God, por Ian G. Barbour. Fortress Press; Minneapolis, 2002.
How to Relate Science and Religion, por Mikael Stenmark. William B. Eerdmans Publishing Company; Grand Rapids, 2004.
When Science and Christianity Meet. Dirigido por David C. Lindberg y Ronald L. Numbers. The University of Chicago Press, 2003.
Gott und der Urknall. Physikalische Kosmologie und Schöpfungsglaube. Dirigido por Eeberhard Schockenhoff y Max G. Huber. Verlag Karl Alber; Freiburg, 2004.
Things a Computer Scientist Rarely Talks About, por Donald E. Knuth. CSLI Publications; California, 2001.
Parece incontrovertible que la ciencia y la reflexión
teológica han atravesado momentos de tensión. Apoyada
en ese dato, existe la idea generalizada de que la ciencia
empírica avanza a medida que va arrebatando dominios hasta
entonces privativos de la teología. Hasta tal punto ha
calado esa creencia en ciertos círculos académicos,
medios de comunicación y sociedad en general, que muy pocos
terminan por descubrir que se trata de un bulo lanzado hace algo
más de un siglo. En su forma elaborada, se amplía la
tesis de Freud sobre el progresivo destronamiento del hombre hasta
llegar a la revolución psicoanalítica que colocaba el
subconsciente en su centro. A su imagen, se repite, la
teología recularía, primero, con el advenimiento del
heliocentrismo copernicano, que sustituyó al geocentrismo;
luego, con la teoría darwinista de la evolución de
las especies a través de la selección natural, que
minaría la concepción de la creación
individual de cada especie ab initio, hombre incluido;
más tarde, la eternidad del mundo (a través de un
proceso iterado de explosión originaria, implosión
final, nueva gran explosión, etcétera) que
destruiría la idea de un universo finito en el origen y en
su terminación; y, por fin, la disolución del yo, de
la conciencia, en unos correlatos neuronales. Atribuirle a la
teología un rechazo de la teoría de la
evolución, de la teoría de la gran explosión o
de las bases neurológicas de la conciencia es, lisa y
llanamente, una falsedad.
Desde hace una treintena de años se vienen multiplicando
seminarios y congresos dedicados a las relaciones ciencia y fe. Se
plantean, unas veces, cuestiones generales, que van desde la
consideración de ambas como fenómenos sociales hasta
los contenidos de una y otra, pasando por la finalidad que les rige
o los métodos que emplean en su respectivo quehacer
(demarcación de una y otra, autonomía mutua). Es el
caso de Nature, Human Nature, and God, de Ian G. Barbour, y
How to Relate Science and Religion, de Mikael Stenmark.
Otras veces, las relaciones se acotan sobre distintas épocas
de la historia del pensamiento, como en los episodios recogidos en
When Science and Christianity Meet. Se abordan en ocasiones
puntos concretos (mecánica cuántica, determinismo y
acción divina, por ejemplo); léase, por botón
de muestra, Gott und der Urknall. Physikalische Kosmologie und
Schöpfungsglaube. También las reflexiones
teológicas (infinitud, libre albedrío) que se abren
en la profundización de la materia donde uno es investigador
reconocido, cuando no creador de la materia: Knuth en Things a
Computer Scientist Rarely Talks About.
Se han erigido instituciones para el estudio de las cuestiones
históricas o de conceptos hoy fronterizos. Citemos el Centro
de Teología y Ciencias Empíricas (CTNS) de Berkeley o
la Sociedad Europea para el Estudio de la Ciencia y la
Teología (ESSAT). Existen revistas especializadas, como
Zygon: Journal of Religion and Science, que se viene
editando desde 1966, o la más joven Theology and
Science, que inició su andadura en abril de 2003. Ese
interés, mantenido siempre en las revistas de
investigación teológica, se abre paso poco a poco en
el bando de los cultivadores profesionales de la ciencia. "Where
theology matters" titulaba su primer editorial la revista
Nature del 9 de diciembre de 2004, que subrayaba el acierto
de Tomás de Aquino a propósito de la relación
entre ciencia y fe (hace 800 años).
