La articulación de ciencia y
filosofía
Seminario Sección Filosofía, Universidad de
Navarra, 1995
Mariano Artigas
Texto inédito.
Uno de los problemas principales de la cultura actual es la
falta de integración de las ciencias y las humanidades. Se
trata de una enfermedad que, a estas alturas, puede considerarse
crónica. Se remonta, en efecto, al nacimiento mismo de la
ciencia experimental moderna en el siglo XVII, ya que la nueva
ciencia se presentó, desde el primer momento, como
adversaria de la filosofía natural anterior, a la que
pretendía sustituir. El ulterior progreso de las ciencias
fortaleció la convicción de que, por fin, se
disponía de un conocimiento objetivo y fiable que, al menos
en estos aspectos, superaba con creces el estatuto de las
interpretaciones filosóficas, múltiples y en liz
permanente. Durante mucho tiempo todavía coexistieron las
ciencias y la filosofía en un mutuo respeto e
interés, pero el idealismo por un extremo y el positivismo
por el otro expresaron y favorecieron, en el siglo pasado, la
fragmentación entre dos mundos prácticamente
incomunicados.
En la actualidad parecen darse las condiciones apropiadas para
un diálogo fecundo entre las dos perspectivas. Por ambas
partes se ha adquirido mayor conciencia de las respectivas
competencias y límites, y por doquier se oyen invitaciones a
practicar una interdisciplinariedad que resulta indispensable para
plantear rigurosamente los problemas. Sin embargo, esa tarea no es
fácil, al menos si se desea conseguir algo más que
una amalgama de puntos de vista dispares. Pero la tarea es
importante e incluso urgente, especialmente para quienes advierten
que la unidad del saber es algo más que la guinda de la
tarta intelectual.
Tampoco se trata de repartir equitativamente la tarta, sino de
fabricarla. Para ello, la primera precaución consiste en
salvar los obstáculos que impedirían cualquier
diálogo fecundo. Me referiré brevemente a una
posición extrema que reclama para sí el monopolio de
la tarta: el cientificismo.
Oficialmente el cientificismo está muerto y enterrado. El
programa neopositivista fracasó. Se ha tomado clara
conciencia de los límites de las ciencias. La
epistemología actual reconoce la existencia de componentes
históricos, sociológicos y culturales de la actividad
científica. Sin embargo, el cientificismo está
renaciendo de sus cenizas ahora mismo, delante de nuestros
ojos.
El renacimiento del cientificismo es, en ocasiones, virulento.
Tal es el caso, por ejemplo, de Francis Crick, merecidamente
célebre por su descubrimiento, junto con James Watson, de la
estructura en doble hélice del ADN en 1953. Este premio
Nobel se ha dedicado en los últimos años al estudio
del cerebro y la consciencia, y ha publicado recientemente un libro
que, en su edición española, se titula La
búsqueda científica del alma1. Expone su tesis, a
la que denomina hipótesis revolucionaria, con estas
palabras: “La hipótesis revolucionaria es que
«Usted», sus alegrías y sus penas, sus recuerdos
y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su
libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto
conjunto de células nerviosas y de moléculas
asociadas. Tal como lo habría dicho la Alicia de Lewis
Carroll: «No eres más que un montón de
neuronas». Esta hipótesis resulta tan ajena a las
ideas de la mayoría de la gente actual que bien puede
calificarse de revolucionaria”2.
Obviamente, se trata de una tesis reduccionista, como el propio
Dr. Crick advierte. Pero no le impresionan los argumentos
filosóficos contrarios. En efecto, afirma que “el
«reduccionismo» es el principal método
teórico que ha guiado el desarrollo de la física, la
química y la biología molecular. Es el principal
responsable de los desarrollos espectaculares de la ciencia
moderna. Es el único modo sensato de proceder hasta que (y a
menos que) nos veamos obligados a afrontar una evidencia
experimental incontestable que nos exija cambiar de actitud. No
sirven aquí los argumentos filosóficos generales en
contra del reduccionismo”3. Ante esta negativa, parece inútil
el diálogo, por muy serios que sean los argumentos
filosóficos. Además, el Dr. Crick se refiere a los
filósofos en los términos siguientes: “el
estudio de la consciencia es un problema científico... Los
filósofos han obtenido unos resultados tan pobres durante
los últimos dos mil años que más les
valdría mostrar algo de modestia en lugar de esa arrogante
superioridad que normalmente exhiben... tienen que aprender a
prescindir de sus teorías favoritas cuando la evidencia
científica las contradice, so pena de ponerse en
ridículo ellos mismos”4.
