El alma
Juan Luis Lorda
Profesor de Antropología cristiana, Universidad de Navarra
Publicado en Nuestro Tiempo n. 603 (septiembre 2004), 101-108
Con las grandes
palabras, especialmente si tienen mucho uso, hay que tener cuidado.
Porque a medida que pasan de boca a boca y de mente a mente, se
confunden, pierden sus conexiones con la realidad y flotan en el
mundo de las ideas como globos a la deriva. Sugieren demasiadas
cosas a la vez. Para trabajar con las grandes palabras, hay que
anclarlas en la realidad: acudir a los lugares originales de donde
procede su sentid o.
La palabra alma es una
palabra enorme, un globo gigantesco. Muy venerable, porque
está relacionada con lo más sublime. Pero
también pintoresca, cuando la mentalidad popular se la
representa como un duende dentro del hombre. Una cultura tan
científica como la nuestra no está para duendes.
"Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem"
(Ockham: "no hay por qué admitir más cosas que
las necesarias"). Chesterton o Tolkien protestarían al
unísono, y defenderían también la necesidad de
los duendes, precisamente para contrarrestar una visión
exclusivamente científica del mundo. Pero yo me voy a
limitar a defender la existencia del alma.
Si comenzamos
preguntando por lo que evoca la palabra, flotaremos. Tenemos que
tomar tierra y relacionar la palabra con la realidad. En su
origen, la palabra "alma" está relacionada con
tres experiencias humanas muy importantes. La primera es el
misterio de la vida y la diferencia entre la vida y la muerte.
La segunda es la pregunta por el más allá, y en
concreto por la supervivencia personal. La tercera se
refiere a lo característico del espíritu
humano , a la vida de la inteligencia y al ejercicio de la
libertad y de la creatividad. No se trata de duendes.
La vida tiene una
maravillosa riqueza de propiedades. Hay muchos cuentos donde
los protagonistas se suben a una roca y resulta ser un elefante o
creen llegar a una isla y se encuentran sobre el caparazón
de una tortuga. Desde luego, en los cuentos y en la realidad, hay
mucha diferencia entre subirse a un montón de tierra o a un
elefante. El elefante o la tortuga pueden hacer cosas que no cabe
esperar de la montaña o la isla.
El niño que
está entusiasmado con su perrito se llevará un
disgusto terrible si se le muere: se acabaron los juegos, se
acabó el correr, se acabó esa mirada y los saltos de
alegría cuando vuelve a casa. Al tocar el cuerpo frío
del animal, notará la diferencia. Se asomará a la
tragedia de la muerte, a esa amenaza tan tremenda para lo vivo. El
cuerpo inmóvil que tiene delante, parece el mismo, pero ya
no es el mismo. Ha dejado de estar animado: ha perdido la vida.
En este primer sentido, alma es lo mismo que
animación. Todo lo vivo está
"animado". Es lo que se ve a simple vista.
Como vivimos en una
sociedad ilustrada por los conocimientos científicos, ya no
podemos quedarnos con lo que se ve a simple vista. Sabemos mucho
más sobre la realidad. Esto es una ventaja, pero
también un inconveniente. Desde luego, saber más, es
siempre una ventaja. El inconveniente consiste en que el
conocimiento de los detalles puede impedirnos la visión de
conjunto. Los árboles pueden ocultarnos el bosque: el bosque
sólo se ve a simple vista, sin análisis.
La materia
La mentalidad
científica moderna es, en mucha parte,
"constructivista" , perdón por la palabra.
Es decir, entiende que explicar una cosa es lo mismo que decir
cómo está hecha, cuáles son sus componentes y
como se combinan. Desde luego una gran parte de la ciencia moderna,
la química, la física atómica y la
biología, han progresado a base de analizar los compuestos y
encontrar los elementos y su estructura. Esto lleva a que muchas
personas con mentalidad científica al ver la realidad,
piensen siempre en su composición. Ven un mineral y
recuerdan de qué está compuesto. Ven un árbol
y recuerdan sus estructuras. Y lo mismo al ver un perro o una
persona. Hoy sabemos que, con diferentes grados de complejidad,
todo está compuesto de los mismos elementos de la tabla
periódica que puso en orden, hace más de cien
años, Mendeleiev (+ 1907).