Nos encontramos, cierto, en una fase de apaciguamiento, salvo en
los arrabales de la radicalidad. Sea por caso la cosmología.
La teoría astrofísica describe la gran
explosión inicial ("big bang") como una singularidad en un
espacio-tiempo continuo y cerrado sobre sí mismo. De
ahí parte ahora, sin limitarse a esa hipótesis, la
actual reflexión teológica sobre el "fiat"
bíblico. Otra cuestión debatida: el principio
antrópico. Mera convergencia de factores para los
físicos, constituye, además, para los teólogos
una manifestación de la idea de Dios sobre la vida y el
hombre. El tipo de magnitudes a las que se refiere el principio
antrópico incluye varias constantes. Entre ellas, G,
que determina la fuerza gravitatoria entre dos masas cualesquiera.
De acuerdo con el principio antrópico, si la intensidad de
la gravedad fuera ligeramente mayor o ligeramente menor que su
valor real, no podría haberse desarrollado la vida (al menos
la vida basada en la química del carbono). Con un valor de
G ligeramente mayor, sólo podrían existir
estrellas enanas rojas, demasiado frías para permitir que,
en su zona aledaña, hubiera planetas aptos para sustentar la
vida. De manera similar, si G fuera ligeramente menor, todas
las estrellas serían gigantes azules y persistirían
durante un intervalo temporal demasiado corto para la
aparición de la vida. Hay otras constantes "finamente
ajustadas" para permitir nuestra presencia en el cosmos.
Hasta la etapa de tregua en que nos hallamos, hubo que superar
los prejuicios y develar los errores contenidos en los escritos de
los norteamericanos John William Draper y Andrew Dickson White y el
británico John Tyndall. Profesor de química en Nueva
York, Draper publicó en 1874 una incendiaria History of
the Conflict between Religion and Science. Dos años
más tarde se tradujo del francés al español
con el título Los conflictos entre la ciencia y la
religión. En 1876 apareció también la
traducción "directa del inglés" de Augusto T.
Arcimis, con prólogo de Nicolás Salmerón.
Docente de historia en la Universidad de Michigan y luego rector de
la Universidad de Cornell, White dio a la imprenta en 1876 The
Warfare of Science y, en 1897, A History of the Warfare of
Science and Theology in Christendom, traducida ésta al
español por José de Caso con el título
Historia de la lucha entre la ciencia y la teología.
El texto aludido de John Tyndall correspondía a su discurso
presidencial ante la British Association for the Advancement of
Science en Belfast el 19 de agosto de 1874. Lo publicó la
revista Nature en su número del día
siguiente.
Con distinta intensidad reflejan el pensamiento positivista
(Draper y White) y materialista (Tyndall) que floreció en
los años sesenta y setenta de un siglo XIX que encontraba en
la teoría darwinista de la evolución por
selección natural el golpe de gracia contra un pensamiento
"obscurantista y reaccionario". Las opiniones de los que se
opusieron entonces a sus tesis no tuvieron el mismo eco. Ni
siquiera cuando la respuesta a Tyndall vino dada por el
científico más reputado de la centuria, James Clerck
Maxwell. El padre del electromagnetismo recurre a la ironía
para arruinar la tesis del antagonismo entre ciencia y fe, al
tiempo que avisa de caer en fáciles concordismos.
Pasados algunos decenios, la situación adquiere unos
perfiles que se pretenden más rigurosos. Junto al credo
antimetafísico neopositivista, aparecerán en los
mismos años veinte exposiciones sólidas de la
aportación a la ciencia por parte de la teología. De
especial significación los Metaphysical Foundations of
Physical Science (1924), de E. A. Burtt, que ve en la base de
la ciencia moderna un entramado teórico teológico, y,
sobre todo, Science and the Modern World (1925), de Alfred
North Whitehead, coautor con Bertrand Russell de unos Principia
Mathematica que supusieron la estructuración de la
lógica formal moderna. Whitehead reconocía una
estrecha vinculación entre la ciencia moderna y la
teología medieval con su énfasis en la racionalidad
del universo. (Russell, sin embargo, se mantuvo refractario a
cualquier pensamiento teológico).