Se trata de una actitud que podría calificarse como
terrorismo intelectual, que en nada beneficia al
diálogo entre ciencia y filosofía. Podríamos
pasarla por alto, aunque sería ingenuo no atribuirle ninguna
importancia, porque su influencia se deja sentir tanto en la
opinión pública como en las reuniones de
especialistas que estudian esos temas en la actualidad.
El cientificismo también se encuentra presente hoy
día en una versión mucho más sofisticada que,
de entrada, no tiene un carácter combativo; más bien
se presenta como el nuevo paradigma post-positivista en la
filosofía de la ciencia. Si se debiera etiquetar a ese nuevo
paradigma, el título más adecuado sería,
probablemente, el de naturalismo.
No es fácil describir en pocas palabras el naturalismo,
porque existe toda una familia de posiciones que se auto-denominan
«naturalistas». Sin embargo, su denominador
común puede resumirse en dos tesis: la tesis
continuista y la tesis fisicalista.
Según la tesis continuista, existe una
continuidad sin rupturas ni huecos, tanto en la realidad como en
nuestro conocimiento de ella. En el ámbito
ontológico, se afirma la continuidad entre todo lo que
existe en la realidad. En el metodológico, se afirma la
continuidad entre las modalidades de nuestro conocimiento de la
realidad.
La tesis fisicalista afirma la primacía del
nivel físico fundamental. En el ámbito
ontológico afirma que la realidad consta, ante todo, de
sistemas, propiedades, procesos o eventos físicos, y que
cualquier otra dimensión de la realidad depende de ese nivel
fundamental. En el ámbito metodológico, afirma que
cualquier nivel de la realidad sólo puede comprenderse
analizando sus relaciones con el nivel físico
básico.
Una consecuencia de la unión de esas dos tesis es la
negación de la metafísica espiritualista, que
supondría reconocer unas discontinuidades que el naturalista
considera infundadas e ilegítimas.
El naturalismo reduccionista se encontraba asociado al
neopositivismo y a la filosofía de la ciencia que
predominó hasta la década de 1950. El neopositivismo
propugnó una ciencia unificada basada en el
fisicalismo. Todo conocimiento válido debería
reducirse a un lenguaje fisicalista que, a su vez, se
reduciría al lenguaje de la experiencia sensible. Es sabido
que este programa fracasó, a pesar de los sucesivos cambios
que se introdujeron en el criterio empirista de
significación. Ni siquiera la física podía
encuadrarse en los estrechos moldes del fisicalismo reduccionista.
Sin embargo, la tesis fisicalista ejerció un amplio influjo
y el cientificismo que implica ha representado un pesado lastre que
ha condicionado en gran medida el desarrollo de la
epistemología contemporánea.
El nuevo paradigma naturalista se presenta, en cambio, como un
naturalismo no reduccionista, que admite la existencia de
diferentes niveles tanto en la naturaleza como en las ciencias, y
renuncia a reducirlos a un nivel básico. Este paradigma se
encuentra ampliamente difundido, frecuentemente bajo el
título de fisicalismo no reduccionista. En una amplia
antología, publicada recientemente por el MIT y que se
ofrece como material para una gran variedad de cursos de
filosofía de la ciencia, se afirma que, después de
haberse roto el consenso en torno al paradigma inspirado por el
positivismo, “hasta hace poco no había emergido un
nuevo consenso en la filosofía de la ciencia”, se
añade que “ha emergido un nuevo consenso
«post-positivista»”, y se precisa que el nuevo
consenso no se refiere a una concepción filosófica
particular, sino más bien a los problemas que deben ser
explicados por la filosofía de la ciencia y a los grandes
rasgos de las opciones relevantes. En su explicación
detallada del nuevo paradigma, se advierte que uno de los conceptos
que aparecen con más frecuencia es el de
«naturalismo»5.