Cuando una persona con
mentalidad científica ve que muere un animal o una persona,
piensa en las alteraciones orgánicas que se han producido y
que hacen imposible la vida. Tiene razón: para explicar la
muerte basta fijarse en la alteración de los componentes
orgánicos. El problema es que, cuando ven un ser vivo o a
una persona piensan que está vivo sólo porque
está construido con estos componentes. Y lo ven como si
fuera una enorme estructura bioquímica que funciona
ordenadamente. Muchos dirán que, "en el fondo",
es una aglomeración de materiales que funciona gracias a las
propiedades físicas y químicas de sus elementos. Y
aquí no tienen razón. O, por decirlo mejor, tienen
sólo una parte pequeña de razón. Porque
esta explicación es muy reductiva: oculta el misterio de
la vid a. Es como si dijéramos que El Quijote es un
conjunto ordenado de letras o una casa un conjunto ordenado de
materiales de construcción. Es verdad, pero ocultamos mucha
más verdad de la que decimos.
Ningún
materialista aceptaría de buen humor que le cambiaran a su
hijo por un cubo de agua y un saquito de polvo. Y, sin embargo, es
verdad que, desde el punto de vista de los materiales, el hijo es,
"en el fondo", como toda la materia viva, 80 por ciento
de agua y unos pocos kilos de calcio, carbono y otros elementos
químicos. Si fuera consecuente con lo que piensa,
tendría que aceptar el cambio sin pestañear. Pero
algo nos dice que no aceptaría. Y hace bien. Quizá
defienda en teoría que es lo mismo, pero no se
atreverá a vivir como si fuera lo mismo. Sólo unos
pocos canallas en la historia han sido capaces de ser consecuentes
hasta el final. Los demás se han sentido paralizados por sus
sentimientos humanitarios, por su intuición
espontánea sobre las cosas. Es que algo no cuadra.
Quizá los árboles nos ocultan el bosque.
La forma
¿Por
qué la materia organizada y en funcionamiento es más
que la materia suelta? Plantearse la pregunta así,
honradamente, ya es un gran paso, casi una voltereta, porque nos
puede llevar a ver las cosas al revés. Pero es la
única manera de defender que el hijo "es
más" que el cubo de agua y el saquito de polvo.
Bien mirado, es
asombroso que la naturaleza resulte ser como un inmenso juego de
construcción, con tanta complejidad y con tantísimas
propiedades. Esto lo entienden mejor los aficionados a las
arquitecturas y los mecanos. Hay muchos juegos de
construcción muy buenos. Y se pueden hacer muchas cosas con
piezas simples. Aunque, desde luego, no tantas cosas como las que
hace la naturaleza. No se vende ningún juego con unas piezas
tan polivalentes, capaces de formar tan sorprendentes
estructuras.
No existe un juego que
permita construir un perro ni nada parecido. Hay mecanos que
permiten construir coches. Te dan las piezas y los planos para
ponerlas en su sitio. Si tienes imaginación, puedes
construir también cosas que no están previstas en los
juegos de construcción: palacios estupendos o mecanismos
curiosos. Caben variantes sin límite, infinitas. Sólo
estás limitado por las posibilidades de las piezas. Pero
ningún juego de arquitectura permite construir, por ejemplo,
un motor de explosión. Las piezas no tienen las propiedades
mecánicas y térmicas necesarias.
Si tuviéramos
piezas de metales muy resistentes y con la forma adecuada,
podríamos acoplarlas y hacer un motor de explosión.
Pero sólo si tienen la forma adecuada. No sirve cualquier
pieza. Para hacer un motor de explosión, primero
necesitamos la idea del motor de explosión y luego, con
poca libertad, podemos hacer las piezas. Lo curioso es que
aquí vamos en sentido contrario que el análisis
científico normal. No explicamos el motor por las piezas que
lo componen, sino al revés: las características de
las piezas se explican porque las necesitamos para el motor. Lo que
manda es la idea del motor.
Sería
ridículo explicar el motor de explosión diciendo que
es una acumulación de piezas. Antes que nada, el motor es
una idea. Podemos hacer las piezas con distintas formas y
materiales, pero tenemos que respetar la idea. Se da la curiosa
circunstancia de que las propiedades del motor de
explosión son propiedades de la idea del motor , no de
las piezas. Las piezas sueltas no tienen esas propiedades: si
alguien las viera sueltas, no podría deducir las propiedades
del motor. Sólo cuando están unidas según la
idea del motor, tienen las propiedades del motor. El motor tiene
más propiedades que las piezas.
Las personas con
mentalidad exclusivamente científica están
acostumbradas a explicar la vida por sus elementos. Y dicen
que todo es, en el fondo, una combinación de piezas
elementales con propiedades elementales. Todo lo de arriba se
explica por lo de abajo; y, en el fondo, se reduce a lo de abajo.
