John Barrow y el principio cosmológico
antrópico
Carlos A. Marmelada
carlosalbertomarmelada@yahoo.es
El físico John D. Barrow ha sido el ganador el año
2006 del sustancioso Premio Templeton, dotado con 1,15 millones de
euros. Sir John Templeton creó la fundación que lleva
su apellido con la finalidad de fomentar el conocimiento de las
realidades espirituales. De hecho, en los últimos
años el Premio se ha venido otorgando a personas que han
contribuido al diálogo entre ciencia y religión. Por
ejemplo, en 2004 se concedió al cosmólogo George
Ellis por su principio antrópico cristiano, según el
cual Dios creó el universo para que existieran seres
inteligentes, responsables y libres que fueran capaces de amar, y
así hacer partícipes de sus cualidades más
excelsas a algunas criaturas (idea que, por otra parte, tiene
siglos de historia en la tradición cristiana).
John Barrow, nacido en Londres en 1952, se doctoró en
Oxford en 1977. Después colaboró con los
departamentos de Física y Astrofísica de la
Universidad de Oxford y de la de California en Berkeley. En 1999
pasó a ser catedrático de matemáticas y de
física teórica en la Universidad de Cambridge. Ese
mismo año obtuvo la Kelvin Medal de la Royal Glasgow
Philosophical Society. También ha recibido otros
galardones.
Autor de 17 libros y 400 artículos, Barrow ha hecho un
gran esfuerzo por divulgar las ideas científicas, intentando
que las más complejas teorías de la cosmología
actual puedan ser accesibles a un público amplio. Entre sus
libros destacan La mano izquierda de la creación
(1983), El Principio Cosmológico Antrópico
(1986; con Frank Tipler), Teoría del todo (1991),
El universo como obra de arte (1995), El libro de la
nada (2000) y Las constantes de la naturaleza (2002,
traducido hace poco al español).
Antes de doctorarse en Astrofísica, Barrow se
graduó en matemáticas, lo que se refleja en sus
obras. Una de ellas se titula ¿Por qué el mundo es
matemático? (1992), pregunta que no es baladí: al
fin y al cabo, los números son un constructo de la mente
humana y no objetos que estén entre las cosas materiales del
universo. En el seno de un optimismo pitagorista, Barrow cierra
Las constantes de la naturaleza afirmando, precisamente, que
los números son el molde con el que se da forma al universo,
los códigos de barras de una realidad última que nos
permitirá desvelar el secreto del universo... algún
día.
Constantes con los valores adecuados
Una de las razones por las que Barrow ha recibido el Premio
Templeton es su contribución al desarrollo del principio
cosmológico antrópico. Aunque ya Robert W. Dicke
sugirió en 1961 algunas ideas que apuntaban en esta
dirección, fue el astrofísico Brandon Carter quien,
en 1974, propuso una de las primeras formulaciones de este
principio cuando habló de ello en Cracovia, durante una
conferencia que impartió en el marco de la
celebración del 500 aniversario del nacimiento de
Nicolás Copérnico.
El principio antrópico parte de la reflexión sobre
lo delicadas que son las condiciones necesarias para que haya vida
en el universo, y de la admiración ante el hecho de que la
vida no habría podido aparecer si alguna de las constantes
de la naturaleza tuviera un valor ligeramente distinto (ver
Aceprensa 162/03). Por ejemplo: si la gravedad fuera un poco
más intensa, las estrellas se consumirían antes y no
podrían tener planetas que pudieran albergar la vida, ni
habría habido tiempo para sintetizar el carbono (tan
esencial para la vida, tal como la conocemos actualmente); y si
fuera más débil, el universo se habría
expandido aún más aceleradamente y no se
habrían podido formar ni galaxias ni estrellas, con lo que
la vida también sería imposible. Los ejemplos en este
sentido podrían multiplicarse.
Así, algunos cosmólogos se plantean si no
será que el universo está hecho para que nosotros
vivamos en él. En principio, los científicos son de
la opinión de que las constantes de la naturaleza han de
tener el mismo valor en todo tiempo y lugar. Pero empieza a verse
claro que hay constantes que podrían tener valores distintos
a los que tienen actualmente. Ahora bien, también sabemos
que “cambios muy pequeños en muchas de nuestras
constantes harían la vida imposible”, afirma Barrow en
Las constantes de la naturaleza. Entonces surge la pregunta:
¿por qué el universo es como es?; ¿por
qué, teniendo infinitas posibilidades, el universo toma la
forma exacta que permite que podamos existir? Esta reflexión
lleva a algunos cosmólogos, como Barrow, a la idea de un
universo antrópico; es decir: el universo es como es para
que pueda albergar observadores, vida inteligente.
Cuatro formulaciones
Hay varias formulaciones de este principio. Según el
llamado principio antrópico fuerte, el universo (y con
él, el valor de todas las constantes de la naturaleza) debe
ser de tal manera que admita la existencia de observadores
inteligentes dentro de él en alguna etapa de su desarrollo.
Es decir: el universo existe para que, en algún lugar
y tiempo, haya seres inteligentes que se pregunten por él.
Esta formulación no suele agradar a la mayoría de los
cosmólogos, pues arguyen que es demasiado comprometida:
sostienen que se trata de un argumento teleológico que
explica los fenómenos por sus fines y no de un argumento
deductivo que los explicaría por sus causas, como es
más propio de la ciencia natural.
El principio antrópico débil sostiene que las
condiciones iniciales del universo, así como sus leyes, han
de ser compatibles con la existencia de observadores inteligentes.
Algunos científicos han calificado esta proposición
de tautológica; otros, como Stephen Hawking, reconocen
“la utilidad de algunos argumentos antrópicos
débiles”. Sea como fuere, no deja de tener sentido la
pregunta: ¿por qué estamos aquí? Dicho de otra
forma: ¿El universo sólo puede existir con estas
leyes de la naturaleza? Tanto si la respuesta es sí, como si
es no, desde el punto de vista científico desconocemos el
porqué. Por ello Barrow insiste en que el principio
antrópico no es una teoría científica, sino un
principio metodológico.
Pero existen dos formulaciones más: una es el principio
antrópico participativo, sugerido por John A. Wheeler, el
científico que acuñó el término
“agujero negro”. Su propuesta es una de las
fórmulas más especulativas del principio. Wheeler se
pregunta si no serán los observadores unos seres necesarios
para la existencia del universo. La otra formulación es el
principio antrópico final, propuesta por Barrow y Frank J.
Tipler, quienes sugieren que una vez ha surgido la vida en el
universo no desaparecerá nunca más, si bien
deberá tratarse de una forma de vida tan pequeña como
permitan las leyes de la física.
Si bien estas propuestas son objeto de distintas
críticas, muestran que existe un buen puñado de
cosmólogos (de talante intelectual muy variado) que, de un
modo u otro, resaltan el importante papel del hombre en el cosmos.
Entre ellos está Barrow quien, si bien es cierto que
como científico es “teológicamente”
neutral, deja traslucir una cierta simpatía por una lectura
teísta del cosmos en el marco del diseño inteligente,
uno de los factores que le han valido el Premio Templeton.
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