En el nuevo paradigma, se mantienen las tesis básicas del
naturalismo, y se intenta apoyarlas en una perspectiva que evite
los inconvenientes del reduccionismo. El campo principal de estudio
es el antropológico; en efecto, se presta una
atención muy especial a la explicación de la persona
humana y de su actividad en términos de sus componentes
físicos. Las explicaciones naturalistas se relacionan
estrechamente, como es obvio, con el evolucionismo, ya que
se afirma insistentemente que la peculiar organización de la
naturaleza puede explicarse completamente mediante la
combinación de mutaciones aleatorias y selección
natural; y también utilizan los progresos de las diferentes
ramas de la biología (la genética, la
neurofisiología, etc.), para mostrar que las explicaciones
naturalistas no requieren ningún tipo de complemento. Aunque
más moderado en la forma, este nuevo paradigma sostiene
básicamente las mismas ideas que el Dr. Crick.
Ante el naturalismo pueden adoptarse tres posiciones. La
primera consiste en achacar a la ciencia los defectos del
cientificismo, confundiendo la ciencia con sus interpretaciones
naturalistas. La segunda lleva a desentenderse de la
ciencia, considerándola como un saber superficial e incapaz
de proporcionar elementos importantes para la reflexión
filosófica. Me parece que, en ambos casos, se incurre en el
extremo contrario al cientificismo, o sea, una especie de
filosofismo que, aunque manifieste verbalmente un
interés por las ciencias, en la práctica prescinde de
ellas o las interpreta de un modo demasiado parcial. Este camino
tampoco ayuda a integrar las ciencias y la filosofía:
más bien perpetúa equívocos y se priva de una
importante fuente de inspiración filosófica, puesto
que las ciencias nos proporcionan en la actualidad una gran parte
de lo que sabemos acerca del mundo y de nosotros mismos.
Es posible adoptar una tercera actitud: respetar a las
ciencias, conocer sus logros, y procurar integrarlos en una
reflexión filosófica rigurosa. Probablemente,
estaremos de acuerdo en que esa es la actitud correcta. Sin
embargo, no es fácil llevarla a la práctica, aunque
sólo sea por la dificultad que conlleva el conocimiento
actualizado de los logros científicos, que tienen un
carácter muy especializado y se encuentran en continua
evolución.
No pretendo simplificar estas dificultades, que son reales y
podrían ampliarse más aún si se examinasen
otros aspectos del problema. Me limitaré en cuanto sigue a
ilustrar un modo de abordarlas, que me parece interesante,
fructífero y factible. Debido a las limitaciones de tiempo,
sólo lo ilustraré de modo genérico, pero puede
ser desarrollado ulteriormente aplicándolo a diferentes
ámbitos de problemas.
Para mayor claridad, sintetizaré mi propuesta en la tesis
siguiente: la ciencia experimental se basa en unos supuestos
filosóficos que son retro-justificados, ampliados y
precisados por el ulterior progreso científico.
Que la ciencia se base en unos supuestos que caen fuera de su
propio método y que, sin embargo, resultan indispensables
para su existencia, se comprende sin gran dificultad. Es admitido
incluso por autores que adoptan posiciones cientificistas. Sin
embargo, significa realmente que el cientificismo es insostenible,
porque apunta hacia la existencia de un ámbito que la
ciencia debe admitir aunque no pueda estudiarlo
temáticamente. Una vez que esto se admite, si se lleva a sus
consecuencias lógicas, el cientificismo cae por su base.
Pero, ¿cuáles son esos supuestos
filosóficos? Aunque parezca extraño, esta importante
pregunta ha recibido poca atención hasta ahora. Algunas
respuestas, como la kantiana, dependen excesivamente de un
planteamiento demasiado alejado de la ciencia real. Es frecuente,
por otra parte, que se aluda a los supuestos de la ciencia como de
pasada, sin examinarlos con detenimiento. Apenas existen
análisis que puedan servirnos como una guía fiable
para adentrarnos en ese examen. Personalmente, me he ocupado
durante varios años de este tema, pero sólo he
conseguido ver su importancia y advertir sus líneas
básicas. A ellas me referiré a continuación,
de manera forzosamente sucinta.
Aclararé ante todo que no consideraré los
supuestos específicos de disciplinas y teorías
particulares, que sin duda existen, tienen gran interés y
merecen estudios detallados, sino sólo los supuestos
generales de la ciencia experimental en su conjunto, que
abarcan a todas y cada una de sus partes.