Lo verdaderamente real es lo de abajo.. Esto lo dicen
científicos serios (S. W. Hawking, S. Weinberg, F. Crick) y
también otros (C. Sagan, E. O. Wilson, R. Dawkins) que se
dedican a la divulgación de la ciencia y a la
extrapolación (a veces incontrolada) de los conocimientos.
Pero es un reduccionismo , tan grande como explicar una casa
sólo por sus ladrillos o El Quijote por sus letras.
Es más: pudiera
ser muy bien que el mundo se explicara al revés, como el
motor. Que las características de las piezas elementales se
expliquen por las ideas superiores. Puede ser que haya que
comprender los elementos de la materia como las piezas de algo
superior , que tiene muchas más propiedades que las
piezas. Si no, no se puede justificar la extraordinaria capacidad y
polivalencia de este juego de construcción.
Es interesante notar
que las ideas, las formas tienen propiedades (el motor de
explosión). Aprovechan las propiedades de sus componentes,
pero se comportan como un conjunto que tiene más propiedades
que sus componentes. En la misteriosa diferencia entre lo vivo y lo
muerto, sucede esto, con un nivel de complejidad fabuloso. Lo vivo,
con todo el organismo en su sitio, tiene muchas más
propiedades y muy superiores a lo no vivo. A esto, se le llama, a
veces, emergentismo (M. Bunge): aunque la palabra sugiere una
dirección de abajo arriba.
Quizá haya que
dar la vuelta. Quizá sea más sensato pensar que los
elementos de la materia son, en realidad, las piezas de lo vivo.
Si la idea de lo vivo no estuviera de alguna forma prevista en
el juego de construcción, ¿cómo se va a
producir ese enorme salto hacia arriba? En los juegos de
construcción, nunca se producen estos saltos de calidad. Y
menos por casualidad. Si metiéramos millones de piezas de
arquitectura, en una hormigonera y dieran vueltas durante miles
años, se produciría de vez en cuando un trozo de
pared, pero nunca un castillo y mucho menos un caballo. Por
más vueltas que demos. Y si metiéramos canicas, nunca
se produciría nada. No hay problema en admitir que la forma
de un montón de tierra se ha producido por casualidad. Pero
parece absurdo decir que la forma de los seres vivos se ha
producido por casualidad. Las formas superiores tienen que estar
previstas de alguna manera en el juego; tienen que ser posibles.
¿No habrá que pensar el mundo desde arriba en lugar
de pensarlo desde abajo?
El espíritu
Los seres vivos son
seres animados. Y con esto se expresa toda su capacidad de obrar,
de moverse, de conservarse en unas condiciones, de protegerse del
medio, de alimentarse y de reproducirse. Hay un salto enorme entre
las propiedades de lo vivo y lo que no está vivo. No
sólo de orden de complejidad, de cantidad de materiales
puestos en su sitio. Es que, además, hay "ideas
nuevas", formas superiores, con propiedades nuevas. A
medida que subimos por la escala de la vida, nos encontramos con
una conducta cada vez más compleja e interesante. Una
conducta que no se explica por las piezas, que siempre son las
mismas, sino por las formas que integran las piezas.
Y llega un momento en
que nos encontramos con otro salto. El nuestro. Cuando escalamos la
vida orgánica, en el nivel más alto nos encontramos
con la conciencia. Y entramos en un terreno increíble.
Estamos acostumbrados. Ese es el problema. Vivimos ahí y
todo lo contemplamos desde ahí. Nuestra conciencia tiene
propiedades completamente sorprendentes, pero no nos llaman la
atención, porque estamos acostumbrados a ellas.
En la conciencia,
se dan tres propiedades concatenadas: la inteligencia, la libertad
y la causalidad espiritual o creatividad. Nuestro yo tiene las
tres propiedades a la vez. La inteligencia es la capacidad de
conocer y pensar con ideas abstractas. La libertad (voluntad) es la
capacidad de diseñar la conducta concreta al pensarla en
abstracto. La causalidad espiritual o creatividad es un efecto de
todo esto. Por el dominio que tenemos sobre nuestra inteligencia y
nuestro cuerpo, podemos intervenir en el mundo físico. Nos
movemos en él, cambiamos las cosas de sitio, manejamos
herramientas y construimos. Con esas propiedades, el ser humano ha
transformado la superficie del planeta. Todo lo que vemos
alrededor, todo lo que es la cultura humana, ha nacido de ideas
manejadas por nuestra conciencia y ejecutadas moviendo nuestras
manos (y herramientas) con un plan diseñado libremente.