Desde el rigor histórico, Herbert Butterfield develaba en
The Whig Interpretation of History (1931) la visión
sesgada, muy extendida en el Occidente ilustrado, de un supuesto
catolicismo cerril, frente a la innovación representada por
el protestantismo. Pese a ese y otros empeños,
persistió firme el concepto de la polarización
antagónica entre ciencia y fe. En 1931 también,
apareció Science and Religion, las actas de un
simposio entre científicos y teólogos anglicanos,
celebrado en 1930, con la participación de Julian Huxley,
John S. Haldane, Bronislaw Malinowski y Arthur Eddington, entre los
primeros, y Ernest W. Barnes, Burnett H. Streeter y William R.
Inge, entre los representantes de la Iglesia de Inglaterra. En su
mayoría abogaron por una coexistencia pacífica,
siempre y cuando ciencia y teología quedaran confinadas a
sus propios dominios.
Objeto de particular atención sería muy pronto la
Revolución Científica. Por una razón poderosa:
quienes la trajeron se proponían poner la ciencia al
servicio de la comprensión de la obra de Dios, para
erradicar la ignorancia y la superstición. En su escrito
más influyente, Origins of Modern Science (1949),
Butterfield atribuía ese corte a la visión
mecanicista del mundo privilegiada por el Cristianismo. Charles
Raven había señalado, cuatro años antes, en
Science, Religion, and the Future, la fe militante, el
estado clerical incluso, de muchos promotores de la
Revolución Científica. Con un tono mas vehemente,
Arnold Lund engarzaba, en The Revolt against Reason, un
rosario de logros científicos unidos a católicos
reconocidos: la astronomía moderna es copernicana; el
calendario, gregoriano; el hierro se galvaniza; la electricidad se
mide en ampère, volt y coulomb; la mejora animal es
mendeliana; la leche se pasteuriza; los médicos aplican los
rayos Röntgen y Marconi aportó la posibilidad de poner
en comunicación a los que afirman que la Iglesia es enemiga
de la ciencia.
Desde comienzos de los años cuarenta, buscaba Alexandre
Koyré desentrañar la red de interconexiones de la
teología con la física galileana. Decantó el
resultado de sus investigaciones en From the Closed World to the
Infinite Universe (1957). En su opinión, la
filosofía, la teología y la ciencia
constituían las tres dimensiones del espacio conceptual de
la Revolución Científica, dimensiones que
coexistían en la obra de Johannes Kepler, René
Descartes, Isaac Newton y Gottfried Wilhelm Leibniz. Ese mismo
año de 1957, Kuhn concedía idéntico valor
epistemológico a las opiniones religiosas,
filosóficas y científicas de los autores mencionados
en The Copernican Revolution: Planetary Astronomy in the
Development of Western Thought, aunque excluyó las
opiniones filosóficas y religiosas más tarde, en
The Structure of Scientific Revolutions (1962).
Ciñéndose, en 1958, al ámbito
británico, Westfall repasaba, en Science and Religion in
Seventeenth-Century England, una excelsa galería de
retratos, figuras para quienes la ciencia que cultivaban no era
otra cosa que una exigencia de la fe profesada. Centrándose
en otra fuente de polémica, el relato genesíaco de la
creación y los avances de la geología, Charles
Gillispie redacta por entonces su tesis doctoral, Genesis and
Geology. A Study of Scientific Thought, Natural Theology,
and Social Opinion in Great Britain, 1790-1850. Reimpresa en
1996, apareció con un nuevo prólogo de Nicolaas A.
Rupke y un nuevo prefacio del autor, donde ponía de
manifiesto la debilidad del planteamiento dicotómico de la
historia de la ciencia y la religión en el enfrentamiento
entre las distintas teorías sobre la formación de la
Tierra (neptunistas, plutonistas) y la defensa, por Charles Lyell,
de la tesis gradualista y su oposición a los postulados
evolutivos. A propósito de éstos, Greene, a finales
de los cincuenta también, resaltaba, en The Death of
Adam: Evolution and Its Impact on Western Thought, el trasfondo
religioso de quienes compaginaban su fe en la providencia divina y
su adscripción a la teoría de Darwin, como el
botánico norteamericano Asa Gray.