Esos supuestos generales son de tres tipos, porque se refieren a
tres niveles de la ciencia: la actividad científica
como una actividad humana que se propone unos objetivos
determinados, los métodos utilizados para llegar a
esos objetivos, y los resultados que se obtienen al aplicar
esos métodos. Los supuestos del primer nivel pueden
denominarse antropológicos, los del segundo
epistemológicos, y los del tercero
ontológicos. Por supuesto, los tres niveles de la
ciencia se encuentran no sólo relacionados, sino
interpenetrados, y algo semejante ocurre con sus respectivos
supuestos: hasta tal punto que una de las mayores dificultades para
estudiarlos consiste en determinar el orden en que los
consideramos, ya que cada nivel pone de algún modo en juego
los otros dos y es difícilmente comprensible sin ellos. En
estas circunstancias, seguiré el orden que me parece
más inteligible: comenzaré por el nivel
epistemológico, porque lo que mejor conocemos acerca de la
ciencia es su método, para considerar en segundo lugar el
nivel ontológico y, por fin, el antropológico.
En el nivel epistemológico, el método
científico comprende dos momentos diferentes: la
construcción de las leyes o teorías, y la
comprobación de su validez (que suelen denominarse
«contexto del descubrimiento» y «contexto de
justificación»). Prescindo de las discusiones acerca
de la relevancia del primer nivel (me parece que con frecuencia se
minusvalora su importancia). Lo que aquí interesa subrayar
es que este nivel supone, como condición de
posibilidad, la existencia de una racionalidad que, por
una parte, permite utilizar los recursos lógicos y
gnoseológicos típicos del conocimiento humano en
general, y por otra, añade unos procedimientos
específicos que en muchos casos son enormemente
sofisticados. No sólo se recurre, como en cualquier otro
ámbito, a la capacidad argumentativa con todo lo que
ésta implica; se recurre, además, a la
construcción de modelos que suelen referirse a aspectos de
la realidad que se encuentran muy alejados de la experiencia, y a
métodos muy complejos y sin embargo fiables que permiten
comprobar la validez de esos modelos. Basta asomarse a reportajes
medianamente serios sobre los trabajos de la ciencia actual para
advertir que la racionalidad científica es, hoy día,
una manifestación impresionante de nuestras capacidades
cognoscitivas, implicando, en muchos casos, la invención de
métodos muy sofisticados que permiten abordar el estudio
riguroso de problemas muy complejos. Por tanto, el progreso
científico retroactúa sobre el supuesto
epistemológico (la racionalidad), mostrando que su alcance
es mucho mayor de lo que se suponía.
En el nivel ontológico, los resultados de las
ciencias nos permiten en la actualidad, por vez primera en la
historia, formular una cosmovisión
científica que, sin ser exhaustiva, puede considerarse,
sin embargo, completa, porque comprende todos los niveles de la
naturaleza, desde el microfísico hasta el
astrofísico, pasando por los vivientes, y además
permite relacionar entre sí todos los niveles en una imagen
unitaria y coherente. Cuando se dice que la ciencia actual
está desorientada, porque no acierta a representar
claramente el mundo microfísico, o porque (tal como dicen
quienes hablan de una «ciencia postmoderna») se ha
abandonado la esperanza de obtener conclusiones ciertas, no se sabe
realmente lo que se dice. En la actualidad, la ciencia está
consiguiendo unos resultados que no sólo son notables en
sí mismos: nos permiten por vez primera, repito, elaborar
una representación completa y unitaria de la naturaleza. En
este nivel, la condición de posibilidad es la
existencia de un orden natural que pueda ser investigado
racionalmente. También aquí, el progreso
científico retroactúa sobre este supuesto, y de
una manera notable: en efecto, conocemos hoy día la
organización de la naturaleza, desde el nivel
microfísico. La naturaleza posee múltiples niveles en
cada uno de los cuales un dinamismo propio se despliega entrelazado
con pautas espacio-temporales, a través de una enorme
cantidad de procesos de modelización. El funcionamiento de
la naturaleza muestra la cooperación de los diferentes
niveles, que pone en juego múltiples modalidades de
información que se almacena, se despliega, se integra.