Nos parece normal.
Pero, si lo pensamos científicamente, es
extraordinario. Nuestra capacidad de formar, transmitir y
manejar ideas es un misterio. También lo es nuestra
capacidad de concretar previendo y diseñando nuestra
conducta (libertad). Y también lo es nuestra capacidad
operativa: es decir, que la conciencia mueva la materia, empezando
por nuestro propio cuerpo y nuestras manos. Si hemos estudiado
física, sabremos que, después de un esfuerzo de
investigación gigantesco, hemos llegado a la
conclusión de que todo lo que sucede en el universo se debe
a la acción de cuatro fuerzas elementales. Pues bien,
además de las cuatro fuerzas, está nuestra conciencia
que es capaz de mover un cuerpo, el nuestro, y, a través de
él, con herramientas, todo lo demás.
El sujeto
Hoy somos más
conscientes de lo misterioso que es todo esto cuando queremos hacer
ordenadores que imiten la conducta humana. Nos tropezamos con que
los ordenadores no pueden formar ideas ni entienden las
palabras (inteligencia), y no son capaces de decidir una
conducta concreta a partir de ideas abstractas (libertad). En
cambio, son capaces de mover cosas. Un programa de ordenador, que
es algo así como un poco de inteligencia condensada (ideas,
formas), es capaz de obrar, siguiendo un proceso. Por supuesto que
obra de una manera muy rudimentaria y sin creatividad. Tampoco
tienen las delicadas relaciones con el cuerpo que nosotros tenemos:
no tienen emociones. Y desde luego no tienen sentido
estético; no tienen sentido del humor; no tienen sentido de
la justicia; y no pueden amar al prójimo como a uno mismo.
Esto son sólo propiedades de nuestra conciencia.
Un ordenador es
sólo un procesador de programas. Los ordenadores siguen
procesos, pero no "entienden" las ideas ni las
palabras, sólo las usan. No hay un "yo" que
entienda. No hay un yo que forme ideas, que obtenga
analogías, que pase de lo concreto a lo abstracto ni de lo
abstracto a lo concreto. No hay un yo que entienda y piense en
abstracto, que obtenga analogías y las cambie de plano. No
pueden aprender en abstracto y usar lo que ha aprendido en otro
contexto, de manera analógica. Y, como no manejan ideas en
abstracto, tampoco pueden concretar pensando (libertad): no pueden
decidir, no pueden ser creativos, no pueden enfrentarse a problemas
nuevos. Son un conjunto de piezas montadas, con una idea de
construcción y algunas ideas prestadas de funcionamiento.
Son capaces de ejecutar procesos pensados por otros. Pero no hay un
sujeto, no hay un protagonista, no hay un yo que sepa lo que
está haciendo.
En cambio, cada uno de
nosotros somos un sujeto. Nuestras operaciones espirituales, la
inteligencia, la libertad y la causalidad espiritual tienen un
sujeto y nos convierten en sujetos. Obramos como un sujeto. Es
un modo peculiar y distinto de estar en el mundo. Seres que
piensan, que entienden, que extraen experiencia y conocimiento, y
que pueden obrar abriendo caminos. Por eso, cada hombre es una
singularidad en el mundo , que no está explicado por su
entorno y que no se puede reducir a sus piezas. Es un centro de
operaciones en el universo, creativo y autónomo, con un
universo mental dentro de la cabeza. Un universo mental capaz de
transformar el mundo físico con ideas y acciones.
La filosofía
griega, desde Platón, ya se dio cuenta de este argumento: el
sujeto humano hace operaciones inmateriales y, por tanto, no es
material. El proceso de formación y uso de las nociones
abstractas (ideas) no es material; el uso de la libertad, que
permite trazar un camino concreto pensando en abstracto no es
material y contradice el determinismo de la materia; la causalidad
de la conciencia, que opera libremente sobre el cuerpo, no es
material. El comportamiento inmaterial, nos señala que el
sujeto es inmaterial. En los demás seres vivos, no hay
sujeto, no hay espíritu, sólo hay una forma con
propiedades espectaculares, una forma que se desvanece cuando se
corrompe el cuerpo (aunque la idea permanece, porque se puede
repetir). Pero el ser humano no es sólo una idea, una
estructura repetible, sino un sujeto inmaterial y autónomo.