Justamente por entonces entrega a la imprenta Natural Law and
Divine Miracle: The Principle of Uniformity in Geology, Biology,
and Theology (1959), uno de los que andando el tiempo
sobresaldrían en el campo de la investigación de las
relaciones entre ciencia y religión, Reijer Hooykaas.
Defenderá más tarde el origen calvinista de la
ciencia, y sostendrá que la naturaleza, identificada con la
creación, era la obra de Dios que cumplía al hombre
conocer, domeñar y transformar. Desde el lado
católico, Stanley Jaki encadenará una larga serie de
trabajos sobre la historia de las relaciones entre ciencia y fe,
tomando por guía a Pierre Duhem, físico e historiador
de la física que sacó a la luz las raíces
medievales de la mecánica moderna.
En 1986 se produce un punto de inflexión en la
historiografía. Se rebaten los errores reiterados de Draper,
White y Tyndall. En una obra sin contrarréplica y coordinada
por los historiadores David C. Lindberg y Ronald L. Numbers, God
and Nature. Historical Essays on the Encounter between Christianity
and Science, se enmarca desde el propio subtítulo el
enfoque a considerar. Los capítulos que la componen abarcan
las relaciones entre teología y ciencia desde la Iglesia
primitiva hasta el siglo XX. Habrá que esperar un decenio y
medio para que aparezca una obra similar ahora temática
(The History of Science and Religion in the Western Tradition:
An Encyclopaedia, dirigida por Gary B. Ferngren, Edward J.
Larson, Darrel W. Amundsen y Anne-Marie E. Nakhla). En ese
intervalo, sin embargo, maduran los trabajos de Ian Barbour,
referente de los planteamientos actuales.
Barbour irrumpe en escena en 1966, con un primer texto
histórico-metodológico sobre los supuestos a
priori en la epistemología de la ciencia y de la fe:
Issues in Science and Religion. Pero hasta 1988 no introdujo
los cuatro enfoques que se habían seguido a lo largo de la
historia para abordar las relaciones entre ciencia y
teología, tipología que se ha convertido en
canónica, con variantes, modificaciones e incluso
discrepancias aparentes. Esas cuatro posturas son de conflicto,
independencia, diálogo e integración.
Reelaboró esa clasificación en diversas ocasiones
hasta llegar a la recogida en Nature, Human Nature, and God.
Recapitula aquí también su visión
teológica de la evolución, la genética, las
neurociencias, la naturaleza de Dios y la bioética.
Según Barbour, conciben antagónicas la fe y
la ciencia los partidarios de la interpretación literal del
relato del Génesis (creacionistas fundamentalistas, un
movimiento restringido a los Estados Unidos) y los defensores del
materialismo científico que declaran la incompatibilidad
entre evolución y fe. Abogan por la tesis de la
independencia los que confinan religión y ciencia a
sendos compartimentos estancos, distintos y complementarios. La
ciencia se ocuparía del cómo operan las cosas del
mundo y descansaría en datos objetivos y públicos, en
tanto que la religión se ceñiría al
ámbito de los valores y al significado de la vida personal.
No hay conflicto, pero tampoco una interacción constructiva
entre ambos dominios; cada una posee sus propios métodos y
su lenguaje genuino. Esta tesis la ha divulgado entre nosotros el
paleontólogo S. J. Gould con su teoría de los dos
magisterios. Se busca el diálogo entre la ciencia y
la religión cuando se investigan zonas de convergencia en
temas (cuestiones fronterizas), métodos (uso de la
analogía) y conceptos (demostración), sin renunciar a
sus peculiaridades diferenciales genuinas. Por último, la
integración se ha entendido en el sentido de una
teología natural, que encuentra en la ciencia una prueba (o
un indicio sugerente al menos) de la existencia de Dios, o en el
sentido de una compatibilidad flexible de contenidos. La
integración podría asimilarse a lo que otros llaman
interacción.
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