En el nivel antropológico, la ciencia es una
actividad humana dirigida hacia la obtención de un
conocimiento de la naturaleza que pueda someterse a control
experimental. Se inserta dentro de las dos grandes modalidades de
nuestra actividad: la búsqueda teórica de
conocimiento y el dominio controlado de las circunstancias de
nuestra vida. Combina ambos aspectos en una síntesis
peculiar que constituye uno de los avances más notables de
la historia humana. En este nivel, la condición de
posibilidad es la existencia de un sujeto con unas
capacidades e intereses tales como los que se ponen en juego en la
ciencia. Y de nuevo, el progreso retroactúa sobre ese
supuesto: en efecto, muestra en un grado notabilísimo
las virtualidades humanas y los resultados que su ejercicio permite
conseguir. El progreso científico es hoy día una de
las manifestaciones más patentes de la singularidad
humana.
Como ya advertí, sería posible y deseable
explicitar más los supuestos e implicaciones a los que acabo
de aludir. Pero lo dicho basta para extraer algunas consecuencias
acerca del naturalismo y de las relaciones entre las ciencias y la
filosofía.
Con respecto al naturalismo, puede advertirse que su
significado anti-metafísico proviene, como ya
señalé, de la combinación de la tesis
continuista con la tesis fisicalista. Las reflexiones
que he expuesto permiten salvar la primera y mostrar la falsedad de
la segunda. En efecto, la tesis continuista, que es la que
proporciona al naturalismo su plausibilidad, responde a una
exigencia racional auténtica; pero la interpretación
fisicalista le añade un componente que falsea el alcance de
dicha exigencia. Aunque se niegue verbalmente el reduccionismo, se
acepta que la naturaleza no es nada más que lo
físico, o lo material, o lo que puede comprobarse
científicamente, o lo que puede ser estudiado de acuerdo con
el método científico. Una posición de este
tipo siempre es un nadamasquismo (en inglés, de
«nothing but», sería un
«nothingbutism»).
Pero, ¿se puede sostener seriamente hoy día que en
la realidad física, química o biológica haya
algo más que dimensiones físicas, químicas o
biológicas?, ¿volvemos a las cualidades ocultas que
ya fueron desechadas hace siglos, o vamos a introducir otras nuevas
con una fachada puesta al día?
Se puede sostener seriamente hoy día que en la realidad
física, química o biológica haya algo
más que dimensiones físicas, químicas o
biológicas. Hay, precisamente, realidad. He afirmado
que las ciencias se apoyan en unos supuestos ontológicos, y
entre ellos he destacado la existencia de un orden natural
que pueda ser investigado racionalmente. Probablemente nos fijamos
sobre todo en el «orden», la organización, la
racionalidad. Pero se trata, ante todo, de una naturaleza que
existe realmente. No podríamos hacer física,
química ni biología sin esa naturaleza que existe y
funciona miles de millones de años antes de que existiera
nuestra ciencia. Más aún: las leyes, que forman el
eje de la ciencia, no existen fuera de nuestra mente y de los
libros de ciencia. Lo que realmente existe son entidades que poseen
un dinamismo, y que despliegan sus virtualidades en función
de las circunstancias concretas (o sea, de la presencia de otras
entidades con sus respectivos modos de ser y dinamismos): a partir
de ahí, formulamos leyes que resumen esos comportamientos
para circunstancias específicas. Lo que es una
abstracción es nuestra ciencia. En esas condiciones,
preguntarse si existe algo más que lo descrito por la
ciencia resulta grotesco. Algo semejante a lo que estoy diciendo ha
sido expresado por Stephen Hawking cuando, en un momento de lucidez
filosófica, se pregunta: ¿qué es lo que
infunde fuego a las ecuaciones? En realidad, ese
«fuego» es anterior, y las ecuaciones, que para Hawking
parecen poseer las virtualidades de la lámpara de Aladino,
las hemos inventado nosotros y dependen de nuestro modo de
conocer.
En pocas palabras: la ciencia supone una
ontología. Probablemente ya lo sabíamos, pero
este rodeo no es superfluo, ya que nos permite clarificar
qué significa ese supuesto, y concluir que el fisicalismo es
insostenible. O sea, que la realidad física,
química o biológica no se reduce a la física,
a la química o a la biología: es, ante todo, una
realidad y, por tanto, algo que posee un ser y uno (o
muchos) modos de ser. A partir de ahí, podemos
desarrollar una ontología que reflexiona sobre las
dimensiones de la realidad que las ciencias suponen pero no
estudian temáticamente. Esa reflexión no
añadirá nada a las ciencias en su propio nivel, pero
proporcionará el marco donde se pueden plantear
rigurosamente los problemas filosóficos, evitando el
camuflaje cientificista.