Y como es inmaterial, no se puede corromper, tiene que ser
inmortal. Este es el argumento clásico de la
espiritualidad humana que han usado todos los espiritualistas,
desde Platón hasta Bergson, pasando por Santo Tomás
de Aquino o Descartes.
Combinando
elementos de las filosofías de Platón y
Aristóteles, Santo Tomás dedujo que el alma es, a la
vez, el sujeto espiritual (Platón) y la forma del cuerpo
(Aristóteles). Es una fórmula feliz, aunque,
para entenderla bien, hay que hacerse una idea de lo que significa
el sujeto espiritual en Platón y de lo que significa la
forma en Aristóteles. Otros pensadores modernos han
recurrido a algunas analogías más o menos felices,
para señalar la diferencia entre alma y cerebro. Eccles y
Popper, decían que es como el piano y el pianista. Pero es
sólo un ejemplo. El piano puede ser una prolongación
del cuerpo, pero no es el cuerpo. Todas las analogías son
defectuosas porque el caso de la relación del alma y el
cuerpo es único. Tenemos una forma con un nivel de unidad y
de estructura tal, que tiene la propiedad de ser un sujeto; es una
idea como el "motor de explosión", pero con tal
categoría que es una persona.
La tradición
filosófica entronca la idea del sujeto humano espiritual -la
persona- con una aspiración permanente y espontánea
de la humanidad, la supervivencia tras la muerte: es la tercera
raíz de lo que entendemos por alma. La idea de un
más allá, donde las personas perviven es una
aspiración que nos encontramos por todas partes y se expresa
en todas las culturas, aunque de distinta manera. Muchas culturas y
muchas religiones afirman que el sujeto humano permanece tras la
muerte de algún modo. Y a lo que permanece, al sujeto, le
llaman "alma".
Es muy
difícil pensarse como no existiendo. Esto lo
sabía muy bien Unamuno, que no dejaba de pensar en ello.
Es muy difícil pensar que las personas que uno ha querido
son nada cuando mueren. Que esos sujetos libres y
únicos, que hemos querido tanto desaparecen sin más.
¿Cómo he podido querer tanto a un poco de agua y
polvo? ¿Por qué no me da lo mismo que otro poco de
agua y polvo? El más allá es una cuestión
oscura, porque no sabemos cómo pueda ser, pero el deseo de
pervivir y el amor a las personas más allá de la
muerte son tendencias claras.
La persona desde la fe
cristiana
El mensaje cristiano
no es filosofía. Pero entronca directamente con las
aspiraciones personales de supervivencia y con las convicciones del
amor. También con las otras raíces que han dado
sentido a la palabra alma.
Para la fe cristiana,
Dios, que es un ser espiritual, ha creado el mundo. Y lo ha
organizado de arriba abajo, con todas sus propiedades que se
despliegan en la historia del cosmos. Por eso, porque procede de
una inteligencia creadora, el mundo está tan lleno de
inteligencia y de altas propiedades. Por eso, el juego de
construcción es tan maravilloso y capaz de tantas cosas.
Además, el
mundo visible y material está ordenado al hombre , que
es su cumbre, y, probablemente, la clave de todas sus propiedades.
En el ámbito de la filosofía de las ciencias, se
llama "principio antrópico", a esta idea: a
pensar que el mundo se explica porque está ordenado al
hombre: las curiosas características de la materia, la
sorprendente historia de la evolución, la existencia misma
de la tierra (que es un sistema bien curioso). Pero la Biblia lo da
por supuesto desde sus primeras páginas: el hombre es la
cima del mundo visible, y todo está ordenado a
él.
Pero es una cima que
supera lo que tiene debajo, porque el hombre ha sido hecho "a
imagen de Dios". Esta expresión aparece en el primer
relato de la creación, en las primeras páginas de la
Biblia, y es muy importante en la tradición judía y
cristiana. Indica que el hombre se parece a Dios y refleja su
imagen sobre el mundo. A semejanza de Dios, el hombre es un
sujeto, un ser inteligente, capaz de obrar creativamente.
El ser humano tiene
algo de divino. El segundo relato de la creación, lo
expresa con una imagen: Dios introduce su aliento y espíritu
en el hombre. El hombre no sólo viene de abajo. Viene
también de arriba, del espíritu de Dios. Aunque tenga
materia, no se explica por la combinación aleatoria de las
fuerzas de la materia. Tiene algo que viene de Dios y refleja lo
que es Dios.