Estas consideraciones nos permiten formular tres
consecuencias que tienen interés para la
articulación general de las ciencias y la
filosofía.
La primera consecuencia es que la ciencia experimental no
se opone a las capacidades del conocimiento ordinario ni a
los resultados que por medio de ellas se consiguen: más bien
los supone, los amplía y, eventualmente, los precisa. Aunque
esta conclusión pueda parecer obvia, tiene gran
interés. En efecto, el conocimiento ordinario constituye la
base principal de la reflexión filosófica, y no pocas
veces se pone en entredicho argumentando que la ciencia
conduciría a una especie de ontología de segundo
grado que no podría ser juzgada mediante los
cánones ordinarios y que sería capaz de oponerse a
cualquier conclusión pre-científica, por evidente que
ésta fuese. De ahí resulta una minusvaloración
de la metafísica, ampliamente extendida en la actualidad.
Nuestras reflexiones permiten advertir lo infundado de tal
posición, y proporcionan importantes refuerzos para el
enfoque metafísico.
La segunda consecuencia se refiere a la
autonomía de la ciencia, que queda situada en sus
dimensiones reales: significa que sólo sus métodos
específicos permiten conseguir los objetivos de la actividad
científica, y que la validez de los resultados de la ciencia
sólo puede ser juzgada directamente de acuerdo con sus
cánones propios; pero esa actividad científica
utiliza implícitamente unos supuestos que tienen una clara
carga filosófica. Por tanto, así como sería
errónea la pretensión de completar la ciencia en su
propio terreno mediante consideraciones filosóficas, la
reflexión filosófica puede, en cambio, poner de
manifiesto la insuficiencia de algunas interpretaciones que, en
ocasiones, se presentan como científicas pero en realidad
traspasan los límites de la ciencia.
La tercera consecuencia es que la ciencia, si bien puede
prescindir de la filosofía en su nivel
temático propio, tiene unos supuestos filosóficos sin
los cuales no sería posible su existencia, y además
su progreso plantea implicaciones filosóficas del
mayor interés. Por tanto, la actitud del filósofo que
ignora sistemáticamente los logros de la ciencia o se limita
a una recolección episódica y anecdótica de
algunos de ellos, impide a la filosofía plantearse
importantes problemas o, al menos, plantearlos en el contexto y con
los datos que permiten el estado actual de los conocimientos
científicos.
Esta última consideración nos sitúa ante
un problema que interesa sobremanera al filósofo. En
efecto, no es fácil en la actualidad disponer de un
conocimiento actualizado del progreso científico en un nivel
especializado. Ni siquiera a los físicos que trabajan en un
área concreta les resulta fácil, por ejemplo, estar
al día del trabajo de sus colegas físicos de otras
áreas, por no referirnos a quienes trabajan en otras
ciencias como la química o la biología. Tampoco
parece lógico que las reflexiones filosóficas
dependan de unas bases que, por muy fiables que sean, están
en continua evolución. Me referiré, a modo de
conclusión, a estas dos dificultades.
La primera dificultad se refiere a un problema de orden
práctico. El conocimiento de las ciencias exige, sin duda,
un trabajo suplementario. Es imposible estar al día del
progreso científico sin un esfuerzo que se añade al
trabajo de la propia área. Sin embargo, el filósofo
con frecuencia realiza esfuerzos semejantes cuando se introduce en
un nuevo ámbito como la empresa, la lógica modal o,
simplemente, el estudio de un nuevo autor o de obras escritas en un
nuevo idioma. Por otra parte, no se necesita estar al día de
cada detalle, a no ser que se investiguen áreas muy
especializadas. Y hoy día existen excelentes trabajos que
proporcionan los datos necesarios, de modo asequible, aunque
siempre se requiera un cierto esfuerzo como sucede con cualquier
otro tipo de investigación.
La segunda dificultad apunta hacia un problema que no es
exclusivo de la ciencia. En efecto, en cualquier problema
filosófico podemos distinguir un núcleo que
tiene una vigencia perenne o al menos larga, y unas
circunstancias contingentes que condicionan los
planteamientos y soluciones concretos.
No me parece arriesgado sostener que existe un conjunto de
problemas filosóficos que tienen un carácter perenne,
de modo que siempre deberán ser considerados, formulados y
resueltos, sin que pueda llegarse a agotarlos o a darlos por
definitivamente zanjados. Incluso puede decirse, aunque soy poco
amigo de hablar acerca de leyes de la historia, que las soluciones
que esos problemas reciben en las diferentes épocas oscilan
como si se tratase de un movimiento pendular que va de un extremo a
otro pasando siempre por el centro (y, en nuestro caso, pasando
también por épocas de desesperanza o
escepticismo).
Los problemas se plantean en cada época de acuerdo con
las circunstancias sociológicas y culturales, que influyen
realmente en el planteamiento mismo de los problemas y en sus
posibles soluciones, porque no podemos sustraernos a la historia
individual y colectiva. El desarrollo de la historia provoca,
incluso, que surjan problemas realmente nuevos o, al menos,
circunstancias que afectan decisivamente a la formulación de
los problemas. Basta pensar, por ejemplo, en la filosofía de
la ciencia y en los problemas de la filosofía de la
naturaleza que de ella dependen, que son prácticamente
todos. Sería ilusorio pretenden abordar estos problemas
recurriendo exclusivamente a conceptos antiguos, sin tener en
cuenta que la ciencia experimental moderna no nace
sistemáticamente hasta el siglo XVII, y que su desarrollo
pone en juego virtualidades que anteriormente eran
prácticamente desconocidas. También sería poco
realista plantear esos problemas, y sus correspondientes
prolongaciones metafísicas, sin tener en cuenta la
cosmovisión que las ciencias permiten formular: por ejemplo,
ya he mencionado que, en la actualidad, disponemos por vez primera
de una cosmovisión científica que se extiende, de
modo riguroso y coherente, a todos los niveles de la naturaleza, y
este hecho debe ser tenido en cuenta.
Pensemos, por ejemplo (y es mi última reflexión,
que se refiere a un aspecto importante de las discusiones
actuales), en la explicación de la evolución
mediante la combinación de variaciones al azar y de
selección natural, y en la negación de la
teleología que suele acompañarla. No veo motivo
para negar la evolución, ni tampoco para minusvalorar el
papel del azar y de la selección natural. Me parece que son
aspectos que debe tener en cuenta una reflexión
filosófica rigurosa en la actualidad. Sin embargo,
también me parece que ello no autoriza a prescindir de la
finalidad en el estudio de la naturaleza.
En efecto, son numerosos los autores, también
antifinalistas o simplemente no interesados en el estudio
temático de la metafísica, que afirman una finalidad
natural a la que denominan teleonomía (Jacques
Monod), teleología débil, o de modos
semejantes. Se trata de recoger algo que, hoy día, es un
hecho, a saber: que la organización y funcionamiento
de los vivientes incluye muchos aspectos estrictamente finalistas,
direccionales, y además que esos aspectos poseen un grado
notable de racionalidad. En esas condiciones, puede decirse que
la existencia de la finalidad natural es, en la actualidad, un
hecho, si nos limitamos a considerar la organización y
el funcionamiento de los organismos vivientes.
Los biólogos suelen insistir en opiniones antifinalistas
porque desean resaltar que la evolución no es un
proceso que tienda hacia una meta prefijada de antemano. Suele
darse por supuesto que la existencia de un plan implicaría
un determinismo incompatible con la existencia del azar y de
una creatividad impredecible en la naturaleza. Sin embargo, suele
olvidarse que si se habla de un plan divino que preside el
entero proceso evolutivo, no hay motivo para identificar ese plan
con el determinismo científico. Tomás de Aquino
subraya en varias ocasiones que la providencia divina no
sólo es compatible con la contingencia, sino que ésta
viene exigida, de algún modo, por la perfección total
del universo. Desde una óptica actual, puede afirmarse que
la existencia del hombre es contingente, que no es el resultado
inevitable de los procesos naturales, y al mismo tiempo, que es una
meta prevista por el plan divino. La alternativa entre «el
hombre es el resultado de la ruleta de MonteCarlo» (Monod) y
«Dios no juega a los dados» (Einstein) no es completa.
Es razonable admitir que «Dios juega a los dados, porque
está seguro de ganar» (de Duve): siendo la Causa
Primera que da el ser (y por tanto, el obrar), puede respetar la
causalidad propia de lo natural y a la vez conseguir que se
produzcan los resultados previstos.