Pero además,
Dios lo ha creado con un fin eterno. El ser humano ha sido
creado para conocer y amar a Dios por toda la eternidad. Ha
sido preparado para ese destino. Dios ha hecho al hombre capaz de
conocer y amar, y de durar eternamente. Este es el argumento
religioso para fundamentar y entender que el hombre es un sujeto
espiritual (destinado a conocer y amar) y que es inmortal
(destinado a durar para siempre).
A la religión
no le asusta pensar en un sujeto espiritual, no le asusta pensar en
una existencia que no es material, porque cree que Dios es un ser
espiritual. La idea de persona, que es una idea cristiana,
expresa la dignidad de un sujeto espiritual. La calidad de un
ser que no se explica por las analogías y las propiedades de
la materia. Ni su ser ni su obrar se pueden expresar con el
vocabulario que se utiliza para la materia.
Al mismo tiempo, el
hombre es un ser corporal. Esto no es un añadido. Es su
modo de ser, pertenece a su forma, a su idea, tal como Dios la ha
querido. Sabemos por experiencia que, para que el espíritu
pueda expresarse en el cuerpo, el cuerpo tiene que estar en
condiciones. Es preciso que la base orgánica se haya
desarrollado. Si el cerebro no se ha constituido bien, la
conciencia no puede expresarse , no puede abrirse al mundo.
Porque el funcionamiento normal del hombre es una conciencia con un
cuerpo; y el cuerpo sitúa a la persona en el mundo, y sirve
de expresión e instrumento a la conciencia. La fe cristiana
cree que el sujeto espiritual permanece tras la muerte, privado de
su cuerpo, pero cree también que su perfección es con
el cuerpo, y la alcanzará al final, en la
resurrección. Tiene su modelo en la resurrección de
Cristo.
Creemos que en todo
ser humano, desde su origen, hay un sujeto espiritual, aunque
todavía no se pueda expresar. Pero hay más. La
experiencia nos enseña que para que la conciencia
comience a funcionar, necesita ser hablada. Necesita ser
estimulada por la palabra, despertada por la palabra, por
así decir, o por lo menos por el signo (como el caso de
Hellen Keller). Esto lo vemos al observar cómo se
desarrollan los niños, y, por contraste, nos lo confirma la
triste experiencia de los llamados "niños
salvajes" (Enfants sauvages, Feral Children); niños
que no han sido criados en un ambiente humano. Sin una
relación humana, la conciencia humana no se puede desplegar
(o lo hace muy rudimentariamente). Esto es asombroso. Es una
manifestación de que el espíritu humano es
relacional. La tradición de pensamiento cristiano ve en
esto una huella de que el hombre es un ser para la relación:
procede de la relación con Dios y está destinado a la
relación con Dios.
Para el cristianismo,
es un asunto muy serio. La relación humana tiene su
perfección en el amor. La moral cristiana se resume en amar
a Dios sobre todas las cosas; y a los demás como hijos de
Dios. Cada persona humana aspira en lo más hondo a amar y a
ser amada, y no le parece que hay mejor bien que éste.
Cuando se entiende el
valor de cada persona, se entiende que merece ser amada. Juan Pablo
II le llama a esto la "norma personalista". Muchos
pensadores cristianos (Marcel, Pieper) se han dado cuenta de que
todo amor encierra un deseo de eternidad. Amar es decir
"no morirás". En los hombres es sólo
un deseo Pero en Dios es una promesa que crea la realidad. El
amor personal de Dios es lo que nos convierte en sujetos para
siempre. Este es el fundamento personal del peculiar modo de
ser del hombre: un sujeto delante de Dios: un tú creado para
siempre por un Yo que es todopoderoso y eterno (Buber).
Hay que terminar. Nos
hemos acercado a las experiencias que enraízan la palabra
"alma" y nos habremos dado cuenta de que estamos
hablando de algo muy serio. La palabra "alma" encierra
el misterio de la vida y sus sorprendentes propiedades; el misterio
del más allá y las aspiraciones humanas más
profundas; y el misterio de la conciencia humana, de la
inteligencia y la libertad. La palabra "alma" indica
también a la persona, al ser espiritual, querido por Dios y
constituido, por su amor, como un interlocutor para siempre. El
alma humana no es un duende, ni una cosa que esté en el
hombre, ni una parte del hombre. Es el sujeto espiritual, con su
forma y sus propiedades, la persona querida por Dios. Todo esto es
lo que lleva dentro la palabra alma.
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