La vida que conocemos es un fenómeno altamente
específico y enormemente sofisticado. La evolución
supone un estado primitivo muy específico, en el que
se dan unas potencialidades que, en caso de actualizarse,
conducen a una nueva situación en la que se abren nuevas
potencialidades cuya actualización, a su vez, lleva a una
nueva situación, y así sucesivamente durante miles
de millones de años, para llegar desde las
partículas subatómicas hasta la primera célula
viva y luego hasta los vivientes actuales. Las sucesivas
potencialidades han de estar virtualmente contenidas en
el estado inicial. Las sucesivas actualizaciones dependen de la
coincidencia contingente de condiciones que podían no
haberse dado. Por tanto, se asiste a una combinación muy
sofisticada de condiciones iniciales específicas y de
sucesivas coincidencias de condiciones que hacen posible las
sucesivas morfogénesis. La explicación evolutiva, en
su estado actual, sólo se refiere a algunos aspectos de este
extraordinario proceso.
De hecho, se conoce cada vez mejor la existencia de planes
genéticos que permiten explicar la ontogénesis y
que también permitirán comprender mejor el proceso
evolutivo. Sólo recientemente se ha comenzado a conocer algo
acerca de los genes reguladores que dirigen la
ontogénesis o formación de los nuevos individuos.
Este tipo de conocimientos podría tener importantes
repercusiones en las explicaciones evolucionistas, y parece
probable que se consigan nuevas explicaciones en las cuales la
direccionalidad ocupe un lugar mayor. Ciertamente, se trata
de una direccionalidad que se actualiza o no en función de
circunstancias. El evolucionismo subraya acertadamente la
contingencia de los resultados. Pero se trata de una
verdadera direccionalidad.
Por supuesto, siempre cabe lamentarse ante la vaguedad de las
dimensiones ontológicas: en este caso, del concepto de
finalidad. Pero espero haber mostrado, aunque sucinta y
parcialmente, que es posible determinar con precisión los
diferentes problemas implicados, en nuestro ejemplo, por la
finalidad natural. Sin duda, es deseable realizar un trabajo de
análisis que permita introducir la mayor precisión
posible en cada problema. Quizá no esté de más
señalar, no obstante, que los conceptos filosóficos
no siempre (o quizá casi nunca) podrán ser definidos
de un modo unívoco o, por así decirlo, operacional,
añadiendo que si esto presenta inconvenientes,
también tiene sus ventajas, como las tiene la
«lógica borrosa» que actualmente es objeto
de interesantes estudios e incluso de aplicaciones
tecnológicas. En efecto, los problemas más
interesantes suelen requerir un cierto margen de
interpretación y maniobra. No me resisto a transcribir una
frase que encuentro casi diariamente en un portal de Pamplona, y
que constituye un buen ejemplo de la importancia de la
lógica borrosa. Dice así: «Están
prohibidos todos los ruidos molestos a partir de las 10 de la
noche», y remite a las Ordenanzas municipales,
artículo 82. Es un ejemplo de brevedad teleológica:
al indicar lo que se pretende evitar, la indicación es mucho
más clara que una lista de cosas concretas prohibidas.
Estas consideraciones son sólo un botón de muestra
de la posible articulación entre ciencia y filosofía,
respetando la especificidad de cada perspectiva pero realizando un
esfuerzo serio para conseguir una perspectiva unitaria. No me cabe
duda de que esa tarea es un reto que tiene importantes
consecuencias y que vale la pena de ser asumido, aunque conlleve
esfuerzo y dificultades. Me parece que se trata de uno de los retos
principales de nuestra época, y que sólo puede ser
debidamente atendido en un ambiente, como el nuestro, centrado en
una búsqueda desinteresada del saber y abierto a todos los
aires e influencias positivas, vengan de donde vengan.
Notas
(1) Cfr. F.
Crick, La búsqueda científica del alma. Una
revolucionaria hipótesis para el siglo XXI, Debate,
Madrid 1994.
(2)
Ibid., p. 3.
(3)
Ibid., p. 10.
(4)
Ibid., p. 322.
(5) Cfr. Boyd,
R. - Gasper, P. - Trout, J. D. (eds.), The Philosophy of
Science , The MIT Press, Cambridge (Massachusetts) 1991,
«Introduction», pp. xi-xiv.
|